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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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24 octubre 2016 1 24 /10 /octubre /2016 23:14
Supervivencia

Hoy he vuelto a comer con una amiga de la que ya os hablé hace años. Tiene mi edad. No, según me he enterado hoy tres o cuatro menos. Siempre creí que tenía mi edad, así que no sé si es que llegados a cierta frontera, lo femenino se quita años. En lo masculino, es tan evidente nuestro deterioro, que no nos queda otra que reconocer nuestras anualidades y, casi forzosamente, relatar nuestras limitaciones, de todos conocidas.
Mi amiga sigue con ese aspecto de muñeca/mujer de principios de siglo, los felices años veinte diría yo, el modernismo, y siempre me la imagino con una cinta negra de terciopelo cruzando su frente y rodeando su cabeza y una pluma o un adorno al modo indio. La imagino fumando con una larga boquilla que sostiene entre sus dedos, enguantados (hasta los codos), y sus labios rojos. Los ha llevado así, ahora ya no se los pinta. Mi amiga de los felices 20 parece estática en el tiempo y, sinceramente, no sé porque, pero creo que me ha engañado con respecto a sus años, pero lo he dejado pasar si ella es feliz así. Como siempre he otorgado una gran inteligencia al sexo femenino, he deducido que sus razones tendrá para ello, no creo que sólo se deba a coquetería.
Ha comenzado a trabajar en una empresa de hombres y mujeres más jóvenes que ella, y he deducido que ha emergido el espíritu de la cueva, la necesidad de sobrevivir y adecuarse a las circunstancias, por lo que ha comenzado a quitarse años, o, al menos, a congelarlos.
La conversación no ha sido tan intensa como otras veces, puede que en realidad se crea más joven que yo y me vea ya como un pre-abuelo, o quizás no soporte mi crítica desgarrada del ahora.
Bolleras del mundo, ¿Para qué cojones queréis pareceros a los hombres? Sed bolleras, pero conservad esa ductilidad, esa capacidad de expansión de contracción, de dilatación de lo femenino, frente a la estrechez y la rigidez pedante de lo masculino. Por algo será que siempre morimos antes.

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17 octubre 2016 1 17 /10 /octubre /2016 23:54
Caducidad

¿Sabéis que es un sector? Puede referirse a diversas cosas, a la parte de un círculo, a una región de los planos cartesianos, a un trozo de una totalidad. Pero no, yo hablo de un sector económico, es decir, una agrupación de hombres y mujeres que crean empresas y todo tipo de entes en torno a los cuales se organizan y encuadran para vender cosas y que, para ello, intenta mantener una buena relación con los legisladores.
Además de ello, los hombres del sector confabulan entre ellos para crear expectación hacia aquello que venden, aunque muchas veces lo que venden no sirva para nada, o aunque lo que vendan sea un producto transitorio, redundante, de poco recorrido y prescindible.
Yo formo parte de un sector, colateralmente. Soy un eslabón de una sinuosa cadena que se distribuye el dinero que ella misma crea mediante mecanismos simples y bastante rudimentarios. Soy un eslabón pequeño pero no por ello menos importante, yo diría que imprescindible para vocear, gritar y hacer llegar a los compradores la oferta, debidamente aliñada con atributos maravillosos e impactantes.
Cuando lo que hay que vender no sirve para nada, lo mejor es crear esa necesidad o advertir de los recónditos peligros, de los oscuros abismos infinitos por los que se precipitarán aquellos que no compren aquello. Como consecuencia, los hombres y mujeres de este sector celebran su capacidad de engaño y se enorgullecen y entre ellos se dan premios que reconocen sus atributos de vendedores de whisky barato; premios que recogen en salones de lujo, de hoteles de lujo, entre falsos elogios, risas y aspavientos, todos ellos hipócritas y cargados de envidia.
Todos sabemos en este sector que un gran porcentaje de lo que creamos es mentira, y todos sabemos que a lo que dedicamos nuestras vidas no es cierto. Además, lo que vendemos, ni siquiera lo creamos nosotros, normalmente viene de reinos lejanos, donde lo inventan. Todos en este sector sabemos que creamos necesidades que no existen, y todos sabemos que lo único que no es prescindible es el dinero que aquella falacia crea.
En este sector no hay caballeros ni damas, es un sector sin categoría pues aglutina a charlatanes y charlatanas que interpretan imposturas. Frustrados y frustradas que fueron despertados de un sueño que les llevaba hacia la nobleza, inútiles, vagos, moscones revoloteantes y pastosos, actores de la nada, hombres y mujeres que se miran al espejo y sólo piensan en qué efecto causarán a los demás. En este sector la forma de vida, no la mía, está basada en la apariencia puntual de lo que se hubiera querido que fuera habitual. Una vida de cartón basada en la moda, los coches excesivamente caros, gemelos, corbatas, pendientes, zapatos y medias, creados para otro mundo de inmortales. Un sector consumidor compulsivo de otros sectores que venden lujo, un sector necesitado de psicólogos, psiquiatras, centros de relajación, hoteles paradisíacos, vuelos nocturnos, spas, alcohol, locales de moda, Shoppers, entrenadores personales, gimnasios, raquetas de paddle, terapias musculares, sesiones de belleza, rayos UVA y un montón de inutilidad más, entre las que destaca la comida en restaurantes de lujo a precios desorbitados.
Este es un sector absurdo, un sector que simplemente genera dinero para poder despilfarrarlo. Supongo que es la actitud típica de los sectores improductivos y que no dejan huella alguna, más que el recuerdo de unos hechos minúsculos y atrofiados, que se expresan en hojas de cálculo que sólo viven un trimestre. Este sector vive pegado a un teléfono que se suele llevar en la mano derecha; siempre el último modelo, pues forma parte del consumo desenfrenado, y una maleta con ruedas que se arrastra con la mano izquierda y que va, resignadamente, a donde quiera que va su amo.
Este sector no lee poesía, tampoco prosa, acaso sólo best-seller de tapa dura con contenidos ligeros basados en las coordenadas narrativas de cualquier dibujo animado o película juvenil, pero con personajes maduros. Este sector no ama la Historia, pues no la conoce, es tan pedante que los hombres y mujeres que lo conforman desprecian el pasado, sólo viven el presente y un futuro tan cortoplacista que sólo es un breve apéndice hacia adelante de lo diario. Además, ellos se creen los protagonistas de su historia ridícula. Este sector morirá pronto. Lo pude comprobar hace unas semanas, pero eso es otro relato. Este sector ha envejecido sin nada a lo que agarrarse, pues nada que haya creado ha sido sólido, sólo vendía y trata de seguir haciéndolo, caducidad, y eso es sólo un presente sin futuro alguno.

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16 octubre 2016 7 16 /10 /octubre /2016 20:22
Límites

Ayer me trajeron más de una tonelada de leña. Nada más marcharse el hombre joven, de Toledo y bolo, me froté las manos pensando en toda la labor que tenía por delante. Debía de llevar los troncos, uno a uno, desde la rampa donde los había volcado el camión, hasta la leñera, distante unos doce metros y con tres escalones por medio. La mañana era maravillosa. Fresquita, pero con Sol. En teoría mi hijo hijo vendría después de comer para ayudarme a trasladar la madera, pero me puse manos a la obra con al esperanza de haber colocado la mayor parte de ella para cuando él llegara. Sin embargo, poco a poco, fui trasladando mi futuro calor a su lugar, como un viejo leñador. Ya he hecho esta tarea otras veces y sabía de su dureza, por lo tanto, y dados mis años y las limitaciones ya de mi cuerpo, esperaba las primeras señales de dolor,, bien fuera en la espalda, en los brazos, en la cintura o, incluso, en mis piernas, pues unos días antes un terrible tirón en mi muslo izquierdo me había llevado hasta, creo, el limite del dolor consciente.
Sin embargo, pasaban los minutos, los diez minutos, los cuartos de hora, las medias horas y la hora. Miré la montaña de madera que aun estaba pendiente de apilar. Ya había descendido notablemente y por mi mente pasó la idea de colocarla yo solo, así podría evitar a mi hijo tan tediosa tarea y demostrarme a mí mismo que aun tengo fuerza suficiente para una labor como ésta, y de un tirón.
A las dos horas, y viendo mi ritmo, decidí mandar un mensaje al chaval diciéndole que la leña ya la tenía controlada. Ahora sí que sí, y aunque me diera algún tirón, debería de acabar con aquello.
Y lo acabé.
Mi hijo vino por la tarde a pesar de todo, lo que me alegró, y yo me movía como un hombre al que acabaran de quitar una escayola que hubiera cubierto todo su cuerpo, durante un temporada.
No satisfecho, hoy he agarrado la bicicleta y a recorrer mundo durante dos horas y media. No sé porque, sentía la necesidad de saber hasta donde puede aguantar mi cuerpo. Al final, a esta hora, bajo una escalera y me duelen hasta los tobillos, pero intuyo que todo ello es bueno, aunque sinceramente, no estoy muy seguro de ello.
Los años. Los jodidos años que nunca habían sido motivo de preocupación en mi vida, ahora comienzan a serlo, y no por motivos estéticos o de aspecto, sino porque me aterran las limitaciones físicas, restan libertad.
Nunca pensé que fuera a vivir y a sentir el deterioro del organismo. Jamás he padecido crisis por la edad, ni a los treinta, ni a los cuarenta, ni siquiera a los cincuenta, pero, ya más cerca de los sesenta que de los anteriores, creo estar sumido en la consciencia del limite. No quiero ser patético, no quiero jugar a juventud externa si mi interior tiene miedo, si mi mente ya no es tan ágil y carece de la fortaleza que en su día tuvo. Ya, ya, me diréis que aun soy joven, pero creedme, no lo soy, joven sólo lo fui una vez.
Jodida vida, creo que jamás me acomodé a ella, nunca he sabido qué hacía yo aquí y ahora, aun menos. Antes podía eludirla, incluso burlarme de ella, pero ella, paciente, ha empezado a aplastarme, la muy maldita.

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9 octubre 2016 7 09 /10 /octubre /2016 21:29
Signos, avisos

He salido con mi bicicleta esta mañana. Un día maravilloso para montar en bici, Sol y una suave brisa. He disfrutado. A la vuelta, una ducha reconfortante. Después he comido y más tarde, me he hecho el perezoso hasta que no me ha quedado más remedio que ponerme a trabajar un rato.
Estaba sentado en mi silla, frente a la pantalla del ordenador, los pajaritos trinaban fuera. Todo es perfecto, pero de pronto una tremenda contracción ha emergido del interior de mi muslo izquierdo. Dura, tremenda, un dolor insoportable que me ha pillado a a traición. Trato de mover la pierna para buscar una posición que sea capaz de calmarla, pero no sirve. la contractura se agudiza y me obliga a arrastrar mi culo en la silla para conseguir casi tumbarme sobre ella. No funciona, el muslo parece que quiere explotar, es una pieza que no encaja, una parte rechazada por el organismo. Me reincorporo y pienso en tumbarme en les suelo, imposible, tampoco funciona. Comienzo a sudar, aquel dolor va a más, creo que no tiene solución. Pienso en mi muslo, es el izquierdo, el mismo lado del corazón ¿y si es mi corazón? que gilipollez. Me levanto, con la pierna tiesa, sudo como si estuviera haciendo un deporte a fondo. Trato de respirar, de acompasar las exhalaciones con las inhalaciones. Me apoyo contra la pared por los codos. Mi perra está detrás, como de madera, rígida, generando dolor. No sé que hacer. Recuerdo a mi perra, aquella vez que sufrió algo similar en su pata trasera. La pobrecita no sabía que hacer, a mi me ocurre igual. ¿A quién aviso? necesito ayuda. Estoy sólo, aprieto los dientes. El dolor ha llegado a su punto algido y ahora parece que empieza a mitigarse. Respiro aliviado, me da miedo moverme. Va pasando, el sudor me empapa la camiseta, increíble. Pasa, me relajo, he de ir a lavarme la cara. Signos, avisos.

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4 octubre 2016 2 04 /10 /octubre /2016 00:15
Fachadas y patios

¿Pero quién eres?, ¿Cuál es la realidad que habita tu cabeza? ¿Quién eres cuando sales de casa y te empiezas a cruzar con gente y a relacionar con ella?y ¿Quién cuando vuelves a tu cueva? ¿Cuál de las dos eres más, la que sale o la que entra? ¿Lo has pensado alguna vez? ¿Eres la fachada que da a la calle o los patios interiores, el de los olores y las mudas colgadas? Ambos, fachada y patios, son la misma casa. ¿Y qué me dices del desequilibrio que ello causa?. Siempre me ocurre igual los lunes, es como un despertar, o quizás debería decir entrar en un sueño pesado que, a veces, está lleno de miedos, temores, nervios, apatías. Y también tiene sus ratos buenos, pero es cómo si siempre tuviera que convencerme de que quien soy fuera soy el que soy. Pero llego a casa, y en la mía reina el silencio, y quizás por ello me haga estas preguntas y, desde luego, no soy el mismo de fuera. Al final ¿eres realmente el que más tiempo interpretas? O acaso, interpretas por qué te aterra descubrir quien eres cuando estás solo, sin ninguna conducta social que asumir? Jodida cabeza.

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28 septiembre 2016 3 28 /09 /septiembre /2016 22:02
Salamandras dormidas

Y me pregunto yo, ¿De dónde salen estas moscas tardías? Gordas y bobas algunas, otras más pequeñas y pizpiretas. Pesadas, reincidentes, tocando los cojones insistentemente, volviendo una y otra vez, descaradas, capaces de hacerme levantar de una dulce siesta, posándose en los cuchillos de mi cocina, en los bordes de mi taza de café, revoloteando mientras me preparo la cena, que me exigen estar nervioso protegiendo mis alimentos mientras los preparo. ¿De dónde salen estas solitarias moscas de última hornada?
Tengo distintos bichos voladores por mi casa, bichos con alas, solitarios e insolentes, pequeñas polillas, bichillos negros cuya insolencia levanta mis simpatías y las moscas, cuatro moscas cabezonas, como algunos seres humanos.
Lo curioso es que no me han molestado durante todo el verano. También es cierto que una familia entera de salamandras vivía conmigo, y ya se encargaba este núcleo familiar de poner en marcha la teoría de la cadena alimenticia dentro de mi hogar, de lo cual, yo, otro animal, me beneficiaba. Pero mis salamandras han desaparecido, o se han ido. Pero no, creo que ya están dormidas, pues las salamandras viven en un radio de acción relativamente pequeño, por lo que es fácil poder observarlas, más o menos, siempre por los mismo lugares. Y más animales vienen regularmente al hogar. Mis gatos callejeros todas las noches, las colonias de hormigas con sus tortuosas rutas que procuro no pisar, los solitarios escarabajos con sus andares reumáticos, lagartijas, saltamontes, grillos; las golondrinas llegarán por primavera.

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26 septiembre 2016 1 26 /09 /septiembre /2016 23:35
Un sótano reconfortante

Y me pilla mi cumpleaños en la oscuridad de la terraza, cambiando las mangueras del agua para poder regar mi ciruelo que ya ha dado pequeñas ciruelas. Acabo de dar de comer a los gatos callejeros que también se han acercado a casa. Muchos años, demasiados, y que rápidos han transcurrido.
A veces recuerdo todo lo que he sido, la variedad de papeles que he representado, con qué esfuerzos y siempre con el mismo objetivo: sobrevivir. A pesar del gran número de circunstancias, también tengo la impresión de que siempre he sido el mismo, por lo que no es extraño que haya momentos que me aburra de mi mismo. No, no, aún no vivo de los recuerdos, ni me da por rememorar el pasado. Sigo mirando el futuro como algo inmenso, como algo incierto en el que he de encontrar mi lugar. Jaja, creo que moriré pensando lo mismo, que tengo aún futuro, aunque no crea en el más allá. Años, jodidos años, sólo envidio la fortaleza de los más jóvenes, las ganas de hacer cosas que proporciona lo aún no vivido, pero también me daría pereza volver a vivir lo vivido, pues casi siempre a todo el mundo le ocurre lo mismo, y sólo la gente extraordinaria vive cosas extraordinarias, que no es mi caso. En fin, años, escalones hacia el sótano y lo reconfortante que sea, depende de uno mismo.

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25 septiembre 2016 7 25 /09 /septiembre /2016 22:19
Un tiempo quieto

Casi dos meses después regreso a por las bicicletas que hube de dejar en Portugal. Ha sido un viaje duro. Muchos kilómetros de ida, y con el estrés de los mismos kilómetros de vuelta, que había que hacer en un tiempo limitado.
El coche enfiló la carreterita y enseguida reconocí el pequeño grupo de casas humildes, portuguesas, con sus seres silenciosos, sonrientes, de voz tenue.
Aparco con los neumáticos rechinando contra la gravilla y enseguida emergen aquellas gentes con su afable semblante. Invitan a entrar a su morada, pero declino el ofrecimiento. Preparo el coche y me dirijo a por las bicicletas. Me dicen que las han cambiado de lugar, las han guardado bajo llave en un pequeño cobertizo donde almacenan cebollas, tomates, puerros, judías, pimientos y un gran número de verduras del campo.
Allí están las bicis, algo sucias, quietas y mudas. Las saco poco a poco, una detrás de otra. Se muestran cansadas de esperar. Las llevo junto al coche y desato de ellas las alforjas de viaje. Las abro para poder ordenar un poco lo que hay dentro, ya que nos fuimos de allí deprisa y corriendo. Y al hacerlo, emergen las cosas tal y como quedaron hace dos meses. Y con las cosas emergen también momentos, situaciones. El tiempo se detiene alrededor y todo parece silenciarse dejándome sentir lo que sentía dos meses atrás. Un trozo de tiempo parado en el tiempo, un trozo de tiempo que estaba aparcado en vía muerta y que pregunta ahora ¿qué vas a hacer conmigo? Triste, estoy triste. Subo las bicis. Ha llegado el hijo de los guardeses de las bicis. Un tiraron tan afable como sus padres. Me despido y salgo de allí con ese pedazo de tiempo quieto, silencioso, en la parte trasera del automóvil.

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20 septiembre 2016 2 20 /09 /septiembre /2016 23:41
Amigos Inservibles

Hace tres o cuatro días que un pequeño trocito de papel plateado descansa en el suelo de la entrada de casa, justo a los pies del mueble recibidor (que cursi soy, mueble recibidor, y el pobre no dice nada cuando alguien llega). Bien, sigamos. Ahí está ese pequeño trocito de papel plateado. Parece haber encontrado un buen acomodo sobre la baldosa de cerámica del suelo, parece cómodo y descansa. Yo salgo, entro, cruzo de una habitación a otra pasando por el recibidor y no puedo dejar de ver el papelillo allá abajo. Lo normal sería agacharme rápidamente, agarrar el papelito y tirarlo a la basura. Pero no, no hago eso. Cada vez que lo veo, de reojo o de frente, lo pienso, pero ignoro la puñetera razón por la que ese papelito sigue habitando, en el suelo, conmigo.
El sábado pasado decidí, después de un ejercicio de concentración muy potente, colgar de la pared un artilugio para, a su vez, colgar mis bicicletas. Desplegué mis herramientas, busqué brocas, una escalera, una hoja para poner en el suelo y que recogiera todo el polvo y el yeso que se iba a desprender de la pared, la taladradora, tacos, tornillos; en definitiva, todo un ejército de artilugios para colgar una estructura tubular bastante simple que venía desmontada en una caja. Tardé casi una hora (ya he de tener cuidado al subir o bajar de la escalera), hice un agujero excesivamente grande y lo hube de rellenar con pasta de dientes, pensé en soluciones, volví a taladrar, martillear los tacos…por fin mi cacharro estaba bien sujeto a la pared. Pacientemente recogí todo, lo ordené, lo guardé, recogí mi hoja de papel e incluso pasé la fregona para que el suelo no mostrará residuo alguno de mi obra, pero la caja en la que venía mi artilugio lleva tres días sobre la mesa, inservible.
Y lo mismo ocurre con celofanes que cubren el fuet, con las bolsas que contienen los biscotes una vez que ya los he consumido, una cucharilla con la que esparcí mermelada sobre un trozo de pan. ….Tranquilos, un día como un tsunami, rápido, casi con ansia, decido echar a la basura a mis compañeros inservibles.

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3 agosto 2016 3 03 /08 /agosto /2016 21:28
Buena gente



Ignoro la razón por la que cuando me encuentro con buena gente siempre me asombro. Igual porque estoy acostumbrado a relacionarme con gente poco sencilla o porque las personas con las que trato, lo hacen a través de una relación comercial o contractual.

Vamos en bicicleta recorriendo la costa portuguesa. Hemos dejado atrás caminos de tierra que recorren acantilados y hemos virado hacia el interior. Nos adentramos en un bosque a través de una carretera preciosa, serpenteante. Tiene duras rampas, pero también bajadas que te permiten tomar aire y deslizarte en contacto con todo lo que hay a tu alrededor. Viajar en bicicleta es casi una velocidad perfecta para que nada escape a tus sentidos.

He aquí que de la montura mecánica se baja una persona para ajustar sus pertrechos. He aquí que para eliminar los riesgos de permanecer en la calzada, decide salir de ella. He aquí que cuando vuelve a montar e intenta subir el escalón del asfalto de la carretera desde el arcén, su rueda resbala. He aquí que su bici se tumba hacia la izquierda y he aquí que en el intento de recuperar la máquina, pisa mal y se retuerce un tobillo.

Aún así decide subir a su montura y seguir pedaleando con el afán de no dar protagonismo a aquel pequeño contratiempo físico, a veces funciona. Pero cuando hemos superado el pequeño puerto de montaña, aquel tobillo se ha hinchado de manera descomunal y el dolor comienza a ser irritante.

La situación es un tanto extraña. Estamos en medio de la nada. Paramos. Sacamos una venda del botiquín de campaña y envolvemos aquel tobillo. Volvemos a las monturas, pero es imposible, hay que buscar una solución y rápido. No pasan coches y estamos en medio de un páramo y a diez kilómetros de la localidad más cercana, así que imposible plantearse poder llegar hasta ella.

Seguimos un poco más, esperando ver un bar, un restaurante donde solicitar ayuda. Pero no hay nada, sólo casitas bajas de labranza. Y la ciclista no se lo piensa dos veces, abandona la carretera y enfila hacia una de esas casitas pequeñas, casi diría que de gente pobre.

De ella emergen tres señoras, casi abuelas. Nos miran asombradas y en sus caras se ve claramente extrañeza, pero en ningún momento hay desconfianza o recelos. Por signos, por mímica, por palabras sueltas identifican rápido el problema. Enseguida hay hielo, enseguida una silla dentro de la casa para la ciclista, enseguida lamentos y palabras de consuelo. Son mujeres de campo, duras, pero a la vez dulces y maternales. Casi deseo que me abracen y me acaricien, con esa ternura con que lo hacía mi abuela.

Solicito poder enchufar mi teléfono móvil para que se recargue mi batería. Sin problemas, desenchufan una tostadora para que puedo introducir mi clavija. También pido agua para rellenar mi bidón. Sin problemas. Me dirijo hacia el grifo del fregadero, pero me frenan y me sacan un bidón de agua mineral. Aparece un hombre mayor, se suma al grupo. Sonríe con la situación. No se extraña de ver a gente que no conoce en su casa. examina aquel tobillo hinchado, hace un gesto que quiere decir que lo ve mal.

Hemos de ir a un centro médico. Enseguida lo entienden. Nos indican que el hospital más cercano está a 20 kilómetros. Hay que pedir un taxi. No hay problema. Ofrezco mi móvil, pero lo rechazan. Una de las abuelas saca el suyo, arcaico, y habla ya con un taxista. Intenta que sea una furgoneta para que pueda llevar también las bicis, pero es imposible, y bien pensado, ¿qué hacemos con las bicis una vez que estemos en el hospital? Les decimos si tienen inconveniente en guardarnos las bicis hasta que podamos recogerlas. Tampoco hay problema, abren un cobertizo y allí las metemos.

Y allí siguen, días después, esperando poder ir a por ellas y darles las gracias, tantas gracias a esas gentes, tan sencillas, tan amables, tan entrañables, tan capaces de facilitarte las cosas en los momentos complicados.



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