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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

Giros

Tomo café todas las mañanas en el típico bar de barrio. Es un bar decorado en los años ochenta y que no ha sufrido ninguna actualización. Dominan los colores cremas y los dorados. Es un bar en forma de tubo con la barra a la izquierda según entras. Al fondo hay un pequeño espacio un poco más ancho en el que dispone de cuatro mesitas pequeñas con cuatro sillas cada una. Apenas tiene adornos, salvo molduras, y como ya he dicho antes, doradas. También tiene una especie de relieves en barro que eluden a figuras mitoógicas griegas. Son unos cuadros pequeños, dispuestos de manera simétrica en la pared de la derecha según entras. Son dos adornos absurdos por su reducido tamaño y colgados simétricamente en medio de una pared alta y larga. En realidad, nadie repara en ellos. La iluminación es chillona, en realidad no sé de donde proviene, si de focos o de lámparas también doradas. Da igual, el caso es que la iluminación es blanca reconvertida en amarillenta por el efecto de lo "dorado". Lo mejor del bar es el espejo que recorre toda la pared izquierda. Un espejo amarronado, esmerilado con formas abstractas y en el cuál te puedes observar mientrs tomas algo sentado en uno de los taburetes de la barra. Pero digo que es lo mejor del bar, porque también puedes observar a la gente que se sienta a tu diestra y a tu siniestra. Y todos nos observamos a través del espejo, y a veces nos cruzamos las miradas a través de él y enseguida la apartamos. Imagino los vectores que rebotan en el vidrio y salen en distintos ángulos hacia el observado. Hoy me siento, y a mi derecha hay una pareja de más de setenta años. No sé en qué momento han llegado, o si ya estaban allí cuando he llegado yo. Los dos están de pie. El es más alto que ella. Los dos tienen cara de malhumorados. Ambos delante de sendos cafés con leche en vaso. No se miran, sólo observan su café y ambos se concentran en dar vueltas con la cucharilla al líquido caliente. Vueltas y más vueltas, y no paran de hacer girar la cucharilla. Pasan los segundos y allí siguen, sin mirarse, ensemismados en los círculos. La cucharilla gira y gira y vuelve a girar en un baile alocado. Más parece que en vez de disolver el azucar quieren que se evapore. Siguen girando y no hay ni rastro en sus movimientos que indique que están en las últimas vueltas. Espero que algo ocurra, que uno de ellos rompa la espiral esquizofrénica y golpee con el canto de la cucharilla el borde del vaso para contagíar al otro. Pero no, siguen como poseidos observando el remolino que crea en sus cafés el objeto metálico girando. Les espera un plato de churros, pero no le hacen caso alguno. Siempre he odiado lo de las vueltas de la cucharilla en el café con leche en vaso, y su tintineo. Y hay gente que siente verdadero vicio en esto de hacer girar y girar su cucharilla. Hay gente que parece hipnotizarse con en una espiral imaginaria, en su sumidero particular. Me acabo el café y allí siguen los viejos malhumorados, de píe, haciendo girar sus cucharillas dentro de sus vasos. Salgo del local dorado y vuelvo a la calle, dónde la ciudad empieza su bullicio, el mismo de siempre,girando también. 

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