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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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10 noviembre 2009 2 10 /11 /noviembre /2009 17:37
Convive la muerte con la vida, lo verde con lo amarillo, el sonido con el silencio, pero siempre se acaba imponiendo el uno al otro, o el otro al uno, y así de manera alternativa, en una espiral infinita. Todos llevamos dentro una parte tenebrosa, una parte ruin, una bolsa orgánica venenosa que almacenamos cerrada con una válvula que a veces abrimos y sentimos en nuestras gargantas el amargor del veneno, la satisfacción del daño infringido, y quién diga que no, miente o es que no sabe de esa capacidad maligna que almacenamos en nuestro organismo. Se suele dinamizar con la soledad, se suele dilatar cuando solo estamos con nosotros mismos y se muestra en todo su esplendor según la ruindad de la vida de cada uno. Se atrofia con la felicidad, se vuelve musculosa en las etapas difíciles y ruines. Se pone en alerta con el tiempo perdido, el que nunca vuelve, el malgastado, el irrecuperable. Todos somos blancos y negros, traidores y fieles, todos contenemos nuestros instintos, todos somos egoístas y queremos lo mejor para nosotros mismos, todos queremos ser felices, todos odiamos y amamos, todos encontramos y nos relajamos, y buscamos y nos tensamos, todos ocultamos y mostramos, engañamos y decimos la verdad, todos morimos cíclicamente, nos renovamos, arrugamos, erguimos, sonreímos y lloramos, todos somos duales y si no, nos volvemos cínicos. 
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8 noviembre 2009 7 08 /11 /noviembre /2009 12:34
Mañana de aire. Ayer también fue un día de aire. Mañana de cocina. Cruzan las nubes veloces. Tiempo sin sentido el de las mañanas, tiempo en tierra de nadie. Tiempo aún sin rodar, aún sin objetivos. Tiempo de reincorporación al día después de horas de inconsciencia. Tengo a dos adolescentes en casa, mi hijo y un amigo. Habré de hacerles la comida ahora, no tengo ni puta idea de que hacer. Oigo el Campeonato del Mundo del Motos mientras escribo, ulula el aire, crujen las persianas, retumban las puertas. Todo parece tambalearse, todo parece querer desmoronarse. 
He puesto una lavadora, me he duchado, se me amontonan las tareas según se me van ocurriendo de manera espontánea. Es como si olvidara todas las cosas sin importancia que he de hacer, o como si quisiera olvidarme de ellas y ellas salieran a flote como animalitos a los que intentamos ahogar. A veces pienso que estas horas de la mañana son una buena representación, un buen resumen de mi vida. Sí, esos momentos del día en que no estás con nadie, en que nadie está con nadie, el nacimiento diario de la conciencia, esa jodida temporalidad, ese jodido esperar a que el día se calme, se defina y, en definitiva, se acabe. Hola mi vida, ¿qué es de ti? Un beso  
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5 noviembre 2009 4 05 /11 /noviembre /2009 19:16
Había algo extraño hoy en la ciudad. Había una especie de quietud. Había una especie de abandono, de espacios vacíos. Ha habido momentos en que me he sentido como el único habitante en ella, como uno de los pocos supervivientes después de una catástrofe de grandes dimensiones. 
Me he imaginado una ciudad de pocos hombres y de pocas mujeres. Me he imaginado un mundo de gentes solitarias, cansadas de tanta sociedad, gentes en sintonia con la naturaleza, gente alejada de la gente para no contaminarse de las envidias, de las avaricias, de los engaños, de las mentiras, de los odios. He imaginado una ciudad silenciosa mandada por todo aquello que no hace ruido. 
Una ciudad de grandes espacios en la que poder respirar. Un ciudad en la que poder disfrutar de las sombras, habitada y no usada, cuidada, respetada, querida, acariciada, mimada, engrandecida, animada. Una ciudad sin hombres ni mujeres sin patria, hombres y mujeres autónomos, autómatas, independientes, ambiciosos. Me he imaginado una ciudad para los críos, una ciudad para ti y para mi. 

Había algo extraño hoy en la ciudad. Había poca gente, no había casi nadie. La ciudad parada, sin la velocidad a la que la llevamos con nuestras prisas. Algo raro, algo inexplicable, algo asombroso y admirable, había algo adorable en la ciudad, algo que me hubiera gustado mirar contigo, comentar, en voz baja, hoy daba cosa gritar. 
 
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4 noviembre 2009 3 04 /11 /noviembre /2009 21:49
Este es mi artículo 175. Parece mentira. No he hecho el ejercicio de re leer nada de lo escrito. Supongo que habrá muchas tonterías y contradicciones. Tampoco trato de mantener una línea. Esto de escribir es así como un viaje largo. Tu no paras de hacer siempre lo mismo: conducir, pero a tu alrededor cambia todo. Nunca se de lo que voy a escribir tampoco, aunque me da la sensación de que siempre es de lo mismo. Llevo dos días volviendo de noche a casa. He vuelto cansado, he vuelto con los ojos enrojecidos después de un día mirando a la pantalla del ordenador. Cuando vuelves con todo negro a tu alrededor se elimina esa posibilidad de mirar y observar, y tiendes a concentrarte en ti mismo. Suelen ser vueltas cargadas de pesadumbre, cargadas con esa dedicación a los problemas o los aspectos negativos de tu vida. La sensación es similar a lo que ocurre cuando viajas en metro. Por eso me encantan las vueltas al atardecer. 
Son vueltas más naturales, básicamente porque retornas con esa sensación melancólica del día que acaba. Esa sensación de mezcla entre los colores dorados que provoca el Sol ya bajo y las primeras luces eléctricas. El día, como tu, también se cansa y sientes que formas parte de un ciclo natural de nacimiento, desarrollo y lenta muerte. 
Es un rato de reflexión, es un rato de contemplación, es un rato casi de no pensar, sino más bien de transformar en un sentimiento un problema, una ilusión, una felicidad o también las infelicidades. Son momentos silenciosos en los que casi llegas a entender todo lo que pasa a tu alrededor, y simplemente te mimetizas en el momento, ese momento de declive del esplendor. Puedes elegir entre morir o refugiarte en el amparo de la noche próxima. 
Lo que más ansías es llegar a casa. Añoras tu hogar, una especie de refugio de la vida, tan llena de amenazas, tan llena de espacios diáfanos en los que tu te encuentras en medio, a merced del viento, del calor o el frío, de la lluvia o de las altas temperaturas. El día, lo ocurrido en él se antoja gastado, a veces hasta absurdo y otras irreal. 
Al. final se perfilan las paredes de tu castillo levantadas frente al mundo del que huyes, e imaginas el silencio dentro de él, e imaginas que ella, que tu esperas. Una sonrisa de bienvenida, un abrazo, un beso, ¿que mejor reconciliación con el sentido común? ¿qué mejor recompensa? Morir con el día, o descansar y esconderte de él durante la noche sólo depende de eso, de poder compartir el intervalo entre uno y otro. 
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1 noviembre 2009 7 01 /11 /noviembre /2009 19:21

A veces la vida hay que mirarla a través de un cristal de colores. Hay que decorarla, enmarcarla entre formas vegetales y mirarla desde detrás del cuadro. No tengo ganas de escribir, sólo de vivir. Y vivir sería estar ahora apoyándonos el uno en el otro, andando por las callejas, buscando un café, una copa de vino o a lo mejor una tempranera copa. 
Se me han acercado animales a robarme mi alimento mientras te esperaba. Un soleado mediodía en el que sólo me cabían ansias de verte, ansias calmas, regojico, felicidad, las cosas en su sitio, la vida tranquila, lo que debe de ser, lo que encaja y no ha de estar desencajado. Me siento tan lejos contigo, es tan lejano el viaje que me adentro en otro mundo del que nunca quiero volver. 
Hago tantas cosas distintas, y al mismo tiempo me parecen tan normales, más que eso, entrañables. Monto museos en las calles, te miro atendiendo a los viandantes, sea cual sea su condición.  Los veo lejanos, los siento ignorantes de lo que tu y yo encerramos. Si supieran que guardan esos colores, si supieran que hemos ido hablando en el coche antes de llegar ahí, si supieran como piensas, como sientes, si supieran todo eso sonreirían más, quizás consiguieran ser más felices. 
Un breve espacio de civismo, de formalidad, para perdernos en los colores de nuevo. Paseos, cena en aquel italiano, una copa, más tarde nos metemos en tu lugar en el espacio. Añadimos título mirando más colores y formas. El nuevo Paco con K, espero que no nos traiga problemas. Los locos al amanecer, tu de nuevo en el universo, yo dormido, la mañana, una maravillosa marea, ¿lo ha sido para ti? De nuevo a la calle, desayunando, te reconocen, te quiero, te amo, me siento tan orgulloso de ti, tan feliz, tan pleno. Paseo, vitrinas, miradas, asombros, nunca más un sábado a un museo, escapando de la muchedumbre, escondiéndonos, tirando fotos prohibidas, tu nerviosa, yo pleno. Me he sentido un bailarín, me he perdido con tu sintonía. Me pregunto si se puede ser más feliz, la respuesta es no, por lo tanto, no quepo en la que vivo. Un cuaderno, un libro, unos pendientes liados, una pulsera de cuero, que luego perdería a la vuelta. He sentido lastima, pero también infinitas ganas de tener, que tengamos  otra.  Unas fotos en la plaza.
El vagabundo que nos ve en la plaza, el que nos ve enamorados y decide escribir en nuestra libreta aquel poema. Tarde de sábado, perdidos entre familias y amigos, entre parejas, matrimonios y niños, unidos por encima, por entre ellos. 

Pasa inexorable la tarde. Un último café antes de separarnos. una última mesa que nos une, ninguna gana de irnos, como dos adolescentes tontos. Vuelta, más en silencio que hablando. Aquí estamos, tu allí, yo aquí, recordando esas horas que contigo, son días. 
 
 

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27 octubre 2009 2 27 /10 /octubre /2009 17:11
Te levantas por las mañanas y viene todo de golpe. Parece que cuando te pones en pie tu cerebro se balancea dentro del cráneo y se conectan los distintos enchufes de tu realidad. Superas ese primer encuentro con el pensamiento de un café, enchufas las noticias y poco a poco se va disipando la realidad que es sustituida por otra estúpida y vacía. Luego viene la ducha, el aseo personal, los dientes, la ropa que te pones y entonces comienzas a organizar en la cabeza tus deberes. La parte mecánica de tu cerebro empieza a funcionar y entonces recuerdas lo que tienes pendiente, pero en tu subconsciente, allá atrás, continua tu realidad más íntima acechante.
Afortunadamente, aún tengo un rato rústico antes de meterme en la gran urbe. Es un rato de guiños, de sugerencias de lo sencillo frente a lo sofisticado. Un rato para ni siquiera pensar, sino sólo sentirte un viajero de lo efímero, lo que dejas atrás todos los días, lo que no aprovechas o desechas. 
Hoy el día es duro. Parece que han caído del cielo coches hasta embotellar las calles. debe de ser que han empezado a fluir las nóminas hacia los conductores que rápidamente optan en gastar combustible. Pones música, oyes a los pedantes de la radio, pero básicamente te sientes solo y sientes soledad a tu alrededor. Ves solos y solas, abducidos por el día por delante. 
Tu espacio se reduce a los farolillos rojos del coche que te precede. El cien por cien de tu capacidad intelectual se concentra en intuir cuando toca avanzar. Tratas de adivinar qué ocurre delante. Sueñas con meter la quinta y llegar veloz a tu destino. Tu realidad se va disipando empujada por esta otra agresiva. Pero sigue ahí, latente, atrás, sigue agazapada y sin dimitir. 
Cuando llegas a tu lugar de trabajo siempre se encuentran espacios para el recuerdo y la melancolía. Tengo la suerte de disponer de rincones, de espacios irreales, pedazos de tiempo perdidos, escondidos, que tratan de pasar inadvertidos. E imaginas su entorno original y las historias que lo conformaban y te das cuenta de lo agarrotada que está tu imaginación. Así pasa el día, entre ires y venires, entre cordialidad profesional, entre normas cívicas, entre escapadas a este sitio para tratar de pensar un rato. Lo duro es la vuelta, cuando acaba lo que te entretiene, un día más de vacío, como los filetes del supermercado, un día más contigo, el alienado, te buscas, te acaricias, tratas de besarte de darte ánimos y algún consuelo, pero llegas a la conclusión que ni siquiera te quieres. 
 
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26 octubre 2009 1 26 /10 /octubre /2009 23:07
Sigo por mis calles en este Beirut de los negocios, negocietes y oportunidades. Reunión con una directora de marketing cuarentona, o casi cincuentona. Bromeando sobre la crisis, intentando pasar de ella pero, en el fondo, tomándose en serio toda esta pesadilla del bienestar. Tensamente preocupada, con sonrisa nerviosa como de felicidad encubierta en medio de un mundo conocido que se desmorona. Me pide mi opinión, ¿A mi? me parto de risa por dentro y pienso "si supieras lo que pienso yo de esta crisis" "¿que cojones me importa a mi esta crisis si jamás he creído en la expansión económica? Me limito a comer, a trabajar para obtener dinero con el que comer. ¿Qué quieres que te diga de la crisis? Estoy yo como para pensar en la crisis, como tengo pocas, encima me voy a ocupar en ésta que nadie sabe muy bien razonar. Parece flotar en este día azul caluroso en Madrid. Jodida crisis, jodido cambio climático, jodido silencio, jodida soledad en medio de una jornada de constantes relaciones y conversaciones. 
Hace un calor infernal. Las hojas no acaban de caerse. Otoño que es una primavera y, por lo tanto, nada está en su sitio pues lo que nos envuelve está loco y nos enloquece, o al menos lo hace conmigo. Andaba y pensaba si íbamos hacia junio o hacia noviembre. Un tiempo ambiguo y mentiroso. Un tiempo engañoso.  Andaba y pensaba si todo el mundo pensaría algo parecido a mi, o si acaso son ajenos al entorno y sólo se centran en su vida y en yo, yo, yo. Otoño que no es un otoño, y al menos es un alivio, pues no estoy disfrutando de él, sería horrible ver languidecer la exhuberante naturaleza del verano solo. Que estúpido día, que estúpido tipo. 
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24 octubre 2009 6 24 /10 /octubre /2009 23:46
Noche borrosa. Noche borrosa en Olmedo. Noche incomprensible, turbia. Asquerosa noche. No te la merecías, supongo que yo tampoco. Ojala núnca la hubiéramos tenido. Ojala algo hubiera cambiado en el destino para que no hubiese existido. Llevo días preguntándome la razón de todo esto. Llevo días dándole vueltas en mi cabeza. Parecen irreales los escenarios, parece que nunca existieron, y sin embargo existen y están cargados de recuerdos. No me lamento, ni tiro por la calle de en medio. No me compadezco, ni me limito a colgarme del ayer, pero no deja de resultarme curioso todo. Quizás porque esto es la primera vez que me ocurre o si me ha ocurrido antes no fui consciente de ello, o quizás lo disimulé, o quizás no me importaba el desenlace; quizás porque me haya ocurrido contigo, quizás porque no lo esperaba, quizás porque me ha dejado desconcertado, quizás porque no le estaba dando tanta importancia como debiera, quizás porque creía poder con todo, hasta con los años, y parece que no es así. 
Llevas  razón en lo de Bacon, el no hubiera tirado por la calle de en medio. Ni yo haré eso tampoco. Trataré de resolver el problema, trataré de ponerle remedio, de hecho haré algo ya, o mejor dicho dejare que me hagan o me aconsejen. Pero no lo haré por mi, sino por ti ya que todo se vuelve turbio si no navegas con buen viento. Pero ayer, me sentía así, como el cuadro de Bacon, supongo que los pintaba cuando andaba por su calle de en medio. 
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23 octubre 2009 5 23 /10 /octubre /2009 17:39
He usado varias veces esta magnífica obra. Es de Francis Bacon, y veo en ella a alguien desdibujado, a alguien desfigurado. Se trata de una especie de radiografía del ánimo.  Más aún, una radiografía de los instintos transformada en un rostro. Uso esta maravillosa pintura porque hoy me siento como ella, retorcida, el gordo de un filete, la parte que se aparta con el cuchillo y que queda en el borde del plato, la porción sin calidad, sin valor nutricional, inmasticable. La deformación, el defecto que siempre parece ir parejo a lo óptimo. Mirad el cuadro. El tipo tiene una mirada melancólica y triste.  Sus ojos mortecinos no reflejan su entorno, sólo una especie de destino ineludible que ya conoce y que no es positivo.  Así me siento hoy y además, sin saber que hacer. Me lamento pero no actúo, pero es que tampoco se como hacerlo. A veces, quizás porque soy impulsivo, se me pasa por la imaginación tirar por la calle de en medio y olvidar los destrozos que con ello pueda causar en mi y en los demás. Pero, sea porque estoy cansado de ser tan necio, sea porque ya la edad me va diciendo que hay cosas que no vuelven, sea porque he encontrado algo maravilloso, me parece inviable negar lo que quiero, tirarlo por la borda y volver a dar la vuelta al mundo, un mundo cada día más pequeño. 

Hace una tarde preciosa. Bajo a ver los destrozos de la ventolera de ayer. Un viejo ciruelo seco ha sido arrancado por el viento. Sabía que iba a morir, pero no de qué manera. Ha sido así, arrancado por el viento. Ahora todo esta en calma. Luce el sol del atardecer, todo parece tranquilo. He bajado al taller, tan lleno de tus cosas, dicen tanto de ti tus cosas, dicen tanto de ti tus cosas en silencio. A veces da la sensación de que estás ente ellas, huelen tanto a ti, son tan tremendamente tuyas que no es imposible no sentir tu presencia.  Se está tan bien en casa, protegido de la agresividad de lo vacuo, tan estridente, tan chillón, tan lleno de destellos. 
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22 octubre 2009 4 22 /10 /octubre /2009 12:17

Correosa ciudad que agrede, que trata de clavarte pinchos y barras roñosas que emponzoñen tu cuerpo y tu alma. Ciudad que aporta, en sí misma, un plus de inestabilidad, un plus de riesgo, un plus de nervios. Ciudad para agriar el carácter, para crisparlo. Ciudad que exige hacer juegos malabares para llegar a tiempo a los sitios. Ciudad que acumula retrasos a tu ser, que obliga a mirar el reloj en una media mucho más alta que en cualquiera otra población española. Dos días de lluvia y el caos. Ayer debía de estar a las 9.30 en el norte de la ciudad, preveía que si me lanzaba a la carretera a las ocho iba a verme empaquetado en uno de esos atascos que nunca sabes como el destino deshace. Así que decidí adelantarme, la única opción probable para asegurarme llegar a tiempo. Me puse el despertador a las seis, pero como se acuesta el organismo alerta, a las cinco menos cuarto mis ojos se abrieron de par en par y, aunque decidí volver a dormirme, fue imposible. Así que tomé la decisión de levantarme. De noche, en medio de nadie llegué al despacho, estuve trabajando dos horas y después en metro me desplacé a mi cita. Cogí el paraguas, pero no cayó ni una gota, las gotas comenzaron por la tarde, de vuelta a casa. Hoy me he dormido, volvía al trabajo con la mala conciencia del desorden, de la improvisación continua, de la imposibilidad de ser dueño, ni siquiera, de tus movimientos en tu entorno. La lluvia llegó, jodió y se marchó. 

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