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19 abril 2017 3 19 /04 /abril /2017 23:47

Rescato este texto (en plan borrador) de hace ya unos años y no deja de sorprenderme. Dice así: 

Llevo con la espalda jodida un montón de tiempo. En realidad no sabía lo que me ocurría, simplemente sentía que mis huesos se habían agrandado, que habían salido de sus asentamientos y ninguno cuadraba con ningún otro. Me sentía agarrotado, dolorido, con mi cuello paralizado y sin capacidad de giro. Me levanto por la mañana e incorporarme es como empujar a una gran montaña tumbada y torcida. 
He aquí que este cotidiano suplicio vivía conmigo desde hacía ya algunos años. He aquí que sigue viviendo, pero en menor medida. He aquí que de los cuarenta años a los cincuenta años, nada ocurre, excepto que tu cuerpo envejece y se dobla aplastado por el peso de los años. He aquí que una insolente barriguita se adueña de tu torso decidida a quedarse contigo hasta el fin de tus días, he aquí que tus ojos empequeñecen, que sientes rabia de no disponer de más fuerzas….

E ignoro porque dejé de escribir esta especie de suplicio parejo a los años. Pero tranquilos, sigo vivo y el deterioro no ha ido a más. Todo lo contrario. Mis huesos, mis articulaciones, mis tendones fueron retorcidos por un quiromasajista, que lejos de proporcionarme placer, me sometió a una sesión de tortura que ejecutó con unas manos grandes y fuertes. Me sentí un ser sumiso bajo su control mientras retorcía mi cuerpo, colocaba mis piernas y mis brazos a su antojo y lo sometía a violentas sacudidas en momentos determinados. La conclusión es que salí de allí tieso, ágil, y con un giro de cuello giroscópico y engrasado, tanto que me dedique a mirar a mi alrededor como la niña del exorcista, durante los diez minutos siguientes a abandonar la clínica. Voy a verle ahora cada dos meses y el hombre me renueva el sistemas que, eso sí, tiende a entumecerse. 

Sin embargo, si estoy de acuerdo en lo de que pocas cosas ocurren una vez que atraviesas la barrera de los cuarenta y pico y te adentras presuroso hacia la cincuentena y más allá. Es un fenómeno, casi paranormal, como pasa el tiempo llegada esta década límite de tu segundo medio siglo de vida. 

Aún así, ayer, en mi cocina, con mi perra esperando a que preparara su cena, sin ningún sobresalto previsible en las horas próximas, rodeado del silencio voluntario de ese lugar, pensé, soy feliz, soy un tipo feliz. A pesar de todo lo que ocurre a mi alrededor o más allá de mi alrededor, pensé, soy un tipo feliz. A pesar de lo criticón que soy, de lo poco que me atrae la mayoría de mis congéneres, pensé que soy un tipo feliz, un tipo afortunado, más o menos con buena salud, con una vida medianamente vivida plenamente, aunque tiendo a ser exigente con ella. 

En definitiva, que encaró, no sé el tramo exacto de mi escalera, quizás el tercero, con optimismo y rodeado, aunque siempre eche de menos cosas, con lo que quiero y con los seres que quiero, incluida la barriguita, a la que ya he declarado la guerra de manera abierta. 

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Published by Fausto Lipomedes
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