Overblog Seguir este blog
Administration Create my blog

Presentación

  • : Las Razones del Diablo
  • Las Razones del Diablo
  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
  • Contacto

Perfil

  • Fausto Lipomedes
  • Ni idea
  • Ni idea

Enlaces

9 octubre 2016 7 09 /10 /octubre /2016 21:29
Signos, avisos

He salido con mi bicicleta esta mañana. Un día maravilloso para montar en bici, Sol y una suave brisa. He disfrutado. A la vuelta, una ducha reconfortante. Después he comido y más tarde, me he hecho el perezoso hasta que no me ha quedado más remedio que ponerme a trabajar un rato.
Estaba sentado en mi silla, frente a la pantalla del ordenador, los pajaritos trinaban fuera. Todo es perfecto, pero de pronto una tremenda contracción ha emergido del interior de mi muslo izquierdo. Dura, tremenda, un dolor insoportable que me ha pillado a a traición. Trato de mover la pierna para buscar una posición que sea capaz de calmarla, pero no sirve. la contractura se agudiza y me obliga a arrastrar mi culo en la silla para conseguir casi tumbarme sobre ella. No funciona, el muslo parece que quiere explotar, es una pieza que no encaja, una parte rechazada por el organismo. Me reincorporo y pienso en tumbarme en les suelo, imposible, tampoco funciona. Comienzo a sudar, aquel dolor va a más, creo que no tiene solución. Pienso en mi muslo, es el izquierdo, el mismo lado del corazón ¿y si es mi corazón? que gilipollez. Me levanto, con la pierna tiesa, sudo como si estuviera haciendo un deporte a fondo. Trato de respirar, de acompasar las exhalaciones con las inhalaciones. Me apoyo contra la pared por los codos. Mi perra está detrás, como de madera, rígida, generando dolor. No sé que hacer. Recuerdo a mi perra, aquella vez que sufrió algo similar en su pata trasera. La pobrecita no sabía que hacer, a mi me ocurre igual. ¿A quién aviso? necesito ayuda. Estoy sólo, aprieto los dientes. El dolor ha llegado a su punto algido y ahora parece que empieza a mitigarse. Respiro aliviado, me da miedo moverme. Va pasando, el sudor me empapa la camiseta, increíble. Pasa, me relajo, he de ir a lavarme la cara. Signos, avisos.

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes
Comenta este artículo
4 octubre 2016 2 04 /10 /octubre /2016 00:15
Fachadas y patios

¿Pero quién eres?, ¿Cuál es la realidad que habita tu cabeza? ¿Quién eres cuando sales de casa y te empiezas a cruzar con gente y a relacionar con ella?y ¿Quién cuando vuelves a tu cueva? ¿Cuál de las dos eres más, la que sale o la que entra? ¿Lo has pensado alguna vez? ¿Eres la fachada que da a la calle o los patios interiores, el de los olores y las mudas colgadas? Ambos, fachada y patios, son la misma casa. ¿Y qué me dices del desequilibrio que ello causa?. Siempre me ocurre igual los lunes, es como un despertar, o quizás debería decir entrar en un sueño pesado que, a veces, está lleno de miedos, temores, nervios, apatías. Y también tiene sus ratos buenos, pero es cómo si siempre tuviera que convencerme de que quien soy fuera soy el que soy. Pero llego a casa, y en la mía reina el silencio, y quizás por ello me haga estas preguntas y, desde luego, no soy el mismo de fuera. Al final ¿eres realmente el que más tiempo interpretas? O acaso, interpretas por qué te aterra descubrir quien eres cuando estás solo, sin ninguna conducta social que asumir? Jodida cabeza.

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes
Comenta este artículo
28 septiembre 2016 3 28 /09 /septiembre /2016 22:02
Salamandras dormidas

Y me pregunto yo, ¿De dónde salen estas moscas tardías? Gordas y bobas algunas, otras más pequeñas y pizpiretas. Pesadas, reincidentes, tocando los cojones insistentemente, volviendo una y otra vez, descaradas, capaces de hacerme levantar de una dulce siesta, posándose en los cuchillos de mi cocina, en los bordes de mi taza de café, revoloteando mientras me preparo la cena, que me exigen estar nervioso protegiendo mis alimentos mientras los preparo. ¿De dónde salen estas solitarias moscas de última hornada?
Tengo distintos bichos voladores por mi casa, bichos con alas, solitarios e insolentes, pequeñas polillas, bichillos negros cuya insolencia levanta mis simpatías y las moscas, cuatro moscas cabezonas, como algunos seres humanos.
Lo curioso es que no me han molestado durante todo el verano. También es cierto que una familia entera de salamandras vivía conmigo, y ya se encargaba este núcleo familiar de poner en marcha la teoría de la cadena alimenticia dentro de mi hogar, de lo cual, yo, otro animal, me beneficiaba. Pero mis salamandras han desaparecido, o se han ido. Pero no, creo que ya están dormidas, pues las salamandras viven en un radio de acción relativamente pequeño, por lo que es fácil poder observarlas, más o menos, siempre por los mismo lugares. Y más animales vienen regularmente al hogar. Mis gatos callejeros todas las noches, las colonias de hormigas con sus tortuosas rutas que procuro no pisar, los solitarios escarabajos con sus andares reumáticos, lagartijas, saltamontes, grillos; las golondrinas llegarán por primavera.

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes
Comenta este artículo
26 septiembre 2016 1 26 /09 /septiembre /2016 23:35
Un sótano reconfortante

Y me pilla mi cumpleaños en la oscuridad de la terraza, cambiando las mangueras del agua para poder regar mi ciruelo que ya ha dado pequeñas ciruelas. Acabo de dar de comer a los gatos callejeros que también se han acercado a casa. Muchos años, demasiados, y que rápidos han transcurrido.
A veces recuerdo todo lo que he sido, la variedad de papeles que he representado, con qué esfuerzos y siempre con el mismo objetivo: sobrevivir. A pesar del gran número de circunstancias, también tengo la impresión de que siempre he sido el mismo, por lo que no es extraño que haya momentos que me aburra de mi mismo. No, no, aún no vivo de los recuerdos, ni me da por rememorar el pasado. Sigo mirando el futuro como algo inmenso, como algo incierto en el que he de encontrar mi lugar. Jaja, creo que moriré pensando lo mismo, que tengo aún futuro, aunque no crea en el más allá. Años, jodidos años, sólo envidio la fortaleza de los más jóvenes, las ganas de hacer cosas que proporciona lo aún no vivido, pero también me daría pereza volver a vivir lo vivido, pues casi siempre a todo el mundo le ocurre lo mismo, y sólo la gente extraordinaria vive cosas extraordinarias, que no es mi caso. En fin, años, escalones hacia el sótano y lo reconfortante que sea, depende de uno mismo.

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes
Comenta este artículo
25 septiembre 2016 7 25 /09 /septiembre /2016 22:19
Un tiempo quieto

Casi dos meses después regreso a por las bicicletas que hube de dejar en Portugal. Ha sido un viaje duro. Muchos kilómetros de ida, y con el estrés de los mismos kilómetros de vuelta, que había que hacer en un tiempo limitado.
El coche enfiló la carreterita y enseguida reconocí el pequeño grupo de casas humildes, portuguesas, con sus seres silenciosos, sonrientes, de voz tenue.
Aparco con los neumáticos rechinando contra la gravilla y enseguida emergen aquellas gentes con su afable semblante. Invitan a entrar a su morada, pero declino el ofrecimiento. Preparo el coche y me dirijo a por las bicicletas. Me dicen que las han cambiado de lugar, las han guardado bajo llave en un pequeño cobertizo donde almacenan cebollas, tomates, puerros, judías, pimientos y un gran número de verduras del campo.
Allí están las bicis, algo sucias, quietas y mudas. Las saco poco a poco, una detrás de otra. Se muestran cansadas de esperar. Las llevo junto al coche y desato de ellas las alforjas de viaje. Las abro para poder ordenar un poco lo que hay dentro, ya que nos fuimos de allí deprisa y corriendo. Y al hacerlo, emergen las cosas tal y como quedaron hace dos meses. Y con las cosas emergen también momentos, situaciones. El tiempo se detiene alrededor y todo parece silenciarse dejándome sentir lo que sentía dos meses atrás. Un trozo de tiempo parado en el tiempo, un trozo de tiempo que estaba aparcado en vía muerta y que pregunta ahora ¿qué vas a hacer conmigo? Triste, estoy triste. Subo las bicis. Ha llegado el hijo de los guardeses de las bicis. Un tiraron tan afable como sus padres. Me despido y salgo de allí con ese pedazo de tiempo quieto, silencioso, en la parte trasera del automóvil.

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes
Comenta este artículo
20 septiembre 2016 2 20 /09 /septiembre /2016 23:41
Amigos Inservibles

Hace tres o cuatro días que un pequeño trocito de papel plateado descansa en el suelo de la entrada de casa, justo a los pies del mueble recibidor (que cursi soy, mueble recibidor, y el pobre no dice nada cuando alguien llega). Bien, sigamos. Ahí está ese pequeño trocito de papel plateado. Parece haber encontrado un buen acomodo sobre la baldosa de cerámica del suelo, parece cómodo y descansa. Yo salgo, entro, cruzo de una habitación a otra pasando por el recibidor y no puedo dejar de ver el papelillo allá abajo. Lo normal sería agacharme rápidamente, agarrar el papelito y tirarlo a la basura. Pero no, no hago eso. Cada vez que lo veo, de reojo o de frente, lo pienso, pero ignoro la puñetera razón por la que ese papelito sigue habitando, en el suelo, conmigo.
El sábado pasado decidí, después de un ejercicio de concentración muy potente, colgar de la pared un artilugio para, a su vez, colgar mis bicicletas. Desplegué mis herramientas, busqué brocas, una escalera, una hoja para poner en el suelo y que recogiera todo el polvo y el yeso que se iba a desprender de la pared, la taladradora, tacos, tornillos; en definitiva, todo un ejército de artilugios para colgar una estructura tubular bastante simple que venía desmontada en una caja. Tardé casi una hora (ya he de tener cuidado al subir o bajar de la escalera), hice un agujero excesivamente grande y lo hube de rellenar con pasta de dientes, pensé en soluciones, volví a taladrar, martillear los tacos…por fin mi cacharro estaba bien sujeto a la pared. Pacientemente recogí todo, lo ordené, lo guardé, recogí mi hoja de papel e incluso pasé la fregona para que el suelo no mostrará residuo alguno de mi obra, pero la caja en la que venía mi artilugio lleva tres días sobre la mesa, inservible.
Y lo mismo ocurre con celofanes que cubren el fuet, con las bolsas que contienen los biscotes una vez que ya los he consumido, una cucharilla con la que esparcí mermelada sobre un trozo de pan. ….Tranquilos, un día como un tsunami, rápido, casi con ansia, decido echar a la basura a mis compañeros inservibles.

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes
Comenta este artículo
3 agosto 2016 3 03 /08 /agosto /2016 21:28
Buena gente



Ignoro la razón por la que cuando me encuentro con buena gente siempre me asombro. Igual porque estoy acostumbrado a relacionarme con gente poco sencilla o porque las personas con las que trato, lo hacen a través de una relación comercial o contractual.

Vamos en bicicleta recorriendo la costa portuguesa. Hemos dejado atrás caminos de tierra que recorren acantilados y hemos virado hacia el interior. Nos adentramos en un bosque a través de una carretera preciosa, serpenteante. Tiene duras rampas, pero también bajadas que te permiten tomar aire y deslizarte en contacto con todo lo que hay a tu alrededor. Viajar en bicicleta es casi una velocidad perfecta para que nada escape a tus sentidos.

He aquí que de la montura mecánica se baja una persona para ajustar sus pertrechos. He aquí que para eliminar los riesgos de permanecer en la calzada, decide salir de ella. He aquí que cuando vuelve a montar e intenta subir el escalón del asfalto de la carretera desde el arcén, su rueda resbala. He aquí que su bici se tumba hacia la izquierda y he aquí que en el intento de recuperar la máquina, pisa mal y se retuerce un tobillo.

Aún así decide subir a su montura y seguir pedaleando con el afán de no dar protagonismo a aquel pequeño contratiempo físico, a veces funciona. Pero cuando hemos superado el pequeño puerto de montaña, aquel tobillo se ha hinchado de manera descomunal y el dolor comienza a ser irritante.

La situación es un tanto extraña. Estamos en medio de la nada. Paramos. Sacamos una venda del botiquín de campaña y envolvemos aquel tobillo. Volvemos a las monturas, pero es imposible, hay que buscar una solución y rápido. No pasan coches y estamos en medio de un páramo y a diez kilómetros de la localidad más cercana, así que imposible plantearse poder llegar hasta ella.

Seguimos un poco más, esperando ver un bar, un restaurante donde solicitar ayuda. Pero no hay nada, sólo casitas bajas de labranza. Y la ciclista no se lo piensa dos veces, abandona la carretera y enfila hacia una de esas casitas pequeñas, casi diría que de gente pobre.

De ella emergen tres señoras, casi abuelas. Nos miran asombradas y en sus caras se ve claramente extrañeza, pero en ningún momento hay desconfianza o recelos. Por signos, por mímica, por palabras sueltas identifican rápido el problema. Enseguida hay hielo, enseguida una silla dentro de la casa para la ciclista, enseguida lamentos y palabras de consuelo. Son mujeres de campo, duras, pero a la vez dulces y maternales. Casi deseo que me abracen y me acaricien, con esa ternura con que lo hacía mi abuela.

Solicito poder enchufar mi teléfono móvil para que se recargue mi batería. Sin problemas, desenchufan una tostadora para que puedo introducir mi clavija. También pido agua para rellenar mi bidón. Sin problemas. Me dirijo hacia el grifo del fregadero, pero me frenan y me sacan un bidón de agua mineral. Aparece un hombre mayor, se suma al grupo. Sonríe con la situación. No se extraña de ver a gente que no conoce en su casa. examina aquel tobillo hinchado, hace un gesto que quiere decir que lo ve mal.

Hemos de ir a un centro médico. Enseguida lo entienden. Nos indican que el hospital más cercano está a 20 kilómetros. Hay que pedir un taxi. No hay problema. Ofrezco mi móvil, pero lo rechazan. Una de las abuelas saca el suyo, arcaico, y habla ya con un taxista. Intenta que sea una furgoneta para que pueda llevar también las bicis, pero es imposible, y bien pensado, ¿qué hacemos con las bicis una vez que estemos en el hospital? Les decimos si tienen inconveniente en guardarnos las bicis hasta que podamos recogerlas. Tampoco hay problema, abren un cobertizo y allí las metemos.

Y allí siguen, días después, esperando poder ir a por ellas y darles las gracias, tantas gracias a esas gentes, tan sencillas, tan amables, tan entrañables, tan capaces de facilitarte las cosas en los momentos complicados.



Repost 0
Published by Fausto Lipomedes
Comenta este artículo
16 julio 2016 6 16 /07 /julio /2016 00:50

El Sol declina, el Sol se esconde, el Sol se pone
Y tu lo observas, te preguntas, y te respondes.
Cansado el día, dorado el campo , el polvo frío en el sendero y te imaginas, al otro lado, un nuevo día, otro horizonte.
Cansado el día, el Sol estalla, y tu caminas, cabeza baja. el Sol naranja, y a tus espaldas lo tonos morados de la apatía.
Y es tan bello aquel momento que quieres que se termine, que no sea eterno.
Y ahora miras y el Sol ya ha muerto, del más allá, luz mortecina que apaga los colores.
Oscureciendo, la grava rechina, son tus pisadas hacia la noche.

Ver comentarios

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes
Comenta este artículo
5 julio 2016 2 05 /07 /julio /2016 00:35
Y no sé qué

De vez en cuando he de irme. Digo que me voy y salgo. Normalmente ando y alguna vez que otra me siento en alguna terraza discreta, solo, en una mesa.
Si mi perra va conmigo la ato a la pata de mi silla, y normalmente se tumba bajo la mesa, paciente con mi reflexión, que suele durar lo que dura un café.
Hoy lo he hecho. Simplemente lo hago para asegurarme un espacio de tiempo en el que nadie me pregunte nada,y es que, a veces, no me apetece hablar.
Hay dos mujeres unas mesas más allá. Pretendo no hacerlas ni caso, pero hablan tan alto que no es posible no inmiscuirte en los asuntos de los demás por muy carentes de interés que sean. La verdad que el personal malgasta vida y gasta planeta, desaforadamente, sin objetivo ni sentido alguno.
Es una mujer de unos cincuenta que le cuenta algo a otra mujer, que por la edad que creo que tiene, bien pudiera ser su madre. Le cuenta cosas a través de su smartphone, o sea, gráficamente, lo cual ya implica que no hay capacidad alguna de interiorizar en el relato, pues la fotos, son esas estúpidas imágenes de familia que se hacen a cientos, sin saber muy bien la razón. Le muestra las fotos de una graduación, esa jilipollez importada de los USA que también hemos adoptado. Si no teníamos suficiente con los increíbles espectáculos circenses de bodas y bautizos, llegaron las putas graduaciones norteamericanas.
Parece que es la graduación de su hija. En una foto está con un tipo, con pinta de memo. Ella dice: Mira este hombre, tan grandón, pues no para de reírse con él.
Y al oír esto pienso en los importante, en lo vital que es para una mujer que un hombre le haga reír. El problemas es que algunos de esos hipopótamos simplemente son graciosos, de chiste absurdo y sin sentido, pero ellas, mimetizadas con España Directo, es decir con su cerebro rebajado hasta el límite mínimo operativo, no paran de reírse.
Sigue pasando fotos con el dedito deslizándose por la pantalla. La madre creo que está hasta los cojones del asunto, pero ahí sigue la mujer.
..Y entonces le dijo que le llevaría a Japón, sí, sí, tu a Japón conmigo, como guardaespaldas, y el crío dijo guauu!!! y estaba muy contento y no sé qué……, sigue diciendo la mujer del teléfono.
Y entonces pienso en la cantidad de veces que oigo el término y no sé qué cuando se narra algo. No sé qué. La hostia, estás contando algo y haces paréntesis que rellenas de nada con el famoso, y no sé qué.
¿Qué significa y no sé qué? ¿que no has prestado atención? ¿qué lo que decían te importaba un pimiento? ¿significa que ocultas algo, tus propios miedos y errores?
El mundo está lleno de y no sé qué, y es que cada día, cada semana, cada mes, cada año, el mundo es más simple, más loco, sin rumbo, a ver hasta dónde llegamos, será un abismo, luego nos precipitaremos por él.

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes
Comenta este artículo
3 julio 2016 7 03 /07 /julio /2016 23:00
Humanos

He vuelto a salir con la bici. creo que podría dedicar el resto de mis días a recorrer el mundo en mi bici, viendo al resto de los humanos como habitantes anónimos de los lugares por los que fuera pasando. Así, sólo tendría con ellos una relación efímera. Me mirarían, divagarían entre ellos sobre mi origen, de dónde vengo, porque estoy allí un día laborable en medio del otoño. Apenas me prestarían atención, alguno me preguntaría mi nombre, pero podría darle cualquiera, podría ser quien quisiera, inventar las historias que desease sobre mi procedencia u origen, porque jamás estaría el tiempos suficiente, en ningún lugar, para que pudieran verificar mis historias. Quizás, en algún sitio donde nadie se preocupase de nadie, donde nadie quisiese hacer imperar sus normas, donde todo el mundo se respetase, procurase lo mejor para los demás, quizás, allí me quedara.


Vuelvo con mi bici, abro el protón a mi perra, ve un gato y se lanza a por él, me hace gracia, los gatos se escabullen colándose entre las vallas y verjas de las parcelas y mi perra, siempre llegará tarde.
En ese momento se abre una verja y sale una pareja de la parcela contigua. Ella dice: uy, un perro suelto. No, digo yo casi gritando, no está suelto, es mío. Llamo a mi perra, viene obediente, nos metemos en casa. Esto entrando cuando él (larguirucho, cara enjuta, cabeza de cura estudioso de teología), viene decidido hacia mi. Eh!, perdona, sabes que el perro se lanza a por los gatos. Sí, claro respondo, todos los perros lo hacen, le añado sonriendo, si no, mal asunto, le acabo de decir.
Ya, pero el perro está suelto, dice el cura insistiendo. Sí, al igual que el gato.
Pero como vas a comparar un gato con un perro.
Bueno los dos son animales de compañía, le respondo.
Me da la espalda y se va, le veo marcharse, maldiciendo.
No te jode, pienso, el jodido larguirucho.
La casualidad quiere que vuelva con el coche un par de horas más tarde, y al pasar por delante de su casa, su gato, suelto, esté en medio de la calle. El me hace aspavientos con las manos, al mismo tiempo que trata de que el gato salga de la calzada. Me mira, le miro, voy a una velocidad suficientemente moderada para frenar si el gato se mete bajo el coche, pero no es así. Le vuelvo a sonreír desde le coche y sé que me odia en esos momentos.
Ni puto caso, déjame en paz jodido humano.

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes
Comenta este artículo