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15 marzo 2017 3 15 /03 /marzo /2017 00:37

¿Por qué todas las niñas que hacen gimnasia van adquiriendo el mismo aspecto? ¿Será porque les peinan con el pelo muy tirante? Hoy he visto una cría con un aro, de esos gimnásticos, de los que salen en los Juegos Olímpicos,  de los que tiran al aire y recogen con suavidad y destreza, y he pensado eso, en el parecido de todas esas crías. Su mirar serio y frío, y hasta la postura de sus piernas, cuando están paradas, es similar en todas ellas, me recuerda a las bailarinas de Degas, las que hizo en bronce para que le sirvieran de modelo de sus magníficos dibujos y pinturas.  
Un poco más abajo, una nena de dos o tres años parlotea en la acera, parece que al mundo, mientras su madre abre el coche. Todo indica que ha ido a recogerla a la guardería. La cría lleva dos coletitas bastante deterioradas, anudadas con dos bonitos lazos rojos. la niña esta gastada de todo el día, su ropa está descolocada y hasta los mofletes los tiene tiznados de colores. La madre parece desesperada y un poco nerviosa intentando  controlar la situación, quizás cansancio. Por la acera baja un hombre mayor, mira a la cría, le hace gracias, es una pizpireta y al anciano, aquella cría, le puede recordar a alguna nieta. Busca con su mirada a la madre, tratando de establecer contacto visual, se dibuja una sonrisa en los labios del anciano, pero la madre parece no percatarse del tema. 
No sé si el anciano acabó haciendo alguna gracia a la niña, yo seguí mi camino, pero mientras avanzo me pregunto quien soy yo, quizás la niña, pues también fui niño, la madre, pues también tuve esa edad, o el anciano, pues si todo es normal, también seré como él algún día. 
¿Dónde me sitúo entre ellos? ¿Por qué, en ese preciso instante, percibo esa relación que, al cabo de unos minutos, ninguno de los tres (la niña, su madre, el anciano), serán conscientes de su existencia? Estúpido de mi. Me pregunto de dónde salió aquella niña, ¿y la madre? ¿de quién se enamoró? ¿imagino su vida con aquella niña cuando conoció al padre de la cría? ¿será feliz? ¿a qué se dedicara? ¿y el padre? ¿y el abuelo, a qué ha dedicado su vida? ¿será viudo? ¿es feliz? ¿le pesa la vida? ¿le asusta la muerte? ¿quién es? ¿quién ha sido? ¿quién quiso ser y no fue? ¿se sentirá pleno? 
Sigo mi camino y no dejo de hacerme preguntas sobre las tres personas. Pienso si alguna vez seré una de ellas, o si quizás lo he sido ya, o si lo soy ahora mismo, pero en otro plano. Me pregunto muchas veces que pasa después de morir. Aunque me niego a creerlo, creo que nada, que, simplemente, nos pudrimos y desaparecemos, así, como un residuo, erosionado por el tiempo, pero bajo tierra, o quizás quemado, para acelerar el proceso. Pero, al mismo tiempo me pregunto, ¿qué ocurre entonces con ese anhelo interno, con esos escasos pensamientos que no sabemos cómo expresar, con todas las sutilezas de nuestro espíritu, las angustias, los sueños, lo conseguido, lo pendiente de conseguir, la felicidad o la infelicidad, los remordimientos, los arrepentimientos, recelos, envidias, los odios, deseos, pasiones, desprecios, orgullos, frustraciones, los sueños. ¿Para qué tanto si acabamos muertos? 
Durante un tiempo pensé, e ignoro si aún lo sigo pensando,  que nos reencarnábamos, sí, que lo nuestro era una escalera ascendente, y que en la siguiente vida, conseguíamos un peldaño superior que nos acercaba a nuestro deseo. Por lo tanto, una persona podría vivir siete u cocho vidas y una vez conseguido lo pleno, volver a empezar de cero. en definitiva, unos vampiros de deseos. SI es así, he de estar tranquilo, pues en mi próxima existencia, conseguiré un grado más de felicidad y satisfacción. Sonrío. Por eso miro a la niña, al viejo, a su madre, quizás sea uno de ellos, pero también veo al perro, al gato, la mosca, el gusano o esa mancha de alquitrán en el asfalto, y entonces, siempre me pregunto, ¿qué seré yo cuando ya no sea quien soy?

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Published by Fausto Lipomedes
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