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  • : Las Razones del Diablo
  • Las Razones del Diablo
  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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4 junio 2017 7 04 /06 /junio /2017 23:45

Existe la asociación popular de los anticiclones a lo bueno y las borrascas a lo malo. Pero bueno, ya veremos dentro de unos años, y no dentro de muchos, cuando la sequía haya desertizado aún más terreno, cuando el agua sea un bien escaso y todos pasemos sed, si esta necedad popular no gira ciento ochenta grados, y entonces los bobos que asocian el anticiclón a lo positivo, se convertirán en expertos defensores de las borrascas. 
Pero bueno, hoy por hoy, estas cobayas de estímulos, estos consumidores compulsivos de símbolos y marcas, se esconden como las ratas cuando caen cuatro gotas. Se encierran en sus cuevas, en sus agujeros o en sus pocilgas, a mirar, desde pequeñas aberturas, de reojo, el cielo, y no dejan asomar sus hocicos fuera de sus madrigueras hasta que el Sol no reina sobre todo. 
Por eso, y aprovechando esta circunstancia, cuando deja de llover, después de una tormenta, sobre todo después de las del verano, aprovecho para salir a dar un paseo, básicamente porque no hay nadie a la vista. 
Es una sensación extraordinaria la de pasear en soledad, sorteando charcos y rodeado de la naturaleza cargada de aromas frescos. Y eso es lo que he hecho hoy. Estaba trabajando y ha comenzado a llover de manera rabiosa y cuando ha cesado, prácticamente  estaba oscureciendo, ha podido más la necesidad de esas sensaciones en mí que la pereza que he tenido que vencer para salir de casa. 
El campo estaba exultante y agradecido por el riego, todo en el erecto y erguido y en el cielo podías perderte buscando figuras y formas, pues la abundancia de nubes redondeadas, y otras desgarradas, dejaban volar la imaginación y todo ello respirando decenas de aromas ¿qué más se puede pedir?
Y lamento que este buen tiempo sea tan corto, pues mañana volverá el Sol del anticiclón y todos los lugares volverán a llenarse de seres de ropas chillonas. Y como una cosa lleva a otra, he recordado la niñez y me resulta paradójico cómo, cuando eres pequeño, tu falta de conocimiento, sobre todo del concepto  de lo cíclico, alarga infinitamente los fenómenos atmosféricos y una chaparrón o una tormenta se convertían en una tarde de lluvia eterna. Y lamento haber obtenido conocimiento de los ciclos, de como los frentes tormentosos son arrastrados por el viento y los nubarrones descargan y pasan presurosos, y de cómo después del frente, el tiempo apacigua y girando sobre sí mismas las altas presiones, lentas, perezosas, se asientan sobre la cabeza, hasta que otras bajas, normalmente más nerviosas, empujan, y así sucesivamente, de manera eterna. 
Y todo esto pienso, y en lo rápido que ha marchado este invierno y en que no me he dado cuenta de él, de hecho, le echo menos, y en que siempre, durante el verano, deseo que llegue el otoño e ignoro la razón de porque me cuesta tanto el estío y sus días, que igual que cuando era un niño, siguen siendo interminables. 

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3 junio 2017 6 03 /06 /junio /2017 23:45

Hace diez años que mi carnet de identidad no refleja la fecha de mi nacimiento. De hecho, llevo diez años siendo dos meses más joven de lo que soy. Me di cuenta de ello un tiempo después de que me dieran aquel documento, cuando fui a expedir otro. Obviamente la fecha de nacimiento del segundo de ellos, que tomaba como fuente mi carnet de identidad, no coincidía con mi carnet de identidad, así que, como odio la burocracia, opté por poner la fecha falsa también en él.  Ahora, diez años después, toca volver a renovar mi documento de identidad y como hecho de menos mis dos meses, he decidido corregir el error. Me había acostumbrado a noviembre, pero me siento más de septiembre. 
Obviamente, he de demostrar ante el Estado la oficialidad de mi nacimiento, y he tenido que solicitar una partida de nacimiento y así lo he hecho. 
Me llega el legajo, una fotocopia de la hoja original, rellenada a mano por un funcionario que quizás ya esté muerto. La letra es realmente enrevesada y parece de parvulario, una combinación jodida para su comprensión, pero después de un análisis grafológico detallado, llego a la conclusión de que aquel funcionario, que imagino torpe y zafio, ha escrito veintiséis como día de mi venida a este mundo y, cojones!!!, llevo toda la vida con la creencia de que el veintisiete es el día de mi nacimiento. En definitiva, llevo diez años con dos meses menos de vida y toda una vida con un día menos. La conclusión que extraigo de todo esto es que me falta un día, un día que no sé que hice. 
Hablé con mi madre sobre este particular, y ella insiste en que es un error del funcionario, el que mojaba la punta del lapicero en la humedad de su lengua. Sea, como sea, creo que, aunque nací el veintiséis, seguire celebrando el veintisiete como el aniversario cíclico de mi camino hacia el final, me gusta más el siete que el seis y, además, he construido toda mi vida referente en torno a este número.
Esta conversación con mi madre la tengo en su comida de cumpleaños, sus ochenta y siete. La veo mayor y creo que ya apunté hace tiempo que soy consciente de que en su cabeza ya ronda el final y me pregunto, y no me atrevo a preguntárselo a ella, como lo gestiona y lo asume, qué siente y cómo acepta el fin de los días y qué piensa que hay después. 
No sé de que manera mi madre recuerda sus cuatro, cinco o seis años. La mandaron, por eso de la guerra, a casa de unos primos de mi abuela en Barajas, fuera de Madrid. Supongo que por aquel entonces, aquello estaba lejos, y había caminos en medio de los campos que unían ambas poblaciones. Mi madre cuenta que en aquella casa de campo había animales, que era una especie de granja. En la ciudad había hambre, sin embargo, en aquella granja, al menos comían. Cuenta mi madre que en aquella casa, donde también había niños, se comía y se cenaba con una especie de cuchara de madera con la que todos participaban de una cazuela común en medio de la mesa, que contenía el alimento comunal. Dice mi madre que aquello a ella le producía cierta repugnancia y que por esa razón, un día, ni corta ni perezosa, se escapó y emprendió vuelta a la ciudad, creyendo que estaba cerca, sólo unos pasos más allá. La niña, mi madre, anduvo y dice que llegando a una ermita (estaban todas cerradas por eso de los rojos), se sintió cansada, y pensó que se sentaría en la escalera de entrada a aquel templo, sofocaría el dolor de sus pies y seguiría caminando. Estando allí apareció un hombre y le preguntó: pero niña ¿tú qué haces aquí sola?
Dice mi madre que le dijo que iba a casa y que aquel hombre le preguntó que donde estaba su casa y que mi madre le contesto que allá, señalando hacia la ciudad. El hombre le dijo que entonces, de dónde venía, y señaló hacia el pueblo de Barajas. Entonces el hombre le volvió a preguntar que, entonces, dónde estaba su casa. La niña, mi madre, volvió a plantearle el mismo dilema, que viniendo de allí (Barajas), su casa estaba allí (la ciudad). El hombre, le dijo: Oye, hagamos una cosa, me voy a sentar aquí un rato contigo y así tienes tiempo de decidir dónde está tu casa, y entonces, te acompañare a ella. Miro a mi madre y pienso que fue niña y que ese día, en aquellos escalones de piedra, yo no existía. 

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17 mayo 2017 3 17 /05 /mayo /2017 00:18

Me retiro ya, agotado. largo día de trabajo, intrincado, con sus vueltas y revueltas y sus revoluciones. pero antes de irme, no puedo dejar de hacer un pequeño homenaje a un desconocido. 
Me lo presentó una amiga común. 
No recuerdo si sus gafas eran de pasta o no. Apenas si compartí con él un par de horas, Recuerdo sus ojos negros, y vivos, y su mirada amable, un poco guasona, de quien ha visto y vivido, de quien ya ha sido engañado y lejos de volverse receloso, ha decidido escoger de quien estar cerca, pues es estúpido estar siempre en guardia. 
Recuerdo también su boca, con esa media sonrisa, perenne durante aquellas dos horas. Y también recuerdo su pelo, revuelto, negro. Un tipo capaz de encontrar, creo, las zonas buenas y no las muertas de las personas. Amigable, acogedor, tierno,  con quien no te dan pereza tres horas muertas, pues acaban convirtiéndose en vivas. 
Le vi, me quedó el recuerdo, la satisfacción de reconocer a un nuevo ser humano, escasean tanto. 
Hace unas semanas, esa amiga en común me comunicó que le habían diagnosticado tumores en su cerebro. Ha sido fulminante, falleció hace dos madrugadas, y hoy ya no está entre nosotros, 
Y lo lamento, y lo siento, y no sé qué pensar, pues, después de todo, apenas le conocía. 
Pero sí tengo claro, Chema, que he de agradecerte aquellas dos horas, fue reconfortante, y lo es más, poder recordarte. 

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9 mayo 2017 2 09 /05 /mayo /2017 00:57

Entramos a tomar un vinito antes dela reunión. Son las 11.30 y el estómago cruje, por ello, pide un montado de salchichas. Llega el pequeño bocado y dos trozos de pan dejan escapar una carne sintética pálida. 
—Deben de tener un montón de glutamato, pero que ricas están—, dice, y yo pienso en la mili, cuando decían que en el campamento echaban al rancho una sustancia, no recuerdo su nombre, con el fin de apaciguar nuestros apetitos sexuales. A mi me daba igual, por aquel entonces, era virgen y mis planes no contemplaban poner fin a aquella situación en aquel entorno anulador. 

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7 mayo 2017 7 07 /05 /mayo /2017 00:05

Como paralizan las miradas con arrobo, tan profundas , tan serenas. Ojos que hablan.  Casi puedes ver en sus iris las palabras y las frases que conforman, y los pensamientos en su abstracto, después su transformación en la idea, y más tarde, en el hecho. Que miedo dan las miradas con arrobo, como cargan de responsabilidad esos ojos. como marcan el camino, uno recto, sin curvas ni desvíos. Ojos de arrobo, tan seguros en su entrega, éxtasis en el que se mezcla la admiración y el deseo. Miradas con arrobo, que succionan, que encarcelan, que arrebatan libertad, que prohiben dudar. Ojos de arrobo, que ves el alma en ellos, desnuda, inmaculada, blanca, sin sombras, tan etérea y tan firme, y como pesa, a pesar de ser liviana y flotar como un halo incomprensible. Puras e inocentes miradas con arrobo, incontrolables, que se escapan al cuerpo, da igual su postura, da igual el momento, ninguno es inadecuado. Miradas de arrobo, inabarcables, sin defectos, sin impurezas ni vicios, miradas sin fisuras, sin puntos débiles, como tienen las del odio, las miradas envidiosas, aquellas otras maliciosas, o las miradas recelosas; pero las de arrobo son compactas, en su suicidio. Por eso, cuanto miedo, cuando oigo, le miraba con arrobo. 

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1 mayo 2017 1 01 /05 /mayo /2017 20:44

Primero de mayo, día del trabajador. He pasado el día andando, con mi perra. En realidad, llevo haciendo esto mismo los dos últimos días, más éste, tres. Nadie me llama, ni me reclama. Nadie me pregunta nada, ni me necesita para asunto alguno, lo que me demuestra que sólo soy necesario los días laborables de la semana. 

A veces me pregunto si echaré de menos el trabajo cuando, dentro de unos años, me jubile, o con un poco de suerte, me prejubile. La respuesta es que no, que puedo vivir así, con la boca cerrada, concentrado en mí mismo y observando a mis congéneres, sus vidas y sus extensas relaciones sociales mientras, solo, me tomo un vinito blanco o un café. 

Mi hijo ya es mayor, ya ha salido de mi esfera y, poco a poco, va diseñando y poniendo los primeros cimientos de la que será su vida. Obviamente, cuando se acerca, es para pedir algo de dinero, pues sólo tienes trabajos eventuales, como casi todos ahorra, o por melancolías del pasado con su padre, pero son pocas las ocasiones. Mi madre ya ha comenzado su cuesta abajo y, es curioso, su vejez me hace recordar a mi abuela. Es una situación extraña ver a mi madre convertida en mi abuela, y en medio de este cambio, yo no sé muy bien como estoy yo, pues los años también han pasado por mí, pero lo cierto es que tengo la sensación de que, desde fuera, debo de ser mucho más mayor de lo que yo percibo de mí mismo. Creo que no soy consciente de mi edad, y eso tiene sus cosas buenas, y también sus cosas malas, sobre todo cuando interaccionas con los demás, ya que a veces esperan de ti, reacciones, comentarios, actitudes, que muchas veces, las que más, distan  mucho de mis apetencias.

Me resulta imposible relacionarme con gente de mi edad, son gentes rematadamente aburridas, pasadas, orgullosas o, lo peor, absolutamente pasotas con todo a su alrededor, excepto con sí mismos, claro. De esto tendré que hablar algún día. 
Pues sí, en todo esto voy pensando por los caminos con mi perra; en el tiempo que me queda y de ese tiempo, cuanto de él podré seguir andando a un paso, más o menos, recio. También en el tiempo que podré seguir montando en mi bicicleta, y he de admitir que sentiré una gran tristeza y una gran rabia cuando llegue ese día en que ya me sea imposible subirme al sillín y pedalear, pues habré perdido parte de mi libertad. 

Acaba el puente de mayo y pienso que dentro de tres días volverá a ser fin de semana y que, quizás, con suerte, pueda volver a recluirme en casa y aislarme del absurdo mundo de todos los días, un impás. Supongo que ya he cumplido con mis deberes en esta vida y no creáis, también me asusta, porque siempre he pensado que cuando haces todo lo que tienes que hacer, lo más lógico es irte y dejar tu espacio a otro pues, hay tantas cosas qué hacer para que todo siga funcionando, o para que todo siga creciendo, de manera imparable, hasta que esto explote. 

 

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19 abril 2017 3 19 /04 /abril /2017 23:47

Rescato este texto (en plan borrador) de hace ya unos años y no deja de sorprenderme. Dice así: 

Llevo con la espalda jodida un montón de tiempo. En realidad no sabía lo que me ocurría, simplemente sentía que mis huesos se habían agrandado, que habían salido de sus asentamientos y ninguno cuadraba con ningún otro. Me sentía agarrotado, dolorido, con mi cuello paralizado y sin capacidad de giro. Me levanto por la mañana e incorporarme es como empujar a una gran montaña tumbada y torcida. 
He aquí que este cotidiano suplicio vivía conmigo desde hacía ya algunos años. He aquí que sigue viviendo, pero en menor medida. He aquí que de los cuarenta años a los cincuenta años, nada ocurre, excepto que tu cuerpo envejece y se dobla aplastado por el peso de los años. He aquí que una insolente barriguita se adueña de tu torso decidida a quedarse contigo hasta el fin de tus días, he aquí que tus ojos empequeñecen, que sientes rabia de no disponer de más fuerzas….

E ignoro porque dejé de escribir esta especie de suplicio parejo a los años. Pero tranquilos, sigo vivo y el deterioro no ha ido a más. Todo lo contrario. Mis huesos, mis articulaciones, mis tendones fueron retorcidos por un quiromasajista, que lejos de proporcionarme placer, me sometió a una sesión de tortura que ejecutó con unas manos grandes y fuertes. Me sentí un ser sumiso bajo su control mientras retorcía mi cuerpo, colocaba mis piernas y mis brazos a su antojo y lo sometía a violentas sacudidas en momentos determinados. La conclusión es que salí de allí tieso, ágil, y con un giro de cuello giroscópico y engrasado, tanto que me dedique a mirar a mi alrededor como la niña del exorcista, durante los diez minutos siguientes a abandonar la clínica. Voy a verle ahora cada dos meses y el hombre me renueva el sistemas que, eso sí, tiende a entumecerse. 

Sin embargo, si estoy de acuerdo en lo de que pocas cosas ocurren una vez que atraviesas la barrera de los cuarenta y pico y te adentras presuroso hacia la cincuentena y más allá. Es un fenómeno, casi paranormal, como pasa el tiempo llegada esta década límite de tu segundo medio siglo de vida. 

Aún así, ayer, en mi cocina, con mi perra esperando a que preparara su cena, sin ningún sobresalto previsible en las horas próximas, rodeado del silencio voluntario de ese lugar, pensé, soy feliz, soy un tipo feliz. A pesar de todo lo que ocurre a mi alrededor o más allá de mi alrededor, pensé, soy un tipo feliz. A pesar de lo criticón que soy, de lo poco que me atrae la mayoría de mis congéneres, pensé que soy un tipo feliz, un tipo afortunado, más o menos con buena salud, con una vida medianamente vivida plenamente, aunque tiendo a ser exigente con ella. 

En definitiva, que encaró, no sé el tramo exacto de mi escalera, quizás el tercero, con optimismo y rodeado, aunque siempre eche de menos cosas, con lo que quiero y con los seres que quiero, incluida la barriguita, a la que ya he declarado la guerra de manera abierta. 

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Published by Fausto Lipomedes
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26 marzo 2017 7 26 /03 /marzo /2017 23:04

No sé porque tengo tanta obsesión por los hombres y las mujeres rústicos. Los miro con atención y también con cierto reparo, pues no es ajena a mi la agresividad que destilan. Con los hombres y las mujeres rústicos, lo mejor es mantener las distancias y para ello, lo más apropiado es ser un enigma para ellos. Son recelosos y les cuesta mucho salir de su ámbito social, por ello, si nos les atraes hacia el tuyo, mejor. Además, casi siempre no lo consigues, sino que son ellos los que te añaden al suyo, ¿lo entendéis?
Es una conducta propia de los animales de madriguera. Son más bien escurridizos, miran de reojo y raramente lo hacen directamente a los ojos. Su lenguaje es atropellado, es como si sintieran vergüenza de hacer frases largas y sus discursos, por lo tanto, son extremadamente cortos, y casi siempre con exclamaciones y sonidos onomatopéyicos. Para llamar la atención de los demás en un conversación, se golpean, normalmente en los hombros.  De esa forma consiguen que su interlocutor les atienda. Al mismo tiempo que hablan, ellos, se mueven, como muñecos, como niños con una especie de enfermedad nerviosa interna y no paran de tocarse los cojones, como si sentir sus pelotas les verificara estar vivos.  Siempre están como cansados, se recuestan en la barra del bar y los hombres se agrupan de dos en dos o de tres en tres. Se tocan mucho, se recuestan unos sobre otros; siempre he pensado que hay algo de homosexualidad en esa conducta. Se dicen cosas al oído, se cotillean, creo que hablando de los demás, o de mi mismo, y se ríen como lo haría un pequeño roedor de un dibujo animado. 
Sin embargo, y a pesar de todo ello, no puedo dejar de sentir cierta curiosidad mezclándome con ellos. He de reconocer que dentro de su madriguera me encuentro aislado, como una especie de extranjero acogido en una remota tribu en la que nadie me buscaría, lo que me resulta reconfortante, un lugar en el que descansar sin que nadie interaccione contigo, y sin formularios. 

 

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Published by Fausto Lipomedes - en rústico
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15 marzo 2017 3 15 /03 /marzo /2017 00:37

¿Por qué todas las niñas que hacen gimnasia van adquiriendo el mismo aspecto? ¿Será porque les peinan con el pelo muy tirante? Hoy he visto una cría con un aro, de esos gimnásticos, de los que salen en los Juegos Olímpicos,  de los que tiran al aire y recogen con suavidad y destreza, y he pensado eso, en el parecido de todas esas crías. Su mirar serio y frío, y hasta la postura de sus piernas, cuando están paradas, es similar en todas ellas, me recuerda a las bailarinas de Degas, las que hizo en bronce para que le sirvieran de modelo de sus magníficos dibujos y pinturas.  
Un poco más abajo, una nena de dos o tres años parlotea en la acera, parece que al mundo, mientras su madre abre el coche. Todo indica que ha ido a recogerla a la guardería. La cría lleva dos coletitas bastante deterioradas, anudadas con dos bonitos lazos rojos. la niña esta gastada de todo el día, su ropa está descolocada y hasta los mofletes los tiene tiznados de colores. La madre parece desesperada y un poco nerviosa intentando  controlar la situación, quizás cansancio. Por la acera baja un hombre mayor, mira a la cría, le hace gracias, es una pizpireta y al anciano, aquella cría, le puede recordar a alguna nieta. Busca con su mirada a la madre, tratando de establecer contacto visual, se dibuja una sonrisa en los labios del anciano, pero la madre parece no percatarse del tema. 
No sé si el anciano acabó haciendo alguna gracia a la niña, yo seguí mi camino, pero mientras avanzo me pregunto quien soy yo, quizás la niña, pues también fui niño, la madre, pues también tuve esa edad, o el anciano, pues si todo es normal, también seré como él algún día. 
¿Dónde me sitúo entre ellos? ¿Por qué, en ese preciso instante, percibo esa relación que, al cabo de unos minutos, ninguno de los tres (la niña, su madre, el anciano), serán conscientes de su existencia? Estúpido de mi. Me pregunto de dónde salió aquella niña, ¿y la madre? ¿de quién se enamoró? ¿imagino su vida con aquella niña cuando conoció al padre de la cría? ¿será feliz? ¿a qué se dedicara? ¿y el padre? ¿y el abuelo, a qué ha dedicado su vida? ¿será viudo? ¿es feliz? ¿le pesa la vida? ¿le asusta la muerte? ¿quién es? ¿quién ha sido? ¿quién quiso ser y no fue? ¿se sentirá pleno? 
Sigo mi camino y no dejo de hacerme preguntas sobre las tres personas. Pienso si alguna vez seré una de ellas, o si quizás lo he sido ya, o si lo soy ahora mismo, pero en otro plano. Me pregunto muchas veces que pasa después de morir. Aunque me niego a creerlo, creo que nada, que, simplemente, nos pudrimos y desaparecemos, así, como un residuo, erosionado por el tiempo, pero bajo tierra, o quizás quemado, para acelerar el proceso. Pero, al mismo tiempo me pregunto, ¿qué ocurre entonces con ese anhelo interno, con esos escasos pensamientos que no sabemos cómo expresar, con todas las sutilezas de nuestro espíritu, las angustias, los sueños, lo conseguido, lo pendiente de conseguir, la felicidad o la infelicidad, los remordimientos, los arrepentimientos, recelos, envidias, los odios, deseos, pasiones, desprecios, orgullos, frustraciones, los sueños. ¿Para qué tanto si acabamos muertos? 
Durante un tiempo pensé, e ignoro si aún lo sigo pensando,  que nos reencarnábamos, sí, que lo nuestro era una escalera ascendente, y que en la siguiente vida, conseguíamos un peldaño superior que nos acercaba a nuestro deseo. Por lo tanto, una persona podría vivir siete u cocho vidas y una vez conseguido lo pleno, volver a empezar de cero. en definitiva, unos vampiros de deseos. SI es así, he de estar tranquilo, pues en mi próxima existencia, conseguiré un grado más de felicidad y satisfacción. Sonrío. Por eso miro a la niña, al viejo, a su madre, quizás sea uno de ellos, pero también veo al perro, al gato, la mosca, el gusano o esa mancha de alquitrán en el asfalto, y entonces, siempre me pregunto, ¿qué seré yo cuando ya no sea quien soy?

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Published by Fausto Lipomedes
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2 marzo 2017 4 02 /03 /marzo /2017 00:04

Estaba escribiendo algo serio, algo relativo a mi trabajo, pero en lo más profundo de mi cerebro, resulta , que razono, que me importa un bledo. No hay nada peor que tratar de creer en lo que no crees o en lo que has dejado de creer. Tu racionalidad trata de desterrar esta última idea objetiva, pero el estómago y, a veces, hasta el corazón, se retuercen y empiezan a lanzarte impulsos que, si los traduces, dicen: ¿Qué coño haces perdiendo el tiempo con esta gilipollez? Después de todo, las gilipolleces son los actos de los gilipollas y es duro sentirse así, un gilipollas. 
Creo que hay que conseguir un equilibrio entre el grado de gilipollez que te exigen asimilar las multitud de gilipolleces con las que te encuentras todos los días, de lo contrario el resultado es penoso. He conocido a muchas personas que lo han perdido y con ello también el horizonte entre lo importante y lo accesorio, perdiéndose así en una nebulosa fría de sonrisas y dientes blancos. Además, las gilipolleces tienen la habilidad de ser estáticas. Saben acomodarse y flotar en torno a ti, con tranquilidad, henchidas, descaradas. Las gilipolleces carecen de sentido del ridículo, son de colores chillones y su voz es aguda. Suelen tener los carrillos rojizos y son rechonchas, como nubes de las que dibujan los niños. ¿te las imaginas flotando en torno a ti? Apenas se mueven y, normalmente, tienden a atraerse unas a otras, por lo que si te descuidas, puedes encontrarte con un frente de nubes de gilipolleces avanzando despacio, de manera casi imperceptible, hacia ti. 
Las gilipolleces son desesperantes, pero lo realmente desesperante es la cantidad de humanos que se mueven entre ellas con total naturalidad. A veces llega a ser esquizofrénico y te recuerda a esas películas de terror en las que los sucesos extraños sólo son percibidos por uno de los miembros de la familia, mientras que el resto de ellos prosiguen su vida normal, ajenos a lo paranormal.  Además, el pobre mortal elegido por los espíritus para joderle la vida, no es capaz de hacer creer a los demás que lo extraordinario que está viviendo forma parte de la realidad. 
Bueno, el caso es que estaba escribiendo una gilipollez, y lo he dejado. El resultado es que he cambiado de pantalla y ahora, el folio en blanco, es éste. Tan en blanco está, que deja mi mente en blanco y prefiero disfrutar con la irracionalidad de lo básico, por ejemplo, alimentarse, que no es ninguna gilipollez. 

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Published by Fausto Lipomedes
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