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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

Día absurdo

12 septiembre 2011 018Hoy tendría que haber viajado a París. Suena muy bonito, pero era una paliza de viaje. El vuelo salía a las siete y veinte de la mañana, y la volvía el mismo día a las ocho y veinte, con lo que estaría en casa a eso de las once y media de la noche. Lo dicho, una auténtica paliza, pero me había mentalizado. Llego por la noche a casa y me doy cuenta de que no tengo el billete, me lo he dejado en el despacho. Viajo con una francesa que me lleva a una reunión en la que quiere que exponga una serie de ideas. He de coger un autobús que sale de la plaza de Cibeles a las 5.35 para estar en la terminal a las 6.30, hora a la que hemos quedado. Calculo, cómo he de pasar a recoger el billete, he de prevér un poco más de tiempo. En definitiva, y como me gusta ir tranquilo por las mañanas en casa, decido despertarme a las cuatro y media. Me acuesto a las once, pero cómo no tengo poderes, el cuerpo no se duerme hasta la una y pico, con lo cual duermo tres horas. Me levanto, me afeito, me ducho y salgo a la noche. Me cruzo con gente saliente de juerga en retirada. El reloj del Banco de España da las tonos de las cinco y cuarto de la madrugada. Cojo mi autobús, a las 6.12 en la terminal, y mi aocmpañánte, la que me arrastra a París, sin aparecer. Los aerpuertos te secan la garganta, huelen a desinfectante, a queroseno  y a plástico. Compro una botella de agua y me la bebo. Las seis y media, y mi acompañante sigue sin aparecer. Las seis y treinta y siete, la llamo, comunica. Se me quitan las ganas de viajar a París, tengo sueño y no se que pinto allí. Vuelvo a telefonear y ésta vez si lo coje. ¿Dónde estás? me pregunta, ¿Cómo que dónde estoy? Pues en la terminal, le respondo, llevo aquí desde las seis y diez. AH, dice sorprendida, ¿Y tú dónde estás?, le pregunto a su vez. Yo en el avión, me responde, ¿en el avión? y antes de decirla ¡vale!, pienso en las decenas de veces que he volado con gente con la que quedas en el aeropuerto y en el pacto de esperarse unos a otros. Ah! digo por fín, pues nada, facturo y voy al avión. Llego al mostrador, me dicen que mi vuelo se ha cerrado hace tres minutos. La mujer del mostrador se sorprende cuando no ve en mi ni cabreo ni decepción. Sencillamente se ha acabado el viaje. Llamo a mi acompañante. Oye, mi vuelo se ha cerrado ya. ¡Oh, lo siento!, me dice ella. Voy a tratar de buscar otro vuelo a Orly le digo, Ok, ahora te llamo. Voy al mostrador de la compañía aérea, no hay vuelos hasta las cinco, todos los demas ocupados. cambio de compañía, me ofrecen ir a Paris via Copenhage y llego a las cinco ¡que absurdo! Llamo a mi acompañante y la deseo feliz vuelo, se lamenta. Me vuelvo a mi autobús, aun sigue siendo de noche, vuelvo a pasar bajo el reloj del Banco de España, ahora marca las siete y media, vuelvo a casa, me pongo mis vaqueros, desayuno, y me voy a trabajar, y me encuentro como frustrado, con cierta sensación de absurdez y con un tiempo con el que no contaba en un sitio con el que no contaba estar, hay que aprovecharlo.  

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