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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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9 mayo 2017 2 09 /05 /mayo /2017 00:57

Entramos a tomar un vinito antes dela reunión. Son las 11.30 y el estómago cruje, por ello, pide un montado de salchichas. Llega el pequeño bocado y dos trozos de pan dejan escapar una carne sintética pálida. 
—Deben de tener un montón de glutamato, pero que ricas están—, dice, y yo pienso en la mili, cuando decían que en el campamento echaban al rancho una sustancia, no recuerdo su nombre, con el fin de apaciguar nuestros apetitos sexuales. A mi me daba igual, por aquel entonces, era virgen y mis planes no contemplaban poner fin a aquella situación en aquel entorno anulador. 

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7 mayo 2017 7 07 /05 /mayo /2017 00:05

Como paralizan las miradas con arrobo, tan profundas , tan serenas. Ojos que hablan.  Casi puedes ver en sus iris las palabras y las frases que conforman, y los pensamientos en su abstracto, después su transformación en la idea, y más tarde, en el hecho. Que miedo dan las miradas con arrobo, como cargan de responsabilidad esos ojos. como marcan el camino, uno recto, sin curvas ni desvíos. Ojos de arrobo, tan seguros en su entrega, éxtasis en el que se mezcla la admiración y el deseo. Miradas con arrobo, que succionan, que encarcelan, que arrebatan libertad, que prohiben dudar. Ojos de arrobo, que ves el alma en ellos, desnuda, inmaculada, blanca, sin sombras, tan etérea y tan firme, y como pesa, a pesar de ser liviana y flotar como un halo incomprensible. Puras e inocentes miradas con arrobo, incontrolables, que se escapan al cuerpo, da igual su postura, da igual el momento, ninguno es inadecuado. Miradas de arrobo, inabarcables, sin defectos, sin impurezas ni vicios, miradas sin fisuras, sin puntos débiles, como tienen las del odio, las miradas envidiosas, aquellas otras maliciosas, o las miradas recelosas; pero las de arrobo son compactas, en su suicidio. Por eso, cuanto miedo, cuando oigo, le miraba con arrobo. 

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1 mayo 2017 1 01 /05 /mayo /2017 20:44

Primero de mayo, día del trabajador. He pasado el día andando, con mi perra. En realidad, llevo haciendo esto mismo los dos últimos días, más éste, tres. Nadie me llama, ni me reclama. Nadie me pregunta nada, ni me necesita para asunto alguno, lo que me demuestra que sólo soy necesario los días laborables de la semana. 

A veces me pregunto si echaré de menos el trabajo cuando, dentro de unos años, me jubile, o con un poco de suerte, me prejubile. La respuesta es que no, que puedo vivir así, con la boca cerrada, concentrado en mí mismo y observando a mis congéneres, sus vidas y sus extensas relaciones sociales mientras, solo, me tomo un vinito blanco o un café. 

Mi hijo ya es mayor, ya ha salido de mi esfera y, poco a poco, va diseñando y poniendo los primeros cimientos de la que será su vida. Obviamente, cuando se acerca, es para pedir algo de dinero, pues sólo tienes trabajos eventuales, como casi todos ahorra, o por melancolías del pasado con su padre, pero son pocas las ocasiones. Mi madre ya ha comenzado su cuesta abajo y, es curioso, su vejez me hace recordar a mi abuela. Es una situación extraña ver a mi madre convertida en mi abuela, y en medio de este cambio, yo no sé muy bien como estoy yo, pues los años también han pasado por mí, pero lo cierto es que tengo la sensación de que, desde fuera, debo de ser mucho más mayor de lo que yo percibo de mí mismo. Creo que no soy consciente de mi edad, y eso tiene sus cosas buenas, y también sus cosas malas, sobre todo cuando interaccionas con los demás, ya que a veces esperan de ti, reacciones, comentarios, actitudes, que muchas veces, las que más, distan  mucho de mis apetencias.

Me resulta imposible relacionarme con gente de mi edad, son gentes rematadamente aburridas, pasadas, orgullosas o, lo peor, absolutamente pasotas con todo a su alrededor, excepto con sí mismos, claro. De esto tendré que hablar algún día. 
Pues sí, en todo esto voy pensando por los caminos con mi perra; en el tiempo que me queda y de ese tiempo, cuanto de él podré seguir andando a un paso, más o menos, recio. También en el tiempo que podré seguir montando en mi bicicleta, y he de admitir que sentiré una gran tristeza y una gran rabia cuando llegue ese día en que ya me sea imposible subirme al sillín y pedalear, pues habré perdido parte de mi libertad. 

Acaba el puente de mayo y pienso que dentro de tres días volverá a ser fin de semana y que, quizás, con suerte, pueda volver a recluirme en casa y aislarme del absurdo mundo de todos los días, un impás. Supongo que ya he cumplido con mis deberes en esta vida y no creáis, también me asusta, porque siempre he pensado que cuando haces todo lo que tienes que hacer, lo más lógico es irte y dejar tu espacio a otro pues, hay tantas cosas qué hacer para que todo siga funcionando, o para que todo siga creciendo, de manera imparable, hasta que esto explote. 

 

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19 abril 2017 3 19 /04 /abril /2017 23:47

Rescato este texto (en plan borrador) de hace ya unos años y no deja de sorprenderme. Dice así: 

Llevo con la espalda jodida un montón de tiempo. En realidad no sabía lo que me ocurría, simplemente sentía que mis huesos se habían agrandado, que habían salido de sus asentamientos y ninguno cuadraba con ningún otro. Me sentía agarrotado, dolorido, con mi cuello paralizado y sin capacidad de giro. Me levanto por la mañana e incorporarme es como empujar a una gran montaña tumbada y torcida. 
He aquí que este cotidiano suplicio vivía conmigo desde hacía ya algunos años. He aquí que sigue viviendo, pero en menor medida. He aquí que de los cuarenta años a los cincuenta años, nada ocurre, excepto que tu cuerpo envejece y se dobla aplastado por el peso de los años. He aquí que una insolente barriguita se adueña de tu torso decidida a quedarse contigo hasta el fin de tus días, he aquí que tus ojos empequeñecen, que sientes rabia de no disponer de más fuerzas….

E ignoro porque dejé de escribir esta especie de suplicio parejo a los años. Pero tranquilos, sigo vivo y el deterioro no ha ido a más. Todo lo contrario. Mis huesos, mis articulaciones, mis tendones fueron retorcidos por un quiromasajista, que lejos de proporcionarme placer, me sometió a una sesión de tortura que ejecutó con unas manos grandes y fuertes. Me sentí un ser sumiso bajo su control mientras retorcía mi cuerpo, colocaba mis piernas y mis brazos a su antojo y lo sometía a violentas sacudidas en momentos determinados. La conclusión es que salí de allí tieso, ágil, y con un giro de cuello giroscópico y engrasado, tanto que me dedique a mirar a mi alrededor como la niña del exorcista, durante los diez minutos siguientes a abandonar la clínica. Voy a verle ahora cada dos meses y el hombre me renueva el sistemas que, eso sí, tiende a entumecerse. 

Sin embargo, si estoy de acuerdo en lo de que pocas cosas ocurren una vez que atraviesas la barrera de los cuarenta y pico y te adentras presuroso hacia la cincuentena y más allá. Es un fenómeno, casi paranormal, como pasa el tiempo llegada esta década límite de tu segundo medio siglo de vida. 

Aún así, ayer, en mi cocina, con mi perra esperando a que preparara su cena, sin ningún sobresalto previsible en las horas próximas, rodeado del silencio voluntario de ese lugar, pensé, soy feliz, soy un tipo feliz. A pesar de todo lo que ocurre a mi alrededor o más allá de mi alrededor, pensé, soy un tipo feliz. A pesar de lo criticón que soy, de lo poco que me atrae la mayoría de mis congéneres, pensé que soy un tipo feliz, un tipo afortunado, más o menos con buena salud, con una vida medianamente vivida plenamente, aunque tiendo a ser exigente con ella. 

En definitiva, que encaró, no sé el tramo exacto de mi escalera, quizás el tercero, con optimismo y rodeado, aunque siempre eche de menos cosas, con lo que quiero y con los seres que quiero, incluida la barriguita, a la que ya he declarado la guerra de manera abierta. 

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26 marzo 2017 7 26 /03 /marzo /2017 23:04

No sé porque tengo tanta obsesión por los hombres y las mujeres rústicos. Los miro con atención y también con cierto reparo, pues no es ajena a mi la agresividad que destilan. Con los hombres y las mujeres rústicos, lo mejor es mantener las distancias y para ello, lo más apropiado es ser un enigma para ellos. Son recelosos y les cuesta mucho salir de su ámbito social, por ello, si nos les atraes hacia el tuyo, mejor. Además, casi siempre no lo consigues, sino que son ellos los que te añaden al suyo, ¿lo entendéis?
Es una conducta propia de los animales de madriguera. Son más bien escurridizos, miran de reojo y raramente lo hacen directamente a los ojos. Su lenguaje es atropellado, es como si sintieran vergüenza de hacer frases largas y sus discursos, por lo tanto, son extremadamente cortos, y casi siempre con exclamaciones y sonidos onomatopéyicos. Para llamar la atención de los demás en un conversación, se golpean, normalmente en los hombros.  De esa forma consiguen que su interlocutor les atienda. Al mismo tiempo que hablan, ellos, se mueven, como muñecos, como niños con una especie de enfermedad nerviosa interna y no paran de tocarse los cojones, como si sentir sus pelotas les verificara estar vivos.  Siempre están como cansados, se recuestan en la barra del bar y los hombres se agrupan de dos en dos o de tres en tres. Se tocan mucho, se recuestan unos sobre otros; siempre he pensado que hay algo de homosexualidad en esa conducta. Se dicen cosas al oído, se cotillean, creo que hablando de los demás, o de mi mismo, y se ríen como lo haría un pequeño roedor de un dibujo animado. 
Sin embargo, y a pesar de todo ello, no puedo dejar de sentir cierta curiosidad mezclándome con ellos. He de reconocer que dentro de su madriguera me encuentro aislado, como una especie de extranjero acogido en una remota tribu en la que nadie me buscaría, lo que me resulta reconfortante, un lugar en el que descansar sin que nadie interaccione contigo, y sin formularios. 

 

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15 marzo 2017 3 15 /03 /marzo /2017 00:37

¿Por qué todas las niñas que hacen gimnasia van adquiriendo el mismo aspecto? ¿Será porque les peinan con el pelo muy tirante? Hoy he visto una cría con un aro, de esos gimnásticos, de los que salen en los Juegos Olímpicos,  de los que tiran al aire y recogen con suavidad y destreza, y he pensado eso, en el parecido de todas esas crías. Su mirar serio y frío, y hasta la postura de sus piernas, cuando están paradas, es similar en todas ellas, me recuerda a las bailarinas de Degas, las que hizo en bronce para que le sirvieran de modelo de sus magníficos dibujos y pinturas.  
Un poco más abajo, una nena de dos o tres años parlotea en la acera, parece que al mundo, mientras su madre abre el coche. Todo indica que ha ido a recogerla a la guardería. La cría lleva dos coletitas bastante deterioradas, anudadas con dos bonitos lazos rojos. la niña esta gastada de todo el día, su ropa está descolocada y hasta los mofletes los tiene tiznados de colores. La madre parece desesperada y un poco nerviosa intentando  controlar la situación, quizás cansancio. Por la acera baja un hombre mayor, mira a la cría, le hace gracias, es una pizpireta y al anciano, aquella cría, le puede recordar a alguna nieta. Busca con su mirada a la madre, tratando de establecer contacto visual, se dibuja una sonrisa en los labios del anciano, pero la madre parece no percatarse del tema. 
No sé si el anciano acabó haciendo alguna gracia a la niña, yo seguí mi camino, pero mientras avanzo me pregunto quien soy yo, quizás la niña, pues también fui niño, la madre, pues también tuve esa edad, o el anciano, pues si todo es normal, también seré como él algún día. 
¿Dónde me sitúo entre ellos? ¿Por qué, en ese preciso instante, percibo esa relación que, al cabo de unos minutos, ninguno de los tres (la niña, su madre, el anciano), serán conscientes de su existencia? Estúpido de mi. Me pregunto de dónde salió aquella niña, ¿y la madre? ¿de quién se enamoró? ¿imagino su vida con aquella niña cuando conoció al padre de la cría? ¿será feliz? ¿a qué se dedicara? ¿y el padre? ¿y el abuelo, a qué ha dedicado su vida? ¿será viudo? ¿es feliz? ¿le pesa la vida? ¿le asusta la muerte? ¿quién es? ¿quién ha sido? ¿quién quiso ser y no fue? ¿se sentirá pleno? 
Sigo mi camino y no dejo de hacerme preguntas sobre las tres personas. Pienso si alguna vez seré una de ellas, o si quizás lo he sido ya, o si lo soy ahora mismo, pero en otro plano. Me pregunto muchas veces que pasa después de morir. Aunque me niego a creerlo, creo que nada, que, simplemente, nos pudrimos y desaparecemos, así, como un residuo, erosionado por el tiempo, pero bajo tierra, o quizás quemado, para acelerar el proceso. Pero, al mismo tiempo me pregunto, ¿qué ocurre entonces con ese anhelo interno, con esos escasos pensamientos que no sabemos cómo expresar, con todas las sutilezas de nuestro espíritu, las angustias, los sueños, lo conseguido, lo pendiente de conseguir, la felicidad o la infelicidad, los remordimientos, los arrepentimientos, recelos, envidias, los odios, deseos, pasiones, desprecios, orgullos, frustraciones, los sueños. ¿Para qué tanto si acabamos muertos? 
Durante un tiempo pensé, e ignoro si aún lo sigo pensando,  que nos reencarnábamos, sí, que lo nuestro era una escalera ascendente, y que en la siguiente vida, conseguíamos un peldaño superior que nos acercaba a nuestro deseo. Por lo tanto, una persona podría vivir siete u cocho vidas y una vez conseguido lo pleno, volver a empezar de cero. en definitiva, unos vampiros de deseos. SI es así, he de estar tranquilo, pues en mi próxima existencia, conseguiré un grado más de felicidad y satisfacción. Sonrío. Por eso miro a la niña, al viejo, a su madre, quizás sea uno de ellos, pero también veo al perro, al gato, la mosca, el gusano o esa mancha de alquitrán en el asfalto, y entonces, siempre me pregunto, ¿qué seré yo cuando ya no sea quien soy?

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2 marzo 2017 4 02 /03 /marzo /2017 00:04

Estaba escribiendo algo serio, algo relativo a mi trabajo, pero en lo más profundo de mi cerebro, resulta , que razono, que me importa un bledo. No hay nada peor que tratar de creer en lo que no crees o en lo que has dejado de creer. Tu racionalidad trata de desterrar esta última idea objetiva, pero el estómago y, a veces, hasta el corazón, se retuercen y empiezan a lanzarte impulsos que, si los traduces, dicen: ¿Qué coño haces perdiendo el tiempo con esta gilipollez? Después de todo, las gilipolleces son los actos de los gilipollas y es duro sentirse así, un gilipollas. 
Creo que hay que conseguir un equilibrio entre el grado de gilipollez que te exigen asimilar las multitud de gilipolleces con las que te encuentras todos los días, de lo contrario el resultado es penoso. He conocido a muchas personas que lo han perdido y con ello también el horizonte entre lo importante y lo accesorio, perdiéndose así en una nebulosa fría de sonrisas y dientes blancos. Además, las gilipolleces tienen la habilidad de ser estáticas. Saben acomodarse y flotar en torno a ti, con tranquilidad, henchidas, descaradas. Las gilipolleces carecen de sentido del ridículo, son de colores chillones y su voz es aguda. Suelen tener los carrillos rojizos y son rechonchas, como nubes de las que dibujan los niños. ¿te las imaginas flotando en torno a ti? Apenas se mueven y, normalmente, tienden a atraerse unas a otras, por lo que si te descuidas, puedes encontrarte con un frente de nubes de gilipolleces avanzando despacio, de manera casi imperceptible, hacia ti. 
Las gilipolleces son desesperantes, pero lo realmente desesperante es la cantidad de humanos que se mueven entre ellas con total naturalidad. A veces llega a ser esquizofrénico y te recuerda a esas películas de terror en las que los sucesos extraños sólo son percibidos por uno de los miembros de la familia, mientras que el resto de ellos prosiguen su vida normal, ajenos a lo paranormal.  Además, el pobre mortal elegido por los espíritus para joderle la vida, no es capaz de hacer creer a los demás que lo extraordinario que está viviendo forma parte de la realidad. 
Bueno, el caso es que estaba escribiendo una gilipollez, y lo he dejado. El resultado es que he cambiado de pantalla y ahora, el folio en blanco, es éste. Tan en blanco está, que deja mi mente en blanco y prefiero disfrutar con la irracionalidad de lo básico, por ejemplo, alimentarse, que no es ninguna gilipollez. 

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1 marzo 2017 3 01 /03 /marzo /2017 00:16

Se marcha febrero, igual que lo hizo enero. Dentro de poco se marchará el invierno, y pasado mañana andaremos sofocados sin saber como eludir el calor. 
Pasa rápido el tiempo, se sucede un día detrás de otro, se suman las rutinas, los mismos reflejos, los olores similares, los mezquinos y sus mezquindades. Nada me ha pasado durante este mes. Sólo tome una nota a lo largo de sus veintiocho días, decía así: “Vivo en un mundo violento rodeado de sobresaltos emocionales”.  Recuerdo cuando la tomé, o mejor dicho, cuando la tecleé. Subía una cuesta, con la cabeza gacha y las manos dentro de los bolsillos de mi abrigo, hasta que hube de sacarlas para escribir la nota. No sé exactamente que hecho construyó esa frase en mi cerebro. Hay tantos y ocurren tan inesperadamente, que puede ser un comentario aplicable a una gran mayoría de ellos. 
A veces siento envidia de las vidas tranquilas, y a medida que avanzan los años, estoy seguro de que no echaría de menos este mundo violento en el que me muevo. 
Estoy tranquilo, o quizás es que haya renunciado. Ya no reconozco a mi cuerpo, a lo mejor es el reflejo de esa toalla arrojada. He tenido momentos de felicidad, durante estos veintiocho días de febrero, pero no los recuerdo, como tampoco recuerdo detalles o matices de veintiocho rutinas cíclicas. Sólo soy consciente de haberlas vivido, ni siquiera como protagonista, y quiero pensar que alguien lleva alguna cuenta, alguna estadística, de la que se pueda obtener un resultado. 
Quizás debiera dejar de escribir sobre mi y relatar alguna historia más edificante, porque soy incapaz de disimular mi inapetencia hacia lo que se supone debería hacerme sentir bien. O bien me falta alguna pieza o quizás debiera cambiar mi batería. Quizás debiera pasarme por el taller, dejar que me ascendieran en esos gatos hidráulicos y con expertas herramientas cambiaran algunas piezas no sé donde. 
 

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6 febrero 2017 1 06 /02 /febrero /2017 01:33

Nenes, se marchó enero. Cuando digo nenes, no sé a quién me refiero. No dispongo de un colectivo a quien transmitir ideas ni tampoco reflexiones, me las quedo para mí y con ellas voy construyendo una visión. 
Mi querida Dana, tu palo aun está recostado entre las ramas del almendro en el  invierno, dónde le dejamos hace ya unas semanas. Sin embargo, es curioso, ha cambiado de color, se ha tornado más claro, o quizás haya oscurecido todo el árbol en torno a él. Temo que, sin camuflaje, alguien lo detecte y se lo apropie Dana. Aunque también pienso que si el endiablado aire de estos días no ha conseguido derribarlo, es una señal de que volverá a ser nuestro. 
Es lo primero que hago cuando cojo el camino blanco, verificar si sigue ahí el palo y, entonces, recuerdo el pasado, el cercano, no me voy mucho más allá. Avanzo y veo un charco, un charco grande, y me imagino cómo lo esquivas ¿qué estupidez no?
He llegado hasta el final del paseo con el viento de espalda, la vuelta ha sido diferente, con el viento en contra y, por un momento, me he sentido como un explorador polar, solo, todo blanco alrededor, con la cabeza gacha tratando de protegerme de la ventisca helada. Pienso en el esfuerzo, y en la fe, y en la fuerza de voluntad, y en la gente que no se echa atrás, y en la gente con objetivos que se basta por sí sola y que nada espera de los demás. Pienso en razas extrañas, y en si sólo existe aquello que podemos ver. Un paso tras otro, respiro, trato de llevar un buen ritmo. Un corredor lento me adelanta, va exhausto, sólo estamos el y yo en el camino. Se va alejando, luego me lo encontraré, cuando él regrese. 
Día de viento, de viento con voz, de viento como hacía tiempo que no sonaba, quizás por eso los memos busquen la razón de ese viento en Internet poniendo en el buscador ¿por qué hace viento?. Día de viento, que echaba en falta, lima mi frente y también mi cabeza, se lleva de ella, y de  dentro de ella, todo. Me quedo vacío, concentrado en el esfuerzo mientras me opongo, con mi cuerpo, a su ulular. Me trata de derribar, a veces logra balancearme, pero suele rodearme y sigue su caminar, como yo sigo el mío, el de regreso. Y La lluvia fuerte, y el viento, las ventiscas, las heladas, los granizos, las grandes nevadas, las espesas nieblas y hasta los días tórridos de calor, tan pocos humanos ven en sus dominios que imaginan el planeta apenas habitado, como ocurría miles de años atrás, cuando en vez de buscar razones soñábamos con el más allá, con dioses furiosos, con leyendas y fantasías, con temores, con ilusiones, con maleficios y prodigios, en todo esto pienso en mi camino. Y sin darme cuenta ya he llegado al coche que, sin duda, no tiene idea alguna de mis ideas y pensamientos. Paro en el bar del pueblo, hay muchos, pero en el mío. Bullicio, un vino, el fútbol en la televisión, corderos y conejos con patatas pasan a mi alrededor y tengo una sonrisa colgada de mi labios, me pregunto si soy feliz.  

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31 enero 2017 2 31 /01 /enero /2017 23:54

Ultimo día del mes de enero, y ya es febrero, y ya avanzamos hacia los putos carnavales, y los días se comienzan a alargar, y mi mundo vegetal va abriendo los ojos y echa las primera ojeadas al mundo, simplemente para verificar que es el mismo del ciclo anterior. 

No dejan de fascinarme estas películas de serie B, o quizás de serie C, y ¿por qué no de serie D? protagonizadas por actores secundarios acartonados y que apenas tienen ya agilidad. Suelen ir con ropajes oscuros, tallas grandes y de largo tres cuartos para esconder sus cuerpos devastados por los años. Nunca hay primeros planos, pues sus rostros están ya deformados y redondeados por grandes papadas fofas. Son actores de acción y siguen interpretando los mismos papeles de hombres de acción de hace treinta años, cuando eran jóvenes y gráciles. Actores viejos y gordos que parecen no querer admitir el paso de los años. Los temas son siempre los mismos: terrorismo, drogas, mafias, tráfico de mujeres, bandas que extorsionan, chantajes, contrabando. Agentes eternos de agencias fantasmas estatales que no paran de luchar contra un mal, que parece no tener fin. Guiones simples de buenos y malos, héroes solitarios justicieros, capaces de liberar a un pueblo de un tirano. La fuerza como única solución para superar un problema irresoluble, y los telespectadores deseando observar esa fórmula. Son machos machistas capaces de enamorar y despreciar a mujeres al mismo tiempo. Hay una camaradería extraña entre ellos. Su pasado de guerras en lejanos países, sus años como mercenarios en repúblicas bananeras o en batallas en el desierto entre caudillos, han cimentado un relación complicada entre hombres que, a veces llega a rayar la homosexualidad no explícita. Supongo que son legión los seguidores, supongo que, como sus héroes macarras, también han envejecido, engordado y perdido reflejos. Supongo que se sientes desplazados y arrinconados, viviendo de lo que fueron o pudieron llegar a ser o quisieron ser y ya no son, ni podrán serlo. Supongo que así nos sentimos todos, viejas glorias de un mundo perdido y lejano que, curiosamente, está a la vuelta de la esquina, pero no hacia adelante, sino hacia atrás. Quizás, estas películas de hombres viejos aún protagonistas, sean el último refugio de toda esa legión de hombres viejos ya fuera de los créditos. 

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