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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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26 enero 2017 4 26 /01 /enero /2017 00:22

 

 

Hay una mujer y un hombre sentados en una mesa de una cafetería. Están uno frente al otro. La mujer es de edad indefinida, no puedo decidir si anda por la mitad de la cuarentena o aún no ha llegado a ella.  Incluso le solicito a quien me acompaña, que me de su opinión sobre los años de la susodicha. Opta por la mitad de la treintena. La vuelvo a mirar, quizás sea cierto. Su piel es blanca, tiene una papada incipiente bajo su cara redonda, y si bien no es una persona gruesa, si puede ser calificada como amablemente mullidita. La mujer se ha metido en un jersey extraño de color rojo, de cuello alto y dentro de él, dos pechos bien sujetos se lanzan contra su interlocutor. Sus ojos son claros y su pelo lo lleva suelto. Es lacio, sin gracia, castaño, fino. Porta gafas muy limpias y usa un truco curioso, un mechón de pelo que cae sobre su cara en el lado derecho, lo canaliza por el interior de las gafas, dejando que la patilla derecha lo mantenga allí, sobre su cara, ocultando constantemente su ojo, también derecho.  La mujer lleva joyas. Una cadenita por encima de su jersey que sujeta algo que ignoro, pues se pierde bajo la mesa. Supongo que debe de tratarse de una figura piadosa, lo que daría a entender sus creencias y su escala de valores morales. También lleva anillos en sus dedos regordetes que no duda en mirar distraídamente, de vez en cuando, e incluso hacerlos girar para que la piedra o la filigrana decorativa, se mantenga siempre hacia arriba. 
Enfrente de ella hay un buen hombre. Apenas tengo recuerdos de él, porque quien realmente me plantea dudas es ella. Aún así el hombre está allí, caído en la silla. Puede tener más de cincuenta o cincuenta y cinco años. Lleva vaqueros y una especie de cazadora oscura. Parece cansado, quizás aburrido, e incluso parece un poco inquieto, o quizás un poco resignado por estar allí, sentado, simulando escuchar atentamente lo que la mujer de edad indefinida le cuenta. Trato de enterarme de la conversación, para averiguar el motivo del aparente aburrimiento del hombre, a quien le cuesta, le cuesta, le cuesta, concentrarse en la conversación. 
Sólo oigo retazos y en ellos, ella habla de sí misma. Habla de problemas físicos. Creo oírla decir que necesita beber mucha agua y que de lo contrario, tiene problemas. Esta idea, con distintas palabras, la repite en tres ocasiones. En otro momento, ambos parecen hablar de terceras personas comunes, por lo tanto, quizás sean compañeros de trabajo. En todo caso, yo me inclino porque se trata de una cita romántica, primeros tanteos, y ella, sutilmente, le va informando a él de sus defectos y limitaciones. Ello explicaría también la actitud de él, que pudiera sentirse obligado a aquel protocolo romántico, antes de poder intimar con aquella mujer. 
Qué es aquello, me empieza a obsesionar, a pesar de que también mantengo una conversación, basada en opiniones personales, sobre qué papel ha jugado Holanda en Europa. Es divertido: dígame usted tres ciudades de Holanda, dígame un pintor, un literato o un compositor. Le pido a quién está conmigo que valore qué cojones hacen nuestros vecinos en esa mesa. Después de análisis concluye que son compañeros de trabajo del mundo sanitario. Observo, y retomando los retazos de conversación en los que mencionan a terceros comunes, coincido en que pudiera ser. Además, ambos van aseados y tienen sus manos limpias, lo que también respaldaría esta idea. Pero el mechón de la mujer, dentro de sus gafas, su vestimenta, sus joyas que no para de mostrar y sus modales contenidos, me vuelven a hacer pensar de que se trata de una cita romántica, quizás nacida en el trabajo. Además, ninguno de los dos es consciente de lo que ocurre a su alrededor, ni siquiera se han percatado de que están siendo observados .  
El hombre trata de emitir opiniones, pero ella se impone rápidamente no permitiéndole desarrollar sus ideas. El opta por no insistir, es un hombre paciente. 
Nuestra conversación se vitaliza, hablamos de los judíos, tulipanes, organización social, drogas, diamantes, comparamos Holanda con Bélgica..y ella vuelve a hablar de que tiene que beber. El hombre mueve sus piernas abiertas nerviosamente, tratando de volver a meter en sus tripas los problemas de la mujer cuando no bebe agua. La pareja es como un avión que acaba de cruzar el océano y ha de dar vueltas encima del aeropuerto de destino para que le dejen posarse. Es tarde, son las ocho y pico. Es de noche, fuera el tráfico es intenso, aunque por la aceras hay poca gente caminando. Hace frío. Las luces en las viviendas indican que las personas ya están en casa mirando el televisor, y bajo ellas los establecimientos aún están abiertos con sus neones y focos en los escaparates. A píe de calle muchachas chinas arreglan uñas de jovencitas detrás de cristales panorámicos que desprecian cualquier intimidad. Veo todo desde la cafetería, que  tiene una luz alta, blanca, los cristales no están muy limpios. Es un lugar extraño para una cita romántica extraña, es una cita eléctrica al final del día, cuando todos estamos cansados y soñamos con otro día, que sea mejor que éste. 

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25 enero 2017 3 25 /01 /enero /2017 01:58

Hoy, mi trabajo me ha llevado a una feria gastronómica. Me imagino que habréis estado en alguna de estas ferias sectoriales, una especie de mercado persa lleno de vendedores que se quieren vender cosas entre ellos. 
He llegado con un compañero del trabajo y como nos tenían que proporcionar unos pases, hemos tenido que esperar en la puerta un rato. Allí nos hemos encontrado con otro vendedor, éste de un libro sobre restaurantes de lujo. Es un catalán bien parecido, debe de rondar los sesenta, pero creo que ha tenido el mismo aspecto durante los últimos veinte años. Es un tipo de buena figura, buen pelo canoso, mirada afable, atractivo, un poco chepudo, pero creo que es más una pose que una realidad de su espalda. Un tipo simpático, obligado a sonreír siempre y de pensamiento ligero, cualidades imprescindibles de un buen vendedor, aunque los he conocido de todo tipo. Mientras esperamos, hablamos con él, no sé muy bien de qué, no me interesa en absoluto, pero estoy hasta ocurrente. Mientras todo esto sucede, pienso que este mundo es una gran conjunto de vendedores y compradores. Todos vendemos, todos compramos, hasta ahí, todo me cuadra, pero me devano los sesos pensando quien estará en la cúspide de esta cadena, si un comprador o un vendedor. Intentando dilucidar quién es el dios de los vendedores, llegan nuestros pases y una vez escaneados por una maquinita que maneja un chaval flaco y pálido, ajeno a todo lo que allí ocurre, nos introducimos en la feria. 
En las ferias es muy difícil ver a alguien solo. Todo el mundo habla con todo el mundo, en grupos de dos, de tres o, a veces, de cuatro, pero nunca grandes grupos. También es curioso observar la vacuidad de las conversaciones, al menos de un gran número de ellas. Ello es patente, ya que cuando avanzas entre los grupos parlanchines, es normal que te miren de arriba a abajo, de reojo o descaradamente, despreciando a su, o sus interlocutores y tratando de ubicarte o de suponerte. Apuesto a que se trata de vendedores, buscavidas, charlatanes, tratando de vislumbrar si eres un potencial comprador. 
Subimos en un ascensor y salimos a un espacio que no es más que un pasillo amplio flanqueado, a ambos lados, por puestecillos donde sufridos vendedores y comerciales  de firmas de alimentos que, hemos de calificar de lujo, se afanan en mostrarte sus maravillosos productos. 
Afortunadamente, el puesto al que nos dirigimos esta cerca. Sólo hemos de sortear a unos veinte perezosos de feria, gordos, grandes, pesados, que miran, abobados, no sé muy bien qué. Vemos al hombre que vamos a ver, él nos ve a nosotros, nos saludamos con la mano y nos emplazamos en algún lugar intermedio entre los diez metros escasos que nos separa. Parece ser que nos quiere decir que nos sentemos en unas mesitas blancas, con taburetes blancos altos, donde reposan los culos grasientos de clientes (compradores), de vendedores o de avispados seres humanos en busca de migajas o algo que llevarse a la boca. Allí nos vamos mi compañero y yo. Tengo sed y observo que en la mesa de al lado, un grupo de cuatro, disfruta de unos ibéricos bañados con un buen vino. Ni corto ni perezoso, localizo las copas limpias, y de nuevo, moviéndome entre espaldas de mamuts, consigo dos copas. Inmediatamente, una colega de unos cincuenta, que trata de aparentar treinta y ocho, se alerta sobre nuestras intenciones y viene hacia nosotros. 
Hola, dice, ¿conocéis el vino?, dice con una botella que sostiene en su mano, idéntica a la de la mesa y que no sé de donde ha sacado. 
Sí, le conozco, la miento, un vino excelente. 
A partir de aquí, comienza a chapurrear toda una retahíla de características de aquel caldo, y yo la escucho atento, deseando sólo que vertiera el líquido en mi copa. 
Sí, sí, la interrumpo mirando a mi compañero, ¿dónde probé yo este vino?, digo,  interpretando a un hombre con mala memoria,  ya que, repito, jamás había visto ese vino. Pero consigo que ella se calle y, por fin, decide servir en nuestras copas. Me decido entonces por hacer el paripé del enólogo, que además me produce especial placer.  Agarrar por el fuste la copa, oler el vino sin rozar con tu nariz el borde del cáliz, y ahora hacer girar al vino en su base. Después de hacerlo girar, volver a olerlo, este es un detalle fundamental. Después mojar tus labios. 
La comercial me observa y sé que ha aprobado el ritual. 
Exquisito, digo, realmente exquisito. 
Muchas gracias, dice ella, como si la bodega fuera de su propiedad y es que un buen vendedor, no sólo ha de creer que lo que vende es lo mejor, sino que si además está convencido de que es de su propiedad, será un vendedor excelente. 
Como hemos pasado la prueba del ser o no ser (profesional), la vendedora nos deja en paz y, por fin, me puedo dedicar a mi pasión favorita, observar a la fauna humana a mi alrededor. 
Pero curiosamente, no consigo fijarme en nadie en especial. Noto que el personal no está relajado. Reina la tensión de la venta, por lo tanto, no son ellos, pues están alertas, concentrados en qué sensación causarán. Pero veo gente cansada, muy cansada. Muchos gordos que han perdido cualquier intención de recuperar su figura natural, mujeres ajadas y jóvenes que se incorporan al jodido mundo de la venta, que en un entorno gastronómico se vuelve esquizofrénico. Pasa el tiempo, un hombre aviejado, orgulloso de un tripón que luce bajo una camiseta sucia de los Ramones, sobre la que lleva una chaqueta o chaquetón de cuero, esta hablando, casi despectivamente, con el otro hombre al que venimos a ver. A ellos dos se une una mujer.  El gordo la sonríe, dejando ver unos dientes separados y también viejos que emergen de su barba canosa y mal cuidada. Lleva unos vaqueros talla extra grande, acomodados a sus diminutas piernecillas y a su culo plano y grande. Remata al personaje un sombrero de piel, absurdo, que no le hace falta, pero con el que trata de darse un toque de excentricidad creativa. Debe de ser un cocinero mediocre, supongo. Y supongo porque ni siquiera sé quien es, pero se pone en mi línea visual. 
Tengo ganas de irme de allí, he de hacer muchas cosas y estoy perdiendo el tiempo. El hombre de la camiseta de los Ramones otea alrededor buscando a alguien y deja libre al mío, al que no dudo cazar a lazo y sentarlo a mi mesa, donde debato a conciencia sobre los asuntos que me han llevado a verle. 
Doy por terminada mi reunión y me siento libre. Sólo falta salir de allí y respirar un poco de aire, que es lo que hago. La venta ya está hecha.

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22 enero 2017 7 22 /01 /enero /2017 21:40

Hoy me he dado un estupendo paseo por la mañana. He cogido mi camino blanco y rectilíneo, pero he decidido hacer la vuelta por en medio de los campos de labranza, a buen ritmo. Mi dispositivo dice que ha sido un paseo enérgico, una media de diez minutos cada kilómetro. Para mi está bien, hacía tiempo que no conseguía esa marca. Me invitan a hacer caminatas, y con ese ritmo podría hacerlas, pero no se durante cuántas horas, de ahí que me de cierto miedo afrontarlas. Una vez marché con mi hijo a hacer senderismo a la montaña. Había nieve. Íbamos con un grupo de gente, gente Decathlon que tiene equiparaciones para todo tipo de actividades, distintas clases de cascos, zapatillas, ropa térmica, calcetines, chalecos, tajes de neopreno, luces, lámpara, lamparillas, gorros, gafas, manoplas, guantes…Luego, también van cargados de brújulas, aplicaciones, altímetros, medidores de pasos, todo ello sincronizado. Bueno, me fui cagando su sus madres todo el trayecto. Asumen sus excursiones como auténticos retos llevados hasta el agotamiento. Paso. 
Iba por mis campos tratando de pensar en algo concreto. Pero me es imposible, no lo consigo. Es curioso, puesto que cuando hago kilómetros en bicicleta, si consigo darle vueltas a una idea, pero andando, ignoro la razón, es tarea titánica. Trato de encontrar la raíz de una idea, y consigo atraparla, pero no desarrollarla, se me desvanece entre las manos de mi cerebro, quizás vaya demasiado pendiente del suelo, evitando las piedras, o quizás de mi respiración, intentando acompasarla, o quizás de los aviones en su maniobra de descenso hacia el aeropuerto, o quizás de las nubes y de sus extrañas formas, o quizás de si alguien viene  detrás de mi, o quizás de alguien que viene de frente y sobre si nos saludaremos o no. EL caso es que, cuando ando, sólo consigo ir concentrado en el esfuerzo físico y en las cosas que ocurren a mi alrededor. 
Pero miento, si que he dado vueltas a una pregunta que me hago desde hace días ¿Por qué los padres se empeñan de disfrazar de payasos a sus hijos pequeños? Se acerca el jodido Carnaval, y los colegios, como han institucionalizado lo de los Carnavales como un hecho cultural, obligan a los críos a disfrazarse, y los padres, zas, van y los visten de putos payasos, con esos mofletes con un redondel rojo, el maquillaje excesivo, esas vestimentas estridentes de colores pálidos y tontos, que convierten a los niños en putos ñoños y a las niñas en muñecas de mal gusto. 
Lo único bueno que he leído sobre un payaso es “opiniones de un payaso”, de Heinrich Böll, si no habéis leído hacedlo. pero es curioso que use a un payaso para criticar a toda una sociedad puritana e hipócrita. En definitiva, hay cierta perversión en ello, y es que los payasos, anónimos, clones unos de otros, excéntricos, exagerados, amanerados, aniñados, son, en sí mismos, perversos. Por eso Stephen King eligió a un payaso para aglutinar las peores pesadillas de un grupo de personas en IT, o quizás por ello, Los Simpson hayan elegido también a un payaso para representar en él temores y miedos. Entonces, jodidos padres jóvenes, ¿por que disfrazáis a vuestro hijos de payasos? Para que os descubran vuestra falsa moral, para que os den terror y acabéis acuchillados por ellos en la mesa de la cocina, mientras se ríen, claro, o ¿Por qué es el disfraz recurrente, rápido y que no requiere imaginación? Reflexionad, payasos. 

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18 enero 2017 3 18 /01 /enero /2017 00:11

El trabajo me atenaza, pero no me puedo dejar subyugar por él. Ayer he estado en una misa de funeral. Este tipo de acto es el único que, ahora, me lleva hasta una iglesia, al menos en los últimos años. Antes también lograban llevarme bodas y algún que otro bautizo. Pero la edad va definiendo los actos, y a la mía ya sólo tocan muertes. 
Supongo que me queda la boda de mi sobrina, la de mi hijo y, si hay un poco de respeto, también algún bautizo, pues creo que ambos tendrán descendencia. Mi sobrina uno, mi hijo, que es un poco más alocado, igual varios. A este respecto, creo que me gustaría tener una nieta. 
Había poca gente en el funeral, lo que dotaba al acto de cierta sensación de soledad. Además, ya era de noche. Deberían hacer funerales a las doce. Ignoro porque la gente se casa a la luz del Sol y los muertos siempre son nocturnos y entre semana. Me ha gustado la iglesia, o debería decir la capilla. Era pequeña y recogida, lo cual nos permitía estar en familia y cercanos a los organizadores. He seguido los ritos del acto. Es imposible, al menos para mí, no repetir, de manera automática, las frasecitas que dan respuesta a las propuestas que hace el cura desde su altar. Había también un organista. Era un tipo de mediana edad que, además, no se cortaba un ápice en cantar en latín, con ese tono triste, repleto de desesperanza, de final. Le oía cantar y no paraba de preguntarme como coño ese tipo ha acabado sentado frente a ese órgano en mi misa de funeral. Me debatía en decidir si había llegado allí a través de la “música”, o sin bien a través de la fe y, desde ella, al instrumento y con él a la comprensión de esa lengua muerta.  El sermón del cura ha sido formal, excesivamente formal. Es, como casi todos, lejano, incapaz de consolar a nadie, incapaz de explicar el final, puesto que no tiene explicación alguna, salvo esa, que es el final. Además, se me olvidaba, todo ello iluminado por esa luz amarillenta y mortecina de las iglesias por la noche. 
Y ya que estoy aquí, ¿por qué no comulgar? Mira que me han dicho desde pequeñito que para comulgar es necesario confesarse antes, que de lo contrario se trata de un pecado mortal. Vale, a ver, si estuviera frente a un hombre en conexión con un ser superior que le otorgara capacidad para perdonar mis pecados, ¿qué le narraría? Conclusión, voy a comulgar, además ello me hace integrarme en el acto, en la comunidad allí reunida. También faltan los niños. Pero, ¿quién lleva a un crío a un funeral? En definitiva, un acto sucinto, lo cual es de agradecer, y frío para despedir a alguien que ya no está entre nosotros. 
Nos hemos juntado allí un grupo heterogéneo de gente. Bueno, había una homogeneidad que nos unía, los años. Vida vivida, En los funerales nos sale a todos una sonrisa, un niño a la complicidad de la vida. Nos miramos y nuestras conversaciones son sobre los recuerdos. La mayoría ya tenemos más pasado que futuro y tranquilos, sin ruido, nos vamos encaminando por las dos últimas curvas de la vida para encontrar la recta final. Cada uno llegará hasta el kilómetro que, no se sabe bien quién, quiera. Quizás, nos faltan los niños. 

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15 enero 2017 7 15 /01 /enero /2017 18:06

Me he levantado hoy con ganas de coger la bicicleta y salir a hacer unos kilómetros. Pero hacía demasiado frío. Me he imaginado sobre ella, con los pies y las manos heladas, el sudor interno que puede tornarse frío en cualquier momento y el esfuerzo ahogado subiendo las rampas. Rápidamente he desechado la idea y he optado por una larga caminata por mi camino blanco. Los seis kilómetros de rigor en los que trato de pensar en cosas, pero no lo consigo. 

 

Hay abundante gente hoy en el camino. Cuando aparco el coche al inicio del recorrido, un grupo de treinteañeros, ya mediados hacia la cuarentena, irrumpe. Van todos vestidos con ropajes de montaña, pantalones de esos de grandes parches naranjas, mochilas, palos de andar y anoraks de senderismo, también con los cuellos naranjas. Ignoro porque se han vestido así para hacer este recorrido rectilíneo, blanco, llano. Los dejo avanzar. Van con un par de perros atados y no paran de hablar. Deben de ser un grupo que ha pasado la noche en alguna casa del pueblo y han decidido dar un paseo por la mañana. Ay, el senderismo para solitarios, la típica actividad para los denominados singles. Conocer a alguien en torno al ejercicio, al medio ambiente, la naturaleza y todas esas gaitas, siempre con el mismo objetivo final. Los he dejado avanzar, arman demasiado alboroto y quiero tranquilidad. Durante todo el camino los he mantenido a la misma distancia, unos doscientos metros. Ando tras ellos y a mis espaldas oigo pasos. Giro la cabeza y veo a una pareja peculiar que ya he visto otras veces. Se trata de un señor mayor, por encima de la jubilación y de un hombre más joven, calculo unos treinta y cinco, o quizás cuarenta, andando junto a él. Éste segundo arrastra los pies. Sin duda, se trata de su hijo y además, tiene cierto grado de subnormalidad. A pesar de que hace frío, van sin abrigo, solamente usan sendos jerseys azul oscuro. Andan rápido. El hombre mayor tienen el cuerpo duro, forjado en las labores del campo. Entre ellos no hablan, pero cuando se cruzan con alguien saludan y, en algunos casos, incluso se detienen a intercambiar unas pocas palabras. Deduzco que son conocidos en el pueblo. El padre lleva unos pantalones de esos de labranza, azul también. Su hijo unos vaqueros. Ahora se han puesto delante mía. Los he saludado cuando me han adelantado y ellos a mi también. He podido ver sus rostros. EL del hombre, enjuto. El de su hijo, triste, transformado por una especie de mueva de dolor. Ahora ven delante mía y decido dejarles avanzar unos metros y después adecuar mi paso al suyo para poder compartir con ellos aquel camino. No hacen otra cosa sino pasear. Supongo que aquel hombre saca a su hijo, lo airea, ha de hacer ejercicio. Siguen sin hablar y sólo quiero ver algún signo de complicidad entre ambos. Pasa un rato, y me acuerdo de aquella madre que sacaba a su hijo grandón, con un escudo infantil, a este mismo paseo. Pienso en la soledad con que estos padres sacan a delante a estos hijos y en las preocupaciones que rondarán en sus cabezas pensando en qué pasará cuando ellos mueran. Pienso en lo dramática que es a veces la vida, en lo cruel y carbona que se vuelve con algunas personas. Siguen andando y el padre parece arreglar el cuello del jersey del hijo que sigue, impasible, arrastrando los pies por el camino. Miro mis zapatillas durante unos segundos y cuando vuelvo a levantar la vista, le ha agarrado la mano, en el tramo más solitario de todo el camino, como con miedo a que les vean. Aflojo mi paso y dejo que se marchen de mi pensamiento. 

Acabo en el bar del pueblo, lugar al que me gusta ir. Todo está igual. Los hombres dando voces, hablando de fútbol. Hablan rápido, como si les diera vergüenza hacerlo. Mezclan palabras con sonidos, abren tanto la boca, hacen tantas muecas, mueven tanto sus brazos, que debe de ser agotador. 
Poco a poco, los días se van alargando. 

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10 enero 2017 2 10 /01 /enero /2017 01:33

Bajo a tirar la basura antes de irme a trabajar y allí me encuentro con un futbolín abandonado. Y digo abandonado porque el artilugio aún está en buen uso. Me pregunto porque lo habrán desdeñado de tal manera, e imagino a gentes alrededor de él, girando las muñecas, riendo y metiendo goles. Supongo que algún artilugio tecnológico lo habrá sustituido, después de todo acaban de abandonarnos los Reyes Magos.

Ayer estuve con un optimista tecnológico, dice un colega. 
¿Un optimista tecnológico? Le pregunto.
Sí, un optimista tecnológico. 
Ah, ¿y eso?, ¿qué predicciones hace? Vuelvo a preguntarle. 
Psss, bueno…..
Mi interlocutor tarda en dar argumentos, no acaba de arrancarse. No sé si le importa un culo el tema o el optimista tecnológico no ha sabido exponerle las ideas que avalan su optimismo. 
Soy impaciente, así que arranco,  “Siempre que me preguntan por la tecnología y cómo ha afectado a mi profesión, digo lo mismo: ahora trabajo 24 horas, siete días a la semana y cobro la mitad, a lo mejor menos de la mitad, que antes de esta revolución tecnológica.  Mira, el jueves pasado, estaba plácidamente sentado en el sillón de mi casa y recibí un mail, a mi nombre, es decir, directo a mi intimidad, de una tipa, ubicada en un lejano lugar, que me obligó a variar mis planes de vida para el día siguiente, y era el cinco de enero y disfrutaba de unas merecidas mini vacaciones. Claro, te envían un mail y cuando aprietan el botoncito de enviar deducen que ya estás alertado. Y eran los 22.30 de la noche. No me jodas, ¿eso es optimismo tecnológico?
Mi interlocutor, no sabe qué decir, es más, no sé si me presta atención. 
Sigo elucubrando, y, sobre la marcha, pienso que la culpa es mía por mantener el ordenador encendido.  Pero también pienso que me hubiera dado igual, porque el correo está sincronizado con mi teléfono, claro que el teléfono podía tenerlo apagado también, pero en ese caso me hubiera llegado al reloj, que también recibe correos. Solución, podría desconectarme del mundo, pero he de comer y el problema no es mío, es del mundo, el puto mundo global, el imperio donde nunca se pone el Sol, el imperio donde siempre hay una bolsa de valores abierta, o varias a la vez, por lo que siempre hay ansiosos accionistas queriendo cobrar beneficios, que indica que siempre hay vendedores vendiendo y compradores comprando. Y para comprar cotejan información, da igual que sea verdadera o falsa, basta con que, simplemente, exista.  
Optimismo tecnológico, me parto. La tecnología ha traído sólo presente y precario, ha destruido el pasado y el futuro se lo ha fulminado. Y si no es suficiente con esta realidad, ponte unas gafas y vive en otra. Puto maná de pixeles que te transporta a paraísos y a situaciones, que tú, jodido mierda, no vas a vivir, por eso te la dejo vivir de mentirijillas. Y se nos cae la baba, como a los bobos, por ponernos las putas gafas y mientras tu navegas en mundos cibernéticos, en soledad,  desde fuera, chaval, es patético verte como un clon, con los brazos extendidos, dando pasos temerosos e inciertos, pisando en la realidad en la que vives, oscura, miserable y maloliente. ¿Optimismo Tecnológico? Y sólo acaba de comenzar. 
Mi interlocutor creo que pasa de mí, no me escucha, está a otra cosa, no sé a qué, mira la pantalla de su ordenador, espera algo. 

 

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8 enero 2017 7 08 /01 /enero /2017 19:25

Me he propuesto escribir algo con cierta periodicidad, pero sinceramente, no sé exactamente qué. 
Siento especial placer por esos días en los que aún en la cama, sé que no va a ocurrir nada. Tardo en darme cuenta de ello, pues son raros los días dulces y placenteros. Por eso, cuando despierto y abro un ojo, mi cerebro ha de procesar que el día es para mí. Normalmente, cuando soy consciente de ello, me dejo embaucar por el sueño y sentir en cada milímetro de mi cuerpo el placer de la cama. Pero ya sabéis de mis malas conciencias sobre la inactividad y acabo levantándome antes de los que me apetecería. 
Me he desayunado, que así se dice correctamente, aunque no acierto a saber porque, ya que da la sensación de que te comes a ti mismo, y esa actividad está muy lejos de mis apetencias. Me he duchado y he salido al exterior a disfrutar de una mañana radiante de Sol. Lo verde está blanquecino aún, por lo que deduzco que ha debido de hacer bastante frío esta noche. Es un hecho objetivo que es un placer tomar una taza de café al aire libre, abrigado, una mañana de invierno, sin ruidos, salvo lo de algunos pájaros, algún vecino con su radial (siempre hay uno), y algún coche, remoto y suelto, yendo o viniendo no se sabe de o a dónde. 
Decido bajar al pueblo a tomar un vino, será mi único acto social este día. Me gusta coger mi coche de hace más de veinte años, arrancarlo y hacer unos pocos kilómetros hasta la taberna donde anidan, hoy me he dado cuenta, un grupo de hombres, siempre los mismos. 
Me ubico en un extremo de la barra y mientras tomo el vino reviso mi móvil, miro el correo, los mensajes, las redes sociales y verifico que nada ha pasado. Ahí siguen los mismos, esforzándose en hacerse notar, en contar estupideces, escribiendo frases llamativas carentes de contenido alguno. Me aburren, pero al mismo tiempo que los desprecio, me dan miedo. En pocas horas habré de zambullirme en ese mar de estúpidos que son capaces de cualquier cosa por la notoriedad o el dinero, conceptos que hoy en día van bastante parejos. De momento van todos en mi bolsillo. 
He vuelto pensando en todas las cosas que me gustarían hacer y en cómo no dispongo tiempo para todas ellas y en cómo no podré desarrollarlas hasta que deje de trabajar y todos mis días puedan ser plácidos. Ello significa que tendré poco tiempo para ahondar en ellas y disfrutarlas, sin entrar en los deterioros de mi vista y de otras funciones de mi organismo.  Y ello me lleva a pensar que esta vida es realmente un tanto absurda y por esta forma de pensar me dicen que soy pesimista, pero cuando alguien me lo dice, le miro y en un plis plas, soy capaz de verificar a que dedica su vida aquel tipo, o aquella tipa y, realmente, me parece que el problema de superpoblación se solucionaría si los seres vacuos, como estos, no pudieran nacer o se extinguieran en el momento en que pudiendo ser plenos, se conforman y juegan a ser necios conformistas. La única disculpa es que son idiotas y no se dan cuenta de ello. 
Cuando he llegado ya era tarde para plantearse una comida. Odio cocinar, a pesar de que tengo la cocina lleva de artilugios que me permitirían elaborar sabrosos platos, pero desde que mi hijo dejó de depender de mi gastronómicamente, he abandonado el afán por elaborar manjares, y tampoco quiero entrar en el aspecto de comprar. En definitiva, comer, para mi, se ha convertido en una especie de necesidad a la que no quiero dedicar excesivo tiempo. Así que el resultado es que cambio la elaboración de alimentos por salir al exterior a buscar troncos para mi chimenea y apilarlos junto a ésta última, además, así hago ejercicio. Siento un placer enorme saliendo al exterior y viendo como por la chimenea sale el humo de la combustión de la madera, dejando impregnado en el aire ese olor especial a hogar. 
Los días se van alargando y si bien antes el ocaso casi se dejaba barruntar desde el mediodía, ahora ya las tardes tienen vida propia, lo que indica que, en nada, llegará la primavera. Y eso también me lleva a pensar en lo rápido que pasa el tiempo, y en lo cíclico, y en las hojas muertas que se amontonan alrededor de mi casa y que no he querido retirar, simplemente para alargar la sensación de otoño, que ya murió y que tardará un año en volver. 
Sigo en silencio. no sé a qué dedicaré la tarde, igual a nada, aunque algo haré, pero con esa sensación inigualable de que nada va a ocurrir a tu alrededor que altere tu dejadez sin objetivo. 
 

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4 enero 2017 3 04 /01 /enero /2017 20:18

Estrenamos año y así, sin darnos cuenta, ya estamos en 2017, total nada. Paro a echar gasolina al coche y pido que me llenen el tanque. Mientras espero en la tienda hojeo las portadas de los periódicos, las tabletas de chicle y todo la variedad de productos que venden en estos lugares, desde relojes hasta botellas de leche o pasteles. La dependienta está detrás del mostrador. La he saludado y, en silencio, esperamos a que su compañero cuelgue la manguera para que el sistema informático mande la información a la terminal de venta. 
-A propósito, feliz año nuevo-, digo al fin. 
-Es verdad, feliz año nuevo—, dice ella, que añade, han pasado tantas cosas desde el día 1 que parece que hemos estrenado el año hace ya un montón de tiempo. 
Y es verdad, pienso, pasamos de un año sin pena ni gloría y tres días después el nuevo año ya se ha hecho viejo. 
Un espesa niebla venida desde cualquier humedal se ha aposentados sobre el pueblo. Mi perra está en el coche. Me pensaba ir a casa, pero pienso en nuestro camino envuelto en niebla y decido que vayamos a dar un breve paseo, que luego será de 40 minutos. 
No hay nadie en el camino, efectivamente, la niebla ahuyenta a los mortales y sólo deja a las almas vagar flotando. A mi perra le encantan los palos y la última vez que caminamos por esta senda la estuve lanzando uno al campo. La rutina es bastante mecánica: yo lo lanzo, ella corre a por él, me lo devuelve y así sucesivas veces y ella, cada lanzamiento, como si fuera el primero. Como acaba cansándose, acostumbro a colgar el palo entre las ramas de los almendros raquíticos que bordean el camino. Normalmente establezco unos códigos para recordar en que árbol colgué el palo para, en el próximo paseo, descolgarlo y retomar el juego. Pero, he aquí que en esta ocasión, no tenía claro en que arbolito había colgado el palo. Después de caminar diez minutos, veo a la perra pararse y mirar hacia las ramas de uno de los almendros y, sin poder creérmelo, no estaba sino señalando al palo. Ignoro que mecanismo usa la perra para recordar, para saber exactamente donde esta su juguete. 
Así avanzamos, envueltos en la niebla, yo lanzando el palo y viéndola correr, me encanta observarla. No nos cruzamos con nadie. Sólo se oye algún avión invisible haciendo la maniobra hacia el aeropuerto o se intuye algún automóvil, del que acabas viendo sus faritos, como dos débiles candelas, rompiendo jirones por la carretera. 
El ambiente va cargándote de melancolía y soledad. Yo, mi perra y nadie más. Y de pronto me pongo a pensar en toda la gente que en ese instante pudiera estar pensado en nosotros. Y cómo la melancolía es como es, yo también pienso en esas personas, y cómo la melancolía es como es,  pienso en las partes más débiles de ellas, en sus pequeñas cosas, en sus inseguridades, en sus miedos, sus nostalgias, sus sueños rotos y en sus fatigas y en sus cansancios y en sus anhelos. Y entra esa sonrisa entrañable y triste. 
Regresamos. Vuelvo a colgar el palo en una rama de un almendro y me aseguro que que mi perra se fije exactamente dónde. Estoy seguro de que, aunque pase tiempo, sabrá encontrarlo. 
Dejo el coche aparcado en una calle bordeada de casitas bajas a la que se entra desde la carretera y que desemboca en el camino de tierra. Salimos de este último y al doblar hacia la calle, un grupo de tres personas sale de una de las casitas bajas. Son dos mujeres, de no más de cincuenta, pesadas, de movimientos lentos y ropajes de abrigo oscuros. Pelos lacios, también oscuros, sin arreglar, simplemente peinados. Entre ellas va un hombre grande, quizás mida un metro noventa, ancho, con cien kilos o más de peso. Anda igual que una de las mujeres. Lleva un pantalón de chandal azul oscuro y una sudadera cuya capucha lleva levantada cubriendo su cabeza. Pero ¿qué lleva ese hombre? Es un escudo, un escudo rudimentario de juguete, de los que usan los niños. Un escudo blanco con una cruz roja de finas líneas, pintada sobre él. Y en la mano lleva una espada plateada, una espada corta de plástico. Y se acercan, y el hombre no es tal, sino un chaval de nos más de dieciséis años grandón, pesado, que anda arrastrando los píes, quizás con algún tipo de deficiencia mental. Agarra su espada con fuerza, va con su madre, que lo saca de paseo, junto con una amiga, quizás su tía. Se encaminan hacia el camino, a buscar dragones, a luchar contra invasores con otro color de piel, a vivir aventuras propias de un crío más pequeño. Y siento una tristeza enorme, y miro a esa mujer, cansada de vida, llevar a su hijo al campo. 

 

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29 diciembre 2016 4 29 /12 /diciembre /2016 01:13

Vaya par de días críticos. ¿habéis oído hablar de la crisis del fin de semana? Supongo que para muchos esta expresión sólo puede significar afrontar sus dos días de libertad sin plan alguno, produciendo en ellos desazón, tristeza y hasta desesperación. 
No es mi caso. Afortunadamente, en mis siete días de la semana gozo de libertad, desarrollo una actividad profesional que, con sus más y sus menos, me gusta y me hace disfrutar, a pesar de la intensa actividad que requiere tal amante, y veo los fines de semana como un espacio de descanso, de relax, a veces hasta de reclusión voluntaria. Para mi, y para muchas personas como yo, el término crisis del fin de semana, define a las invasiones esporádicas de bárbaros que intentan apoderarse de tu organismo durante la semana y que mantienes a raya porque estas más pendiente de tus responsabilidades que de ti mismo. Como consecuencia, y llegado el viernes, en cuanto tu cuerpo detecta que te relajas y que en tu cabeza las conexiones neuronales se ralentizan, zas!, se viene abajo. 
Me pasó el viernes, paseando a mi perra. De pronto, un cansancio profundo y pesado se apoderó de mis piernas, de mis brazos. se me resquebrajó la cintura y miré hacia atrás, hacia el camino ya andado y con serias dudas sobre mi capacidad física de desandarlo. 
A gatas, como un cuerpo viejo asfixiado y sin capacidad de generar oxígeno, llegue a casa, a rastras fui capaz de despojarme de mis ropas y de vestirme con otras cómodas que uso para estar en mi cueva. A rastras, logré dar de comer a mi perra y a rastras, llegué hasta el sillón, en el que me dejé caer como un cuerpo moribundo dominado por los escalofríos y por un cansancio hondo que venía del más allá. 
Simplemente me dejé llevar por el placer de la enfermedad. Un sillón en calma en una casa en calma, una perra a tus pies, también tumbada y en calma, los pequeños sonidos del hogar y un hombre, moribundo, con la boca abierta, tratando de inhalar oxígeno, adormilado, perdiendo la conciencia, sin casi voluntad de seguir en este mundo, bordeando el deseo de abandonarlo y curioseando sobre el enigma del más allá, que como mínimo, significa inconsciencia y tranquilidad. 
No me quería morir, pero en la soledad de aquella tranquilidad no descarté que ese suceso me ocurriera. A mi mente vino mi bronquitis de unos años antes, de la que me resucitó un ángel. En esta ocasión, mi mayor miedo no era el deceso, sino la tos, aquella tos que años antes me hacía estallar el pecho en mil pedazos con un dolor insufrible. Quizás por ello, ahora buscaba la calma, el no movimiento. Mientras estuviera quieto, la tos no aparecería. 
Así pasaron horas, arrastrándome del sillón a la cama, buscando ese estado de duermevela placentero que dejaba fuera al resto del mundo. Al día siguiente, sábado, cena de Nochebuena. Obviamente, la decisión estaba tomada, me quedará en casa muriendo placenteramente. Pero volvió a aparecer el ángel y logró meterme en la ducha y después en el coche y depuesto ponerme en la carretera a setenta por hora, ajeno al tráfico, un paseo entre nubes. Y el domingo comida de Navidad, y repetición de la jugada. Y el lunes mi hijo viene a verme, a pasar el día conmigo, y damos un paseo, y me canso y comemos juntos, y le digo que me queda poca vida, y me sonríe socarronamente, y le digo que tenemos que revisar mis papeles de seguros y todas esas gaitas, y no me quiere hacer caso, y vemos una película, el uno recostado sobre el otro, y sigo durmiendo y con recelo de que se vaya alejando de mi el placer del moribundo. Y el martes, mi ángel me torea, me lleva con su muleta de seda roja hasta la puerta del médico y allí me deja. Y entro a las diez de la noche, y me recibe una joven médico que me pregunta que cuál es mi urgencia, y le digo que ninguna y me responde que por qué voy allí entonces, y le respondo que, simplemente, porque está abierto. Me sonríe y me pregunta por mi enfermedad, se la relato, me ausculta, mide mi oxígeno en la sangre, mira mi historial médico, asombrándose de que apenas existan rastros sobre él y le digo que apenas he ido al médico y que así seguirá siendo, que para morir me basto conmigo mismo (esto último no se lo llegué a decir). me dice la joven médico que estoy bien, muy bien, que esté atento. Y así, yo me moría y entre todos, me resucitaron. 

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22 diciembre 2016 4 22 /12 /diciembre /2016 20:37

Bajamos del taxi. Venimos de tomar una copa de vino blanco con ricos manjares de picoteo en las oficinas de lo que ahora llaman un “prospect”, que en lenguaje cristiano, viene a ser un proyecto; es decir, una persona o ente del que podrás sacar dinero por un servicio que le proporcionarás en el futuro y de mucho más valor del que van a pagarte por él. Es una reunión de ricos, y allí no para de hablar la gente de que monta a caballo, de sus padres militares que participaban en competiciones de saltos y que subieron a sus hijas  a lomos de estos preciosos animales a los tres o cuatro años. Lo dice una tipa larga, con rojeces en los pómulos y ojos de cansada, vestida anodinamente y de la que recuerdo su pelo negro, recogido improvisadamente en una coleta, ¿o lo llevaba suelto? ¿era negro su pelo? En realidad, sólo recuerdo de ella su colgante de madera y cuero, rojizo, simbólico, y que estuvo casada con un tal Paul, o quizás fuera Frank, que era, y sigue siendo, un inglés, al que aún aprecia su padre, ya por los ochenta, porque el british ira a la cena de Nochebuena a su casa. Ah! Entonces seguís siendo buenos amigos, le dice su jefe, un hombre con cara de reptil, un hombre de negocios, un bajito enérgico, con una calculadora de algoritmos matemáticos insertada con tecnología láser en sus ojos pequeños, negros y  vivaces. El hombre comenzó a jugar al polo a los treinta y ocho años, y acaba de construir un pequeño campo para jugar a este deporte, en su casa. Es un campo pequeño, para que podamos jugar dos, dice. Tiene 55 y se mantiene tieso como una vara dura, lleva chaqueta azul y vaqueros, con su paquetito bien sujeto. conoce a gente de la farándula y veranea en Sotogrande. ¿Y de que conoces tú a todos estos famosillos? le pregunto. Me mira, con sus ojos entrecerrados, y me dice que al margen de esta vida de negocios,  él ha tenido otras vidas. No imagino cuales han podio ser. La sala se va llenando de gente e ignoro porque ambos nos prestan tanta atención. Llega un argentino de 38, quizás 35, fondoncito, amable, pelos largos rubios, canosos, con barba rubia de hace dos días. camisa a rayas, argentina, es cara y la marca es un pequeño cactus del desierto. Parece que la lleva usando hace ya unos días, pero él huele bien. Me saluda y siento su mano pequeña, un poco áspera, pero reconfortante, segura, la mía también. Me quiere invitar a un vino. Acepto. Tu eres rico, me dice, sonrío. Brindemos. Tengo una hija de dos años y medio y ahora estoy en proceso de enseñarla todo lo necesario para que cuando sea mayor de edad, sepa conseguir y gastar todo el dinero que ahora estoy invirtiendo en ella. Está claro que en esa reunión se reúne gente que adora el dinero como objeto para conseguir cosas. No me he fijado en sus pantalones, supongo que también irá en vaqueros. Me mira, me sonríe: lo importante no es ganar dinero, sino gastarlo, le sonrío, es una especie de mofa, el alcohol me incita a tirar el mundo por la ventana en ese mediodía de vino y canapés que están para chuparse los dedos. Por allí aparece también el socio de hombre lagarto, chaqueta jaspeada azul celeste, camisa blanca, pajarita y también vaqueros, de paquete ya disimulado. Sonriente, echado para adelante, brioso también, pero más mayor que el capitán de V. Pelo cano bien cortado a navaja, ojos también oscuros, y de pronto se muere por mostrar su pasión más oculta: la cartografía. Tiene dispuestos, en una vitrina, una serie de mapas antiguos, de esos que puedes comprar en el Rastro o en los puestos de libros al borde del Sena. Nos despliega uno de Julio Verne, lo debían de regalar en su día con el paquete familiar de Bimbo, que muestra el viaje de la Vuelta al Mundo en 80 días y los medios de transportes que uso el protagonista (me viene a la cabeza la serie de Willie Fox). Se afana en decirnos lo mucho que le gustan los mapas, pero no veo ninguna pieza de aquella cartografía expuesta, que llame mi atención. Miro el reloj, nos tenemos que ir, nos acompañan a la puerta, nos despedimos, son cariñosos, muy cariñosos con nosotros, de hecho nos tratan como si fuéramos los propietarios de un fondo de inversión suizo que hubiéramos reflotado su negocio, No, ¿por que no? Simplemente son educados, simplemente agradecen el haberles dedicado tiempo. Buscamos un taxi, y volvemos al principio, cuando bajábamos del taxi para asistir a otra reunión. 

Esperamos en el semáforo para cruzar la calle y alguien me da un pellizco en la espalda. Me vuelvo, son los dos personajes de nuestra siguiente reunión. El pellizco me lo ha dado mi amiga, la muñeca de porcelana de principios de siglo,. Hoy se ha decidido por un abrigo de entretiempo de Desigual, ahora que lo pienso es una cliente prototipo de esta marca. pantalones grises que van estrechándose en los tobillos y una especie de botas/zapatillas deportivas oscuras, calcetines a rayas en tonos oscuros también. Mi amiga hoy se me antoja como la música clásica contemporánea, un conjunto de sonidos dispares, atonales, a veces histéricos, sin ton ni son, lo que hace la incultura (me refiero a la mía). Besos efusivos, Feliz Navidad. 
Le acompaña un hombre joven, alto, grande, muy grande, cada vez que le veo se ha agrandado un poco más. A este hombre grande le conocí casado y con un hijo recién nacido, con una chaqueta azul con botones dorados, pantalón gris y mocasines castellanos. Ahora viste en vaqueros talla extra grande, camisa a cuadros extra grande también, luce una barba frondosa que no recorta y noto que su cabeza se ha estrechado por la zona de la frente, o quizás es que es la única zona de su cuerpo que no se ha expandido, pues el resto de su cuerpo es un mundo al que transportar de un lado a otro. Un tipo nervioso, que me aprecia y que creo que me tiene miedo, e ignoro la razón. Le van a entrevistar, el entrevistador es un chaval que entra dentro del calificativo de “majo”, un chaval joven que cree que el mundo es una especie de cuento amable inacabable del que puede salir indemne. 
Pasa la entrevista, en la que interviene también una mujer joven, tan anodina como un poste telegráfico en una carretera (no hablaré de ella), aunque tendrá su corazoncito, sus sentimientos, anhelos, miedos, virtudes y defectos, pero los puedes encontrar todos en cualquier manual de El Corte Inglés, sobre como no querer ser un ser humano. 
Pasa la entrevista y el hombre grande, muy grande, se acerca a una mesa alta a hablar con nosotros, No mira a los ojos al hablar, le cuesta mucho expresar emociones, siempre mira a su horizonte, mucho más alto que el horizonte de los hombres y mujeres de estatura media. Habla como si le faltara aire, siempre está estresado, siempre que hablo con él tengo la sensación de que yo, y el asunto que nos une, es un trámite entre dos cosas más importantes, una de ellas de la que acaba de venir, y otra a la que se tiene que ir corriendo. 
¿Cómo te va? le pregunto. 
De puta madre, responde, este año vamos a acabar con cinco millones de euros. 
Nos despedimos después de tomar dos zumos de tomate con mi amiga de porcelana que acaba de descubrir el cine japonés y a la que quiero. Y de vuelta al despacho imagino al hombre grande desnudo, metido en un jacuzzi, con unos cascos caros inalámbricos conectados a un ordenador Mac desde el que escucha  música alternativa, con una copa de vino sujeta con la mano de su antebrazo tatuado con un gran segmento ancho de tinta que lo rodea por completo. Esta quieto, con su gran barriga al aire, imposible de hundir en aquel jacuzzi, sus rodillas abiertas y flexionadas, y muerto por ansiedad. 

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