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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

Intríngulis

Intríngulis

Bajo al bar del pueblo. Los parroquianos siempre me miran al entrar, claro que ellos miran a todo el que entra. Me recuerda a los saloones del far west, esos que aparecían en las películas de vaqueros. Los más pacíficos sentados en torno a partidas de cartas en el fondo del bar, los más gallitos amarrados a la barra del bar por un codo, desafiantes, observando al forastero que entra y haciéndose dos preguntas sobre él: éste quien cojones es y qué quiere arrebatarme. Supongo que los rumores se disparan cuando en vez de un vino, un coñá o un botellín, pido un té. Creo que se miran entre ellos y alguna risita sardónica también llego o oír, y si tuviera radares en vez de oídos, quizás escuchara entre dientes “aeste gilipollas le metía yo dos hastías y le apañaba echando leches”. En el fondo les desprecio, desprecio su embrutecimiento y esa jactancia de él, esa rascada constante de los huevos, esos sonidos guturales con los que se expresan y esos empujones y manotazos, como los gorilas, para llamarse la atención unos a otros.
--Hombre, usted por aquí.
--Sí, aquí me tiene, tomando un té.
--¿Y hoy?, ¿sin paseo?
--Sí, día de perros, aunque yo no haya sacado al mío. Lluvia, viento, frío, todo desagradable, he optado por permanecer en casa.
--¿Y sus dientes?
--Hasta el viernes nada, los dentistas se han ido de vacaciones, supongo que también tienen derecho, aunque deberían dejar algún servicio de guardia para atender las urgencias.
--Ya, bueno, tómelo con paciencia, el viernes habrá pasado todo.
--Más que paciencia, resignación. Además, siempre pasa todo. Nos angustiamos cuando estamos dentro de un problema, pero una vez resuelto pasa al saco de la historía y, lo peor, es que no aprendemos de él, seguramente volvamos a tener el mismo problema años más tarde y seamos tan estúpidos de no saber resolverlo. Hace años, mi frase preferida era: nunca pasa nada y, efectivamente, pasan muy pocas cosas dignas de mención, el resto son rutinas, pero como ahora todo se cuenta, se han convertido en cosas importantes.
--Ya, sale usted poco.
--Lo mínimo imprescindible, no soy un animal sociable y además, el mundo está loco, me da miedo, le he cogido temor y la única forma de quitarme ese pánico es ignorándolo.
Usted, ¿con esa pinta?, ¿con su edad? ¿temor al mundo?
Precisamente por eso, por mi edad. Soy una rama ya dura, si arrecía el viento seguramente me parta, ya no tengo ductilidad. El mundo es para los jóvenes, los han enseñado a pavonearse, a competir entre ellos, a destruirse unos a otros en favor de la productividad, los beneficios, el crecimiento, a que crean que lo saben todo y si ignoran algo que tienen acceso directo al conocimiento. No quiero estar en esa batalla, acabaría matando a alguno.
--Jaja, no exagere.
--No exagero, mis códigos de comportamiento ya no obtienen respuesta. Es una cuestión de satélites. Yo envío la señal y espero respuesta del rebote, pero ya no hay rebote, creo que mis señales se pierden en el espacio y no llegan a ningún sitio, mueren agotadas en las profundidades de alguna galaxia. Ojalá pudiera retirarme, creo que sería feliz. Jaja, nunca pensé que quisiera, alguna vez, tener más edad de la que tengo.
--Bueno, otros tiempos sí, hemos de dar paso a las nuevas generaciones.
--Estaría encantado de ello, pero aún son también mis tiempos, si no, no estaría aquí, estaría ya lejos. El drama es que he de continuar aquí, con el día a día y créame usted que ese día a día, me importa un bledo.
--Pues mal asunto.
--Muy malo, pues lo que fluye es gracias a la inerc
ia e ignoro que sucederá cuando se agote.
--Ah

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