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  • : Las Razones del Diablo
  • Las Razones del Diablo
  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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21 diciembre 2016 3 21 /12 /diciembre /2016 19:19

Escribo de un mundo tan objetivo y tan orientado a los beneficios que cuando he acabado de escribir sobre él, ya no sé sobre qué escribir. Es tal la absorción que de mí hace este mundo mecánico que cualquier cosa que no sea escribir para él se me antoja una pérdida de tiempo. Llevo tantos años viviendo de escribir sobre y para él, que no encuentro nada más importante que trabajar y trabajar para que su maquinaria, la del capitalismo y el consumo siga, siga funcionando. No, no os asombréis, vosotros mismos formáis parte del sistema. Claro que existen otros mundos, o deben de existir, pero quizás por la edad, los míos se han ido estrechando y todos me parecen el mismo, el que describo. 
Me ciegan las luces, los colores, las maravillas de los nuevos productos, las tripas de tecnología que obran milagros, los peligros del más allá, aunque ese más allá se ubique sólo a miles o cientos de kilómetros. Me ciegan las ofertas, me ciegan los aniversarios, las fechas conmemorativas, las onomásticas, las fechas que conllevan esa jodida tradición inexcusable. Me ciegan los monigotes sonrientes que van saliendo de la fabrica de monigotes, dispuestos a hacer de este mundo de crecimiento continuo un hogar confortable en el que nunca sudar, salvo, claro, cuando vas al gimnasio o te pones a correr como un gilipollas para activar tu cuerpo y, de peso, tu cerebro para poder crear, más rápidamente, mas hojas excel. 
El mundo es una gran fábrica con trozos de campo entre una nave y otra con grandes trenes muy veloces que las unen entre sí y en el trayecto todo el mundo se hace selfies. Llevamos prisa y por ello nos preocupa disponer de suficiente reserva en nuestras baterías. Hace tiempo que no pierdo el tiempo, y me refiero a perder el tiempo placenteramente, disfrutando del hecho de perderlo. Muy por el contrario, ahora, cuando lo pierdo, pues es inherente al ser humano este hecho, entra en mí una gran desazón porque siempre hay cosas que hacer, siempre hay alguna acción que podría redundar, en un futuro próximo o lejano, en tu beneficio. 
Se acaba el año, quedan pocos días, y ni siquiera podría resumirlo. Son tantos los hechos que sí podría reconstruirlo a través de mis agendas, pero creo que sin darle un guión coherente. He visto a tanta gente, me he desplazado a tantos sitios, he hablado tanto por teléfono con tantas personas, tantos camareros me han servido por la izquierda y me han retirado el plato por la derecha, he cogido tantos taxis, he pagado tantas veces con mi tarjeta de crédito, tantas veces he abierto mi cartera o he buscado monedas en los bolsillos de mis pantalones, he esperado tantos semáforos, he conducido tantos kilómetros, he salido y he llegado a mi casa tantas veces, he puesto a cargar mis dispositivos tantas veces, he sacado tal cantidad de fotos, he tenido tantos miedos, tantas preocupaciones, que no me acuerdo de nada. 
El mundo es un puto escaparate  desde el cual sólo tienes que sonreír desde detrás del cristal, pero me gusta el mundo y las personas, aisladas, raras, con las que también me he encontrado, y quizás debiera fijarme más en ellas, quizás debiera pegarme a ellas y aprender, pero no consigo pillarles el ritmo. 

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14 diciembre 2016 3 14 /12 /diciembre /2016 01:31

¿Qué placer hay en salir a la calle a la una de la madrugada a observar, simplemente la luna? Hace un frío de pelar. Mi reloj me dice que cuatro grados. La humedad es terrible y temo resbalarme con las miles de hojas muertas, mojadas, resbaladizas, que alfombran mi terraza. ¿Por que nadie hace esto en las noches de invierno? La calma es total, no hay ni gatos, a los que imagino acurrucados y enroscados en si mismos, dándose calor con su propio cuerpo, en recónditos lugares. Los cristales del automóvil están encharcados de sudor frío y allí, bajo la mortecina luz de farol de la entrada, estoy yo. Imagino que alguien, entre las sombras, acecha, imagino que cuando abro la puerta y ve el rectángulo de luz amarilla de mi hogar iluminar la entrada, anhela entrar en él. Recorro con pasos discretos, y también cautelosos, mis territorios alrededor de mi casa. Entorno los ojos para tratar de distinguir los detalles de las plantas, pero no veo nada. Eso sí, veo una furgoneta enorme, entre las sombras, aparcada frente a la puerta de mis nuevos vecinos. En los portones traseros leo, a duras penas, persianas. Pienso si será el camión del persianero que ha venido a cambiar las persianas de la casa recién comprada. Pero al mismo tiempo me pregunto que coño hace el persianero en la casa de sus clientes a estas horas. Así que deduzco que el nuevo vecino se dedica al negocio de montar persianas, y me gusta. Vivo en una urbanización espontánea de taxistas y persianeros, una comunidad de gente humilde y trabajadora. Como os decía, la mejor forma de pasar desapercibido. 
Me encantan estas horas, es como si mi creador me hubiera dado la capacidad de estar despierto y vivo unas horas más que al resto de los mortales y, entonces, pudiera observar sus primeros sueños, pillándoles, así, desprevenidos. 
Esta es la mejor hora si quisiera hacer pintadas en sus portones, si quisiera robar tapacubos o desinflar ruedas. 
No sé de quien he heredado estos extraños gustos. Por más que pienso, he de suponer que de un antepasado lejano que quizás fuera medio ermitaño o quizás un hombre lobo. Supongo que si viviera con alguien no podría abrir la puerta de mi casa y dar un paso en una noche nebulosa como esta. Supongo también que pensaría, coño! vaya tío raro. O aún peor, me recriminaría diciendo: pero a donde vas con la que está cayendo. Entonces yo la miraría con extrañeza, pensaría que no tiene ni puta idea de con quién está, y mucho menos que hubiera tomado algún interés en saber que gustos, por recónditos que fueren, podría tener yo. Claro que al mismo tiempo pienso que los gustos recónditos han de ser eso, recónditos, como los lugares donde se esconden los gatos, y, por lo tanto, invisibles al ojo humano. 
En todo caso, aquí estoy, en medio de la noche humedad, solo, y observándoos mientras dormís pequeñas almas cándidas, igual pensando en alguna maldad pequeña que pueda suponeros un gran trastorno. A descansar. 

 

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11 diciembre 2016 7 11 /12 /diciembre /2016 00:53

Tengo nuevos vecinos, o eso creo. ¿Os acordáis de esa viejecita encorvada con una bata rosa que daba de comer a los gatos? Se murió. Su marido, de quien siempre sospeché (novelescamente), que la había asesinado, puso la casa en venta. 
Mi comentario anterior no es serio. Lo cierto es que era una pareja enternecedora. Ella tenía una enfermedad incurable, o eso me dijo él. El hombre vivía con pena. Yo interacciones con el una decena de veces y, a pesar de que era un hombre de conversación alegre, no podía disimular su tristeza. Era realmente bonito observar como estaba pendiente de ella. Le ayudaba a levantarse, sentarse, la cogía del brazo para meterla en casa, salía con ella. le traía tazas de líquidos calientes, que supongo serían hierbas, le daba de comer, regaba las flores a su alrededor y le iba contando como evolucionaban. Ponía la comida de los gatos a los pies de ella, para que llegara a poder acariciarlos. Oían juntos la radio, veían tele al aire libre las noches de verano.  Yo, a veces, hacía cosas en la terraza de mi casa y me quedaba quieto, escondido tras el follaje o tras el tronco de un árbol, simplemente para observar aquel mimo de él hacia ella. 
U día ella desapareció y supuse que había llegado a su fin. Una semana después la casa estaba en venta. Al hombre se lo debieron llevar los hijos. Aún así, le vi por la casa algunas veces más, algún fin de semana. Aquel hombre era una viva imagen de la soledad, o eso me parecía a mi, pues no podía imaginarle sin cuidar de ella, era antinatural. 
Han pasado los meses y vuelve a haber movimiento en la casa. Ahora hay críos y adultos, y todos ellos son un poco escandalosos, lo que no me entusiasma demasiado. Cruzo con el coche delante de la puerta y sale por ella un adulto que me mira con cierto recelo. A mi, el tipo, me es totalmente indiferente, un tipo más, vulgar, uno más entre los miles de millones que sostiene todos los días el planeta. Aparco, me meto en casa y, de pronto, una idea me aterroriza: que aparezcan en la puerta de mi casa con una tarta de zanahorias para presentarse. Ya sabéis, en plan yankee, total, si se celebra el Halloween y e Black Friday, antes de que también celebremos el día de Acción de Gracias, seguro que se adopta la jodida, puritana y gilipollesca costumbre del presente gastronómico para presentarse. 
Permanezco alerta toda la tarde esperando que el hecho ocurra, e incluso planifico no mostrarme por los exteriores de la casa por si, llegado el caso, he de no abrir la puerta. 
Por eso vivo aquí, porque puedo pasar totalmente desapercibido, porque puedo no tener que mirarme con nadie en muchos días. Ahora que lo pienso siempre he vivido en barrios heterogéneos y con gentes provenientes de diversos estamentos sociales, más bien barrios de trabajadores abnegados. No existe en ellos, en esos barrios,  asociacionismos ni pauta alguna. Da igual que el coche esté sucio, y puedes vestir un día con un traje y otro con unos vaqueros usados y una camiseta descosida. Nadie está pendiente de ti porque todo el mundo tiene muchas cosas en las que pensar. He vivido en barrios y zonas burguesas de la ciudad y el ambiente acaba siendo claustrofóbico y asfixiante. 
Ahora que lo pienso, estos nuevos vecinos son más ruidosos que mis adorables viejecitos, los echo de menos. 
También vivi en un noveno, el último piso de un bloque de cuatro puertas por piso, 36 familias y recuerdo que apenas me crucé con nadie en los dos o tres años que viví allí. Daba gusto, era como si todos mis vecinos, igual que yo, odiaran los cruces en las escaleras, en los ascensores. Por eso me gustan ese tipo de barrios. 
Tiendo a alejarme, a aislarme, y a medida que pasan los años, más aún. A veces pienso que no he sido capaz de organizar mi vida desde el punto de vista inmobiliario. Un importante punto de vista éste, sobre todo en este país en el que la gente dedica su vida a obtener una vivienda, a venderla y revenderla, como si no valorara el hecho de habitarla. Sin embargo, ahora que no analizo, no, he vivido y me imagino que viviré los años que me queden de existencia, en lugares aislados, de difíciles acceso, sin líneas de metro en la puerta, que den pereza a las visitas y en los que no existan tartas de zanahoria. 

 

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27 noviembre 2016 7 27 /11 /noviembre /2016 16:08
Y yasssta!

Me dicen que estoy triste y cuando me lo dicen, me limito a escuchar con la mirada y, supongo, que con ojos de tristeza. Me gustaría contar las razones, pero son tantas y tan aburridas y tan evidentes, que me aturrullo y no suelto una palabra. Lo dejo todo dentro, y dentro antes tenía un pequeño ejército gruñón que se levantaba en armas contra todo aquello que no me gustaba, y lograba expulsarlo o, al menos, doblegarlo hasta poder asimilarlo. Aquel ejército, que anidaba en mis entrañas, ahora creo que está cansado y abatido. Estoy colapsado y el colapso produce tristeza. Voy y vengo, me limito a respirar, trato de reírme, trato de ilusionarme con las pequeñas cosas que me rodean, pero no lo consigo. Doy mi vida por terminada, o al menos un ciclo de ella, y debía de ser, el concluido, el ciclo que me gustaba, pues ahora casi todo, no diré que me disgusta, sino más bien, que me es indiferente. Como quiera que todavía me quedan años de vida, habré de tomar alguna decisión y encontrar una fórmula que me dé cierto equilibrio. Esto pensaba en el coche, en medio de la lluvia, por la noche, rodeado de vehículos mojados que van soltado cortinas de agua, vehículos a gran velocidad por el carril izquierdo. Luces rojas envueltas en niebla húmeda. Me he vuelto un miedica al volante, siento las ruedas patinar bajo mi cuerpo, me esfuerzo por pensar como pensaba antes, cuando me gustaba conducir de noche, cuando me gustaba conducir con lluvia. Ahora me parece aterrador, me parece un riesgo, una forma estúpida de perder la vida como un sujeto pasivo. No espero nada durante el viaje, como ocurría antes, ahora sólo es una línea recta de tiempo y mi único deseo es llegar.
Será el otoño de la vida que te pilla ya sin fuerzas y todo se antoja como una tarea enorme que requiere un titánico esfuerzo. Todo pasa tan rápido que parece que vivas en un tiempo particular, mucho más lento que el real o quizás, el mundo real vaya ahora demasiado rápido y ya no tienta fuelle para correr a su misma velocidad.
Veo las noticias y no paro de ver a mis referentes muriendo, desapareciendo de la realidad. Y veo lo rápido que también pasan sus muertes, apenas veinticuatro horas de reconocimiento y ya no están, sólo muertos. Y a cambio, sólo veo vida a mi alrededor, explosiones de vida efímeras, momentos de felicidad de cartón piedra y siempre sin futuro. El futuro no existe, ya será mañana, mañana ya veremos con lo que nos levantamos e incluso con qué nuevos prodigios nos acostamos.
Salgo de tomar un vino del bar de mi pueblo. Hoy, dentro hay humedad y calor y, como es costumbre, hombres, sólo una mujer, vestidos en tonos oscuros, gritando, vociferándose unos a otros. Salgo y fuera hay cuatro hombres mayores , ya han superado los sesenta y cinco años, sesenta y cinco años del campo, es decir, robustos, recios, palos viejos azotados por el clima, varas sin sabia. Uno de ellos, el que habla, es el más viejo, lleva una gorra roja, o al menos era roja, ahora es un rojo blanquecino, una gorra promocional de los tractores John Deere. Sin embargo, y a pesar de su uso, que adivino constante durante los últimos cuarenta años, la gorra mantiene sus formas con absoluta dignidad, es como una vieja mascota de aquel hombre, al que, si fuera su familiar, plantaría meter en la caja con aquella gorra. El hombre dice:
Aquí, sobre la Tierra, sólo hay una verdad, que un día nacemos y otro morimos, un día aparecemos en este mundo y otro día nos vamos de él, y lo demás son todo cosas que se inventan, los cumpleaños, los aniversarios, la Navidad, el día de no sé que….para que esto marche. Para que esto funcione, dice uno de los cuatro. Eso, para que funcione, sigue diciendo el de la gorra incluyendo este termino en su discurso, para que esto tire, y yaaasta,

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11 noviembre 2016 5 11 /11 /noviembre /2016 01:18

Todos tenemos en casa ese cuarto en el que habita un monstruo. Ese cuarto en el que evitamos entrar, el de la puerta siempre cerrada. Durante el día, a la luz del Sol, es una puerta más, pero cuando llegan las sombras sabemos que dentro hay algo, alguien a quien no reconocemos, un ser deforme y grotesco al que nos da asco y miedo observar. Nos da pánico quedarnos a solas con él. aunque no adivinamos sus ojos, sabemos cuando nos observa, se mete en nuestro cerebro y busca dentro de él rincones recóndito. Y da con ellos, y allí, en ellos, encuentra lo que ocultamos, lo que no contamos a nadie, lo que nos acompaña constantemente, a veces dormido, pero siempre latente. El monstruo que descifra tus zonas oscuras, ese monstruo que somos nosotros mismos, ese ser que tratamos de controlar, de arrinconar en un pozo oscuro, pero nuestro pozo dentro de nuestro terreno. Son esos pensamientos, esos deseos, esos sentimientos que rondan, a veces por nuestra cabeza y que yacen quietos y asfixiados bajo capas de civilización. Sí, ese monstruo admira el arte, ve en él, en el arte, la libertad del artista, la composición del prodigio, la luz, las tinieblas de los locos. Ese ser que somos todos y que, de vez en cuando, hemos de dejar salir, para que respire, de lo contrario, mueres, o te conviertes en un mortal miserable.

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5 noviembre 2016 6 05 /11 /noviembre /2016 01:01

Hay demasiado ruido. Tengo la costumbre, debe de ser por eso de vivir solo, de encender la televisión cuando llego a casa, y así la dejo mientras yo hago otras cosas. Quizás sea un mecanismo para aparentar que estás acompañado. A veces, cuando hablo por teléfono, bajo su volumen. Si decido hacer mis ejercicios tibetanos, también la hago, pero es difícil que decida apagarla. Digamos que apago el televisor, cuando doy por finalizado mi día, una especie de pacto del final.
El caso es que últimamente el televisor emite demasiado ruido. De hecho, creo que se puede conocer la basura de los contenidos audiovisuales que emiten por la televisión, simplemente oyendo su ruido. Es más, creo que voy a terminar por apagar el televisor antes de tiempo, ya que si bien antes obtenía una compañía apacible, voces amortiguadas, pausadas, melodías o sintonías tranquilas, ahora todo el ruido que me llega es violento, metálico. Intuyo que hay muchas armas, y gente agresiva, con muchos problemas, gente chillona cargada de razones, mentirosos, cantamañanas, motores, chirridos, bandas sonoras desconcertantes e inquietantes, acción, mucha acción, muertos y matados, uff, un sin fin de mundo rápido, salvaje y competitivo. En definitiva, ya no hay quien se relaje un rato delante del televisor y no te queda otra que seguir pensando. El amor, jodido amor, jodido término capaz de eliminar cualquier acto. Eso sí, lo que se hace en su nombre, o lo que se deja de hacer. Que mal hace sentir a veces, que bien te hace sentir cuando te embriaga. El amor, que mala madurez tiene. En todo caso, no lo niegues, limítate a filtrar tus sentimientos a través de él, así te entienden.

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26 octubre 2016 3 26 /10 /octubre /2016 00:19
Vía muerta

El silencio, la ausencia de ruido. El silencio, ese que siempre buscamos cuando nos aturden los ruidos. El silencio, ¿la incomunicación? El silencio, que bien suena cuando no hay nada qué decir. El silencio, que reconfortante cuando se ama a través de él. El silencio, que a veces tienes que romper hablándote a ti mismo, diciendo tu nombre o diciéndole “hola” cuando llegas a tu hogar vacío. El silencio, quizás el silencio del aturdimiento. El silencio de los niños que se enfurruñan. El silencio del respeto, el del dolor. El silencio del abatimiento, el del cansancio, el del agotamiento, el de la ausencia de fuerzas para emitir un simple sonido. El silencio, hay tantos silencios, y sólo uno estúpido, el del castigo, que necio. El silencio, que tonto cuando se usa como una tupida red en la que, sin darse cuenta, se encierra quien lo practica. El silencio quizás del orgullo. El silencio que sustituye a las palabras, el silencio que quiere atrofiar, llenar de pus y sebo el músculo, el bocado sabroso. Silencio bobo, silencio que ni siquiera lo es, pues del de esta clase se escucha el murmullo del chirrido que siempre acompaña al absurdo. Te castigo con silencio, dice sin decir nada la impostura. Silencio cabezón, silencio de carnero, de duro y pequeño cerebro. Silencio que sólo quiere engendrar más silencio. Silencio que sólo quiere extender a su alrededor más silencio. Silencio para engañar a la razón, silencio del miedo, silencio del cobarde, silencio que niega la vida, el silencio del muerto. Pasa del silencio y si lo quieres, búscalo, pero no aceptes el que te impongan, no cuenta nada y siempre es una vía muerta.

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24 octubre 2016 1 24 /10 /octubre /2016 23:14
Supervivencia

Hoy he vuelto a comer con una amiga de la que ya os hablé hace años. Tiene mi edad. No, según me he enterado hoy tres o cuatro menos. Siempre creí que tenía mi edad, así que no sé si es que llegados a cierta frontera, lo femenino se quita años. En lo masculino, es tan evidente nuestro deterioro, que no nos queda otra que reconocer nuestras anualidades y, casi forzosamente, relatar nuestras limitaciones, de todos conocidas.
Mi amiga sigue con ese aspecto de muñeca/mujer de principios de siglo, los felices años veinte diría yo, el modernismo, y siempre me la imagino con una cinta negra de terciopelo cruzando su frente y rodeando su cabeza y una pluma o un adorno al modo indio. La imagino fumando con una larga boquilla que sostiene entre sus dedos, enguantados (hasta los codos), y sus labios rojos. Los ha llevado así, ahora ya no se los pinta. Mi amiga de los felices 20 parece estática en el tiempo y, sinceramente, no sé porque, pero creo que me ha engañado con respecto a sus años, pero lo he dejado pasar si ella es feliz así. Como siempre he otorgado una gran inteligencia al sexo femenino, he deducido que sus razones tendrá para ello, no creo que sólo se deba a coquetería.
Ha comenzado a trabajar en una empresa de hombres y mujeres más jóvenes que ella, y he deducido que ha emergido el espíritu de la cueva, la necesidad de sobrevivir y adecuarse a las circunstancias, por lo que ha comenzado a quitarse años, o, al menos, a congelarlos.
La conversación no ha sido tan intensa como otras veces, puede que en realidad se crea más joven que yo y me vea ya como un pre-abuelo, o quizás no soporte mi crítica desgarrada del ahora.
Bolleras del mundo, ¿Para qué cojones queréis pareceros a los hombres? Sed bolleras, pero conservad esa ductilidad, esa capacidad de expansión de contracción, de dilatación de lo femenino, frente a la estrechez y la rigidez pedante de lo masculino. Por algo será que siempre morimos antes.

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17 octubre 2016 1 17 /10 /octubre /2016 23:54
Caducidad

¿Sabéis que es un sector? Puede referirse a diversas cosas, a la parte de un círculo, a una región de los planos cartesianos, a un trozo de una totalidad. Pero no, yo hablo de un sector económico, es decir, una agrupación de hombres y mujeres que crean empresas y todo tipo de entes en torno a los cuales se organizan y encuadran para vender cosas y que, para ello, intenta mantener una buena relación con los legisladores.
Además de ello, los hombres del sector confabulan entre ellos para crear expectación hacia aquello que venden, aunque muchas veces lo que venden no sirva para nada, o aunque lo que vendan sea un producto transitorio, redundante, de poco recorrido y prescindible.
Yo formo parte de un sector, colateralmente. Soy un eslabón de una sinuosa cadena que se distribuye el dinero que ella misma crea mediante mecanismos simples y bastante rudimentarios. Soy un eslabón pequeño pero no por ello menos importante, yo diría que imprescindible para vocear, gritar y hacer llegar a los compradores la oferta, debidamente aliñada con atributos maravillosos e impactantes.
Cuando lo que hay que vender no sirve para nada, lo mejor es crear esa necesidad o advertir de los recónditos peligros, de los oscuros abismos infinitos por los que se precipitarán aquellos que no compren aquello. Como consecuencia, los hombres y mujeres de este sector celebran su capacidad de engaño y se enorgullecen y entre ellos se dan premios que reconocen sus atributos de vendedores de whisky barato; premios que recogen en salones de lujo, de hoteles de lujo, entre falsos elogios, risas y aspavientos, todos ellos hipócritas y cargados de envidia.
Todos sabemos en este sector que un gran porcentaje de lo que creamos es mentira, y todos sabemos que a lo que dedicamos nuestras vidas no es cierto. Además, lo que vendemos, ni siquiera lo creamos nosotros, normalmente viene de reinos lejanos, donde lo inventan. Todos en este sector sabemos que creamos necesidades que no existen, y todos sabemos que lo único que no es prescindible es el dinero que aquella falacia crea.
En este sector no hay caballeros ni damas, es un sector sin categoría pues aglutina a charlatanes y charlatanas que interpretan imposturas. Frustrados y frustradas que fueron despertados de un sueño que les llevaba hacia la nobleza, inútiles, vagos, moscones revoloteantes y pastosos, actores de la nada, hombres y mujeres que se miran al espejo y sólo piensan en qué efecto causarán a los demás. En este sector la forma de vida, no la mía, está basada en la apariencia puntual de lo que se hubiera querido que fuera habitual. Una vida de cartón basada en la moda, los coches excesivamente caros, gemelos, corbatas, pendientes, zapatos y medias, creados para otro mundo de inmortales. Un sector consumidor compulsivo de otros sectores que venden lujo, un sector necesitado de psicólogos, psiquiatras, centros de relajación, hoteles paradisíacos, vuelos nocturnos, spas, alcohol, locales de moda, Shoppers, entrenadores personales, gimnasios, raquetas de paddle, terapias musculares, sesiones de belleza, rayos UVA y un montón de inutilidad más, entre las que destaca la comida en restaurantes de lujo a precios desorbitados.
Este es un sector absurdo, un sector que simplemente genera dinero para poder despilfarrarlo. Supongo que es la actitud típica de los sectores improductivos y que no dejan huella alguna, más que el recuerdo de unos hechos minúsculos y atrofiados, que se expresan en hojas de cálculo que sólo viven un trimestre. Este sector vive pegado a un teléfono que se suele llevar en la mano derecha; siempre el último modelo, pues forma parte del consumo desenfrenado, y una maleta con ruedas que se arrastra con la mano izquierda y que va, resignadamente, a donde quiera que va su amo.
Este sector no lee poesía, tampoco prosa, acaso sólo best-seller de tapa dura con contenidos ligeros basados en las coordenadas narrativas de cualquier dibujo animado o película juvenil, pero con personajes maduros. Este sector no ama la Historia, pues no la conoce, es tan pedante que los hombres y mujeres que lo conforman desprecian el pasado, sólo viven el presente y un futuro tan cortoplacista que sólo es un breve apéndice hacia adelante de lo diario. Además, ellos se creen los protagonistas de su historia ridícula. Este sector morirá pronto. Lo pude comprobar hace unas semanas, pero eso es otro relato. Este sector ha envejecido sin nada a lo que agarrarse, pues nada que haya creado ha sido sólido, sólo vendía y trata de seguir haciéndolo, caducidad, y eso es sólo un presente sin futuro alguno.

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16 octubre 2016 7 16 /10 /octubre /2016 20:22
Límites

Ayer me trajeron más de una tonelada de leña. Nada más marcharse el hombre joven, de Toledo y bolo, me froté las manos pensando en toda la labor que tenía por delante. Debía de llevar los troncos, uno a uno, desde la rampa donde los había volcado el camión, hasta la leñera, distante unos doce metros y con tres escalones por medio. La mañana era maravillosa. Fresquita, pero con Sol. En teoría mi hijo hijo vendría después de comer para ayudarme a trasladar la madera, pero me puse manos a la obra con al esperanza de haber colocado la mayor parte de ella para cuando él llegara. Sin embargo, poco a poco, fui trasladando mi futuro calor a su lugar, como un viejo leñador. Ya he hecho esta tarea otras veces y sabía de su dureza, por lo tanto, y dados mis años y las limitaciones ya de mi cuerpo, esperaba las primeras señales de dolor,, bien fuera en la espalda, en los brazos, en la cintura o, incluso, en mis piernas, pues unos días antes un terrible tirón en mi muslo izquierdo me había llevado hasta, creo, el limite del dolor consciente.
Sin embargo, pasaban los minutos, los diez minutos, los cuartos de hora, las medias horas y la hora. Miré la montaña de madera que aun estaba pendiente de apilar. Ya había descendido notablemente y por mi mente pasó la idea de colocarla yo solo, así podría evitar a mi hijo tan tediosa tarea y demostrarme a mí mismo que aun tengo fuerza suficiente para una labor como ésta, y de un tirón.
A las dos horas, y viendo mi ritmo, decidí mandar un mensaje al chaval diciéndole que la leña ya la tenía controlada. Ahora sí que sí, y aunque me diera algún tirón, debería de acabar con aquello.
Y lo acabé.
Mi hijo vino por la tarde a pesar de todo, lo que me alegró, y yo me movía como un hombre al que acabaran de quitar una escayola que hubiera cubierto todo su cuerpo, durante un temporada.
No satisfecho, hoy he agarrado la bicicleta y a recorrer mundo durante dos horas y media. No sé porque, sentía la necesidad de saber hasta donde puede aguantar mi cuerpo. Al final, a esta hora, bajo una escalera y me duelen hasta los tobillos, pero intuyo que todo ello es bueno, aunque sinceramente, no estoy muy seguro de ello.
Los años. Los jodidos años que nunca habían sido motivo de preocupación en mi vida, ahora comienzan a serlo, y no por motivos estéticos o de aspecto, sino porque me aterran las limitaciones físicas, restan libertad.
Nunca pensé que fuera a vivir y a sentir el deterioro del organismo. Jamás he padecido crisis por la edad, ni a los treinta, ni a los cuarenta, ni siquiera a los cincuenta, pero, ya más cerca de los sesenta que de los anteriores, creo estar sumido en la consciencia del limite. No quiero ser patético, no quiero jugar a juventud externa si mi interior tiene miedo, si mi mente ya no es tan ágil y carece de la fortaleza que en su día tuvo. Ya, ya, me diréis que aun soy joven, pero creedme, no lo soy, joven sólo lo fui una vez.
Jodida vida, creo que jamás me acomodé a ella, nunca he sabido qué hacía yo aquí y ahora, aun menos. Antes podía eludirla, incluso burlarme de ella, pero ella, paciente, ha empezado a aplastarme, la muy maldita.

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