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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

Colono 5

Casalonga-0064.JPGQuedé con el representante de la compañía del gas a las once de la mañana en la casa. Salí de Madrid a las diez menos diez y a las once menos diez estaba allí.  Llegué, ¡uf!, que paz y tranquilidad, no había nadie. Corría el aire, sonaban los árboles. Abrí la casa por el garaje y estuve recreándome con esa sensación de estar donde no debería de estar, esquivando a la rutina, disfrutando de un día claro de sol. Me llama Carlos, el gasero, al móvil. Se ha perdido, le doy instrucciones y se vuelve a perder, decidimos que bajo a la carretera a por él. 

Allí estaba Carlos, esperándome, al lado de su Citroen Saxo blanco con el logotipo de la empresa instaladora en la puerta, el mismo que lleva sobre su tetilla en el polo verde fosforescente y sucio. Tiene unos cincuenta, está curtido por el sol, es desconfiado, de nariz aguileña, con su barriga, feo, no, extraño, sus pantalones de trabajo azul añil, un cinturón escondido en el frontal bajo su voluminosa barriga y coronando todo el conjunto unas gafas ultramodernas de color morado. Me dice algo que me gusta cuando entra en la finca: “Vaya, esto es como vivir en medio del campo”. Eso es justo lo que buscaba, pienso en silencio. 

Empieza a inspeccionar, decide donde debe de ir el depósito del gas, al lado de lo que va a ser la casa de los chicos, me refiero a los perros. Hay que hacer una zanja desde ese lugar hasta la casa. Me dice que necesito un tractor y un peón para hacer la zanja, he de bajar a conseguirlo al almacén de materiales al pueblo. Nunca pensé que iba a tener que buscar eso, me habré de relacionar con gente nueva que me volverá a observar a escondidas y con recelo y que no me mirará a los ojos mientras habla, y que me pondrá mil pegas, que me tanteará, aunque luego resulta ser buena gente, con la que acabas tomando una cervecita en la bar del pueblo y te cuenta su vida, y su relación con su parienta, y los vericuetos de la familia. 

Todo parece sencillo hasta que le digo lo que quiero (agua y calefacción). Empieza a hablarme de válvulas, de conductos, de depósitos, de llaves de paso, de bombas y yo que sé de qué más. “Mira Carlos, yo no tengo ni idea de esto, lo que quiero es...”. “Ya, ya, pero yo se lo explico, tiene que haber un depósito sobre el circuito para.......”. “Vale, vale, esto es lo que hay y ya sabes lo que quiero... ”, así treinta minutos, subimos y bajamos, y volvemos a subir y a bajar. Al final no hay problemas que no tengan solución. ¡Joder!, Lo que complican todo. Supongo que lo complican para así poder justificar más el precio por la resolución de todos los problemas. Lo cierto es que parece que el amigo Ignacio, el anterior propietario, hizo una chapuza importante.   

Volvemos junto a su coche, le suena el móvil, que chanchullos deben de tener estos del gas, “vale, vale, dile al Dioni que se coja una llave inglesa y que baje a regular el paso y ya está....”. “Bueno a ver, dime que me vas a cobrar por todo esto”. “Bueno, vamos a ver, es que, bueno yo le hago un presupuesto”. “Vale de acuerdo, pero dime más o menos por cuanto me va a salir esto”. Carlos empieza a tomar nota en una hoja escolar y con un bolígrafo de promoción que no quiere escribir. Garabatea sobre una esquina de la hoja de papel y el boli empieza a escribir. “Ah y un termostato también”. Lo apunta. “Bueno, la instalación del depósito el conducto hasta la casa, esto está no sé, en torno a 200.000 pesetas, y lo otro échale 400.000 más o menos”. Unas seiscientas mil pesetas. Me viene a la menta la película aquella: esta casa es una ruina.  Bueno, ya está, me llamará, me mandará un fax con el presupuesto y adelante. 

Se marchó Carlos, que bien. Me quedé aún un rato, regué con una manguera que sale del garaje, mi ciruelo y algunas plantas, de una de ellas salen mariposas blancas. Me vuelvo a Madrid. 

Hoy jueves, después de trabajar, he ido a comprar un uno bote de quince kilos de pintura, necesita como tres litros de agua, que lo sepáis. Después he ido a casa de mi madre a desmontar las camas, y preparar la primera mudanza de mañana. El mueble blanco de mi antiquísimo dormitorio, dos camas, una mesilla, un armario, cuatro sillas, un espejo, mantas, una mesa de cocina, un mueble blanco y una estantería bonita pero clásica. El mudancero se llama Román, me va a cobrar “unas treinta mil. Nada de facturas, todo dinero negro. Le he vuelto a llamar hoy, me ha dado la sensación que no sabía donde tenía que recoger y donde llevar, ya veremos mañana que pasa. En fin, estoy cansado voy a ver si ceno algo y me meto en la cama.

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