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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

Colono 6

Casalonga-0720.JPGBueno, vaya dos días que llevo.  Me duelen las plantas de los píes. En fin, la mudanza llegó. Llegó Román con su camión “Ebro” y con dos operarios más, esos tipos que sólo tienen la habilidad de su fuerza paraganarse la vida, o bien no les queda otro remedio. Me recuerdan a los antiguos forzudos de circo con sus mallas de tirantes a rayas y sus bigotes prusianos. Uno de ellos es un caballero mayor, de pequeña estatura y grueso. Suda y no dice nada, imagino que para no quejarse de sus esfuerzos, no vaya a ser que Román llegue a la conclusión de que ya no le necesita. Aunque percibo entre ambos una relación especial. Empiezo a pensar que Román le da trabajo por piedad, la misma que siento yo por él y se me desata la imaginación sobre los motivos que llevan a aquel pre- anciano a estar realizando ese trabajo, e imagino una mujer con una grave enfermedad o nietos abandonados por sus padres o cualquier otra historia triste y desgarradora. 

El otro operario es un tiarrón con ademanes de alguien un poco retrasado. Tiene veintitantos años, lleva gafas, su cráneo es pequeño y siembre tiene la boca abierta. Labios gruesos y mojados y unos ojos pequeños, dos lejanos meteoritos tras sus gruesos critales. Han llegado tardísimo, a la una y medía. He estado esperándolos fumando pitillos y andando por la finca. De nuevo se me ha caído el alma a los píes viendo la cantidad de terreno que hay.  Si me dedico a él, a mantenerlo todo a punto, dedicaré todo mi tiempo libre a ello, solamente a ello. Tengo que organizarme, seguro, he de seleccionar ciertos árboles, ciertas zonas y el resto bueno, supongo que habrá que hacer algo con ello. Corre el aire, de nuevo tengo la sensación de estar disfrutando de algo que nadie más disfruta. Corre el aire, mueve las hojas y de nuevo el rumor que provocan. Hace fresco. 

He ayudado a los mudanceros a subir los muebles. He pagado a Román trescientos euros, más 30 de propina. Se van. 

Me he quedado montando los armarios y las camas marrones en uno de los cuartos que da al oeste. Será el cuarto de los invitados aunque no espero a ninguno. Son dos camas de 80 ¿se dice así? En una de ellas murió mi abuela tras una interminable agonía, pero esa es otra historia. Me tumbo en una sin saber a ciencia cierta si es la que ella ocupó y me quedo dormido. Ahora hace calor, aunque fuera corre el aire. Oigo las cigarras, decenas de ellas, y el viento meciendo las hojas.  De vez en cuando también oigo una urraca. 

Me levanto, termino de hacer las camas. No me gusta cómo quedan. No sé porque me he traído esta habitación que tenía mi madre en su casa, pienso que quizás ella se quería deshacerse del dormitorio y encontró la oportunidad conmigo. Cierro la puerta de aquel dormitorio, que apenas usaremos después, y recorro el pasillo. Miro la que será la habitación de mi hijo, ¡uf!, a pesar de todo la voy a pintar. Me marcho a Madrid y decido que volveré al día siguiente para hacerlo. 

He dormido bien, me he levantado a las once.  He llamado a S, a ver si se quería venir.  Aún dormía a las doce, así que he agarrado el coche y me he marchado para allá. Lo que me ha cundido, me he hecho la habitación en tres horas. Luego he comenzado a poner los muebles blancos que fueron mi dormitorio de adolescente y que también guardaba mi madre. Lo cierto es que quedan estupendos. He parado en una estación de servicio al ir, he comprado dos sándwiches de pavo y dos botellas de agua, de casa me he llevado dos manzanas. He comido allí los sándwiches, he estado todo el día oyendo a Bob Dylan. A las nueve me he vuelto. Espero ahora a S. en casa. No dejo de  pensar en la cantidad de terreno que tengo, ¿qué voy a hacer? Estoy contento a pesar de todo. 

Cuando me iba, justo donde acaba la pista de tierra que desemboca en la carretera que va hasta la autovía, un hombre mayor me silba.  Es rudo y está curtido por le Sol, pero yo creo que es homosexual. Me hace un gesto, y como un mimo se pone a fumar sin ningún cigarrillo entre los dedos. Ya le entiendo, me pide un pitillo porque me ve a mi fumar. Bajo la ventanilla, se acerca, se apoya con los codos y mete la cabeza dentro del coche. 

Menos mal que le he visto de reojo, jeje, me dice. Le doy un cigarrillo y fuego. 

 

“¿Qué?, ¿va a Madrid? No, le digo, temiendo que se me suba al coche, voy aquí al lado. ¿Y que tiene su casita aquí? Pues sí le respondo. ¿Y con su mujercita?, Pues sí, todos aquí. Eso está muy bien, me dice, bueno que viva muy bien la vida. Hasta luego, le digo, y arranco. 

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