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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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18 noviembre 2014 2 18 /11 /noviembre /2014 01:01

No recuerdo que fuéramos nunca a bailar. Trato ahora de hacer memoria sobre aquellos años y no, no hubo sala de fiestas ni discoteca a la que acudiéramos juntos. Si hubo un par de exposiciones y creo que a lo mejor también alguna obra de teatro. Me gusta la pintura y aunque las recorro con demasiada velocidad, quizás por la ruidosa gente que he de soportar alrededor, me agrada acudir a alguna exposición, por lo que deduzco que me dejé acompañar por aquella mujer. Sin embargo, la susodicha no mostró excesivo interés en el arte y, una vez más, más que contemplar los lienzos, interpretaba su observación, quizás tomando como referencia esa magnífica escena de Kim Novak en la película “Vértigo” de Alfred Hitchcock. 

Tampoco recuerdo ahora haberla visto leyendo un libro. de hecho, carecía de ellos y, ahora que lo pienso, recelo de la gente que no lee y más aún de la que no vive con unos cuantos, sean cual sean su número. A ella, lo que le gustaba no sé muy bien que era, aunque ahora que lo pienso, había algo que si se le daba de maravilla, y eran los conflictos. No he conocido jamás un ser humano que tuviera tantos recelos y desconfianzas hacia otro ser humano. Si bien en nuestra relación personal parecía calmarse, fuera de ella, en cualquier otro tipo de interacción, el conflicto nacido del recelo, siempre afloraba, bien fuera con un taxista, con el portero de un edificio o en cualquier reunión de trabajo.

Aquella abogada de vida errante, que no se sabía muy bien de qué vivía y para qué, acabo colaborando conmigo en distintos proyectos. Se entusiasmaba con ellos y suplía su falta de imaginación con largos, extensos y prolijos informes que, lejos de dar músculo y gracilidad a las ideas, las enfangaba y complicaba.

Durante el tiempo que colaboré con ella, no sé que cantidad de burofaxes envió. Ella sola, era capaz de enredarse en sí misma y creaba tramas de engaños y traiciones alrededor de su trabajo. Lejos de ser abierta y receptiva, cada vez que alguien exponía un punto de vista, analizaba dónde estaba la trampa. No quedaba satisfecha si no salía de cualquier encuentro profesional con una trama conspiradora construida y sus precauciones acababan espantando a los interlocutores. Aquella mujer, que quería triunfar en los profesional, se destruía a sí misma, y después de una entrada triunfal, repleta de guiños de complicidad y cercanía hacia los extraños, sentía la insana necesidad de hacerles saber que nadie, sobre esta Tierra, tenía capacidad para engañarla. Yo creo que todo aquello nacía de su propia inseguridad.

Aquella mujer iba y venía acelerada de sitios recónditos, siempre andaba con un estrés que también ahora creo simulado. Yo trataba de ayudarla, de enseñarla a ser confiada, a no vivir a la defensiva, a ofrecerse abiertamente a los demás sin recelo alguno. Teníamos largas conversaciones en las que iba llevándola, poco a poco, a un escenario de tranquilidad, de confianza hacia los demás, pero en lo más íntimo de mí era consciente de que eran remansos temporales y, efectivamente, en el siguiente hito, su motorcito de, creo frustración, volvía a dejar escapar aquellos gases venenosos. Así transcurrían los meses. 

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Published by Fausto Lipomedes - en Apartamento
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16 noviembre 2014 7 16 /11 /noviembre /2014 22:43

Una vez, debía de tener yo cuarenta y cinco o cuarenta y seis años, conocí a una mujer que nunca debí conocer. Yo estaba en mi etapa de escarceos amorosos, aquella época en que andaba metido en todo tipo de encuentros y búsqueda de sensaciones nuevas. Sinceramente, no recuerdo muy bien donde conocí a esta mujer, pudo ser en un coctel, en una de esas fiestecitas o reuniones a las que tenía que asistir después del horario laboral. 

Sea donde fuere, aquella mujer estaba sentada frente a mi en la cafetería de un hotel en el centro de la ciudad, días después. Yo, que sólo quería tirármela, estaba frente a ella, con las piernas abiertas, mostrando mis atributos y tocándolos de vez en cuando, como ella mismo me hizo notar tiempo después. 

¿Qué cómo era esta mujer? La verdad que viene poco al caso, pues es sólo el arranque de la historia, pero no la historia en sí misma, que trato de narrar. Pero si insistís, os diré que era una mujer joven que aparentaba, o quería aparentar, más edad de la que tenía que, por aquel entonces, debían de ser los treinta y cinco o treinta y seis.  Quizás fuera su forma de vestir o su manera de actuar, pero el caso es que su edad aparente no era la real. 

Era una mujer que había copiado formas de andar, movimientos, tonos de risa, aspavientos, maneras de dejar caer su cabeza, de sentarse, levantarse, decir, escuchar, comer, pedir, despedirse o saludar por las mañanas, de toda una galería de personajes de películas, series y novelas románticas. Podía ser una profesional despiadada y recelosa, una hija abandonada por sus padres, o una hija que había abandonado su hogar en el pueblo para triunfar en la gran ciudad, una hermana menor picarona, una mujer fatal, una mujer desamparada, una buena amiga comprometida y solidaria, una mujer interesada en la cultura y en las obras benéficas, una mujer nocturna amante de los locales de la noche, de las fiestas alocadas y desmadradas, un ama de casa, una amante esposa, una mujer herida por las infidelidades de su marido o una madre acogedora y llena de bondad. En definitiva, a mi, cada vez que pensaba en todo esto, me venía a la cabeza Cruella de Vil, el personaje desequilibrado de 101 Dálmatas, no sé porque. 

Pero todo esto lo descubrí después. Lo que yo veía en aquella cafetería era a una mujer ardiente, conocedora de los secretos del sexo y capaz de dar a un hombre placer de maneras que intuía desconocidas, aunque esto último me desanimaba un poco, pues he de reconocer que en el sexo me gusta ser básico, un poco irracional, a veces un poco violento y, consecuentemente, sentirme dominador. Pero bueno, toda aquella complicidad de movimientos, sonrisas picaronas y formas de mirarnos en aquella cafetería me hacía augurar una noche, o tarde, loca de amor desenfrenado. 

La mujer no era guapa, tenía ojos pequeños que eran más pequeños cuando se deshacía de sus lentes, pelo rubio, que era bonito, ondulado y cayendo revuelto alrededor de su cabeza que era grande. Cara redonda, blanca ,de fina barbilla y piel muy fina, y una frente desmesurada para el conjunto de su rostro. Su boca era de labios finos que posteriormente vi muchas veces corvados de manera convexa. 

Aquella mujer de edad indefinida, ni jovencita ni madura, vivía con una señora mayor, una especie de abuela ye-ye, la tía Ramona que hay en todas las casas, la hermana, normalmente de tu madre, que ha quedado solterona, amante del arte, que vive acomodada, que es nerviosa y que trata de cumplir con todas las normas de la educación del siglo XIX, una especie de pionera femenina de aspecto inmaculado y que es cortejada por señores mayores de pañuelos en la solapa de su chaqueta que la invitan a tomar té, a los toros o a dar pases por jardines con rosas. Una mujer que se ruboriza con las frases de sus galanteadores un poco subidas de tono, que se estremece y sonríe respondiendo siempre: ¿pero qué me está diciendo usted? Una mujer en un continuo proyecto de romance, pero que bebe a escondidas, con cierto puntito de locura, de ida de olla, de pérdida de todo ese equilibrio en el  que vive, que trata siempre de controlar o disimular. Aquella mujer, de libros de arte en la mesita baja de su salón y de oleos originales de firmas desconocidos, grabados con dedicatorias, revistas de decoración, alfombras, aparador de bisabuela lleno de cristalería y loza china y jarrones con flores, era una especie de tutora de esta otra mujer. que ocupaba un dormitorio en su casa, en el que tuvimos unos cuantos revolcones. 

Entre ellas había esa complicidad femenina que tanto me ha llamado siempre la atención y que desprecia la diferencia de edad, como si lo femenino fuera, en si mismo, algo ajeno a la edad, un viejo arte aprendido desde la adolescencia y que no caduca hasta la muerte y que todas las mujeres llevan dentro y que les hacen saber telepáticamente, que sienten, desean y temen unas y otras. 

Me voy del relato. Aquellas dos mujeres vivían juntas, y la más joven creo que habíase convertido en objeto de deseo de los viejos amigos de su casera. Antiguos poetas, músicos, catedráticos y catedráticas, compositores de zarzuela, críticos taurinos, viejos columnistas de periódicos de provincias, algún político de tercer nivel y algún aspirante a ministro. 

Aquella mujer tenia las tetas realmente pequeñas. Bueno, prácticamente no tenía y desde el principio decía con soltura que quería reunir dinero para operárselas. La verdad que me sorprendió la capacidad de ocultar aquella deficiencia bajo un sujetador lleno de postizo, y sobre todo la capacidad para mostrarme su realidad después de haberme dado a entender otra. 

Aquella mujer y yo empezamos a vernos. Le gustaba follar conmigo y llegué a la conclusión de que sus relaciones sexuales habían sido escasas y de que disfrutaba con las maneras en que hacíamos el amor. Aquella mujer , que como es natural empezó a hablarme de su vida, parece que mayoritariamente se relacionaba con personas  mayores y, obviamente, con hombres mayores.  Creo que le motivaba bastante sentir que atraía a hombres maduros que no dudaban en agasajarla, convirtiendo la relación con ellos en una especie de cortejo permanente, con guiños a la vida matrimonial aburrida de ellos o a la especulación sobre una posible relación. Cuando conocí a esta mujer trabajaba como una especie de pasante o de ayudante o de mano derecha de un notario de vida alegre y desenfadada. 

Empezamos a vernos con cierta asiduidad. El sexo fue perdiendo prioridad en nuestros encuentros, como ocurre siempre y poco a poco, como quien no quiere la cosa, nos hicimos pareja. 

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Published by Fausto Lipomedes - en Apartamento
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13 noviembre 2014 4 13 /11 /noviembre /2014 01:02

 

Aquí estoy de nuevo, en mi buhardilla. Quien no sepa cual era el estado de mi cabeza puede leer algunos artículos anteriores.  La verbena popular habíame sacado de mi casa  y habíame lanzado a la calle. 

Qué tristes son las rupturas ¿verdad? Se te engancha el cerebro recordando lo que ya no sientes, imaginando de dónde pudo surgir y cómo lo alimentabas. Te quedas perplejo tratando de desmenuzar, de narrarte mentalmente cómo, cuando y con qué cronología fue desapareciendo todo aquello. Se te quedan en la cabeza fragmentos de una sonrisa, fotogramas en color sepia, y nada más. Te quedas triste, deambulas triste, vives triste, no sabes muy bien porque, si por la persona que ya no está o por esa capacidad desconocida que descubrimos en nosotros de crear ilusiones y dejar que luego se deshagan hasta desaparecer como una voluta de humo, y esa capacidad asusta, casi aterra. 

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Published by Fausto Lipomedes - en Colono
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4 noviembre 2014 2 04 /11 /noviembre /2014 00:34

2014-0990.jpgMe dicen que vuelva a la buhardilla. Es lejano todo aquello, pero quizás sea mejor que vuelva allí y me deje de tanto pesimismo y frustración. Está bien, inicio el camino hacia ella, pero me tomaré las licencias de hacer lo que me venga en gana en lo que se refiere a temas como el tiempo que me lleve llegar  o dejarla temporalmente para darme una vuelta por la vida actual. 

Tal es el caso de hoy, que he quedado a comer con un viejo conocido y con el que he estado más tiempo del que preveía, tanto que han acabado multándome y he tenido que pagar para anular la multa. 

Mi viejo amigo me dice que el es muy raro, y después de veinte años le afirmo: sí, a medida que se te va conociendo se va dando uno cuenta de lo raro que eres. Me sonríe. Mi amigo parece feliz. Verás, no es que tenga ciclos -me dice-, lo que pasa que soy inquieto, me gusta lo que hago y me embalo, eso me lleva a un subidón, yo mismo me empujo a mi mismo y cuando estoy arriba -sigue diciendo-, me pregunto que para qué tanto. Mi amigo es mayor, ignoro su edad, pero es mayor, quizás sobrepase los sesenta y dos, pero en un oficio como el nuestro, significa cuarenta años muy vividos y más pendientes de los demás y de lo que ocurre a tu alrededor que de ti mismo, lo cual, desgasta mucho físicamente, pero deja unos ojos listos y una alegría y vitalidad inigualables.  Mi amigo, tiene cáncer, o lo ha tenido. Va a revisiones anuales, pero no sabe si vivirá en 2016, Irá a la próxima en enero de 2015, y en esa visita le preguntara al médico: A ver, por lo que ves, ¿vivo todo este año? si la respuesta es afirmativa, tiene un año de tranquilidad. 

Mi amigo está planificando como disfrutar de los últimos años de su vida, y se pregunta sobre el concepto disfrutar. Trabaja mucho, pero además me dice que tiene problemas para desarrollar el término con su pareja. Me dice que para él disfrutar es viajar, pero que a su mujer no le gustan los aviones y odia viajar. Tenéis un problema de desarrollo de planes -le digo-. Asiente. Pero luego está el trabajo. Mi amigo, como yo, como todos los que nos dedicamos a esto, vivimos al día. Ha echado cuentas y sí, puede irse dos años y vaguear y viajar, pero habría de volver después de esos dos años y teme que cuando lo haga ya no quede nada. Es otro de los problemas de nuestra profesión, los logros son efímeros, la memoria es escasa y sólo viven del recuerdo o de la fama, los caraduras y sinvergüenzas, pero estos son comunes en todos los oficios. 

Mi amigo, como yo, tiene un problema de delfines, es decir, de sucesores. Trabaja con un equipo de personas, yo conozco bien a una de ellas, de la que mejor habla, lo cual me reafirma en mis elecciones. A lo que iba, no se trata solo de trabajar -me dice-, se trata del alma. Quien le sonríe soy yo ahora. Sí, te entiendo -le digo-, se trata de que alguien sea capaz de prolongar el espíritu, alguien que te observe, que decida que puedes ser su modelo, que te copie, te escuche, tome nota de como actúas y, adecuándolo a su forma de ser, decida mantener tu actitud en el entorno profesional. Sí -me apunta mi amigo-, tengo un chico y le podría mandar a los viajes, pero no se trata de que se entere de lo que le digan o no, se trata de que tengo dudas de que sepa representarme a mí y a lo que represento delante de terceros. Sí -le respondo-saber cuando decir qué, cuando no decir nada, cuando aprovechar momentos, detectar la oportunidad de hablar, escuchar, darse cuenta de quien tiene enfrente,que quiere ese alguien y qué espera, meter todo eso en el túrmix de la cabeza y hacer, ser. 

Mi amigo tiene una nieta con la que juega. Dice que la ve poco, supongo que todos los abuelos dicen lo mismo.  Me describe los esfuerzos que tiene que hacer para conseguir interactuar con ella, se tumba en el suelo, la sube a los columpios, me dice que le agota llevarla al Retiro, tiene dos años y medio, y claro, como los cachorrillos, ven una mariposa y se van detrás de ella, aunque revolotee al borde de un precipicio. 

Mi amigo y yo podríamos seguir hablando de todo esto, la típica conversación de pre jubilados, pero el oficio nos lleva a hablar de planes, cómo si tuviéramos treinta años y aun pensáramos que tenemos toda la vida adulta por delante. Es lo bueno de esta profesión, lo he comentado antes, el sentirse joven y con capacidad para poner en marcha cualquier proyecto. Le cuento los míos, me escucha atento. Levanto su interés, sus ganas, me da consejos, los escucho, se insinúa que igual podríamos colaborar juntos, me alegra oírlo. 

Miro el reloj, casi las cinco, llevamos casi tres horas. Me ha animado. Nos levantamos de la mesa y salimos al húmedo mediodía. El coge un taxi, le abro la puerta y nos emplazamos a vernos pronto de nuevo. Allí estamos, como dos hombres mayores por fuera, con el corazón hirviendo por dentro, es un privilegio. 

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Published by Fausto Lipomedes - en Cosas de todos los días
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30 octubre 2014 4 30 /10 /octubre /2014 00:15

Vaya temporadita que llevas Lipo-, le digo a Lipomedes. 

Bueno, hay cosas buenas-me dice él. ¿Sabes?, ahora llamo a mi madre casi todas las noches y consigo mantener con ella conversaciones casi normales. Ya no me dice “te quiero”, cada vez que se despide. Lo cierto es que antes, cada vez que la llamaba, que solía ser una vez a la semana, tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano. No hablábamos de nada, no había nada que contarse,  y era terrible oirla decir “te quiero” cuando se despedía. Ahora, tampoco pasa mucho más, no hay novedades, pero al ser la llamada diaría, es más normal que nada ocurra.  Además, he conseguido que se despida sin la necesidad de esos te quieros de mitología griega, vale un “hasta mañana”. Digamos que…es todo más normal, más liviano,, más como debe de ser. 

-Como me alegro-le digo. 

Gracias-, me responde. En realidad en parte te lo debo a tí. 

Yo me río. 

En serio, no te rías-me dice Lipomedes. 

¿Sabes? -continúa-, cada vez que he contado la relación con mi madre he construido yo el relato, ya sabes, rellenando los huecos, justificando y razonando los motivos. Yo construyo el problema irresoluble, y yo mismo explico sus razones. Contigo -continúa-, ha sido diferente.  Te lo he contado sí, pero al verte con ella no te ha mediatizado mi relato. Te has limitado a obviarlo y dejarte llevar por tus propios instintos, partiendo de cero. en realidad, creo que te he copiado, borrón y cuanta nueva, partir de cero, reconstruir o acabar de construir, retomar las obras. Gracias. 

Sonrío a Lipomedes y siento una inmensa alegría por él, pero le veo triste, hoy tiene un mal día, un día apesadumbrado. 

Bueno, le digo, pero a pesar de ello, te veo triste, le digo. 

Sí, me responde con la mirada algo perdida. La verdad,  lo estoy. Creo que tengo una anemía de tristeza, una anemía incurable, supongo que excesiva soledad, a veces pienso en esa frase que oía en misa, o en sé dónde cojones: no es bueno que el hombre esté solo. Me da vueltas en la cabeza. Subo en la bici, y ya sabes lo que ocurre en ella, los pensamientos se repiten como martilleos con cada pedalada, sobre todo si es cuesta arriba. Piensas, piensas, la idea, el pensamiento se estanca en el cerebro y con cada palpitación mental se repite la idea, obsesivamente, avanzando hacia ella, no vas a ningún sitio, sino hacia esa idea a la que nunca llegas, no hay destino sino repetir la idea en tu cerebro, machaconamente, en cada vuelta de pedal, tu y tu solo contigo repitiendo ritmicamente el movimiento, oyendo la goma avanzar en el asfalto, entrecerrando los ojos, abriendo la boca, la idea, que vuelve y vuelve, y miras a un punto en el horizonte y bajas la mirada, y ves tus muslos, tus rodillas, tus pies y levantas la vista, y vuelve la idea, y el punto del destino, y entre la fatiga, avanzas con tu idea, soportando el esfuerzo, sin siquiera buscar soluciones, sólo avanzas, sin destino. 

Joder Lipo, le digo. 

¿Qué?, ¿no lo ves? Todo se desmorona. 

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Published by Fausto Lipomedes - en Las razones del diablo
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24 octubre 2014 5 24 /10 /octubre /2014 19:46

Estamos en un final de octubre atípico. Hace más frío dentro que fuera de las casas. Esta mañana en el desayuno  ha dicho una frase que me ha hecho reflexionar. La dijo después de que yo le dijera que me parecía triste. Y se lo he dicho porque su rostro era distinto al de todos los días,. Estaba apagado, y sus ojos carecían de ese nerviosismo tan caracterísitico, tan mates, tan quietos. 

La frase ha sido: Estroy triste porque es viernes y no produce en mí ninguna alegría. Realmente me ha parecido demoledor. Y con la frase y su visualización he andado de un lado para otro todo el día, y hoy ha sido un día de mucho movimiento, pero en ningún lugar de los que he estado , esa frase y su visualzación, se han quedado. Ambos han ido pegados a mi como en la suela de las zapatillas se pega una gota de miel del suelo de la cocina,  intentando inmovilizarte en cada paso. Una manchita negra  tan insignificante que tardas en tomar la determinación de restregarla con una balleta húmeda, e incluso a veces, ni siquiera lo haces, y esperas a que de tantas cosas pisar, aquel efecto de ventosa, tan molesto, acabe por desaparecer.  

Es viernes, y aquí ando, solo, con la sensación de querer estar con quien no estoy o de estar donde no debo de estar, incapaz de de cambiar ese o esos hechos, anclado a esa manchita en mi suela. 

Pero esto era sólo un prólogo. 

Llego anocheciendo y, siempre que me invade la melancolía, también siempre solo, rondando por las calles que suben hasta mi casa, aparece un niño. Un niño de unos diez años, bajito y con una enorme cabeza, o una cabeza desproporcionadamente grande con respecto a su cuerpo. Un niño que camina y ronda por las aceras, observador, un niño de cara redonda blanca con dos grandes ojos negros también redondos y con dos manchas negras inexpresivas dentro de ellos. Un niño que me transmite una honda melancolía, un niño que no sonríe y que me mira desde que un día le saludé con la mano por pura empatia o por puro afecto desde el automóvil. Un niño que me observa, de izquierda a derecha o viceversa según la trayectoría de mi coche, tan fijamente, con tanto anclaje y magnetismo, que a veces no puedo aguantarle su mirada. No descifro que quiere decirme con ella,  aunque trato de averiguarlo. No sé de dónde sale, dónde vive ni quienes son sus padres.  

No acierto a calificar si es un niño triste, pero es tan tranquilo, tan pausado en los escasos movimientos que he podido observar en él, porque casi siempre está quieto cuando aparece, que no sé si es un niño sin niñez. Sea quien sea, venga de dónde venga, siempre aparece cuando siento melancolía y a veces pienso que para robármela y que lo hace a través de su fija mirada. 

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Published by Fausto Lipomedes - en Colono
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18 octubre 2014 6 18 /10 /octubre /2014 20:56

Estoy desayunando con Lipomedes. Pero Lipomedes, ¿de qué me estás hablando?, le pregunto. Uff! , me dice, estoy harto de culetes, culitos, braguitas y pañalitos. -

Pero, ¿a qué viene eso? Le vuelvo a insistir. Hace mas de un mes que no sé nada de ti. ¿Donde te has metido tipo?

¿Qué dónde me he metido? Jaja, llevo mas de un mes a los pies de la cama de mi madre.

¿De tu madre?, ¿Ésta enferma?

Que va, dice echándose hacia atrás. De enferma nada, se rompió una cadera y está.....bueno, no sé cómo está, creo que bien, o eso diría si fuera una mujer normal, si fuera la madre de un amigo a la que fuera a visitar al hospital. Lipomedes se queda pensativo unos segundos.......Sí, —continua diciendo—si no fuera mi madre, diría eso, que está bien, que a pesar de su avanzada edad (84 años), ha tenido suerte de lo bien que ha ido su operación, del rápido post operatorio, de que no ha habido complicaciones, de que parece que la intervención no le ha afectado a ninguna otra parte de su cuerpo y que ahora solo hace falta rehabilitar la funcionalidad de esa parte postiza dentro de ella. Sí, si mi madre fuera la madre de un amigo, le daría un beso a esa señora,  y a mi amigo una palmada en la espalda, como queriéndole decir: todo va bien amigo, tu madre esta estupenda, solo necesita un poco de cariño y ánimos para que conseguir recuperar su movilidad.

Lipomedes vuelve a parecer pensar. Sus palabras salen lentas, como si estuviera recordando pasajes de un viejo libro. Pero mi madre no es así, —continua diciéndome o, mas apropiadamente, narrándome—, desde que me llamó mi hermana una noche a las diez para contarme que mi madre había sido trasladada por una ambulancia a las urgencias del gran centro hospitalario porque se había roto la cadera, desde ese momento, fui consciente de la larga temporada de sinsabores que se me venían encima. Desde esa fatídica noche de boxes de urgencias y rodeado de familias gitanas, musulmanes, sudamericanos, chinos y algún europeo, tengo la necesidad de que todo esto finalice, pero no lo consigo. Es como acabar capítulos de un relato desagradable esperando que sea el ultimo, pero siempre hay uno más. Mi madre —dice Lipomedes—, es como un libro maldito que lleva años en una estantería, en la balda más alta, ese libro al que no quieres prestar atención y que sabes que algún día has de leer, pero al que has estado ignorando porque narra vergüenzas, verdades que no quieres conocer.

Joder Lipomedes —le digo— ¿No exageras un poco?

El me sonríe y veo en su rostro algo de cansancio. No —me dice—, no exagero nada. Todo lo que pensaba sobre mi santa madre, mi rechazo irracional hacia su persona, todas las sensaciones de tristeza que me transmite, su desesperanza y pesimismo, su angustia y sus miedos, todo ello lo percibo ahora y si he podido eludir todo esto mediante la simple lejanía desde hace años , ahora que la conciencia me ata a su lecho, me las veo y me las deseo para no dejarme infiltrar por esos hálitos suyos.

Jaja —me río yo ahora—, ¿Me estás hablando en serio?

Completamente, —me responde—, ¿Y sabes?, ignoro como pudo soportarla mi padre durante más de treinta años. Ahora entiendo que un día, mi padre, con quien ya sabes que he tenido una escasa relación, me dijera que estaba sopesando divorciarse de mi madre y que habían llegado al punto de no dormir ya juntos. Yo, que por aquel entonces solo deseaba alejarme de aquella familia para poder vivir según mi visón del mundo, no supe que decirle al respecto. Le escuché, asentí con la cabeza y le pregunté sobre la razón de aquel pensamiento. La respuesta fue muy sencilla: «Porque tu madre es insoportable».

Tengo la sensación de que el olor del hospital va conmigo., dice Lipomedes mirando al cielo. Tengo la sensación de que todo el mundo puede oler lo mismo que yo huelo en mi interior, esa especie de mezcla de aromas de comida, pises, heces, medicinas, dolor, lejía, amoniaco y alientos secos. Lo llevo conmigo, se ha metido en mis orificios nasales, es una especie de recordatorio de dónde acabará mi día hoy también, igual que ayer.

Lipomedes hace un alto en su narración. Apoya su frente en su mano, la rasca ahora suavemente, vuelve a perder su vista en el horizonte, ligeramente por encima de él. Es una losa -dice a continuación-. Después de toda la jornada, ir, irremediablemente, como un corderillo sumiso, al gran hospital. Desde que entro sólo tengo ganas de salir. Tomo aliento y me desaparezco durante las dos o tres horas que sé que voy a estar allí. Ya he construido mis pequeños trucos de supervivencia. Conozco los ascensores ocultos de carga para no mezclarme con la masa amontonada frente a los oficiales, siempre llenos de gente esperando, todos bobos mirando como tales al marcador sobre las puertas metálicas. Sé donde hay cuartos de baño con papel para secarse las manos, me cuelo en el office de las enfermeras para buscar toallas, sé donde están las máquinas de café que funcionan, las puertas sin seguro que te permiten asomarte a la escalera de incendios para tomar el aire. La rutina me ha permitido ir conociendo a la gente que hay allí, a sus familiares y los lazos que los unen, cuando van, con qué horarios. Paseo por el largo pasillo con puertas de habitaciones a izquierda y derecha, todo el mundo semidesnudo, con esos pañales que les ponen, enseñando sus entrepiernas amarillas, con ese gesto de dolor y súplica en sus caras, mirándote extraños desde la oscuridad de las habitaciones. Sé quien esta solo, se quien esta triste, quien se aísla de la situación, quien intenta sobrellevar sus días allí con dignidad, como un mero trámite, disimulando ante todos los demás su miedo y su ignorancia sobre si mismos, sobre su cuerpo.

Sonrío -joder Lipo-, estas realmente en plan filosófico. Miro el reloj de mi móvil. -Eh, hay que ir a trabajar- le digo al mismo tiempo que recojo las cosas que hay esparcidas sobre la mesa. Noto a Lipomedes cansado, me mira con una media sonrisa y se levanta con pesadez, como si su cuerpo pesara toneladas. .Me seguirás contando, -le pregunto-. Como siempre me responde con esa misma sonrisa.

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Published by Fausto Lipomedes - en Lipoemas
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15 septiembre 2014 1 15 /09 /septiembre /2014 23:43

Anoche estalló una tormenta tremenda a eso de las dos y media o tres de la madrugada --me dice Lipomedes. Yo escucho con atención.  

 

Fue una tormenta alucinante, --me dice--, los árboles habíanse vuelto locos. chillaban histéricos por las ráfagas de aire, y las gotas caían sin concierto, locas también, ….pero una tormenta de cojones, sigue diciendo.  

 

Seguimos comiendo, pero es otro almuerzo, me gusta comer con él, ignoro la razón, pues siempre me cuenta los mismos rollos con ligeras variaciones. Hoy le molestan las moscas.  

 

--Joder, me cago en diez, ¡coooojoones!, dice mientras trata de aplastar una. Serán cabronas, sigue diciendo, son pequeñas, deben de ser las últimas de este jodido verano, recién nacidas, pertinaces, ¿para que cojones servirán las moscas? Joder, estoy hasta el culo de este jodido verano, pero, ¿a quién le puede gustar esto? 

 

Sonrío, siempre protesta, por casi todo o por muchas cosas.  

 

Bueno, ¿y qué al tu madre? 

 

Me mira, me sonríe, hasta el culo de hospital. Es acojonante la comunidad hospitalaria. Llevo doce días metido allí, como un puto sargento mayor al mando de un pasillo de habitaciones cuartelarias. Todas las puertas están abiertas, así que es fácil encontrarte con los rostros apagados, aburridos, tristes de los pacientes. Me los conozco a todos, verifico como evolucionan, los que han sido de alta, los nuevos ingresos, conozco a sus familiares, los he visto comer, dormir, rascarse la nariz, a algunos les he visto desnudos, sus espaldas, sus culos pálidos, sus quejidos, gemidos, suspiros. Ya reconozco también a los visitantes, su grado de relación con los hombres y mujeres grises, distingo las visitas de cortesía, las interesadas, las verdaderas, angustiadas, acallando la conciencia y me pregunto que hago allí. Vuelan los fantasmas que tengo con mi madre por el pasillo. Huelo mis manos, se ha impregnado en ellas el olor del hospital, de la falta de intimidad, de dodotis sucios, de cremas hidratantes, colonias, medicinas, sueros, bolsas de sangre, comidas en bandejas, yogures, paladares, dentaduras postizas y hastío.  

 

Piensa que algún día puedes encontrarte en esa misma situación, le digo.  

 

Piensa en ello.  

 

Deseo realmente que no, espero que mi paso por un hospital sea efímero, es más --dice--, espero que ni ocurra, cagar en público, semidesnudo, a merced de enfermeras y enfermeros, lozanas ellas y homosexuales, ellos, siempre hablando con esos diminutivos: camita, almohadita, toallita, vueltecita, un poquito de fuerza, paseíto, guapita, guapito... esas bromitas de niños, esos comentarios que eluden la realidad, ese dar esquinazo a esa decrepitud que se vive allí. Jajajajaja, se ríe ahora Lipomedes, Joder, me paso, debes de hartarte conmigo.  

 

Le sonrío, --No, le digo--.  ¿En qué piensas?, le pregunto.  

En la tormenta, me responde, estoy pensando si fue real o no. es lo malo de vivir los hechos a solas, que acabas no sabiendo si fueron reales o no.  

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Published by Fausto Lipomedes - en Cosas de todos los días
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14 septiembre 2014 7 14 /09 /septiembre /2014 23:43

Sigo compartiendo mesa con Lipomedes. Le gusta fumar después de la cena. Casi siempre comparto el postre con él, supongo que así se justifica él mismo consigo mismo y queda su conciencia tranquila con su compromiso de no comer dulces. Lipomedes está con una eterna dieta tratando de quitarse cuatro o cinco kilos que le sobran desde que le conozco, pero le resulta una tarea casi imposible, pues su cuerpo ya ha descendido ese escalón que resulta imposible de volver a subir. Pero quizás no se trata de nada de eso, y para él compartir el postre sea un rito, un signo, una señal, un mensaje oculto, un pacto. Nunca se lo que significa, pero me encanta hacerlo.  

 

--Bueno, ¿y qué tal está tu madre?, le pregunto.  

 

Miro a quien comparte la mesa conmigo. Me acaba de preguntar que cómo está mi madre. Me vienen un montón de ideas a la cabeza y no sé como responder de manera ordenada, con una lógica en el discurso, con cierta coherencia y linealidad.   

 

Tengo a mi madre en la planta sexta de un gran centro hospitalario, con nada grave, con una rotura de cadera, encamada, pequeña, asustada. Así la veo y la miro a veces, y otras veces la creo despiadada, manipuladora, puede que también diabólica.  

 

¿Sabes? digo. Mi madre no tiene que ver nada con su madre.  

 

Recuerdo a mi abuela, siempre despeinada y de edad avanzada. Me resulta imposible no recordar a mi abuela con muchos años, y también fue joven, y compartí años con ella, pero yo siempre la veo con su pelo gris enmarañado, sus dedos deformados de piel suave. Mi abuela, consciente de su edad y jugando siempre a ser útil.  

 

Sosteniendo dos platos, uno en cada mano, mi comida. Siempre sosa, pues ella no podía cocinar con sal. siempre sonriéndome, y yo a ella. Recuerdo que más tarde, cuando se puso enferma definitivamente, yo hacía la comida. Pienso en mi relación con ella y pienso que era magnífica. En realidad,  creo que ha sido la mejor relación que he tenido con una mujer.  

 

No sé porque a la persona que come conmigo le gusta tanto escuchar estas historias que, por otra parte, son siempre las mismas. Podría narrar algunas otras, pero siempre vuelvo a estas, como si fueran las historias primarias, las que explican todas las demás, las que he de repasar una y otra vez o las que no quiero olvidar, Me haré viejo recordando la vejez de mi abuela y cuanto más lo recuerdo más joven me siento.  

 

Jodido otoño, que no llegas, me engañas, no se como te las apañas,  

me das nubes por las mañanas, algunas brisas y con tus con tus colores rojos de la tarde me enmarañas,  

jodido otoño, perezoso, vago, desde el lecho miras de reojo, bostezas y te das la vuelta. 

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9 septiembre 2014 2 09 /09 /septiembre /2014 23:36

 

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Pero coño!!!!, ¿dónde te metes otoño?  

  

Yo tan ansioso, tan atento a los signos del declinar de esta falsa felicidad,  

olisqueo tu frescor sacando de mi cueva el morro, esperando igual que a la primavera el oso.  

  

Otoño, ven ya con tus ocres y rojos, con esa melancolía que provoca saber que todo lo que nació en verano era tan falso. Empuja ya a esta luz blanca que borra los colores, que elimina los contrastes, hacia el cadalso. esta luz hiriente tan ajena a nuestros ojos.  Destierra estos cielos rasos aguados, tráeme tus nubes y sus formas, oscurece laderas, cabalga sobre ellas tus sombras, acalla los cánticos de los inmundos, impón tu silencio, y dentro de él,  el silbido de tus brisas, y si te enfureces, trae tormentas y con ellas la vida.  

 

Impón el camino hacia la pureza, elimina lo fatuo, que sólo viva lo eterno, lo largo, lo que aguanta, lo que se encoje y calla. Pudre lo efímero, borra con tu viento lo liviano, lo fuerte te hará frente, dará la cara. Mete en sus agujeros a tus infieles, mantenlos allí dentro, callados, sin saber que hacer con sus pensamientos, sin saber que hacer sin mostrarse, incapaces de mirarse en su espejo.  

 

Otoño, tráeme esos rostros más humanos, fuera abalorios y adornos , quiero enrojecidos los pómulos, quiero esas manos que agarran la lana para, cruzándola, acariciar los pechos y el alma.   

 

Otoño, tráeme calma, panas y gorros, pinta la vida al carboncillo, estoy cansado de pinturas de niños, de chillidos, de olores humanos, de luces artificiales, de ruidos, de risas grasientas, de sensualidad a la moda, de pasarelas de cuerpos tan evidentes.  

 

Otoño, tráeme miradas apagadas y sus sonrisas suaves y con tus fondos grises, más blancas. Otoño, te espero atento, quieto, concentrado. Abre el arcón de tu reino y mete en él tanto mundo agotado.   

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