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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

Colono 1

 

 

106-0613_IMG.JPGMe he comprado una casa en el campo. Una casa realmente surrealista ya que se trata de una edificación ibicenca en medio de Castilla-La Mancha. Está en la provincia de Cuenca.Es un terreno de cuatro mil metros cuadrados, y en medio de él, la casa. Tengo opción de compra a otro terreno colindante de cuatro mil metros más, y quizás me haga con él. 

Yo me he criado siempre en la ciudad, pero jamás he sentido aprecio por esa ciudad. Me he acostumbrado a intentar salir de ella cada vez que puedo, y en mi cabeza siempre anda dando vueltas la idea de vivir rodeado por la naturaleza, algún día.   Mi trabajo está en Madrid, y mi familia, a la que apenas veo, mi ex–mujer, mi hijo, otra mujer con la que ahora estoy saliendo y que se quiere venir a vivir conmigo, y nada más.  Tengo familia “carnal” sí: una madre, un padre ya muerto y al que echo de menos, un cuñado insoportable y una sobrina, copia de mi hermana. No los menciono porque la relación con ellos es nula, si obviamos las reuniones que exigen las fechas formales de celebraciones familiares. 

En definitiva, tengo todo, sea mucho o poco, en la gran ciudad, pero mi ilusión es el campo.  Conocí el campo porque estuve saliendo con una chica de campo, y ella me hizo descubrir La Mancha, sus planicies y esos parajes verdes e invisibles a los que se baja, de vez en cuando, desde la llanura. Ríos que avanzan por gargantas oscuras y desembocan en praderas verdes con árboles y sombra, tumbonas para sentarse plácidamente en sus cascadas, meriendas, pandillas de pueblo retozando a ritmo de La Pastoral de Beethoven intentando filosofar sobre la vida. Luego el río vuelve a encajonarse entre paredes de piedra. 

Estamos en junio de 2002,  justamente un día después de la eliminación de España del Campeonato Mundial de Fútbol de Corea-Japón (un partido claramente robado para Corea del Sur). Hace un calor de muerte y mi hijo y yo nos hemos acercado a la nueva casa, a recibir de sus dueños las llaves. Son un matrimonio gruñón y desconfiado. Ella es la hembra alfa y el el macho dominado y cascarrabias. Gente ruda, pequeña, encallecida. Han plantado de todo en aquel terreno. Me enseñan fotos con una cosecha de patatas que tapa la perspectiva de la edificación. No entiendo como decidieron levantar esa casa conociendo su parquedad y sus rostros surcados de arrugas. Me han dado doscientas llaves y unas precarias instrucciones de luz, gas y agua. Las palancas que hay que girar, botones, más palancas, ruidos y vicios, “y si ocurre esto, haz esto”. Mi hijo va con nosotros y le he dicho que se quede con todas las instrucciones, pues a mi se me irán de la cabeza.   Me han regalado también un tractor, de esos pequeños y con dos asas, con su depósito de gasolina y todo.  También me han explicado como funciona, pero también se me olvidará. 

Hemos estado, bueno ha estado recogiendo cerezas mi hijo, que tiene nueve años. Y además del cerezo, tenemos (él y yo), un montón de árboles, que no acierto a saber que son. Sí, sé que hay también almendros, pinos, algunas parras, y también cebolletas y fresas, y un peral, y un sin fin de árboles más de los que he de aprender todo. ¡Uf!, A veces cuando pienso en lo que se me viene encima, me dan escalofríos, pero me resulta también fascinante. 

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