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4 noviembre 2014 2 04 /11 /noviembre /2014 00:34

2014-0990.jpgMe dicen que vuelva a la buhardilla. Es lejano todo aquello, pero quizás sea mejor que vuelva allí y me deje de tanto pesimismo y frustración. Está bien, inicio el camino hacia ella, pero me tomaré las licencias de hacer lo que me venga en gana en lo que se refiere a temas como el tiempo que me lleve llegar  o dejarla temporalmente para darme una vuelta por la vida actual. 

Tal es el caso de hoy, que he quedado a comer con un viejo conocido y con el que he estado más tiempo del que preveía, tanto que han acabado multándome y he tenido que pagar para anular la multa. 

Mi viejo amigo me dice que el es muy raro, y después de veinte años le afirmo: sí, a medida que se te va conociendo se va dando uno cuenta de lo raro que eres. Me sonríe. Mi amigo parece feliz. Verás, no es que tenga ciclos -me dice-, lo que pasa que soy inquieto, me gusta lo que hago y me embalo, eso me lleva a un subidón, yo mismo me empujo a mi mismo y cuando estoy arriba -sigue diciendo-, me pregunto que para qué tanto. Mi amigo es mayor, ignoro su edad, pero es mayor, quizás sobrepase los sesenta y dos, pero en un oficio como el nuestro, significa cuarenta años muy vividos y más pendientes de los demás y de lo que ocurre a tu alrededor que de ti mismo, lo cual, desgasta mucho físicamente, pero deja unos ojos listos y una alegría y vitalidad inigualables.  Mi amigo, tiene cáncer, o lo ha tenido. Va a revisiones anuales, pero no sabe si vivirá en 2016, Irá a la próxima en enero de 2015, y en esa visita le preguntara al médico: A ver, por lo que ves, ¿vivo todo este año? si la respuesta es afirmativa, tiene un año de tranquilidad. 

Mi amigo está planificando como disfrutar de los últimos años de su vida, y se pregunta sobre el concepto disfrutar. Trabaja mucho, pero además me dice que tiene problemas para desarrollar el término con su pareja. Me dice que para él disfrutar es viajar, pero que a su mujer no le gustan los aviones y odia viajar. Tenéis un problema de desarrollo de planes -le digo-. Asiente. Pero luego está el trabajo. Mi amigo, como yo, como todos los que nos dedicamos a esto, vivimos al día. Ha echado cuentas y sí, puede irse dos años y vaguear y viajar, pero habría de volver después de esos dos años y teme que cuando lo haga ya no quede nada. Es otro de los problemas de nuestra profesión, los logros son efímeros, la memoria es escasa y sólo viven del recuerdo o de la fama, los caraduras y sinvergüenzas, pero estos son comunes en todos los oficios. 

Mi amigo, como yo, tiene un problema de delfines, es decir, de sucesores. Trabaja con un equipo de personas, yo conozco bien a una de ellas, de la que mejor habla, lo cual me reafirma en mis elecciones. A lo que iba, no se trata solo de trabajar -me dice-, se trata del alma. Quien le sonríe soy yo ahora. Sí, te entiendo -le digo-, se trata de que alguien sea capaz de prolongar el espíritu, alguien que te observe, que decida que puedes ser su modelo, que te copie, te escuche, tome nota de como actúas y, adecuándolo a su forma de ser, decida mantener tu actitud en el entorno profesional. Sí -me apunta mi amigo-, tengo un chico y le podría mandar a los viajes, pero no se trata de que se entere de lo que le digan o no, se trata de que tengo dudas de que sepa representarme a mí y a lo que represento delante de terceros. Sí -le respondo-saber cuando decir qué, cuando no decir nada, cuando aprovechar momentos, detectar la oportunidad de hablar, escuchar, darse cuenta de quien tiene enfrente,que quiere ese alguien y qué espera, meter todo eso en el túrmix de la cabeza y hacer, ser. 

Mi amigo tiene una nieta con la que juega. Dice que la ve poco, supongo que todos los abuelos dicen lo mismo.  Me describe los esfuerzos que tiene que hacer para conseguir interactuar con ella, se tumba en el suelo, la sube a los columpios, me dice que le agota llevarla al Retiro, tiene dos años y medio, y claro, como los cachorrillos, ven una mariposa y se van detrás de ella, aunque revolotee al borde de un precipicio. 

Mi amigo y yo podríamos seguir hablando de todo esto, la típica conversación de pre jubilados, pero el oficio nos lleva a hablar de planes, cómo si tuviéramos treinta años y aun pensáramos que tenemos toda la vida adulta por delante. Es lo bueno de esta profesión, lo he comentado antes, el sentirse joven y con capacidad para poner en marcha cualquier proyecto. Le cuento los míos, me escucha atento. Levanto su interés, sus ganas, me da consejos, los escucho, se insinúa que igual podríamos colaborar juntos, me alegra oírlo. 

Miro el reloj, casi las cinco, llevamos casi tres horas. Me ha animado. Nos levantamos de la mesa y salimos al húmedo mediodía. El coge un taxi, le abro la puerta y nos emplazamos a vernos pronto de nuevo. Allí estamos, como dos hombres mayores por fuera, con el corazón hirviendo por dentro, es un privilegio. 

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Published by Fausto Lipomedes - en Cosas de todos los días
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30 octubre 2014 4 30 /10 /octubre /2014 00:15

Vaya temporadita que llevas Lipo-, le digo a Lipomedes. 

Bueno, hay cosas buenas-me dice él. ¿Sabes?, ahora llamo a mi madre casi todas las noches y consigo mantener con ella conversaciones casi normales. Ya no me dice “te quiero”, cada vez que se despide. Lo cierto es que antes, cada vez que la llamaba, que solía ser una vez a la semana, tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano. No hablábamos de nada, no había nada que contarse,  y era terrible oirla decir “te quiero” cuando se despedía. Ahora, tampoco pasa mucho más, no hay novedades, pero al ser la llamada diaría, es más normal que nada ocurra.  Además, he conseguido que se despida sin la necesidad de esos te quieros de mitología griega, vale un “hasta mañana”. Digamos que…es todo más normal, más liviano,, más como debe de ser. 

-Como me alegro-le digo. 

Gracias-, me responde. En realidad en parte te lo debo a tí. 

Yo me río. 

En serio, no te rías-me dice Lipomedes. 

¿Sabes? -continúa-, cada vez que he contado la relación con mi madre he construido yo el relato, ya sabes, rellenando los huecos, justificando y razonando los motivos. Yo construyo el problema irresoluble, y yo mismo explico sus razones. Contigo -continúa-, ha sido diferente.  Te lo he contado sí, pero al verte con ella no te ha mediatizado mi relato. Te has limitado a obviarlo y dejarte llevar por tus propios instintos, partiendo de cero. en realidad, creo que te he copiado, borrón y cuanta nueva, partir de cero, reconstruir o acabar de construir, retomar las obras. Gracias. 

Sonrío a Lipomedes y siento una inmensa alegría por él, pero le veo triste, hoy tiene un mal día, un día apesadumbrado. 

Bueno, le digo, pero a pesar de ello, te veo triste, le digo. 

Sí, me responde con la mirada algo perdida. La verdad,  lo estoy. Creo que tengo una anemía de tristeza, una anemía incurable, supongo que excesiva soledad, a veces pienso en esa frase que oía en misa, o en sé dónde cojones: no es bueno que el hombre esté solo. Me da vueltas en la cabeza. Subo en la bici, y ya sabes lo que ocurre en ella, los pensamientos se repiten como martilleos con cada pedalada, sobre todo si es cuesta arriba. Piensas, piensas, la idea, el pensamiento se estanca en el cerebro y con cada palpitación mental se repite la idea, obsesivamente, avanzando hacia ella, no vas a ningún sitio, sino hacia esa idea a la que nunca llegas, no hay destino sino repetir la idea en tu cerebro, machaconamente, en cada vuelta de pedal, tu y tu solo contigo repitiendo ritmicamente el movimiento, oyendo la goma avanzar en el asfalto, entrecerrando los ojos, abriendo la boca, la idea, que vuelve y vuelve, y miras a un punto en el horizonte y bajas la mirada, y ves tus muslos, tus rodillas, tus pies y levantas la vista, y vuelve la idea, y el punto del destino, y entre la fatiga, avanzas con tu idea, soportando el esfuerzo, sin siquiera buscar soluciones, sólo avanzas, sin destino. 

Joder Lipo, le digo. 

¿Qué?, ¿no lo ves? Todo se desmorona. 

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Published by Fausto Lipomedes - en Las razones del diablo
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24 octubre 2014 5 24 /10 /octubre /2014 19:46

Estamos en un final de octubre atípico. Hace más frío dentro que fuera de las casas. Esta mañana en el desayuno  ha dicho una frase que me ha hecho reflexionar. La dijo después de que yo le dijera que me parecía triste. Y se lo he dicho porque su rostro era distinto al de todos los días,. Estaba apagado, y sus ojos carecían de ese nerviosismo tan caracterísitico, tan mates, tan quietos. 

La frase ha sido: Estroy triste porque es viernes y no produce en mí ninguna alegría. Realmente me ha parecido demoledor. Y con la frase y su visualización he andado de un lado para otro todo el día, y hoy ha sido un día de mucho movimiento, pero en ningún lugar de los que he estado , esa frase y su visualzación, se han quedado. Ambos han ido pegados a mi como en la suela de las zapatillas se pega una gota de miel del suelo de la cocina,  intentando inmovilizarte en cada paso. Una manchita negra  tan insignificante que tardas en tomar la determinación de restregarla con una balleta húmeda, e incluso a veces, ni siquiera lo haces, y esperas a que de tantas cosas pisar, aquel efecto de ventosa, tan molesto, acabe por desaparecer.  

Es viernes, y aquí ando, solo, con la sensación de querer estar con quien no estoy o de estar donde no debo de estar, incapaz de de cambiar ese o esos hechos, anclado a esa manchita en mi suela. 

Pero esto era sólo un prólogo. 

Llego anocheciendo y, siempre que me invade la melancolía, también siempre solo, rondando por las calles que suben hasta mi casa, aparece un niño. Un niño de unos diez años, bajito y con una enorme cabeza, o una cabeza desproporcionadamente grande con respecto a su cuerpo. Un niño que camina y ronda por las aceras, observador, un niño de cara redonda blanca con dos grandes ojos negros también redondos y con dos manchas negras inexpresivas dentro de ellos. Un niño que me transmite una honda melancolía, un niño que no sonríe y que me mira desde que un día le saludé con la mano por pura empatia o por puro afecto desde el automóvil. Un niño que me observa, de izquierda a derecha o viceversa según la trayectoría de mi coche, tan fijamente, con tanto anclaje y magnetismo, que a veces no puedo aguantarle su mirada. No descifro que quiere decirme con ella,  aunque trato de averiguarlo. No sé de dónde sale, dónde vive ni quienes son sus padres.  

No acierto a calificar si es un niño triste, pero es tan tranquilo, tan pausado en los escasos movimientos que he podido observar en él, porque casi siempre está quieto cuando aparece, que no sé si es un niño sin niñez. Sea quien sea, venga de dónde venga, siempre aparece cuando siento melancolía y a veces pienso que para robármela y que lo hace a través de su fija mirada. 

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18 octubre 2014 6 18 /10 /octubre /2014 20:56

Estoy desayunando con Lipomedes. Pero Lipomedes, ¿de qué me estás hablando?, le pregunto. Uff! , me dice, estoy harto de culetes, culitos, braguitas y pañalitos. -

Pero, ¿a qué viene eso? Le vuelvo a insistir. Hace mas de un mes que no sé nada de ti. ¿Donde te has metido tipo?

¿Qué dónde me he metido? Jaja, llevo mas de un mes a los pies de la cama de mi madre.

¿De tu madre?, ¿Ésta enferma?

Que va, dice echándose hacia atrás. De enferma nada, se rompió una cadera y está.....bueno, no sé cómo está, creo que bien, o eso diría si fuera una mujer normal, si fuera la madre de un amigo a la que fuera a visitar al hospital. Lipomedes se queda pensativo unos segundos.......Sí, —continua diciendo—si no fuera mi madre, diría eso, que está bien, que a pesar de su avanzada edad (84 años), ha tenido suerte de lo bien que ha ido su operación, del rápido post operatorio, de que no ha habido complicaciones, de que parece que la intervención no le ha afectado a ninguna otra parte de su cuerpo y que ahora solo hace falta rehabilitar la funcionalidad de esa parte postiza dentro de ella. Sí, si mi madre fuera la madre de un amigo, le daría un beso a esa señora,  y a mi amigo una palmada en la espalda, como queriéndole decir: todo va bien amigo, tu madre esta estupenda, solo necesita un poco de cariño y ánimos para que conseguir recuperar su movilidad.

Lipomedes vuelve a parecer pensar. Sus palabras salen lentas, como si estuviera recordando pasajes de un viejo libro. Pero mi madre no es así, —continua diciéndome o, mas apropiadamente, narrándome—, desde que me llamó mi hermana una noche a las diez para contarme que mi madre había sido trasladada por una ambulancia a las urgencias del gran centro hospitalario porque se había roto la cadera, desde ese momento, fui consciente de la larga temporada de sinsabores que se me venían encima. Desde esa fatídica noche de boxes de urgencias y rodeado de familias gitanas, musulmanes, sudamericanos, chinos y algún europeo, tengo la necesidad de que todo esto finalice, pero no lo consigo. Es como acabar capítulos de un relato desagradable esperando que sea el ultimo, pero siempre hay uno más. Mi madre —dice Lipomedes—, es como un libro maldito que lleva años en una estantería, en la balda más alta, ese libro al que no quieres prestar atención y que sabes que algún día has de leer, pero al que has estado ignorando porque narra vergüenzas, verdades que no quieres conocer.

Joder Lipomedes —le digo— ¿No exageras un poco?

El me sonríe y veo en su rostro algo de cansancio. No —me dice—, no exagero nada. Todo lo que pensaba sobre mi santa madre, mi rechazo irracional hacia su persona, todas las sensaciones de tristeza que me transmite, su desesperanza y pesimismo, su angustia y sus miedos, todo ello lo percibo ahora y si he podido eludir todo esto mediante la simple lejanía desde hace años , ahora que la conciencia me ata a su lecho, me las veo y me las deseo para no dejarme infiltrar por esos hálitos suyos.

Jaja —me río yo ahora—, ¿Me estás hablando en serio?

Completamente, —me responde—, ¿Y sabes?, ignoro como pudo soportarla mi padre durante más de treinta años. Ahora entiendo que un día, mi padre, con quien ya sabes que he tenido una escasa relación, me dijera que estaba sopesando divorciarse de mi madre y que habían llegado al punto de no dormir ya juntos. Yo, que por aquel entonces solo deseaba alejarme de aquella familia para poder vivir según mi visón del mundo, no supe que decirle al respecto. Le escuché, asentí con la cabeza y le pregunté sobre la razón de aquel pensamiento. La respuesta fue muy sencilla: «Porque tu madre es insoportable».

Tengo la sensación de que el olor del hospital va conmigo., dice Lipomedes mirando al cielo. Tengo la sensación de que todo el mundo puede oler lo mismo que yo huelo en mi interior, esa especie de mezcla de aromas de comida, pises, heces, medicinas, dolor, lejía, amoniaco y alientos secos. Lo llevo conmigo, se ha metido en mis orificios nasales, es una especie de recordatorio de dónde acabará mi día hoy también, igual que ayer.

Lipomedes hace un alto en su narración. Apoya su frente en su mano, la rasca ahora suavemente, vuelve a perder su vista en el horizonte, ligeramente por encima de él. Es una losa -dice a continuación-. Después de toda la jornada, ir, irremediablemente, como un corderillo sumiso, al gran hospital. Desde que entro sólo tengo ganas de salir. Tomo aliento y me desaparezco durante las dos o tres horas que sé que voy a estar allí. Ya he construido mis pequeños trucos de supervivencia. Conozco los ascensores ocultos de carga para no mezclarme con la masa amontonada frente a los oficiales, siempre llenos de gente esperando, todos bobos mirando como tales al marcador sobre las puertas metálicas. Sé donde hay cuartos de baño con papel para secarse las manos, me cuelo en el office de las enfermeras para buscar toallas, sé donde están las máquinas de café que funcionan, las puertas sin seguro que te permiten asomarte a la escalera de incendios para tomar el aire. La rutina me ha permitido ir conociendo a la gente que hay allí, a sus familiares y los lazos que los unen, cuando van, con qué horarios. Paseo por el largo pasillo con puertas de habitaciones a izquierda y derecha, todo el mundo semidesnudo, con esos pañales que les ponen, enseñando sus entrepiernas amarillas, con ese gesto de dolor y súplica en sus caras, mirándote extraños desde la oscuridad de las habitaciones. Sé quien esta solo, se quien esta triste, quien se aísla de la situación, quien intenta sobrellevar sus días allí con dignidad, como un mero trámite, disimulando ante todos los demás su miedo y su ignorancia sobre si mismos, sobre su cuerpo.

Sonrío -joder Lipo-, estas realmente en plan filosófico. Miro el reloj de mi móvil. -Eh, hay que ir a trabajar- le digo al mismo tiempo que recojo las cosas que hay esparcidas sobre la mesa. Noto a Lipomedes cansado, me mira con una media sonrisa y se levanta con pesadez, como si su cuerpo pesara toneladas. .Me seguirás contando, -le pregunto-. Como siempre me responde con esa misma sonrisa.

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15 septiembre 2014 1 15 /09 /septiembre /2014 23:43

Anoche estalló una tormenta tremenda a eso de las dos y media o tres de la madrugada --me dice Lipomedes. Yo escucho con atención.  

 

Fue una tormenta alucinante, --me dice--, los árboles habíanse vuelto locos. chillaban histéricos por las ráfagas de aire, y las gotas caían sin concierto, locas también, ….pero una tormenta de cojones, sigue diciendo.  

 

Seguimos comiendo, pero es otro almuerzo, me gusta comer con él, ignoro la razón, pues siempre me cuenta los mismos rollos con ligeras variaciones. Hoy le molestan las moscas.  

 

--Joder, me cago en diez, ¡coooojoones!, dice mientras trata de aplastar una. Serán cabronas, sigue diciendo, son pequeñas, deben de ser las últimas de este jodido verano, recién nacidas, pertinaces, ¿para que cojones servirán las moscas? Joder, estoy hasta el culo de este jodido verano, pero, ¿a quién le puede gustar esto? 

 

Sonrío, siempre protesta, por casi todo o por muchas cosas.  

 

Bueno, ¿y qué al tu madre? 

 

Me mira, me sonríe, hasta el culo de hospital. Es acojonante la comunidad hospitalaria. Llevo doce días metido allí, como un puto sargento mayor al mando de un pasillo de habitaciones cuartelarias. Todas las puertas están abiertas, así que es fácil encontrarte con los rostros apagados, aburridos, tristes de los pacientes. Me los conozco a todos, verifico como evolucionan, los que han sido de alta, los nuevos ingresos, conozco a sus familiares, los he visto comer, dormir, rascarse la nariz, a algunos les he visto desnudos, sus espaldas, sus culos pálidos, sus quejidos, gemidos, suspiros. Ya reconozco también a los visitantes, su grado de relación con los hombres y mujeres grises, distingo las visitas de cortesía, las interesadas, las verdaderas, angustiadas, acallando la conciencia y me pregunto que hago allí. Vuelan los fantasmas que tengo con mi madre por el pasillo. Huelo mis manos, se ha impregnado en ellas el olor del hospital, de la falta de intimidad, de dodotis sucios, de cremas hidratantes, colonias, medicinas, sueros, bolsas de sangre, comidas en bandejas, yogures, paladares, dentaduras postizas y hastío.  

 

Piensa que algún día puedes encontrarte en esa misma situación, le digo.  

 

Piensa en ello.  

 

Deseo realmente que no, espero que mi paso por un hospital sea efímero, es más --dice--, espero que ni ocurra, cagar en público, semidesnudo, a merced de enfermeras y enfermeros, lozanas ellas y homosexuales, ellos, siempre hablando con esos diminutivos: camita, almohadita, toallita, vueltecita, un poquito de fuerza, paseíto, guapita, guapito... esas bromitas de niños, esos comentarios que eluden la realidad, ese dar esquinazo a esa decrepitud que se vive allí. Jajajajaja, se ríe ahora Lipomedes, Joder, me paso, debes de hartarte conmigo.  

 

Le sonrío, --No, le digo--.  ¿En qué piensas?, le pregunto.  

En la tormenta, me responde, estoy pensando si fue real o no. es lo malo de vivir los hechos a solas, que acabas no sabiendo si fueron reales o no.  

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14 septiembre 2014 7 14 /09 /septiembre /2014 23:43

Sigo compartiendo mesa con Lipomedes. Le gusta fumar después de la cena. Casi siempre comparto el postre con él, supongo que así se justifica él mismo consigo mismo y queda su conciencia tranquila con su compromiso de no comer dulces. Lipomedes está con una eterna dieta tratando de quitarse cuatro o cinco kilos que le sobran desde que le conozco, pero le resulta una tarea casi imposible, pues su cuerpo ya ha descendido ese escalón que resulta imposible de volver a subir. Pero quizás no se trata de nada de eso, y para él compartir el postre sea un rito, un signo, una señal, un mensaje oculto, un pacto. Nunca se lo que significa, pero me encanta hacerlo.  

 

--Bueno, ¿y qué tal está tu madre?, le pregunto.  

 

Miro a quien comparte la mesa conmigo. Me acaba de preguntar que cómo está mi madre. Me vienen un montón de ideas a la cabeza y no sé como responder de manera ordenada, con una lógica en el discurso, con cierta coherencia y linealidad.   

 

Tengo a mi madre en la planta sexta de un gran centro hospitalario, con nada grave, con una rotura de cadera, encamada, pequeña, asustada. Así la veo y la miro a veces, y otras veces la creo despiadada, manipuladora, puede que también diabólica.  

 

¿Sabes? digo. Mi madre no tiene que ver nada con su madre.  

 

Recuerdo a mi abuela, siempre despeinada y de edad avanzada. Me resulta imposible no recordar a mi abuela con muchos años, y también fue joven, y compartí años con ella, pero yo siempre la veo con su pelo gris enmarañado, sus dedos deformados de piel suave. Mi abuela, consciente de su edad y jugando siempre a ser útil.  

 

Sosteniendo dos platos, uno en cada mano, mi comida. Siempre sosa, pues ella no podía cocinar con sal. siempre sonriéndome, y yo a ella. Recuerdo que más tarde, cuando se puso enferma definitivamente, yo hacía la comida. Pienso en mi relación con ella y pienso que era magnífica. En realidad,  creo que ha sido la mejor relación que he tenido con una mujer.  

 

No sé porque a la persona que come conmigo le gusta tanto escuchar estas historias que, por otra parte, son siempre las mismas. Podría narrar algunas otras, pero siempre vuelvo a estas, como si fueran las historias primarias, las que explican todas las demás, las que he de repasar una y otra vez o las que no quiero olvidar, Me haré viejo recordando la vejez de mi abuela y cuanto más lo recuerdo más joven me siento.  

 

Jodido otoño, que no llegas, me engañas, no se como te las apañas,  

me das nubes por las mañanas, algunas brisas y con tus con tus colores rojos de la tarde me enmarañas,  

jodido otoño, perezoso, vago, desde el lecho miras de reojo, bostezas y te das la vuelta. 

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9 septiembre 2014 2 09 /09 /septiembre /2014 23:36

 

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Pero coño!!!!, ¿dónde te metes otoño?  

  

Yo tan ansioso, tan atento a los signos del declinar de esta falsa felicidad,  

olisqueo tu frescor sacando de mi cueva el morro, esperando igual que a la primavera el oso.  

  

Otoño, ven ya con tus ocres y rojos, con esa melancolía que provoca saber que todo lo que nació en verano era tan falso. Empuja ya a esta luz blanca que borra los colores, que elimina los contrastes, hacia el cadalso. esta luz hiriente tan ajena a nuestros ojos.  Destierra estos cielos rasos aguados, tráeme tus nubes y sus formas, oscurece laderas, cabalga sobre ellas tus sombras, acalla los cánticos de los inmundos, impón tu silencio, y dentro de él,  el silbido de tus brisas, y si te enfureces, trae tormentas y con ellas la vida.  

 

Impón el camino hacia la pureza, elimina lo fatuo, que sólo viva lo eterno, lo largo, lo que aguanta, lo que se encoje y calla. Pudre lo efímero, borra con tu viento lo liviano, lo fuerte te hará frente, dará la cara. Mete en sus agujeros a tus infieles, mantenlos allí dentro, callados, sin saber que hacer con sus pensamientos, sin saber que hacer sin mostrarse, incapaces de mirarse en su espejo.  

 

Otoño, tráeme esos rostros más humanos, fuera abalorios y adornos , quiero enrojecidos los pómulos, quiero esas manos que agarran la lana para, cruzándola, acariciar los pechos y el alma.   

 

Otoño, tráeme calma, panas y gorros, pinta la vida al carboncillo, estoy cansado de pinturas de niños, de chillidos, de olores humanos, de luces artificiales, de ruidos, de risas grasientas, de sensualidad a la moda, de pasarelas de cuerpos tan evidentes.  

 

Otoño, tráeme miradas apagadas y sus sonrisas suaves y con tus fondos grises, más blancas. Otoño, te espero atento, quieto, concentrado. Abre el arcón de tu reino y mete en él tanto mundo agotado.   

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25 agosto 2014 1 25 /08 /agosto /2014 22:39

 

He invitado a Lipomedes a cenar. Hacía tiempo que no sabía nada de él y pensé que sería interesante observar que cambios había experimentado en él, el verano.  

¡Que tontería!, pensé cuando estábamos con el segundo plato. Preparé algo ligero, acorde con los calores del verano (una sopa fría de tomate y dorada a la plancha, todo ello regado con una copita de vino blanco bien fresquito). Me encanta ver comer a Lipomedes. Tiene la habilidad de engullir pero si compartes mesa con él, no te das cuenta de ello. Es delicado, usa bien los cubiertos, es ameno en la conversación, limpia sus labios con la servilleta antes de beber de la copa de cristal, los vuelve a limpiar tras ello.  En definitiva, es delicado comiendo, pero zampa como un hombre medieval hambriento, y sólo te das cuenta cuando miras su plato vacío. Es por ello que Lipomedes prefiere platos sofisticados, que requieran partir, cortar, trocear, separar, extraer, mezclar, seleccionar, extirpar, doblar, acoplar, acompañar, emparejar; en definitiva, actos que requieran entretenerse para, así, poder ir a la misma velocidad de la gente con la que comparte mesa. 

  

Es por eso que elegí la sopa. Introduce la cuchara, la remueve acompasadamente, la recoge en la cuchara y la deja caer de nuevo desde la altura límite para que no salpique, se decide y ya va la primera cucharada a la boca. La introduce en ella, de lado, no cómo hace todo el mundo, con la parte más fina de la cuchara de frente dirección a la garganta. Lo hace así, sin sorber, sin hacer ruido, porque dice que esa es la forma correcta. Yo lo he intentado a solas y me parece tremendamente complicado. Y luego el pescado, me encanta verle diseccionarlo, extraer primero las espinas dorsales, luego extraer la espina central, ahuecar la carne con el cuchillo de pescado con el cuidado suficiente para que los lomos salgan limpios y compactos.    

 

Me voy del asunto. Quería saber qué tal estaba Lipomedes, no le veía desde finales de junio, y como ya os he dicho: que tontería, Lipomedes sigue igual, igual de crítico y gruñón, empecinado en ver las zonas oscuras de todo lo que ocurra a su alrededor, descreído, como si tuviera un decodificador capaz de dejar al desnudo cualquier acción y despejara a todos los actos de su apariencia para analizar todas las frustraciones o esos pensamiento paralelos que anidan en todos los cerebros y que se esconden, se ignoran, se tratan de tapar y amordazar, porque no son correctos o morales. En definitiva, Lipomedes está más interesado en lo que se oculta que en lo que se evidencia.  

 

Lipomedes está harto del verano, no soporta las altas temperatura, odia su falta de intimidad, a los tipos en camiseta con barrigas sarracenas comiendo con la boca abierta y los labios grasientos diciendo gilipolleces a sus familias alrededor de él. Esa es la imagen que tiene del verano, perros ladrando, casas quietas, horas muertas, zumbidos del aire acondicionado, espacios fríos y secos irreales y efímeros.  

 

Deduzco que seguirás escribiendo, le afirmo.  

Me mira con esos ojos que tiene ya un poco cansados. ¿Escribir?--me dice interrogativo, ¿el qué? 

 

Deduzco que seguirá haciéndolo. 

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28 julio 2014 1 28 /07 /julio /2014 19:54

 

2014 0611Cada quince días una mujer indescifrable en edad viene a casa a limpiar y a planchar. Es una mujer, igual es sólo una chica, del pueblo y es absolutamente sumisa. He tenido un par de pensamientos morbosos por culpa de esa naturaleza suya. Mujer o chica de pueblo, esclava del Señor, que asiste a actos religiosos y forma parte de esas legiones de jóvenes que acampan y pasan calor y frío en las misas multitudinarias del Papa cuando viene al país. Su sumisión religiosa la ha trasladado a su relación con los demás. Una mujer desperdiciada, una mujer condenada a no decidir, sólo a trabajar y a agachar la cabeza cuando se dirige a mí, siempre pidiendo perdón, disculpándose y hablando atolondradamente, por si lo que dice no es correcto. Apenas la veo, nos relacionamos por mensajes, la dejo dinero en la entrada de casa, ella viene, limpia, plancha, recoge el dinero y se va, y si necesita productos de limpieza me deja una nota, siempre pidiéndolos por favor, siempre suplicando. 

Ah, no estoy en la buhardilla, estoy ahora en mi presente, pero volveré a ella, algún día.

Bueno, esta mujer sumisa viene a limpiar y a planchar la casa cada quince días, y cada quincena, en su afán de quitar el polvo de todos los rincones, consigue mover los cables de la antena del televisor, de tal forma que cuando la enciendo por la noche no tengo imagen. 

En esos momentos me cago en diez, digo en voz alta ¡joooder!, me levanto del sillón y voy hasta la parte posterior del televisor a tantear la antena. Normalmente me bastan un par de movimientos del cable para que sonido e imagen vuelvan a la pantalla, pero he aquí que el otro día, o sea, hace unos días, el cable no había sido movido, simplemente se había desenganchado y yacía en el suelo. 

El ¡jooooder! fue más profundo, tuvo cuatro os. De nuevo me levanté hacia el televisor, y me cuesta, pues cuando me siento en el sofá me quedo hundido, con todo hecho y con la previsión de que no me tendré que mover de él en un buen rato. 

Apenas veía allá atrás.  Tanteaba montones de cables, los recorría con los dedos, notando como el polvo y la suciedad se quedaba adherida en las yemas. Busqué un mechero para poder alumbrarme en aquel laberinto de cables. Fogonazos de luz me permitían ver el enjambre eléctrico. Hacía calor, sudaba, resoplaba, encontré la antena y ahora tenía que decidir por que agujero clavarla. No leía los letreros que había bajo cada uno de los orificios disponibles, cogí mis lentes, de nuevo el mechero “out”, deduje que tenía que ser por ahí. Introduje el aguijón de la antena en aquel orificio, pero la pantalla seguía en negro con un pequeño cuadradillo rojo en una esquina. Metí aquel aguijón con saña, las gotas de sudor me resbalaban por la nuca, más resoplidos, congestión, hartura. Lo introducía con saña, movía el cable, lo recorrí entero, nada, no había imagen ni sonido. ¡A la mierda!, pasaría de la tele, después de todo sólo dan porquería. 

Me senté en el sillón y traté de recuperarme de mi sofoco. Esperé un ratito antes de pensar en qué ocupar el tiempo que, teniendo la tele, mataría de manera miserable. 

Peo la tele tiene esa capacidad seductora, que digo seductora, es una jodida droga a la que sucumbimos como grandes adictos. Hoy puedo pasar de la tele, pero ¿y mañana? 

Sólo quiero tener la certeza de que cuando quiera, la pueda encender. De pronto me he acordado de que en el sótano de casa quizás tenga una antena.

Y aquí debería comenzar la historia que quería contar que, en realidad, es sólo una sensación. Todo lo anterior es un contexto que me resulta inevitable narrar. 

¿Conocéis mi sótano?  Si no es así, trabajad un poco, hablo de él en algún artículo anterior, buscad. Mi sótano, ese espacio deshabitado húmedo, siempre en obras tratando de secarlo. Mi sótano oscuro, al que has de descender en negro, pues has de llegar abajo para poder dar al interruptor que enciende una mortecina bombilla. Todo queda amarillento y muerto. Me adentro por zonas recónditas de él buscando unas cajas en las que sé guardo cachivaches. Es una zona con el techo mucho más bajo que el resto, por lo que tengo que ir corvado. Veo las cajas, remuevo los objetos de plástico, de metal, cables, enchufes, almohadillas de sillas, de tumbonas, regalos que me hicieron no recuerdo quienes, televisores antiguos, cajas de ordenadores, juguetes de mi hijo, míos, lámparas inútiles, colecciones de fascículos, carpetas con facturas y papeles enmohecidos, cuadernos viejos, diccionarios de mi bachillerato, trozos de muebles, el árbol de Navidad de plástico, el Belén, los adornos, vajillas de café ridículas e imposibles, jarras viejas, veleros, viejos marcos de fotos, cuadros que pinté hace tantos años, sillas plegadas de visitas que nunca quise que vinieran, maletines, cartapacios, no quiero mirar más. Rebusco en las cajas, cada vez que muevo algo suena seco, como si se quebrara la estructura molecular de mi pasado. Desacoplo algo y todo vuelve a asentarse entre crujidos. Me fijo en la pared lateral. hay una legión de pequeñas moscas o quizás mosquitos, capaces de vivir en aquel lugar frío y pegajoso. No se inmutan con mi presencia, deben de ser seres ciegos, sordos. Oigo mi respiración, jadeo, me duele la espalda de estar encorvado. He vuelto a empezar a sudar. Y de pronto me evado, y de pronto yo no estoy allí, y de pronto me he muerto e imagino a mi hijo siendo yo, a mi hijo ordenando mi pasado, decidiendo que hacer con los enseres de su padre. Me imagino a mi hijo recordándome a través de aquellos objetos y me intriga qué piensa. Me intriga que decide hacer con ellos, si tirarlos, si conservarlos. le imagino perplejo, incapaz de dar valor a nada o a quitárselo, me imagino a mi hijo pensando en su padre, ese objeto imposible y escurridizo, me imagino a mi hijo sonriendo, reviviendo esos fines de semana conmigo, riéndose de mi nevera con muchos productos caducados, me imagino a mi hijo sentado en ese sótano, rodeado de todo aquello, sin saber que hacer, atorado, bloqueado por todos aquellos objetos sueltos, sin orden ni concierto, pequeño trocitos de una vida desordenada y llena de ansiedades, de miedos y equilibrios, una vida buscando siempre su normalidad, su rutina, sus tiempos muertos, tan creativos, tan ricos. Dejo a mi hijo en el sótano, deseando que me añore y que me eche de menos. No encuentro ninguna antena. 

 

 

 

 

 

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Published by Fausto Lipomedes - en Colono
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23 julio 2014 3 23 /07 /julio /2014 01:41

Hay cosas de la vida imborrables. Hechos, por escuetos que sean, que no podemos sacar de nuestra cabeza. Guiños de la vida tan sutiles como una mirada, tan efímeros como un reflejo captado por el rabillo del ojo, pero sobre los que no paramos de pensar, dándoles vueltas en nuestra cabeza. Quizás porque fueron hechos vergonzosos, quizás inesperados, quizás nos arrepentimos de ellos y al rememorarlos se nos pone la piel de gallina. Por todo ello, hay hechos que queremos sacar de nuestras mentes, pero no podemos, vivirán con nosotros, gozosos, regados, bien alimentados, hasta que abandonemos este absurdo mundo, así somos.

Llevo días acordándome de mi padre. Quizás busque amparo, quizás unas espaldas más anchas que las mías, un hombre en el que poder cobijarse otro hombre, el ser poderoso, protector, tu padre. ¡Dios!, que ternura siento ahora hacia él. Ojalá estuviera aquí, aunque fuera para nada, para saber,simplemente, que está.

Mi padre me llevó a ver 2001 una Odisea del espacio al cine. Yo debía de ser muy pequeño ya que recuerdo que era mucho más alto que yo y a mi padre enseguida le igualé en altura. Así que debía de tener doce o trece años. La novela de Clarke en la que está basada la película es absolutamente recomendable, al igual que lo es la adaptación cinematográfica. Además, es sorprendente que la película sea de 1969, o sea, hecha a mano, pues supera en mucho a las grandes producciones actuales.

La película está dividida en tres partes. La primera de ellas narra la existencia de un grupo de primates en medio de la nada, observados, en su rutina animal, por un monolito negro impresionante, por su estructura rectilínea, lisa, limpia. Son veinte minutos de gruñidos, de la lucha por el agua, de acosos, y desafíos hasta hasta que uno de los animales coge un hueso del suelo y se da cuenta de que tiene el poder.

De ahí la película salta,en una sola escena, a una nave espacial en el año 2001 y tras una aventura memorable, la película acaba hablando de dios, del todo y de la nada, del origen, del final, de la muerte, todo ello en imágenes bellas y confusas, difíciles de encajar.

Yo salí del cine sin tener una idea clara de aquella película, tenia doce o trece años. Había disfrutado mucho con la parte central, todo aquel rato en que HAL se va cargando a la tripulación del Discovery en su vuelo a Júpiter. Pero el problema estribaba en que yo quería encajar la parte inicial y última de la película con aquella parte central. Pensaba, y sigo pensándolo, que el autor se refería de alguna manera a dios, pero no lo tenía muy claro, y aún hoy me sigue molestando que existan esas dos partes tan abiertas en la película, con esa memorable parte central que llena por completo.

No sé que me dijo, pero mi padre, de vuelta a casa, me trato de explicar los lazos de unión de la película y su significado. Fue entonces cuando me di cuenta de que mi padre no lo sabía todo y de que podía discrepar de él. Una vez más acepté sus explicaciones sin abrir la boca, aburrido, sin querer discutir con él, simplemente porque no me apetecía, ni creo que a él tampoco. Supongo que él quería llevar a su hijo a ver una película del espacio y no una de filosofía espacial con dios por medio y el origen del hombre.

Ahora, más de cuarenta años después, con él ya muerto, como algunos de los personajes de la trilogía, he sentido por él un cariño, una nostalgia especial. Me hubiera gustado tomar un café con él y recordar aquella vez que fuimos al cine, a ver si él se acordaba también. Igual se reía y me decía ¡Joder!, menudo aprieto hijo, vaya película, no tenía ni idea de que decirte. Me hubiera gustado poder contarle mi parecer, contarle como resolvía el autor el enigma.

No sé si me hubiera escuchado, creo que sí, me hubiera gustado hacerlo, sentado sobre sus rodillas, jugando con sus mejillas ásperas y dejándole abrazarme. ¡Ojalá! no hubiera insistido en seguir pareciendo más listo que yo. No hacía falta papá. Me bastaba, me hubiera bastado con saber que estabas ahí, con que me hubieras llevado al cine aquella tarde, lo de menos era la película, lo importante era ir al cine con mi padre. Me hubiera gustado poder saborearlo, poder haberme sentido orgulloso de ello, de ti. Cuanto te echo de menos ahora, y lo más jodido es que no sé porque. Para mí la Odisea del espacio ya ocurrió, siempre será aquella que vi con mi padre y que me hubiera gustado ver de otra forma, comentando con él, por lo bajini, en el cine, “¿que es esto?”, “¡joder, no entiendo nada, ¿y tú?”.

Papa, podías volver y hablar un poco conmigo, te echo de menos.

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