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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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21 noviembre 2009 6 21 /11 /noviembre /2009 16:23
Salgo de Madrid. Me voy en una mañana blanca de más que mediados de noviembre. Camiones que traen, que llevan productos de un lado a otro. Mañana de luz hiriente. Me voy de viaje, solo, en medio de la rutina de los demás yo me piro lejos. Voy a trabajar, pero paso del avión siempre que puedo, prefiero la sensación del desplazamiento. Al menos en el viaje eres libre, tienes esa sensación de independencia, de silencio. Puedes oír música, puedes pensar, aunque me resulta difícil en el coche, que se transforma en una especie de cámara de contención de ideas y de vivencias. 
La carretera se va vaciando a medida que hago kilómetros. También aparecen cielos manchados de nubes. Acabo harto de los cielos rasos del centro y anhelo otro tipo de luz, mayor oscuridad, las formas hechas con grises que cuelgan sin peso sobre mi cabeza. El centro es es un desierto, cada vez es más desierto. Hiriente zona blanca de tierra blanquecina, carreteras de asfaltos blanquecinos, edificios blanquecinos. Anhelo los contrastes de los colores, los verdes, los azules, los negros, amarillos, el único resplandeciente que deja la lluvia. 

He parado a comer con mi chica. Dos horas teníamos en medio de su curso. Me había de dar un instrumento pero al final se nos olvida. Comemos en un restaurante imposible en medio de un lugar imposible. Miramos a los comensales, imaginamos sus vidas, hacemos pequeños relatos que explican sus actitudes. Nos tocamos, nos besamos, nos miramos, nos reímos, nos abrazamos, nos despedimos con tristeza y prosigo mi viaje. La carretera es más pequeña, el Sol declina.  
Dejas atrás lo tuyo y te adentras en lo habitual de los demás. Dejas de ser parte del escenario y te conviertes en un extranjero. Pasas por lugares por los que piensas que a lo mejor no volverás a pasar en tu vida. Observas la rutina de los demás e imaginas la utilidad de sus edificaciones y qué valor tendrá para ellos, que historias vivirán o habrán vivido dentro o en torno a ellas.
El Sol comienza a declinar definitivamente. Siempre que estás lejos te preguntas sobre tu realidad, sobre qué hubiera sido de ti en otra realidad, sobre cómo serías, con quién estarías, a qué te dedicarías. Siempre que estás lejos crees que de no haber sido quien eres y lo que eres, hubieras sido completamente distinto, tanto que no te reconocerías. Siempre que estás lejos, de viaje, no te acuerdas de los demás, sólo eres tú y lo nuevo que te proporciona el viaje, una especie de tránsito entre lo habitual y lo habitual que será tu destino. En medio sólo hay un ir, una especie de burbuja en el tiempo. 
Se pone el Sol en la carretera. Haré el último tramo a oscuras. Dejas de observar el exterior y de nuevo comienzas a reflexionar sobre ti, sobre tu entorno habitual, y se suman al viaje tus vergüenzas, tus problemas, tus anhelos, tus miedos y también tus deseos. Ya no eres un extraño pues nada de fuera ves. Sólo eres tu en medio de la noche, desplazándote veloz. Poco a poco el viaje pierde su magia y piensas en tu destino, y en que de nuevo volverás a ser tu en él. Una nueva habitación de hotel, tus mismas ropas cuando abras las maletas. El excesivo calor de la habitación del hotel, en la que sólo podrás dormir o irte. 
Llego a una ciudad extraña. Admiras lo que no es habitual y lo deseas, mientras observas a sus habitantes como ni reparan en lo de todos los días. 
Allí me encuentro con una compañera de trabajo. Los dos renegamos de nuestro oficio, o al menos de lo que hemos venido a hacer aquí obligados por nuestro oficio. Surge la complicidad de los seres humanos ante lo adverso, me acuerdo de mi chica cuando echamos un billar y descubres la magia de la felicidad, o simplemente la magia de sentirte, no solamente a gusto, sino también desprotegido, sin necesidad de defensas. Hemos venido a un congreso de fatuos ponentes que no cuentan nada, que explican lo obvio, que son aplaudidos cuando terminan no sabes porque. Gentes que se escuchan, gentes que no paran de saludarse y sonreír como si fueran extremadamente felices. Gentes ajenas a sí mismas, gentes entregadas a la causa de los negocios, del dinero, gentes que viven para batallas mezquinas, gentes para las que la vida es un continuo problema, un continuo desafío de microscópicas dimensiones, sin efecto ninguno en el universo.
Rodeado de gente te encuentras solo. Simplemente haces un ejercicio social de relación ciudadana, relaciones llenas de hipocresía, llenas de falsa cordialidad, relaciones forzadas, relaciones que unen  agentes entre sí que jamás hubieran estado unidas, relaciones que te juntan con pedantes, con pavos reales. Gentes con las que pasas horas y de las que jamás sabrás que piensan de ti, mucho menos de sí mismos. 
Se ha acabado el Congreso. Hay una comida de clausura de la que he huido. Mi compañera de trabajo se ha ido ya, de nuevo solo.  Anhelas volver a tu realidad, pues ésta te resulta imposible. 
Observas las costumbres de los demás. Piensas en dónde deberías estar y en que gran cantidad de realidades hay, y en que ajenas son unas de otras, y en como se esconden entre sí. Vuelvo a la mía, antes he de entregar una obra de mi chica y conformar una nueva realidad de una nueva persona con el objeto que he de darla. Fin del viaje, fin del esfuerzo que no ha servido para nada, sin sentido y del que he formado parte, de manera anónima. 



 
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16 noviembre 2009 1 16 /11 /noviembre /2009 12:06

¿Que fue de nosotros que aquel esplendor vivimos? Somos mudos testigos del pasado, sólo con capacidad para el recuerdo. Condenados a mirar siempre hacia atrás, condenados a carecer de futuro. Parados, un poco hundidos en la tierra. Que maravilloso y, a la vez, melancólico día y medio. Maravilloso porque ahora lo recuerdo, melancólico porque he de recordarlo para revivirlo, y re alimentar con él mi presente. Otoño, una tempestad de removió la marea de manera inesperada, otra marea con la luna redonda iluminando las aguas. Una casa que construimos de la nada. La tele que no se veía, la charla, la interminable charla, los abrazos, los besos, las risas, nerviosismo, cada uno a lo nuestro en aquel mínimo espacio, cada uno a lo nuestro, y lo nuestro era de ambos. El olor, el revuelo de todo manga por hombro, tu cuerpo y su calor, nuestro hogar improvisado, una especie de paréntesis en el tiempo, una especie de espléndido película. Se apaga la luz, otra realidad aparece, y por un espacio de tiempo te olvidas de tu vida. Paseo, la bola amarilla furiosa, más risas, tus mofletes enrojecidos, tu cuerpo blanco, tus labios, tu pelo, tu inquieto caminar, tu bolso rojo, ese del que salen inesperadas cosas y del que espero que algún día en él metamos la mano y salga nuestra vida. 

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12 noviembre 2009 4 12 /11 /noviembre /2009 11:06

Son las fachadas de las casas que dan al Puerto de Vigo. Casas que miran al Atlántico. Casas duras pues. Casas que tantas cosas han visto. Casas cansadas de ver irse y de ver llegar. Casas recias que esconden olor a salitre, olor a marinero y a hembra perfumada. Casas infalibles y las mismas que observaron buques de vapor de altas chimeneas. Casas cerradas a cal y canto, quizás asustadas por la inmensidad del océano. Casas cautas que protegen a sus moradores de las locuras que excitan las cabezas pensando en el más allá, que en Vigo está cerca, sólo hay que cruzar el horizonte azulado, otros días blanquecino, otros días brumoso, otro día imperceptible, pero siempre el horizonte húmedo o también etéreo, la línea final de agua y aire, de cielo y mar, de frío, de humedad, de misterio. El horizonte es una mujer.  Casas de paños azules húmedos, impregnados de olor a mar, de olor a carbón, a gasoil. Casas de personas que se miran extrañadas entre sí, de hombres y mujeres separados por la distancia y por el tiempo, a veces separados para siempre. En el frontal, de la casa más clara, en el ventanal con cortinas blancas, ahora cerrado a cal y canto, vivía Conchita Valcarcel. Todo el mundo en Vigo conoce su historia. Su hombre era capitán de un barco mercante. Le espera desde días antes sentada frente a ese ventanal, en una silla, toda ella engalanada, al lado de una mesita con un delicado florero de una única flor. Mira el horizonte, intuye la estela de humo del carguero. Aparece. sabe que es el buque de su hombre. Sigue sin pestañear las maniobras de atraque, ve bajar a los marineros. Su hombre siempre el último. Le extraña, le echa de menos, tiene en su interior ese vacío de los días sin él, ese temor que da lo que él ha vivido tan lejos, y ella no. Le ve bajar por la pasarela, da ese brinco brioso y ve su rostro mirar hacia el ventanal, cruza rapido hacia su hogar donde ella le espera. Ella se siente feliz, sabe que sigue siendo suyo. En el sexto viaje el ritual se repite. bajan los marineros. ve a su hombre, como siempre el último. Esta vez va abatido, desciende con desgana por la pasarela. No brinca al saltar a tierra, su cabeza permanece gacha, arrastra sus pies al andar, se detiene y enciende un cigarrillo. Conchita siente un vuelco de frío en su pecho, ni siquiera lo reflexiona, se levanta de su silla, se asoma al balcón. El continua sin levantar la vista. Conchita se tira por el ventanal y muere a los pies de su marido, dicen que sonriendo, dicen que recordando su anterior vuelta, dicen que feliz. Él volvio a macharse y jamás pisó de nuevo tierra, al menos en el puerto de Vigo. 
 Casas del puerto de Vigo, que hoy dan a la calle de Alcalá, que observan bajo el cielo Atlántico el atasco de las nueve. Hoy buscan gente original, hoy buscan gente marcada por las marcas, hoy buscan jóvenes efebos, jóvenes preciosos, deseos vacíos, deseos del deseo. 
Ha llegado la Navidad a Madrid. Todavía está apagada, pero ya cuelga sobre nuestras cabezas. Un año más. Toda una generación que dejará de creer en los Reyes Magos, toda una nueva que descubrirá su magia, y la vida sigue, desplazándonos, siempre desplazándonos.  

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10 noviembre 2009 2 10 /11 /noviembre /2009 17:37
Convive la muerte con la vida, lo verde con lo amarillo, el sonido con el silencio, pero siempre se acaba imponiendo el uno al otro, o el otro al uno, y así de manera alternativa, en una espiral infinita. Todos llevamos dentro una parte tenebrosa, una parte ruin, una bolsa orgánica venenosa que almacenamos cerrada con una válvula que a veces abrimos y sentimos en nuestras gargantas el amargor del veneno, la satisfacción del daño infringido, y quién diga que no, miente o es que no sabe de esa capacidad maligna que almacenamos en nuestro organismo. Se suele dinamizar con la soledad, se suele dilatar cuando solo estamos con nosotros mismos y se muestra en todo su esplendor según la ruindad de la vida de cada uno. Se atrofia con la felicidad, se vuelve musculosa en las etapas difíciles y ruines. Se pone en alerta con el tiempo perdido, el que nunca vuelve, el malgastado, el irrecuperable. Todos somos blancos y negros, traidores y fieles, todos contenemos nuestros instintos, todos somos egoístas y queremos lo mejor para nosotros mismos, todos queremos ser felices, todos odiamos y amamos, todos encontramos y nos relajamos, y buscamos y nos tensamos, todos ocultamos y mostramos, engañamos y decimos la verdad, todos morimos cíclicamente, nos renovamos, arrugamos, erguimos, sonreímos y lloramos, todos somos duales y si no, nos volvemos cínicos. 
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8 noviembre 2009 7 08 /11 /noviembre /2009 12:34
Mañana de aire. Ayer también fue un día de aire. Mañana de cocina. Cruzan las nubes veloces. Tiempo sin sentido el de las mañanas, tiempo en tierra de nadie. Tiempo aún sin rodar, aún sin objetivos. Tiempo de reincorporación al día después de horas de inconsciencia. Tengo a dos adolescentes en casa, mi hijo y un amigo. Habré de hacerles la comida ahora, no tengo ni puta idea de que hacer. Oigo el Campeonato del Mundo del Motos mientras escribo, ulula el aire, crujen las persianas, retumban las puertas. Todo parece tambalearse, todo parece querer desmoronarse. 
He puesto una lavadora, me he duchado, se me amontonan las tareas según se me van ocurriendo de manera espontánea. Es como si olvidara todas las cosas sin importancia que he de hacer, o como si quisiera olvidarme de ellas y ellas salieran a flote como animalitos a los que intentamos ahogar. A veces pienso que estas horas de la mañana son una buena representación, un buen resumen de mi vida. Sí, esos momentos del día en que no estás con nadie, en que nadie está con nadie, el nacimiento diario de la conciencia, esa jodida temporalidad, ese jodido esperar a que el día se calme, se defina y, en definitiva, se acabe. Hola mi vida, ¿qué es de ti? Un beso  
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5 noviembre 2009 4 05 /11 /noviembre /2009 19:16
Había algo extraño hoy en la ciudad. Había una especie de quietud. Había una especie de abandono, de espacios vacíos. Ha habido momentos en que me he sentido como el único habitante en ella, como uno de los pocos supervivientes después de una catástrofe de grandes dimensiones. 
Me he imaginado una ciudad de pocos hombres y de pocas mujeres. Me he imaginado un mundo de gentes solitarias, cansadas de tanta sociedad, gentes en sintonia con la naturaleza, gente alejada de la gente para no contaminarse de las envidias, de las avaricias, de los engaños, de las mentiras, de los odios. He imaginado una ciudad silenciosa mandada por todo aquello que no hace ruido. 
Una ciudad de grandes espacios en la que poder respirar. Un ciudad en la que poder disfrutar de las sombras, habitada y no usada, cuidada, respetada, querida, acariciada, mimada, engrandecida, animada. Una ciudad sin hombres ni mujeres sin patria, hombres y mujeres autónomos, autómatas, independientes, ambiciosos. Me he imaginado una ciudad para los críos, una ciudad para ti y para mi. 

Había algo extraño hoy en la ciudad. Había poca gente, no había casi nadie. La ciudad parada, sin la velocidad a la que la llevamos con nuestras prisas. Algo raro, algo inexplicable, algo asombroso y admirable, había algo adorable en la ciudad, algo que me hubiera gustado mirar contigo, comentar, en voz baja, hoy daba cosa gritar. 
 
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4 noviembre 2009 3 04 /11 /noviembre /2009 21:49
Este es mi artículo 175. Parece mentira. No he hecho el ejercicio de re leer nada de lo escrito. Supongo que habrá muchas tonterías y contradicciones. Tampoco trato de mantener una línea. Esto de escribir es así como un viaje largo. Tu no paras de hacer siempre lo mismo: conducir, pero a tu alrededor cambia todo. Nunca se de lo que voy a escribir tampoco, aunque me da la sensación de que siempre es de lo mismo. Llevo dos días volviendo de noche a casa. He vuelto cansado, he vuelto con los ojos enrojecidos después de un día mirando a la pantalla del ordenador. Cuando vuelves con todo negro a tu alrededor se elimina esa posibilidad de mirar y observar, y tiendes a concentrarte en ti mismo. Suelen ser vueltas cargadas de pesadumbre, cargadas con esa dedicación a los problemas o los aspectos negativos de tu vida. La sensación es similar a lo que ocurre cuando viajas en metro. Por eso me encantan las vueltas al atardecer. 
Son vueltas más naturales, básicamente porque retornas con esa sensación melancólica del día que acaba. Esa sensación de mezcla entre los colores dorados que provoca el Sol ya bajo y las primeras luces eléctricas. El día, como tu, también se cansa y sientes que formas parte de un ciclo natural de nacimiento, desarrollo y lenta muerte. 
Es un rato de reflexión, es un rato de contemplación, es un rato casi de no pensar, sino más bien de transformar en un sentimiento un problema, una ilusión, una felicidad o también las infelicidades. Son momentos silenciosos en los que casi llegas a entender todo lo que pasa a tu alrededor, y simplemente te mimetizas en el momento, ese momento de declive del esplendor. Puedes elegir entre morir o refugiarte en el amparo de la noche próxima. 
Lo que más ansías es llegar a casa. Añoras tu hogar, una especie de refugio de la vida, tan llena de amenazas, tan llena de espacios diáfanos en los que tu te encuentras en medio, a merced del viento, del calor o el frío, de la lluvia o de las altas temperaturas. El día, lo ocurrido en él se antoja gastado, a veces hasta absurdo y otras irreal. 
Al. final se perfilan las paredes de tu castillo levantadas frente al mundo del que huyes, e imaginas el silencio dentro de él, e imaginas que ella, que tu esperas. Una sonrisa de bienvenida, un abrazo, un beso, ¿que mejor reconciliación con el sentido común? ¿qué mejor recompensa? Morir con el día, o descansar y esconderte de él durante la noche sólo depende de eso, de poder compartir el intervalo entre uno y otro. 
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1 noviembre 2009 7 01 /11 /noviembre /2009 19:21

A veces la vida hay que mirarla a través de un cristal de colores. Hay que decorarla, enmarcarla entre formas vegetales y mirarla desde detrás del cuadro. No tengo ganas de escribir, sólo de vivir. Y vivir sería estar ahora apoyándonos el uno en el otro, andando por las callejas, buscando un café, una copa de vino o a lo mejor una tempranera copa. 
Se me han acercado animales a robarme mi alimento mientras te esperaba. Un soleado mediodía en el que sólo me cabían ansias de verte, ansias calmas, regojico, felicidad, las cosas en su sitio, la vida tranquila, lo que debe de ser, lo que encaja y no ha de estar desencajado. Me siento tan lejos contigo, es tan lejano el viaje que me adentro en otro mundo del que nunca quiero volver. 
Hago tantas cosas distintas, y al mismo tiempo me parecen tan normales, más que eso, entrañables. Monto museos en las calles, te miro atendiendo a los viandantes, sea cual sea su condición.  Los veo lejanos, los siento ignorantes de lo que tu y yo encerramos. Si supieran que guardan esos colores, si supieran que hemos ido hablando en el coche antes de llegar ahí, si supieran como piensas, como sientes, si supieran todo eso sonreirían más, quizás consiguieran ser más felices. 
Un breve espacio de civismo, de formalidad, para perdernos en los colores de nuevo. Paseos, cena en aquel italiano, una copa, más tarde nos metemos en tu lugar en el espacio. Añadimos título mirando más colores y formas. El nuevo Paco con K, espero que no nos traiga problemas. Los locos al amanecer, tu de nuevo en el universo, yo dormido, la mañana, una maravillosa marea, ¿lo ha sido para ti? De nuevo a la calle, desayunando, te reconocen, te quiero, te amo, me siento tan orgulloso de ti, tan feliz, tan pleno. Paseo, vitrinas, miradas, asombros, nunca más un sábado a un museo, escapando de la muchedumbre, escondiéndonos, tirando fotos prohibidas, tu nerviosa, yo pleno. Me he sentido un bailarín, me he perdido con tu sintonía. Me pregunto si se puede ser más feliz, la respuesta es no, por lo tanto, no quepo en la que vivo. Un cuaderno, un libro, unos pendientes liados, una pulsera de cuero, que luego perdería a la vuelta. He sentido lastima, pero también infinitas ganas de tener, que tengamos  otra.  Unas fotos en la plaza.
El vagabundo que nos ve en la plaza, el que nos ve enamorados y decide escribir en nuestra libreta aquel poema. Tarde de sábado, perdidos entre familias y amigos, entre parejas, matrimonios y niños, unidos por encima, por entre ellos. 

Pasa inexorable la tarde. Un último café antes de separarnos. una última mesa que nos une, ninguna gana de irnos, como dos adolescentes tontos. Vuelta, más en silencio que hablando. Aquí estamos, tu allí, yo aquí, recordando esas horas que contigo, son días. 
 
 

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27 octubre 2009 2 27 /10 /octubre /2009 17:11
Te levantas por las mañanas y viene todo de golpe. Parece que cuando te pones en pie tu cerebro se balancea dentro del cráneo y se conectan los distintos enchufes de tu realidad. Superas ese primer encuentro con el pensamiento de un café, enchufas las noticias y poco a poco se va disipando la realidad que es sustituida por otra estúpida y vacía. Luego viene la ducha, el aseo personal, los dientes, la ropa que te pones y entonces comienzas a organizar en la cabeza tus deberes. La parte mecánica de tu cerebro empieza a funcionar y entonces recuerdas lo que tienes pendiente, pero en tu subconsciente, allá atrás, continua tu realidad más íntima acechante.
Afortunadamente, aún tengo un rato rústico antes de meterme en la gran urbe. Es un rato de guiños, de sugerencias de lo sencillo frente a lo sofisticado. Un rato para ni siquiera pensar, sino sólo sentirte un viajero de lo efímero, lo que dejas atrás todos los días, lo que no aprovechas o desechas. 
Hoy el día es duro. Parece que han caído del cielo coches hasta embotellar las calles. debe de ser que han empezado a fluir las nóminas hacia los conductores que rápidamente optan en gastar combustible. Pones música, oyes a los pedantes de la radio, pero básicamente te sientes solo y sientes soledad a tu alrededor. Ves solos y solas, abducidos por el día por delante. 
Tu espacio se reduce a los farolillos rojos del coche que te precede. El cien por cien de tu capacidad intelectual se concentra en intuir cuando toca avanzar. Tratas de adivinar qué ocurre delante. Sueñas con meter la quinta y llegar veloz a tu destino. Tu realidad se va disipando empujada por esta otra agresiva. Pero sigue ahí, latente, atrás, sigue agazapada y sin dimitir. 
Cuando llegas a tu lugar de trabajo siempre se encuentran espacios para el recuerdo y la melancolía. Tengo la suerte de disponer de rincones, de espacios irreales, pedazos de tiempo perdidos, escondidos, que tratan de pasar inadvertidos. E imaginas su entorno original y las historias que lo conformaban y te das cuenta de lo agarrotada que está tu imaginación. Así pasa el día, entre ires y venires, entre cordialidad profesional, entre normas cívicas, entre escapadas a este sitio para tratar de pensar un rato. Lo duro es la vuelta, cuando acaba lo que te entretiene, un día más de vacío, como los filetes del supermercado, un día más contigo, el alienado, te buscas, te acaricias, tratas de besarte de darte ánimos y algún consuelo, pero llegas a la conclusión que ni siquiera te quieres. 
 
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26 octubre 2009 1 26 /10 /octubre /2009 23:07
Sigo por mis calles en este Beirut de los negocios, negocietes y oportunidades. Reunión con una directora de marketing cuarentona, o casi cincuentona. Bromeando sobre la crisis, intentando pasar de ella pero, en el fondo, tomándose en serio toda esta pesadilla del bienestar. Tensamente preocupada, con sonrisa nerviosa como de felicidad encubierta en medio de un mundo conocido que se desmorona. Me pide mi opinión, ¿A mi? me parto de risa por dentro y pienso "si supieras lo que pienso yo de esta crisis" "¿que cojones me importa a mi esta crisis si jamás he creído en la expansión económica? Me limito a comer, a trabajar para obtener dinero con el que comer. ¿Qué quieres que te diga de la crisis? Estoy yo como para pensar en la crisis, como tengo pocas, encima me voy a ocupar en ésta que nadie sabe muy bien razonar. Parece flotar en este día azul caluroso en Madrid. Jodida crisis, jodido cambio climático, jodido silencio, jodida soledad en medio de una jornada de constantes relaciones y conversaciones. 
Hace un calor infernal. Las hojas no acaban de caerse. Otoño que es una primavera y, por lo tanto, nada está en su sitio pues lo que nos envuelve está loco y nos enloquece, o al menos lo hace conmigo. Andaba y pensaba si íbamos hacia junio o hacia noviembre. Un tiempo ambiguo y mentiroso. Un tiempo engañoso.  Andaba y pensaba si todo el mundo pensaría algo parecido a mi, o si acaso son ajenos al entorno y sólo se centran en su vida y en yo, yo, yo. Otoño que no es un otoño, y al menos es un alivio, pues no estoy disfrutando de él, sería horrible ver languidecer la exhuberante naturaleza del verano solo. Que estúpido día, que estúpido tipo. 
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