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24 junio 2017 6 24 /06 /junio /2017 23:33

Viene mi hijo con su novia, con su nueva novia. Se llama Ludovica, es de Milán. Le pregunto a Ludovica porque se llama Ludovica y me cuenta que su padre es un fanático de Ludwig Ban Beethoven. Me parece una buena razón y pienso que, desde luego, ha de ser uno fanático, sí. 
Comemos juntos y lo que realmente me preocupa es que mi hijo al hablarle a su nueva novia de mí, le comenta que su padre (o sea, yo), me paso el día trabajando. Y como hablamos en inglés, carga su afirmación con una expresión de sus manos, dando a entender que voy más allá todavía. En realidad, lo que me preocupa es pensar realmente es eso lo que piensa mi hijo de mí, que me dedico única y exclusivamente a trabajar. Mientras pienso en esto, sonrío a Ludovica y le digo que, simplemente me gusta. 
Hoy se han ido a visitar una ciudad cercana y me han dejado solo en casa, circunstancia que agradezco, ya que he de confesar que me estoy volviendo un huraño y llevo mal la convivencia, y gracias a estar solo puedo pensar, y por ello he repensado en la presentación que de mí ha hecho mi hijo a Ludovica. 
Creo que alguna vez ya he emitido mi opinión sobre esto de pensar, en todo caso, por si acaso, y como viene al caso, creo que es difícil llegar a alguna conclusión cuando se piensa sobre algo, creo eu es una especie de paseo, es decir, que no se va a ninguna parte, aunque el trayecto, eso sí, a veces, puede ser agradable. 
Y cómo iba diciendo, me he puesto a pensar en mi adicción al trabajo, o más bien en la opinión de mi hijo sobre ella. Y pienso que sí, que trabajo mucho, pero también pienso que también tengo mis ratos de ocio, pero que cómo suelo estar solo, nadie los visualiza. Pero, en realidad, lleva razón, quizás me pase con las horas de trabajo, pero yo pienso que no es adicción, simplemente tengo trabajo que hacer, y casi siempre es mi circunstancia, trabajo por hacer. 
A parte de ello, no me da vergüenza admitir que el trabajo es un espacio en el que me encuentro cómodo, en el que me encuentro, a veces, realizado; dentro del cual recibo también satisfacciones y también muchos sinsabores. Visto así, se podría resumir que el trabajo es una especie de vida, ya que aglutina satisfacciones, desilusiones, triunfos y fracasos y ¿la vida es eso, no? Quizás también sea consecuencia, me refiero a mi gusto por el trabajo, de los fracasos permanentes en otras áreas de mi vida, o en el hecho de que nada consiga poner delante de mis narices algo atractivo, que me obligara a poner menos atención a mis labores profesionales. 
Aun así, mi cabeza va girando poco a poco y mi gusto por el trabajo se enfrenta ahora al cansancio que proporcionan los años y que ya no permiten mantener el esfuerzo que exige una vida profesional plena, con todas esas chorradas de la competitividad, el esfuerzo y la superación permanentes, pero no, no es que sea un excéntrico del trabajo, simplemente soy así, va en mi ADN, supongo que salgo a mi padre un trabajador que se pasó la vida trabajando y que murió de un infarto cinco o seis años después de jubilarse, que injusticia no. 
A veces pienso que a mi me ocurrirá lo mismo, y que sólo tendré un puñado pequeño de años para disfrutar de la vida sin responsabilidades profesionales. Espero que no sea el caso, y que me pueda convertir en un viejo recio, cascarrabias, pero recio, capaz de caminar sólo, de levantarme y acostarme por mis propios medios, una especie de viejo eterno en plan abuelo de Heidi, viviendo con una cabra en medio de un páramo elevado batido por el viento, bajo dos o tres grandes árboles, entre vegetación dura y resistente, la propia del páramo, y grandes piedras de granito con su musgo correspondiente en sus caras norte y con un cielo raso sobre mi cabeza, y con estrellas, y con un gran perro, o quizás dos. Un páramo al que llegue poca gente, en el que me pueda aislar del mundo y de sus chorradas, en el que pueda llegar a olvidarlo y concentrarme en algo del más allá, en algo revelador, en algo que explique y exponga las razones y los parques de mi estancia aquí, en esta Tierra. Un páramo en el que pueda morir en paz, quizás olvidado, tanto que mi cuerpo acabe erosionándose y desapareciendo en varías ráfagas de viento, sería un bonito final, en silencio, sin lamentos, fundido con la naturaleza, sin nombres grabados, sin fechas, a fin de cuentas, así acabamos todos, y la vida sigue. 
Sigo triste, quizás hasta más, lo cual no implica que no tenga capacidad para sonreír. Y si no os lo dije, sigo con mi dolor en la cabeza, como si tuviera un golpe en el cráneo, y quizás lo tenga, no quiero darle importancia, como no quiero darle a nada que quiera acabar conmigo. Un beso. 

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Published by Fausto Lipomedes
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