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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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4 enero 2017 3 04 /01 /enero /2017 20:18

Estrenamos año y así, sin darnos cuenta, ya estamos en 2017, total nada. Paro a echar gasolina al coche y pido que me llenen el tanque. Mientras espero en la tienda hojeo las portadas de los periódicos, las tabletas de chicle y todo la variedad de productos que venden en estos lugares, desde relojes hasta botellas de leche o pasteles. La dependienta está detrás del mostrador. La he saludado y, en silencio, esperamos a que su compañero cuelgue la manguera para que el sistema informático mande la información a la terminal de venta. 
-A propósito, feliz año nuevo-, digo al fin. 
-Es verdad, feliz año nuevo—, dice ella, que añade, han pasado tantas cosas desde el día 1 que parece que hemos estrenado el año hace ya un montón de tiempo. 
Y es verdad, pienso, pasamos de un año sin pena ni gloría y tres días después el nuevo año ya se ha hecho viejo. 
Un espesa niebla venida desde cualquier humedal se ha aposentados sobre el pueblo. Mi perra está en el coche. Me pensaba ir a casa, pero pienso en nuestro camino envuelto en niebla y decido que vayamos a dar un breve paseo, que luego será de 40 minutos. 
No hay nadie en el camino, efectivamente, la niebla ahuyenta a los mortales y sólo deja a las almas vagar flotando. A mi perra le encantan los palos y la última vez que caminamos por esta senda la estuve lanzando uno al campo. La rutina es bastante mecánica: yo lo lanzo, ella corre a por él, me lo devuelve y así sucesivas veces y ella, cada lanzamiento, como si fuera el primero. Como acaba cansándose, acostumbro a colgar el palo entre las ramas de los almendros raquíticos que bordean el camino. Normalmente establezco unos códigos para recordar en que árbol colgué el palo para, en el próximo paseo, descolgarlo y retomar el juego. Pero, he aquí que en esta ocasión, no tenía claro en que arbolito había colgado el palo. Después de caminar diez minutos, veo a la perra pararse y mirar hacia las ramas de uno de los almendros y, sin poder creérmelo, no estaba sino señalando al palo. Ignoro que mecanismo usa la perra para recordar, para saber exactamente donde esta su juguete. 
Así avanzamos, envueltos en la niebla, yo lanzando el palo y viéndola correr, me encanta observarla. No nos cruzamos con nadie. Sólo se oye algún avión invisible haciendo la maniobra hacia el aeropuerto o se intuye algún automóvil, del que acabas viendo sus faritos, como dos débiles candelas, rompiendo jirones por la carretera. 
El ambiente va cargándote de melancolía y soledad. Yo, mi perra y nadie más. Y de pronto me pongo a pensar en toda la gente que en ese instante pudiera estar pensado en nosotros. Y cómo la melancolía es como es, yo también pienso en esas personas, y cómo la melancolía es como es,  pienso en las partes más débiles de ellas, en sus pequeñas cosas, en sus inseguridades, en sus miedos, sus nostalgias, sus sueños rotos y en sus fatigas y en sus cansancios y en sus anhelos. Y entra esa sonrisa entrañable y triste. 
Regresamos. Vuelvo a colgar el palo en una rama de un almendro y me aseguro que que mi perra se fije exactamente dónde. Estoy seguro de que, aunque pase tiempo, sabrá encontrarlo. 
Dejo el coche aparcado en una calle bordeada de casitas bajas a la que se entra desde la carretera y que desemboca en el camino de tierra. Salimos de este último y al doblar hacia la calle, un grupo de tres personas sale de una de las casitas bajas. Son dos mujeres, de no más de cincuenta, pesadas, de movimientos lentos y ropajes de abrigo oscuros. Pelos lacios, también oscuros, sin arreglar, simplemente peinados. Entre ellas va un hombre grande, quizás mida un metro noventa, ancho, con cien kilos o más de peso. Anda igual que una de las mujeres. Lleva un pantalón de chandal azul oscuro y una sudadera cuya capucha lleva levantada cubriendo su cabeza. Pero ¿qué lleva ese hombre? Es un escudo, un escudo rudimentario de juguete, de los que usan los niños. Un escudo blanco con una cruz roja de finas líneas, pintada sobre él. Y en la mano lleva una espada plateada, una espada corta de plástico. Y se acercan, y el hombre no es tal, sino un chaval de nos más de dieciséis años grandón, pesado, que anda arrastrando los píes, quizás con algún tipo de deficiencia mental. Agarra su espada con fuerza, va con su madre, que lo saca de paseo, junto con una amiga, quizás su tía. Se encaminan hacia el camino, a buscar dragones, a luchar contra invasores con otro color de piel, a vivir aventuras propias de un crío más pequeño. Y siento una tristeza enorme, y miro a esa mujer, cansada de vida, llevar a su hijo al campo. 

 

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29 diciembre 2016 4 29 /12 /diciembre /2016 01:13

Vaya par de días críticos. ¿habéis oído hablar de la crisis del fin de semana? Supongo que para muchos esta expresión sólo puede significar afrontar sus dos días de libertad sin plan alguno, produciendo en ellos desazón, tristeza y hasta desesperación. 
No es mi caso. Afortunadamente, en mis siete días de la semana gozo de libertad, desarrollo una actividad profesional que, con sus más y sus menos, me gusta y me hace disfrutar, a pesar de la intensa actividad que requiere tal amante, y veo los fines de semana como un espacio de descanso, de relax, a veces hasta de reclusión voluntaria. Para mi, y para muchas personas como yo, el término crisis del fin de semana, define a las invasiones esporádicas de bárbaros que intentan apoderarse de tu organismo durante la semana y que mantienes a raya porque estas más pendiente de tus responsabilidades que de ti mismo. Como consecuencia, y llegado el viernes, en cuanto tu cuerpo detecta que te relajas y que en tu cabeza las conexiones neuronales se ralentizan, zas!, se viene abajo. 
Me pasó el viernes, paseando a mi perra. De pronto, un cansancio profundo y pesado se apoderó de mis piernas, de mis brazos. se me resquebrajó la cintura y miré hacia atrás, hacia el camino ya andado y con serias dudas sobre mi capacidad física de desandarlo. 
A gatas, como un cuerpo viejo asfixiado y sin capacidad de generar oxígeno, llegue a casa, a rastras fui capaz de despojarme de mis ropas y de vestirme con otras cómodas que uso para estar en mi cueva. A rastras, logré dar de comer a mi perra y a rastras, llegué hasta el sillón, en el que me dejé caer como un cuerpo moribundo dominado por los escalofríos y por un cansancio hondo que venía del más allá. 
Simplemente me dejé llevar por el placer de la enfermedad. Un sillón en calma en una casa en calma, una perra a tus pies, también tumbada y en calma, los pequeños sonidos del hogar y un hombre, moribundo, con la boca abierta, tratando de inhalar oxígeno, adormilado, perdiendo la conciencia, sin casi voluntad de seguir en este mundo, bordeando el deseo de abandonarlo y curioseando sobre el enigma del más allá, que como mínimo, significa inconsciencia y tranquilidad. 
No me quería morir, pero en la soledad de aquella tranquilidad no descarté que ese suceso me ocurriera. A mi mente vino mi bronquitis de unos años antes, de la que me resucitó un ángel. En esta ocasión, mi mayor miedo no era el deceso, sino la tos, aquella tos que años antes me hacía estallar el pecho en mil pedazos con un dolor insufrible. Quizás por ello, ahora buscaba la calma, el no movimiento. Mientras estuviera quieto, la tos no aparecería. 
Así pasaron horas, arrastrándome del sillón a la cama, buscando ese estado de duermevela placentero que dejaba fuera al resto del mundo. Al día siguiente, sábado, cena de Nochebuena. Obviamente, la decisión estaba tomada, me quedará en casa muriendo placenteramente. Pero volvió a aparecer el ángel y logró meterme en la ducha y después en el coche y depuesto ponerme en la carretera a setenta por hora, ajeno al tráfico, un paseo entre nubes. Y el domingo comida de Navidad, y repetición de la jugada. Y el lunes mi hijo viene a verme, a pasar el día conmigo, y damos un paseo, y me canso y comemos juntos, y le digo que me queda poca vida, y me sonríe socarronamente, y le digo que tenemos que revisar mis papeles de seguros y todas esas gaitas, y no me quiere hacer caso, y vemos una película, el uno recostado sobre el otro, y sigo durmiendo y con recelo de que se vaya alejando de mi el placer del moribundo. Y el martes, mi ángel me torea, me lleva con su muleta de seda roja hasta la puerta del médico y allí me deja. Y entro a las diez de la noche, y me recibe una joven médico que me pregunta que cuál es mi urgencia, y le digo que ninguna y me responde que por qué voy allí entonces, y le respondo que, simplemente, porque está abierto. Me sonríe y me pregunta por mi enfermedad, se la relato, me ausculta, mide mi oxígeno en la sangre, mira mi historial médico, asombrándose de que apenas existan rastros sobre él y le digo que apenas he ido al médico y que así seguirá siendo, que para morir me basto conmigo mismo (esto último no se lo llegué a decir). me dice la joven médico que estoy bien, muy bien, que esté atento. Y así, yo me moría y entre todos, me resucitaron. 

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22 diciembre 2016 4 22 /12 /diciembre /2016 20:37

Bajamos del taxi. Venimos de tomar una copa de vino blanco con ricos manjares de picoteo en las oficinas de lo que ahora llaman un “prospect”, que en lenguaje cristiano, viene a ser un proyecto; es decir, una persona o ente del que podrás sacar dinero por un servicio que le proporcionarás en el futuro y de mucho más valor del que van a pagarte por él. Es una reunión de ricos, y allí no para de hablar la gente de que monta a caballo, de sus padres militares que participaban en competiciones de saltos y que subieron a sus hijas  a lomos de estos preciosos animales a los tres o cuatro años. Lo dice una tipa larga, con rojeces en los pómulos y ojos de cansada, vestida anodinamente y de la que recuerdo su pelo negro, recogido improvisadamente en una coleta, ¿o lo llevaba suelto? ¿era negro su pelo? En realidad, sólo recuerdo de ella su colgante de madera y cuero, rojizo, simbólico, y que estuvo casada con un tal Paul, o quizás fuera Frank, que era, y sigue siendo, un inglés, al que aún aprecia su padre, ya por los ochenta, porque el british ira a la cena de Nochebuena a su casa. Ah! Entonces seguís siendo buenos amigos, le dice su jefe, un hombre con cara de reptil, un hombre de negocios, un bajito enérgico, con una calculadora de algoritmos matemáticos insertada con tecnología láser en sus ojos pequeños, negros y  vivaces. El hombre comenzó a jugar al polo a los treinta y ocho años, y acaba de construir un pequeño campo para jugar a este deporte, en su casa. Es un campo pequeño, para que podamos jugar dos, dice. Tiene 55 y se mantiene tieso como una vara dura, lleva chaqueta azul y vaqueros, con su paquetito bien sujeto. conoce a gente de la farándula y veranea en Sotogrande. ¿Y de que conoces tú a todos estos famosillos? le pregunto. Me mira, con sus ojos entrecerrados, y me dice que al margen de esta vida de negocios,  él ha tenido otras vidas. No imagino cuales han podio ser. La sala se va llenando de gente e ignoro porque ambos nos prestan tanta atención. Llega un argentino de 38, quizás 35, fondoncito, amable, pelos largos rubios, canosos, con barba rubia de hace dos días. camisa a rayas, argentina, es cara y la marca es un pequeño cactus del desierto. Parece que la lleva usando hace ya unos días, pero él huele bien. Me saluda y siento su mano pequeña, un poco áspera, pero reconfortante, segura, la mía también. Me quiere invitar a un vino. Acepto. Tu eres rico, me dice, sonrío. Brindemos. Tengo una hija de dos años y medio y ahora estoy en proceso de enseñarla todo lo necesario para que cuando sea mayor de edad, sepa conseguir y gastar todo el dinero que ahora estoy invirtiendo en ella. Está claro que en esa reunión se reúne gente que adora el dinero como objeto para conseguir cosas. No me he fijado en sus pantalones, supongo que también irá en vaqueros. Me mira, me sonríe: lo importante no es ganar dinero, sino gastarlo, le sonrío, es una especie de mofa, el alcohol me incita a tirar el mundo por la ventana en ese mediodía de vino y canapés que están para chuparse los dedos. Por allí aparece también el socio de hombre lagarto, chaqueta jaspeada azul celeste, camisa blanca, pajarita y también vaqueros, de paquete ya disimulado. Sonriente, echado para adelante, brioso también, pero más mayor que el capitán de V. Pelo cano bien cortado a navaja, ojos también oscuros, y de pronto se muere por mostrar su pasión más oculta: la cartografía. Tiene dispuestos, en una vitrina, una serie de mapas antiguos, de esos que puedes comprar en el Rastro o en los puestos de libros al borde del Sena. Nos despliega uno de Julio Verne, lo debían de regalar en su día con el paquete familiar de Bimbo, que muestra el viaje de la Vuelta al Mundo en 80 días y los medios de transportes que uso el protagonista (me viene a la cabeza la serie de Willie Fox). Se afana en decirnos lo mucho que le gustan los mapas, pero no veo ninguna pieza de aquella cartografía expuesta, que llame mi atención. Miro el reloj, nos tenemos que ir, nos acompañan a la puerta, nos despedimos, son cariñosos, muy cariñosos con nosotros, de hecho nos tratan como si fuéramos los propietarios de un fondo de inversión suizo que hubiéramos reflotado su negocio, No, ¿por que no? Simplemente son educados, simplemente agradecen el haberles dedicado tiempo. Buscamos un taxi, y volvemos al principio, cuando bajábamos del taxi para asistir a otra reunión. 

Esperamos en el semáforo para cruzar la calle y alguien me da un pellizco en la espalda. Me vuelvo, son los dos personajes de nuestra siguiente reunión. El pellizco me lo ha dado mi amiga, la muñeca de porcelana de principios de siglo,. Hoy se ha decidido por un abrigo de entretiempo de Desigual, ahora que lo pienso es una cliente prototipo de esta marca. pantalones grises que van estrechándose en los tobillos y una especie de botas/zapatillas deportivas oscuras, calcetines a rayas en tonos oscuros también. Mi amiga hoy se me antoja como la música clásica contemporánea, un conjunto de sonidos dispares, atonales, a veces histéricos, sin ton ni son, lo que hace la incultura (me refiero a la mía). Besos efusivos, Feliz Navidad. 
Le acompaña un hombre joven, alto, grande, muy grande, cada vez que le veo se ha agrandado un poco más. A este hombre grande le conocí casado y con un hijo recién nacido, con una chaqueta azul con botones dorados, pantalón gris y mocasines castellanos. Ahora viste en vaqueros talla extra grande, camisa a cuadros extra grande también, luce una barba frondosa que no recorta y noto que su cabeza se ha estrechado por la zona de la frente, o quizás es que es la única zona de su cuerpo que no se ha expandido, pues el resto de su cuerpo es un mundo al que transportar de un lado a otro. Un tipo nervioso, que me aprecia y que creo que me tiene miedo, e ignoro la razón. Le van a entrevistar, el entrevistador es un chaval que entra dentro del calificativo de “majo”, un chaval joven que cree que el mundo es una especie de cuento amable inacabable del que puede salir indemne. 
Pasa la entrevista, en la que interviene también una mujer joven, tan anodina como un poste telegráfico en una carretera (no hablaré de ella), aunque tendrá su corazoncito, sus sentimientos, anhelos, miedos, virtudes y defectos, pero los puedes encontrar todos en cualquier manual de El Corte Inglés, sobre como no querer ser un ser humano. 
Pasa la entrevista y el hombre grande, muy grande, se acerca a una mesa alta a hablar con nosotros, No mira a los ojos al hablar, le cuesta mucho expresar emociones, siempre mira a su horizonte, mucho más alto que el horizonte de los hombres y mujeres de estatura media. Habla como si le faltara aire, siempre está estresado, siempre que hablo con él tengo la sensación de que yo, y el asunto que nos une, es un trámite entre dos cosas más importantes, una de ellas de la que acaba de venir, y otra a la que se tiene que ir corriendo. 
¿Cómo te va? le pregunto. 
De puta madre, responde, este año vamos a acabar con cinco millones de euros. 
Nos despedimos después de tomar dos zumos de tomate con mi amiga de porcelana que acaba de descubrir el cine japonés y a la que quiero. Y de vuelta al despacho imagino al hombre grande desnudo, metido en un jacuzzi, con unos cascos caros inalámbricos conectados a un ordenador Mac desde el que escucha  música alternativa, con una copa de vino sujeta con la mano de su antebrazo tatuado con un gran segmento ancho de tinta que lo rodea por completo. Esta quieto, con su gran barriga al aire, imposible de hundir en aquel jacuzzi, sus rodillas abiertas y flexionadas, y muerto por ansiedad. 

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21 diciembre 2016 3 21 /12 /diciembre /2016 19:19

Escribo de un mundo tan objetivo y tan orientado a los beneficios que cuando he acabado de escribir sobre él, ya no sé sobre qué escribir. Es tal la absorción que de mí hace este mundo mecánico que cualquier cosa que no sea escribir para él se me antoja una pérdida de tiempo. Llevo tantos años viviendo de escribir sobre y para él, que no encuentro nada más importante que trabajar y trabajar para que su maquinaria, la del capitalismo y el consumo siga, siga funcionando. No, no os asombréis, vosotros mismos formáis parte del sistema. Claro que existen otros mundos, o deben de existir, pero quizás por la edad, los míos se han ido estrechando y todos me parecen el mismo, el que describo. 
Me ciegan las luces, los colores, las maravillas de los nuevos productos, las tripas de tecnología que obran milagros, los peligros del más allá, aunque ese más allá se ubique sólo a miles o cientos de kilómetros. Me ciegan las ofertas, me ciegan los aniversarios, las fechas conmemorativas, las onomásticas, las fechas que conllevan esa jodida tradición inexcusable. Me ciegan los monigotes sonrientes que van saliendo de la fabrica de monigotes, dispuestos a hacer de este mundo de crecimiento continuo un hogar confortable en el que nunca sudar, salvo, claro, cuando vas al gimnasio o te pones a correr como un gilipollas para activar tu cuerpo y, de peso, tu cerebro para poder crear, más rápidamente, mas hojas excel. 
El mundo es una gran fábrica con trozos de campo entre una nave y otra con grandes trenes muy veloces que las unen entre sí y en el trayecto todo el mundo se hace selfies. Llevamos prisa y por ello nos preocupa disponer de suficiente reserva en nuestras baterías. Hace tiempo que no pierdo el tiempo, y me refiero a perder el tiempo placenteramente, disfrutando del hecho de perderlo. Muy por el contrario, ahora, cuando lo pierdo, pues es inherente al ser humano este hecho, entra en mí una gran desazón porque siempre hay cosas que hacer, siempre hay alguna acción que podría redundar, en un futuro próximo o lejano, en tu beneficio. 
Se acaba el año, quedan pocos días, y ni siquiera podría resumirlo. Son tantos los hechos que sí podría reconstruirlo a través de mis agendas, pero creo que sin darle un guión coherente. He visto a tanta gente, me he desplazado a tantos sitios, he hablado tanto por teléfono con tantas personas, tantos camareros me han servido por la izquierda y me han retirado el plato por la derecha, he cogido tantos taxis, he pagado tantas veces con mi tarjeta de crédito, tantas veces he abierto mi cartera o he buscado monedas en los bolsillos de mis pantalones, he esperado tantos semáforos, he conducido tantos kilómetros, he salido y he llegado a mi casa tantas veces, he puesto a cargar mis dispositivos tantas veces, he sacado tal cantidad de fotos, he tenido tantos miedos, tantas preocupaciones, que no me acuerdo de nada. 
El mundo es un puto escaparate  desde el cual sólo tienes que sonreír desde detrás del cristal, pero me gusta el mundo y las personas, aisladas, raras, con las que también me he encontrado, y quizás debiera fijarme más en ellas, quizás debiera pegarme a ellas y aprender, pero no consigo pillarles el ritmo. 

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14 diciembre 2016 3 14 /12 /diciembre /2016 01:31

¿Qué placer hay en salir a la calle a la una de la madrugada a observar, simplemente la luna? Hace un frío de pelar. Mi reloj me dice que cuatro grados. La humedad es terrible y temo resbalarme con las miles de hojas muertas, mojadas, resbaladizas, que alfombran mi terraza. ¿Por que nadie hace esto en las noches de invierno? La calma es total, no hay ni gatos, a los que imagino acurrucados y enroscados en si mismos, dándose calor con su propio cuerpo, en recónditos lugares. Los cristales del automóvil están encharcados de sudor frío y allí, bajo la mortecina luz de farol de la entrada, estoy yo. Imagino que alguien, entre las sombras, acecha, imagino que cuando abro la puerta y ve el rectángulo de luz amarilla de mi hogar iluminar la entrada, anhela entrar en él. Recorro con pasos discretos, y también cautelosos, mis territorios alrededor de mi casa. Entorno los ojos para tratar de distinguir los detalles de las plantas, pero no veo nada. Eso sí, veo una furgoneta enorme, entre las sombras, aparcada frente a la puerta de mis nuevos vecinos. En los portones traseros leo, a duras penas, persianas. Pienso si será el camión del persianero que ha venido a cambiar las persianas de la casa recién comprada. Pero al mismo tiempo me pregunto que coño hace el persianero en la casa de sus clientes a estas horas. Así que deduzco que el nuevo vecino se dedica al negocio de montar persianas, y me gusta. Vivo en una urbanización espontánea de taxistas y persianeros, una comunidad de gente humilde y trabajadora. Como os decía, la mejor forma de pasar desapercibido. 
Me encantan estas horas, es como si mi creador me hubiera dado la capacidad de estar despierto y vivo unas horas más que al resto de los mortales y, entonces, pudiera observar sus primeros sueños, pillándoles, así, desprevenidos. 
Esta es la mejor hora si quisiera hacer pintadas en sus portones, si quisiera robar tapacubos o desinflar ruedas. 
No sé de quien he heredado estos extraños gustos. Por más que pienso, he de suponer que de un antepasado lejano que quizás fuera medio ermitaño o quizás un hombre lobo. Supongo que si viviera con alguien no podría abrir la puerta de mi casa y dar un paso en una noche nebulosa como esta. Supongo también que pensaría, coño! vaya tío raro. O aún peor, me recriminaría diciendo: pero a donde vas con la que está cayendo. Entonces yo la miraría con extrañeza, pensaría que no tiene ni puta idea de con quién está, y mucho menos que hubiera tomado algún interés en saber que gustos, por recónditos que fueren, podría tener yo. Claro que al mismo tiempo pienso que los gustos recónditos han de ser eso, recónditos, como los lugares donde se esconden los gatos, y, por lo tanto, invisibles al ojo humano. 
En todo caso, aquí estoy, en medio de la noche humedad, solo, y observándoos mientras dormís pequeñas almas cándidas, igual pensando en alguna maldad pequeña que pueda suponeros un gran trastorno. A descansar. 

 

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11 diciembre 2016 7 11 /12 /diciembre /2016 00:53

Tengo nuevos vecinos, o eso creo. ¿Os acordáis de esa viejecita encorvada con una bata rosa que daba de comer a los gatos? Se murió. Su marido, de quien siempre sospeché (novelescamente), que la había asesinado, puso la casa en venta. 
Mi comentario anterior no es serio. Lo cierto es que era una pareja enternecedora. Ella tenía una enfermedad incurable, o eso me dijo él. El hombre vivía con pena. Yo interacciones con el una decena de veces y, a pesar de que era un hombre de conversación alegre, no podía disimular su tristeza. Era realmente bonito observar como estaba pendiente de ella. Le ayudaba a levantarse, sentarse, la cogía del brazo para meterla en casa, salía con ella. le traía tazas de líquidos calientes, que supongo serían hierbas, le daba de comer, regaba las flores a su alrededor y le iba contando como evolucionaban. Ponía la comida de los gatos a los pies de ella, para que llegara a poder acariciarlos. Oían juntos la radio, veían tele al aire libre las noches de verano.  Yo, a veces, hacía cosas en la terraza de mi casa y me quedaba quieto, escondido tras el follaje o tras el tronco de un árbol, simplemente para observar aquel mimo de él hacia ella. 
U día ella desapareció y supuse que había llegado a su fin. Una semana después la casa estaba en venta. Al hombre se lo debieron llevar los hijos. Aún así, le vi por la casa algunas veces más, algún fin de semana. Aquel hombre era una viva imagen de la soledad, o eso me parecía a mi, pues no podía imaginarle sin cuidar de ella, era antinatural. 
Han pasado los meses y vuelve a haber movimiento en la casa. Ahora hay críos y adultos, y todos ellos son un poco escandalosos, lo que no me entusiasma demasiado. Cruzo con el coche delante de la puerta y sale por ella un adulto que me mira con cierto recelo. A mi, el tipo, me es totalmente indiferente, un tipo más, vulgar, uno más entre los miles de millones que sostiene todos los días el planeta. Aparco, me meto en casa y, de pronto, una idea me aterroriza: que aparezcan en la puerta de mi casa con una tarta de zanahorias para presentarse. Ya sabéis, en plan yankee, total, si se celebra el Halloween y e Black Friday, antes de que también celebremos el día de Acción de Gracias, seguro que se adopta la jodida, puritana y gilipollesca costumbre del presente gastronómico para presentarse. 
Permanezco alerta toda la tarde esperando que el hecho ocurra, e incluso planifico no mostrarme por los exteriores de la casa por si, llegado el caso, he de no abrir la puerta. 
Por eso vivo aquí, porque puedo pasar totalmente desapercibido, porque puedo no tener que mirarme con nadie en muchos días. Ahora que lo pienso siempre he vivido en barrios heterogéneos y con gentes provenientes de diversos estamentos sociales, más bien barrios de trabajadores abnegados. No existe en ellos, en esos barrios,  asociacionismos ni pauta alguna. Da igual que el coche esté sucio, y puedes vestir un día con un traje y otro con unos vaqueros usados y una camiseta descosida. Nadie está pendiente de ti porque todo el mundo tiene muchas cosas en las que pensar. He vivido en barrios y zonas burguesas de la ciudad y el ambiente acaba siendo claustrofóbico y asfixiante. 
Ahora que lo pienso, estos nuevos vecinos son más ruidosos que mis adorables viejecitos, los echo de menos. 
También vivi en un noveno, el último piso de un bloque de cuatro puertas por piso, 36 familias y recuerdo que apenas me crucé con nadie en los dos o tres años que viví allí. Daba gusto, era como si todos mis vecinos, igual que yo, odiaran los cruces en las escaleras, en los ascensores. Por eso me gustan ese tipo de barrios. 
Tiendo a alejarme, a aislarme, y a medida que pasan los años, más aún. A veces pienso que no he sido capaz de organizar mi vida desde el punto de vista inmobiliario. Un importante punto de vista éste, sobre todo en este país en el que la gente dedica su vida a obtener una vivienda, a venderla y revenderla, como si no valorara el hecho de habitarla. Sin embargo, ahora que no analizo, no, he vivido y me imagino que viviré los años que me queden de existencia, en lugares aislados, de difíciles acceso, sin líneas de metro en la puerta, que den pereza a las visitas y en los que no existan tartas de zanahoria. 

 

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27 noviembre 2016 7 27 /11 /noviembre /2016 16:08
Y yasssta!

Me dicen que estoy triste y cuando me lo dicen, me limito a escuchar con la mirada y, supongo, que con ojos de tristeza. Me gustaría contar las razones, pero son tantas y tan aburridas y tan evidentes, que me aturrullo y no suelto una palabra. Lo dejo todo dentro, y dentro antes tenía un pequeño ejército gruñón que se levantaba en armas contra todo aquello que no me gustaba, y lograba expulsarlo o, al menos, doblegarlo hasta poder asimilarlo. Aquel ejército, que anidaba en mis entrañas, ahora creo que está cansado y abatido. Estoy colapsado y el colapso produce tristeza. Voy y vengo, me limito a respirar, trato de reírme, trato de ilusionarme con las pequeñas cosas que me rodean, pero no lo consigo. Doy mi vida por terminada, o al menos un ciclo de ella, y debía de ser, el concluido, el ciclo que me gustaba, pues ahora casi todo, no diré que me disgusta, sino más bien, que me es indiferente. Como quiera que todavía me quedan años de vida, habré de tomar alguna decisión y encontrar una fórmula que me dé cierto equilibrio. Esto pensaba en el coche, en medio de la lluvia, por la noche, rodeado de vehículos mojados que van soltado cortinas de agua, vehículos a gran velocidad por el carril izquierdo. Luces rojas envueltas en niebla húmeda. Me he vuelto un miedica al volante, siento las ruedas patinar bajo mi cuerpo, me esfuerzo por pensar como pensaba antes, cuando me gustaba conducir de noche, cuando me gustaba conducir con lluvia. Ahora me parece aterrador, me parece un riesgo, una forma estúpida de perder la vida como un sujeto pasivo. No espero nada durante el viaje, como ocurría antes, ahora sólo es una línea recta de tiempo y mi único deseo es llegar.
Será el otoño de la vida que te pilla ya sin fuerzas y todo se antoja como una tarea enorme que requiere un titánico esfuerzo. Todo pasa tan rápido que parece que vivas en un tiempo particular, mucho más lento que el real o quizás, el mundo real vaya ahora demasiado rápido y ya no tienta fuelle para correr a su misma velocidad.
Veo las noticias y no paro de ver a mis referentes muriendo, desapareciendo de la realidad. Y veo lo rápido que también pasan sus muertes, apenas veinticuatro horas de reconocimiento y ya no están, sólo muertos. Y a cambio, sólo veo vida a mi alrededor, explosiones de vida efímeras, momentos de felicidad de cartón piedra y siempre sin futuro. El futuro no existe, ya será mañana, mañana ya veremos con lo que nos levantamos e incluso con qué nuevos prodigios nos acostamos.
Salgo de tomar un vino del bar de mi pueblo. Hoy, dentro hay humedad y calor y, como es costumbre, hombres, sólo una mujer, vestidos en tonos oscuros, gritando, vociferándose unos a otros. Salgo y fuera hay cuatro hombres mayores , ya han superado los sesenta y cinco años, sesenta y cinco años del campo, es decir, robustos, recios, palos viejos azotados por el clima, varas sin sabia. Uno de ellos, el que habla, es el más viejo, lleva una gorra roja, o al menos era roja, ahora es un rojo blanquecino, una gorra promocional de los tractores John Deere. Sin embargo, y a pesar de su uso, que adivino constante durante los últimos cuarenta años, la gorra mantiene sus formas con absoluta dignidad, es como una vieja mascota de aquel hombre, al que, si fuera su familiar, plantaría meter en la caja con aquella gorra. El hombre dice:
Aquí, sobre la Tierra, sólo hay una verdad, que un día nacemos y otro morimos, un día aparecemos en este mundo y otro día nos vamos de él, y lo demás son todo cosas que se inventan, los cumpleaños, los aniversarios, la Navidad, el día de no sé que….para que esto marche. Para que esto funcione, dice uno de los cuatro. Eso, para que funcione, sigue diciendo el de la gorra incluyendo este termino en su discurso, para que esto tire, y yaaasta,

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11 noviembre 2016 5 11 /11 /noviembre /2016 01:18

Todos tenemos en casa ese cuarto en el que habita un monstruo. Ese cuarto en el que evitamos entrar, el de la puerta siempre cerrada. Durante el día, a la luz del Sol, es una puerta más, pero cuando llegan las sombras sabemos que dentro hay algo, alguien a quien no reconocemos, un ser deforme y grotesco al que nos da asco y miedo observar. Nos da pánico quedarnos a solas con él. aunque no adivinamos sus ojos, sabemos cuando nos observa, se mete en nuestro cerebro y busca dentro de él rincones recóndito. Y da con ellos, y allí, en ellos, encuentra lo que ocultamos, lo que no contamos a nadie, lo que nos acompaña constantemente, a veces dormido, pero siempre latente. El monstruo que descifra tus zonas oscuras, ese monstruo que somos nosotros mismos, ese ser que tratamos de controlar, de arrinconar en un pozo oscuro, pero nuestro pozo dentro de nuestro terreno. Son esos pensamientos, esos deseos, esos sentimientos que rondan, a veces por nuestra cabeza y que yacen quietos y asfixiados bajo capas de civilización. Sí, ese monstruo admira el arte, ve en él, en el arte, la libertad del artista, la composición del prodigio, la luz, las tinieblas de los locos. Ese ser que somos todos y que, de vez en cuando, hemos de dejar salir, para que respire, de lo contrario, mueres, o te conviertes en un mortal miserable.

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5 noviembre 2016 6 05 /11 /noviembre /2016 01:01

Hay demasiado ruido. Tengo la costumbre, debe de ser por eso de vivir solo, de encender la televisión cuando llego a casa, y así la dejo mientras yo hago otras cosas. Quizás sea un mecanismo para aparentar que estás acompañado. A veces, cuando hablo por teléfono, bajo su volumen. Si decido hacer mis ejercicios tibetanos, también la hago, pero es difícil que decida apagarla. Digamos que apago el televisor, cuando doy por finalizado mi día, una especie de pacto del final.
El caso es que últimamente el televisor emite demasiado ruido. De hecho, creo que se puede conocer la basura de los contenidos audiovisuales que emiten por la televisión, simplemente oyendo su ruido. Es más, creo que voy a terminar por apagar el televisor antes de tiempo, ya que si bien antes obtenía una compañía apacible, voces amortiguadas, pausadas, melodías o sintonías tranquilas, ahora todo el ruido que me llega es violento, metálico. Intuyo que hay muchas armas, y gente agresiva, con muchos problemas, gente chillona cargada de razones, mentirosos, cantamañanas, motores, chirridos, bandas sonoras desconcertantes e inquietantes, acción, mucha acción, muertos y matados, uff, un sin fin de mundo rápido, salvaje y competitivo. En definitiva, ya no hay quien se relaje un rato delante del televisor y no te queda otra que seguir pensando. El amor, jodido amor, jodido término capaz de eliminar cualquier acto. Eso sí, lo que se hace en su nombre, o lo que se deja de hacer. Que mal hace sentir a veces, que bien te hace sentir cuando te embriaga. El amor, que mala madurez tiene. En todo caso, no lo niegues, limítate a filtrar tus sentimientos a través de él, así te entienden.

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26 octubre 2016 3 26 /10 /octubre /2016 00:19
Vía muerta

El silencio, la ausencia de ruido. El silencio, ese que siempre buscamos cuando nos aturden los ruidos. El silencio, ¿la incomunicación? El silencio, que bien suena cuando no hay nada qué decir. El silencio, que reconfortante cuando se ama a través de él. El silencio, que a veces tienes que romper hablándote a ti mismo, diciendo tu nombre o diciéndole “hola” cuando llegas a tu hogar vacío. El silencio, quizás el silencio del aturdimiento. El silencio de los niños que se enfurruñan. El silencio del respeto, el del dolor. El silencio del abatimiento, el del cansancio, el del agotamiento, el de la ausencia de fuerzas para emitir un simple sonido. El silencio, hay tantos silencios, y sólo uno estúpido, el del castigo, que necio. El silencio, que tonto cuando se usa como una tupida red en la que, sin darse cuenta, se encierra quien lo practica. El silencio quizás del orgullo. El silencio que sustituye a las palabras, el silencio que quiere atrofiar, llenar de pus y sebo el músculo, el bocado sabroso. Silencio bobo, silencio que ni siquiera lo es, pues del de esta clase se escucha el murmullo del chirrido que siempre acompaña al absurdo. Te castigo con silencio, dice sin decir nada la impostura. Silencio cabezón, silencio de carnero, de duro y pequeño cerebro. Silencio que sólo quiere engendrar más silencio. Silencio que sólo quiere extender a su alrededor más silencio. Silencio para engañar a la razón, silencio del miedo, silencio del cobarde, silencio que niega la vida, el silencio del muerto. Pasa del silencio y si lo quieres, búscalo, pero no aceptes el que te impongan, no cuenta nada y siempre es una vía muerta.

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