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25 septiembre 2017 1 25 /09 /septiembre /2017 23:43

Pasaron tres meses desde ese hecho. Durante este tiempo no volví a tener noticias de mi vieja conocida, y como me ha ocurrido varias veces en este tipo de encuentros me olvidé del asunto, a parte de que a mí tampoco me apetecía retomarlo, casi nunca me apetece. 

Sin embargo, al finalizar el verano, mi vieja amiga se puso en contacto conmigo a través de mensajes. Parecía decidida a compartir ese café del que habíamos hablado y pensé durante segundos qué responder a sus mensajes. O bien alargaba el compromiso aduciendo trabajo, viajes, falta de tiempo y con el objetivo de llevar hasta el olvido el encuentro, o bien lo asumía. Me decidí por esta última opción, quizás movido por cierta lealtad hacia el pasado conjunto, quizás por cierta cortesía con el género femenino, quizás por pura curiosidad. Tenía un poco de expectación. No sé que esperaba realmente de ella, pero quería darle cierta opción a que me resultará sorprendente y pudiera retrotraerme a tiempos anteriores, y dentro de ellos a facetas de mi olvidadas. 

Llegó la mañana y como me ocurre todas las mañanas cuando me levanto, un ladrillo cayó dentro de mi cerebro, un ladrillo en el que se contienen todas las tareas que he de afrontar durante ese día. El ladrillo de esa mañana contenía mi cita y no me apeteció. Se me antojó una cota insuperable y llena de esfuerzo. Pero bueno, a medida que me voy despejando, me tomo un café y me ducho, las grandes cotas que he de afrontar se convierten en más accesibles. 

Realmente, este momento mañanero es el único espacio de reflexión sobre mi mismo. Estas en silencio y cada despertar es volver a encontrarte contigo mismo. Y todas las mañanas tengo el convencimiento interior de que a lo que dedicó mis días, cada día, me importa menos, y sólo deseo quedarme en casa, protegido y atrincherado contra la estupidez de nuestra especie. Cuando salgo de casa, aseado y dispuesto para la batalla, todo eso se disipa, o simplemente dejo de pensar en ello, y me encuentro en estado de revista, dispuesto para el combate. 

Es lunes, Madrid está dinámico, con ese calor de finales del verano que resiste marcharse. Los lunes son especialmente nerviosos. Supongo que la gente aún no ha pillado el ritmo frenético de lo que habrá de ser la semana, y todo el mundo anda como con prisas, como si llegara tarde a todas partes, pero por puro despiste. 

A medida que me acerco al lugar acordado va disminuyendo mi interés por la cita. Ya estoy metido de lleno en la semana, empieza a dispararse el móvil, los sonidos de mails que llegan, mensajes de texto y reclamaciones remotas. Ya no tengo tiempo para el pasado, el presente no me deja abrir espacio al recuerdo, y veo completamente absurda la reunión con mi amiga. 

A las once llego a la cafetería de uno de esos hotelitos urbanos decorados con diseño industrial, de ese que parecen hacer en fabricas y lo venden a metro cuadrado. Allí estaba, vestida de negro, mi vieja amiga, hablando por el móvil. Yo ya había puesto mi mejor cara de expectación y alegría. Es fácil cambiar tu rostro, solo has de respirar hondo, abrir los ojos y concentrarte en ello. Me doy cuenta de que no tengo ganas de hablar. Está sentada en un sillón, frente a un café y una pasta. Me ve, me sonríe. Me hace un gesto con la mano, yo la sonrío. Le digo en voz baja que acabe su llamada, que voy al cuarto de baño. Me voy, tengo ganas de irme de allí, quiero retrasar el encuentro, preferiría no tenerlo, dejarlo en suspenso infinitamente, no tengo espacio, ,tiempo ,ni ganas para él. 

Vuelvo, allí sigue mi amiga, con esa misma expresión que recuerdo de ella desde hace más de 20 años. De pronto me viene de golpe ella, su carácter, esa especie de guasa, de relatividad sobre el presente, esa especie de aceptación del destino, sin opción alguna de eludirlo. 

Nos damos un beso. 

Nos cuesta arrancar, tanteo absurdo con preguntas absurdas. Hay lejanía, se perdió la química. La conversación es vacua, no hay química, ni siquiera la que provocan los momentos y las circunstancias vividos en el pasado. Ha transcurrido tanto tiempo que no recordamos nada y si algo hubiera habido ya se ha destilado. 

Mi amiga ha perdido a su marido. Me dice su nombre. Sí, ahora lo recuerdo, un tipo majo. Ha muerto de cáncer, hace ahora nueve años. Ya estaban divorciados, pero ahora que les recuerdo, creo que siempre se quisieron. Ahora recuerdo también a dos niñas que ahora tienen más de 30 años, y me parece asombroso, y pienso en todo lo que habrán vivido mientras yo, que las acabo de recordar, pienso en ellas con sus pocos años, que vacío. 

Mi amiga ahora viaja mucho a Bogotá, ha empezado a hacer negocios allí, supongo que tendrá un amante de esa nacionalidad, y vende allí conceptos y servicios que se me antojan complicados e inútiles. Le pregunto que si tanto le gusta aquello, porque no se marcha allí a vivir. Me dice que no puede, que tiene un madre muy mayor que no puede abandonar, y yo recuerdo a la mía, también mayor, y a pesar de mi extraña relación con ella, creo que también me costaría abandonarla. 

Hay silencios en nuestra conversación a trompicones. No sé de dónde sacar temas. Mi amiga quiere venderme sus ideas y sus conceptos para mis clientes. Me vengo abajo, me molesta que todo el mundo quiera venderme cosas, o que todo el mundo busque negocios y supervivencias. Le comentó a mi amiga que aún sobrevivo dentro de un ecosistema estable en medio de la precariedad que parece haberse apoderado del planeta, que cuesta mucho trabajo y que parte del secreto es la ausencia de sobresaltos, lo que exige, obviamente, desestabilización e improvisación continúa interna. Por lo tanto, no voy a introducir un nuevo factor en esa fórmula trigonométrica. 

Mi amiga también dice que ha tenido una gran idea, le pregunto qué cuál es. Hace una pausa, crea expectación, con los ojos hace sonar los timbales. Espero en silencio y me dice: crear un club de mujeres de más de 50 años. Me argumenta que es increíble cómo las mujeres de más de cincuenta años (su generación), se ha quedado sin nada. Que ya ha llegado el momento de solicitar, reivindicar, poner los derechos de esa generación femenina sobre la mesa. Me importa un bledo la verdad, no tengo espíritu de grupo, no me gustan las agrupaciones, asociaciones, colectivos, plataformas, ni nada que suene a manada. Sin embargo le digo que qué interesante, que lo lleve a cabo. 

Mira su reloj, me alegro, va a ser ella la que ponga fin al encuentro. Efectivamente, da muestras de impaciencia. Pago el café, nos levantamos, salimos a la calle. Ya en ella me pregunta que qué es de mi vida, que si estoy casado (ya me extrañaba que no lo fuera a preguntar). Ufff, no me apetece. No, no, estoy divorciado, le digo sin hacer pausas, como si alguien te preguntara la hora y la dijeras sin detenerte a ello. Va a una reunión, llegamos al portal. Dos besos, nos emplazamos para una segunda reunión que ya sé no existirá. Ahora ya puedo eludir cortésmente sus propuestas de calendario. Es perder el tiempo y no tengo, o cada vez me queda menos. 
 

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Published by Fausto Lipomedes
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