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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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16 julio 2016 6 16 /07 /julio /2016 00:50

El Sol declina, el Sol se esconde, el Sol se pone
Y tu lo observas, te preguntas, y te respondes.
Cansado el día, dorado el campo , el polvo frío en el sendero y te imaginas, al otro lado, un nuevo día, otro horizonte.
Cansado el día, el Sol estalla, y tu caminas, cabeza baja. el Sol naranja, y a tus espaldas lo tonos morados de la apatía.
Y es tan bello aquel momento que quieres que se termine, que no sea eterno.
Y ahora miras y el Sol ya ha muerto, del más allá, luz mortecina que apaga los colores.
Oscureciendo, la grava rechina, son tus pisadas hacia la noche.

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5 julio 2016 2 05 /07 /julio /2016 00:35
Y no sé qué

De vez en cuando he de irme. Digo que me voy y salgo. Normalmente ando y alguna vez que otra me siento en alguna terraza discreta, solo, en una mesa.
Si mi perra va conmigo la ato a la pata de mi silla, y normalmente se tumba bajo la mesa, paciente con mi reflexión, que suele durar lo que dura un café.
Hoy lo he hecho. Simplemente lo hago para asegurarme un espacio de tiempo en el que nadie me pregunte nada,y es que, a veces, no me apetece hablar.
Hay dos mujeres unas mesas más allá. Pretendo no hacerlas ni caso, pero hablan tan alto que no es posible no inmiscuirte en los asuntos de los demás por muy carentes de interés que sean. La verdad que el personal malgasta vida y gasta planeta, desaforadamente, sin objetivo ni sentido alguno.
Es una mujer de unos cincuenta que le cuenta algo a otra mujer, que por la edad que creo que tiene, bien pudiera ser su madre. Le cuenta cosas a través de su smartphone, o sea, gráficamente, lo cual ya implica que no hay capacidad alguna de interiorizar en el relato, pues la fotos, son esas estúpidas imágenes de familia que se hacen a cientos, sin saber muy bien la razón. Le muestra las fotos de una graduación, esa jilipollez importada de los USA que también hemos adoptado. Si no teníamos suficiente con los increíbles espectáculos circenses de bodas y bautizos, llegaron las putas graduaciones norteamericanas.
Parece que es la graduación de su hija. En una foto está con un tipo, con pinta de memo. Ella dice: Mira este hombre, tan grandón, pues no para de reírse con él.
Y al oír esto pienso en los importante, en lo vital que es para una mujer que un hombre le haga reír. El problemas es que algunos de esos hipopótamos simplemente son graciosos, de chiste absurdo y sin sentido, pero ellas, mimetizadas con España Directo, es decir con su cerebro rebajado hasta el límite mínimo operativo, no paran de reírse.
Sigue pasando fotos con el dedito deslizándose por la pantalla. La madre creo que está hasta los cojones del asunto, pero ahí sigue la mujer.
..Y entonces le dijo que le llevaría a Japón, sí, sí, tu a Japón conmigo, como guardaespaldas, y el crío dijo guauu!!! y estaba muy contento y no sé qué……, sigue diciendo la mujer del teléfono.
Y entonces pienso en la cantidad de veces que oigo el término y no sé qué cuando se narra algo. No sé qué. La hostia, estás contando algo y haces paréntesis que rellenas de nada con el famoso, y no sé qué.
¿Qué significa y no sé qué? ¿que no has prestado atención? ¿qué lo que decían te importaba un pimiento? ¿significa que ocultas algo, tus propios miedos y errores?
El mundo está lleno de y no sé qué, y es que cada día, cada semana, cada mes, cada año, el mundo es más simple, más loco, sin rumbo, a ver hasta dónde llegamos, será un abismo, luego nos precipitaremos por él.

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3 julio 2016 7 03 /07 /julio /2016 23:00
Humanos

He vuelto a salir con la bici. creo que podría dedicar el resto de mis días a recorrer el mundo en mi bici, viendo al resto de los humanos como habitantes anónimos de los lugares por los que fuera pasando. Así, sólo tendría con ellos una relación efímera. Me mirarían, divagarían entre ellos sobre mi origen, de dónde vengo, porque estoy allí un día laborable en medio del otoño. Apenas me prestarían atención, alguno me preguntaría mi nombre, pero podría darle cualquiera, podría ser quien quisiera, inventar las historias que desease sobre mi procedencia u origen, porque jamás estaría el tiempos suficiente, en ningún lugar, para que pudieran verificar mis historias. Quizás, en algún sitio donde nadie se preocupase de nadie, donde nadie quisiese hacer imperar sus normas, donde todo el mundo se respetase, procurase lo mejor para los demás, quizás, allí me quedara.


Vuelvo con mi bici, abro el protón a mi perra, ve un gato y se lanza a por él, me hace gracia, los gatos se escabullen colándose entre las vallas y verjas de las parcelas y mi perra, siempre llegará tarde.
En ese momento se abre una verja y sale una pareja de la parcela contigua. Ella dice: uy, un perro suelto. No, digo yo casi gritando, no está suelto, es mío. Llamo a mi perra, viene obediente, nos metemos en casa. Esto entrando cuando él (larguirucho, cara enjuta, cabeza de cura estudioso de teología), viene decidido hacia mi. Eh!, perdona, sabes que el perro se lanza a por los gatos. Sí, claro respondo, todos los perros lo hacen, le añado sonriendo, si no, mal asunto, le acabo de decir.
Ya, pero el perro está suelto, dice el cura insistiendo. Sí, al igual que el gato.
Pero como vas a comparar un gato con un perro.
Bueno los dos son animales de compañía, le respondo.
Me da la espalda y se va, le veo marcharse, maldiciendo.
No te jode, pienso, el jodido larguirucho.
La casualidad quiere que vuelva con el coche un par de horas más tarde, y al pasar por delante de su casa, su gato, suelto, esté en medio de la calle. El me hace aspavientos con las manos, al mismo tiempo que trata de que el gato salga de la calzada. Me mira, le miro, voy a una velocidad suficientemente moderada para frenar si el gato se mete bajo el coche, pero no es así. Le vuelvo a sonreír desde le coche y sé que me odia en esos momentos.
Ni puto caso, déjame en paz jodido humano.

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27 junio 2016 1 27 /06 /junio /2016 17:12
Flores de papel




Vengo sudado, con la boca abierta, exhausto.
Día pleno, blanco, a pesar del cielo azul. Buscando sombras, como un ciego olfateando suaves brisas, oteando zonas oscuras y calles sombrías, eligiéndolas, las oscuras de la mañana, las más frescas, las de la tarde, más cálidas, mejor para el otoño temprano.
Llego y veo mi flora, verde sufrida, verde clara, estoica, aguantando la luz, saturada de Sol. Vivo en zona seca y en ella sólo es capaz de habitar el reino vegetal rácano, un reino de sedientos, capaz de alimentarse de míseras gotas de agua, a veces sucia, a veces embarrada. En medio de este reino hay inmigrantes venidos del desierto, toda una colección de cactus. Pacientes. Piden poco, son silenciosos. Uno de ellos en particular lleva años conmigo. Tan quieto, tan callado, limitándose a crecer, verde oscuro aunque a veces aclara, con su piel rugosa, repleta de verrugas y pinchos, extraño. Le saludo todos los días y nada responde, pero hoy me ha ofrecido algo delicado, hoy me ha besado y me ha dicho al oído: gracias.

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22 junio 2016 3 22 /06 /junio /2016 23:42
Atrezzo

-Sólo desperdicio agua cuando me lavo los dientes. Soy incapaz de cerrar el grifo mientras tengo el cepillo dentro de la boca. Quiero que la saliva espumosa que babeo se vaya cuanto antes por el sumidero del lavabo. Por ello, soy incapaz de hacer girar la manilla, necesito que el agua limpie mis restos. Que estupidez, ¿no? Manías, cada uno tenemos las nuestras-.
-Pero, ¿por qué me cuenta usted esto?-
-Lo ignoro, solo tenía necesidad e contárselo a alguien, quizás por los charcos que han quedado después de las lluvias de ayer, agua enfangada, agua que se evaporará-.
-¿Desde cuándo lleva usted aquí? Estoy pensando, y ya sabe usted lo que ocurre en los pueblos, todos conocemos a todos, y a usted no le tengo localizado hace mucho.
-Digamos que trato de pasar desapercibido-.
-¿Por alguna razón especial?-
-Bueno, es mi forma de ser, digamos que mi personalidad me lleva a ello, a pasar totalmente desapercibido, lo cual es muy satisfactorio para mí. Además, ya sabe, con los años vas entrando en esa especie de presencia física transparente. Te conviertes en parte del relleno, en parte del atrezzo de todos aquellos que quieren destacar, crecer, escalar, triunfar. Es realmente satisfactorio dejar de ser punto de atracción y vivir tranquilo, sin que ningún foco descanse sobre ti. Lo importante en esta etapa es estar tranquilo y concentrarse, eso es todo, el resto es observar.
-Ah, bueno, la verdad, nunca me había parado a pensar en todo esto, pero tal como lo describe usted, puede que tenga razón.
-¿Y usted?, dígame, ¿se ha dedicado a la enseñanza?
-Sí-, ¿cómo lo ha adivinado?
-Bueno, por su aspecto. Diría que la ropa que lleva usted puesta es la misma que usaba usted en la escuela.
-Pues sí señor, la misma. Cuido mucho mi ropa.
-Desde que le conozco no dejo de preguntarme por esas marcas que tiene usted en los pantalones, longitudinales, a la altura de sus muslos. El tejido parece ligeramente desgastado en dos pares de pantalones con los que le he visto. En uno de ellos es más imperceptible que en el otro, pero dado que yo ya conocía la marca en uno de ellos, también soy capaz de distinguir la misma rozadura en el que es más leve. Le he dado muchas vueltas al hecho y al final, la única conclusión a la que he llegado es que era de apoyar su cuerpo, en esa zona, contra el canto de una mesa.
-Jaja, así es. Mi mujer se volvía loca tratando de eliminar las marcas, pero los restos de tiza, el polvo que se acumula en la escuela, ya sabe, va incrustándose en la tela y por más que la pobre mujer restregaba y restregaba, yo creo que lo único que consiguió es fijar aún más las marcas.
-Sus gafas, tan limpias, sus manos blancas y sus dedos delicados, esas uñas cortadas, su tez blanca, al contrario que la de los paisanos de la zona, y sobre todo cómo le miran los jóvenes y, sepa usted, que es las pocas personas a la que saludan cuando se cruzan con usted.
-Vaya, parece usted Sherlock Holmes-
-Bueno, es bastante evidente

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14 marzo 2016 1 14 /03 /marzo /2016 23:30
Mi viejo coche

-Vaya, dos meses sin verle y ahora le veo a diario-.
-Buenas tardes, o buenas noches ya-.
-Buenas-
No hay nadie en la gasolinera, sólo él y yo, repostando los coches. El lugar es una especie de explosión de luz en medio de la oscuridad. Es una gasolinera de película de terror. El establecimiento metálico de cristales y neones, lleno de luminosidad y en el que desaparecen personas en medio de la noche, el lugar de luz en medio de la oscuridad acosado por seres extraños que salen de sus madrigueras cuando muere el Sol. Hay dos señoritas, o dos señoras, vestidas de hombres, con trabajos hechos tradicionalmente por hombres, pero yo las prefiero a ellas, te dedican una sonrisa.
-¿Ya tiene años ese coche eh?-
—Veintidós, exactamente la misma edad de mi hijo—.
-¿El del golpe?-.
-El mismo, ya vé usted, el se ha quedado con el coche nuevo, el del golpe y después de que abonara yo los desperfectos, y yo he sigo con mi viejo vehículo-
-jaja, lo hijos, son los únicos a los que damos todo aunque seamos conscientes de que nos toman el pelo, fuerte vínculo-
-Irracional, un vínculo irracional, como el que tengo yo con este coche-.
-¿Ah sí?-
-Viniendo hacia acá, el cuenta kilómetros ha superado los 325.000 kilómetros, lo cual para un coche de gasolina no está nada mal-.
-Desde luego, ¡madre mía!, ha amortizado usted bien el vehículo-.
-Y lo que me queda por amortizarlo, se porta de maravilla, y nunca protesta, siempre solícito, sin importarle a dónde voy o de donde vengo, sin poner en duda mis actos, sin valorarlos, sin despreciarlos, siempre concentrado en su quehacer, llevar y traer mi tristeza, mi alegría, mi apatía, aburrimiento, divertimento, ilusión, desesperanza, mis inquietudes, mis nervios. Tantas veces me ha traído, me ha llevado, de tantas formas vestido, con tanta gente acompañado, la de cosas que ha oído, ha visto, ha olido, mi coche. Venía pensando en todo esto en medio de la oscura carretera, disfrutando de su conducción, oyendo su motor, tan viejo como yo mismo, pero aun brioso y capaz de desafiar a estas modernas máquinas electrónicas. ¿Sabe?, venía recordando trozos de esos más de 325.000 kilómetros, venía recordando desplazamientos, pequeñas porciones de esa gran distancia. Y aún recuerdo sus primeros, un día nevado, más pendiente de qué sensación causaba mi flamante nuevo coche en los demás que de mí mismo y mi conducción. Mi hijo sólo tenía unos meses, y dejé a su madre y a él en la casa materna de mi mujer, mientras yo volvía a la urbe por temas profesionales. Yo y mi flamante coche nuevo oliendo a eso, a nuevo. La de veces que ha viajado mi hijo en un canasto de mimbre en el asiento trasero. Imagínese usted como han cambiado las cosas, ahora llevan a los críos en esa especie de sillas estelares, amarrados, protegidos, y la inconsciente de mi ex mujer y yo igual de inconsciente, nos limitábamos en llevarlo en un canasto en el asiento trasero, y la de horas que ha dormido allí el crío, y tan ricamente. Luego nos divorciamos y el coche se lo quedó ella. Durante años no supe nada de él. Sí oía cosas, pues mi ex y yo siempre hemos mantenido una relación de franca amistad y de cariño, más aún por el hecho de tener que criar a un niño con cierta coherencia, así que durante esos años posteriores al divorcio, más de una vez lo conduje pues algún verano que otro pasamos juntos para que el chaval pudiera disfrutar de ambos a la vez. Después de aquellos años perdí la pista al coche. Luego me enteré de que mi ex mujer tuvo problemas con él, con una válvula o con temas de la inyección. En definitiva, que le pasó el coche a un sobrino, que a su vez se deshizo de él, y justo cuando estaba en ese trámite, lo rescaté. De pronto me vi sentado al volante de mi viejo coche, y fue como recuperar a un amigo muy conocido. Fueron años, ya en mi madurez, de muchas cosas, con el fui a importantes reuniones, con él fui a cenas, volví acompañado de ellas, en él besé en madrugadas, en él me trasladé durante miles de kilómetros de rutina, en él he oído cientos de horas de radio, de música, desde él he tomado fotos, con él he visto preciosos atardeceres, con él he visitado a amigos y a amigas, tantas cosas con mi coche que ahora que los dos somos mayores, nos cuidamos el uno al otro. Ha llegado la hora de mimarle, de estar pendiente de él, porque él también se ha empeñado en permanecer conmigo y seguir siéndome fiel. Creo que aún hemos de vivir grandes aventuras.

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12 marzo 2016 6 12 /03 /marzo /2016 22:13

Mi joven hijo ha estrellado mi coche. Perdón, exagero. Ha hecho una maniobra brusca y le han golpeado por detrás, lo que ha provocado que también se diera un golpe con el vehículo que circulaba delante de él. La consecuencia: que el coche quedó abollado en el frontal y en la parte trasera.
—Que barbaridad—
—Sí, gracias a dios no le ha pasado nada a él, supongo que le tenía que pasar y afortunadamente le ha pasado sin graves consecuencias, si excluimos las del automóvil-.
-Entonces, tiene usted un hijo-
-Efectivamente, un sólo hijo que llegó de casualidad y parece mentira como esa casualidad se ha transformado en tantas cosas-.
-No sé a qué se dedica usted-
—A varias cosas. Tengo una ocupación oficial, con la que me represento ante los demás, y que se ha transformado tanto que ha logrado minar mis fuerzas, tanto físicas, como espirituales y mentales.
-Vaya, lo siento-
-Sí, siéntalo porque esta transformación afecta a todo el mundo, nadie escapa a este nueva realidad débil e indulgente-.
-Perdón, no le sigo-.
-No hace falta, lo que yo pienso se representa en mi realidad, es lo único importante. Si ando por este camino y usted me sigue a cierta distancia, me seguirá a mi, a mis acciones y no lo hará por saber cómo pienso-.
-En eso lleva razón-
-Tuve muchos problemas con el coche. Con el seguro, con los partes, me enciende la burocracia, quizás sea lo que más nervioso me ponga en esta vida. Al final nadie cubría mi reparación, así que tenía que pagar de mi bolsillo los desperfectos del automóvil-
-Que mala suerte-
-Sí, efectivamente. Así que comencé a visitar talleres, no quiera usted saber los precios astronómicos que mencionaban esos personajes de taller de mirada despectiva. Esa mirada de superioridad que parece analizarte para chequear tu nivel de conocimiento sobre mecánica del automóvil y así poder calcular cuantas monedas extras pueden extraerte. Seres despreciables, créame.
-Le entiendo.
Un día, volviendo aquí, al pueblo, me quedé con un faro fundido, así que a la mañana siguiente, era sábado, baje al taller para solicitar que me cambiaran la bombilla. Un hombre de edad mediana, solícito, se brindó encantado, y mientras atendía el teléfono móvil y daba órdenes a otros mecánicos del taller, manipulaba mi auto con notable maestría. Tal fue mi asombro que le pregunté si arreglaba desperfectos como los que tenía mi auto, y me dijo que sí. Me lo presupuestó sobre la marcha, en una libreta de espiral muy usada y ajada. Fue sumando partidas y al final, la suma total significaba dividir por tres el presupuesto más económico que había recibido de los talleres urbanos. Así que decidí dejar en manos de aquel taller el futuro de mi automóvil. La experiencia ha sido excelente, estoy muy satisfecho y, sin duda, en ningún otro centro me hubieran dejado mejor el auto-.
-Muy interesante, ¿pero por qué me cuenta esto?
-jaja, por el niño del taller-.
-¿El niño del taller?—
Sí, el taller lo regenta una familia. El patriarca es un hombre mayor, jubilado, pero aun viste con su mono azul grisáceo, perfectamente acoplado a su cuerpo. Un mono azul grasiento, al igual que su pelo, peinado hacia atrás, al igual que su tez, que sus manos. Los mecánicos en activo son sus dos hijos. Una noche cerrada de lluvia bajé a pagar la reparación del coche. El taller tenía los portones, que dan a la calle, abiertos, y proyectaban sobre el asfalto mojada su luz mortecina. Era la única luz en esa fría noche. ¿Sabe?, me recordó al portal de Belén. Entré y no había nadie en la nave, sólo automóviles desarmados. A la izquierda, dentro de la pequeña oficina, estaba toda la familia. Me invitaron a pasar. Me asombró lo grande que era la mesa. Alrededor de ella toda la familia. Una mesa cargada de montones de objetos: carpetas, carpetitas, cuadernos, folletos, revistas, papeles, facturas, guías de todos los tamaños, albaranes, piezas mecánicas, botes de bolígrafos, ceniceros cargados de colillas momificadas, un ordenador viejo, el teclado y un ratón nuevo con luces rojas que manejaba una mujer madura, gorda, de grandes tetas, que no paraba de fumar, que ni siquiera me miró, la matriarca. La mesa, los miembros alrededor de esa mesa, todo lo que hay encima de esa mesa tiene una capa de polvo de años, polvo petrificado, polvo arqueológico, polvo fosilizado, polvo grasiento, polvo de color gris, el mismo polvo del pelo de aquellos individuos, el de sus monos, polvo transformado en hollín negro bajo sus uñas, polvo sobre sus anillos de oro viejo de casados, polvo gris en sus párpados, polvo moteado en los cristales de sus gafas, polvo en las paredes, polvo en el calendario de hace años, en el archivador de metal, en las fotos de neumáticos, polvo en los reposa brazos de las sillas metálicas de plástico gris, también con polvo gris. Polvo que se huele, polvo frío, y abrasador de veranos e inviernos, polvo sobre polvo, y en medio de ese polvo, un color rojo, el del jersey de un niño de seis o siete años que dibuja en un rincón de la mesa, frente a su abuela, la matriarca que sostiene un cigarrillo con sus labios mientras ahora juega en un smartphone sin hacer caso a nadie, ni a mi ni a su nieto. Me imagino las cenas de Nochebuena de esa familia. El niño dibuja y no quiere que su padre, el hijo del fundador del taller, vea los que dibuja. No para de decir, no mires. El niño, gordo, con tripita, con una capa de grasa en su estómago conformada por tiras de bacon, grasas poli-saturadas de bollería industrial, huevos, patatas y pan, helados, pasteles, suizos y ensalmadas, aquel niño zampa. Niño de tez amarillenta, de pelo negro, sin gracia. El puto niño no pega allí nada. El niño, abandonado, simplemente creciendo amoldándose a aquel entorno, aquel niño que no aporta nada, sólo asimila su futuro. Niño que va embruteciendo y va vislumbrando su porvenir. No puedo dejar de sentir desesperanza por una posibilidad a la que ni siquiera se le va a dar opción alguna de desarrollarse. Pago, le remuevo el pelo y le digo que el dibujo es muy bonito. El niño ni se inmuta, con sus bracitos regordetes tapa del dibujo, su padre sólo cuenta mi dinero, la matriarca suelta volutas de humo desde sus labios cancerígenos y el abuelo observa a su hijo contar mi dinero, a aquel niño nadie le hace caso, a mi tampoco, me voy y no se dan cuenta de que he desaparecido. No sé qué hacen alrededor de esa mesa. Salgo a la fría noche, miro el cielo, también gris, cae vapor de agua, hace frío-.
-Sí, conozco a ese niño, el hijo del Antonio-
-Eso es, Antonio, nos vemos-
-Cuando quiera-.



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9 enero 2016 6 09 /01 /enero /2016 14:57
Emulación

—Hombre!!, me alegro de verle.
—Gracias, a mi también a usted, ¿Cómo está?
—Perfectamente, pero dígame, ¿Qué tal sus reyes magos?, ¿Qué tal sus dientes?
—Jaja, miré, mire que sonrisa, la he vuelto a recuperar. Por fin he recuperado también mi confianza, puedo hablar sin miedo a escupir mis dientes, y comer sin miedo a tragármelos. En definitiva, he recuperado mi vida.
—Sí, es sorprendente como unas cosas tan pequeñas pueden alterar nuestro bienestar.
—No, no, de cosas pequeñas nada, sin dientes cambia toda una vida, se acabaran cierto tipo de alimentos, se acabó cierto tipo de dicción, se acabaron las sonrisas y las risas, olvídese usted de besar a una mujer, acaban saliendo arrugas en la frente. Jaja. Todo el cuerpo, todos nosotros somos un conjunto de cosas pequeñas, y ya sean los dientes, o ya sea un oído, o el dedo más pequeño del píe, si fallan, estamos jodidos.
—Bueno, ¿y sus reyes magos?
—No han estado mal. Ya le conté lo limitado que he estado para salir a hacer la labores de paje. Iba con esa sensación de que recibirás lo que des, pero han sido espléndidos en cariño, en el “voy a pensar que regalar”, que, a fin de cuentas, es lo que más valoro de un regalo, la dedicación a él. Yo antes lo hacía, exige una concentración fuerte, exige tiempo, dedicación, estrujar tu cerebro y estar muy atento a todo lo que ves, pero he dejarlo de hacerlo, básicamente porque ya no tengo fuerzas, básicamente también porque ya no tengo tiempo, y sobre todo porque los demás no valoraron el esfuerzo, en fin, ¿y los suyos?
—¿Los míos? Los míos muy normales, prácticamente recibo los mismos presentes todos los años, cosas muy prácticas. Digamos que mis reyes son una especie de suerte de renovación de prendas necesarias para la vida diaria. Tampoco pido más, sé lo que hay en casa, ya sabe. Mi mujer, mi hija y la nieta forman la unidad, el marido de mi mujer, el pobre, se dedica, básicamente a trabajar. Mi mujer se ha volcado en nuestra hija y en la crianza de la pequeña, creo que piensan en mí como “el abuelo”, ya mayor, siempre en píe, con mis pantalones marrones, mi cinturón finito abarcando mi abultada barriga, mi puro, mis zapatitos negros. No hago nada, no intento nada que pueda plantearles problemas o dudas. Es lo que me ha tocado en esta última etapa de mi vida, pero no me quejo, mi existencia es plácida, tranquila.
—Bueno, no es una mala vida, veo que la tiene asimilada y reflexionada.
—Jaja, sí, claro que sí, tengo mucho tiempo, consigo verla desde fuera y observarla. No hay que pensar mucho, lo que se ve es lo que es y no hay nada más que lo que se representa en ella.
—Excelente punto de vista, desafortunadamente, no siempre ocurre así, hay poca gente como usted, normalmente para llegar a alguien hay que derrumbar multitud de escenarios de cartón piedra, es como escarbar en un cajón de sastre de utilería de un teatro buscando cuales son piezas originales y reales, mezcladas ahí dentro, entre tantas otras construidas, exclusivamente,
para emular y aparentar.

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5 enero 2016 2 05 /01 /enero /2016 20:31
Rey gruñón

—Le veo a usted fatigado, y más delgado además.
—Los putos Reyes Magos, que me traen por la calle de la amargura.
—Jaja, pero, ¿usted no pasaba de todo esto de la Navidad?
—Soy un puñetero rey gruñón, ¿sabe usted? Primero aguanto la acometida de la Nochebuena que tiene su secuela en la Navidad. Parece qué rechazarla es pecado, que digo, un sacrilegio. Luego la Nochevieja la logro salvar, pues es una fiesta pagana, con lo cual, cada uno que la pase como quiera. Y transcurre, y pasados unos días de sosiego, de paz, vuelven a arremeter con los putos reyes magos. Te pillan bajo de defensas, te pillan cansado y con la guardia bajada, te dan una leche tremenda y te tiran al suelo. La familia, o mi familia, toda la vida pasando de mí y mire usted lo pesados que se ponen en las putas Navidades.
—Ya, o sea que ha salido a hacer de Rey Mago.
—Me ha empujado la mala conciencia. La tengo sobre tantas cosas que no soportaba ni un milímetro más. Me he ido a la desesperada a un puñetero centro comercial porque me han venido dos ideas a la cabeza esta mañana mientras paseaba a mi perra. Fíjese hasta dónde llega la presión, que las ideas me han venido por el camino blanco y rectilíneo de no pensar.
—Ya
—Encima ando fastidiado con los dientes, estoy pasando un hambre atroz porque no me atrevo a comer. Así que con el estomago con retortijones me he marchado aprovechando el mediodía. Se puede usted imaginar el festival que había montado. El primer regalo, y les segundo, ha sido fácil. Hasta los empleados de los establecimientos se han quedado asombrados de mi decisión a la hora de elegir. Hacían puntos suspensivos en su conversación conmigo, con la esperanza de que pusiera algún “pero” a mi compra. Pero no, no les ha dado ese gusto, ha sido todo rápido. Pero he aquí que el que mayor tiempo me ha llevado es el de mi cuñado. Un tipo al que no regalaría nada porque no se merece nada, y aquí me tiene andando a por su regalo. Paradójicamente es el que más tiempo me ha llevado. Pero lo peor ha sido empaquetar los putos regalitos. He ido a un gran centro de estos de deporte, una nave industrial fría, una especie de almacén de cosas. He pagado y le he preguntado al cajero que si podían envolverme para regalo mis artículos. El tipo va y me responde que me los puedo envolver yo, y al mismo tiempo me señala una mesa de colegio, de la que cuelgan, con un cordel, unas tijeras de colegio melladas y dos rollos de papel celofán prácticamente acabados. Jaja, y además que si quiero papel de regalo, que me lo tiene que cobrar, 75 céntimos. Me ha visto tal cara que el pobre chaval me ha dicho: “venga que es Navidad, se lo regalo”, así que por huevos me he tenido que dirigir a la mesa de envolver, y encima agradecerle el gesto. ¿Ha intentando usted envolver con un papel de pésima calidad un objeto irregular? ¿Ha usado unas tijeras melladas para cortar papel?, ¿Ha intentado buscar con la uña el final del celofán para ver si aún tiene una tira más? y todo esto mientras sujeta los pliegues del papel, mientras proyectas en su cabeza trigonometría papirofléxica para ver como cojones envuelve aquella cosa. He sudado, y tan costoso ha sido, que encima he salido de allí sonriendo, siguiente estadio al del cabreo supremo.
--Jaja, es usted un rey mago muy trabajado.
—No, como le decía soy un rey mago gruñón, de a regañadientes. Además, todos los años me pasa lo mismo, voy repartiendo regalos y a cambio tendría que ver usted los míos, pero claro, si nos atenemos a la tradición, los reyes magos te traen según te has portado. Le aseguro que llevo años portándome mal, y lo reconozco, así siempre espero poca cosa y me vuelvo a casa con la satisfacción del deber cumplido, en fin, me convierto en una especie de marine de la Navidad. Pero lo más paradójico es que la Navidad, como concepto, me gusta. Me agrada su estética, su frío, encima estás de vacaciones, anochece rápido, hay luces de colores y hasta la gente parece más amable. Es perfecta, sería perfecta, si no tuviera normas. ¿Y usted?, le veo tranquilo, con ese puro en la boca siempre, sin preocuparse de nada.
—Jaja, bueno las mujeres se ocupan de todo, yo sólo asiento, me lo dan todo hecho.
—Ya, las mujeres, que sería de nosotros sin e
llas.
—Eso es, véase usted.

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4 enero 2016 1 04 /01 /enero /2016 19:03
Intríngulis

Bajo al bar del pueblo. Los parroquianos siempre me miran al entrar, claro que ellos miran a todo el que entra. Me recuerda a los saloones del far west, esos que aparecían en las películas de vaqueros. Los más pacíficos sentados en torno a partidas de cartas en el fondo del bar, los más gallitos amarrados a la barra del bar por un codo, desafiantes, observando al forastero que entra y haciéndose dos preguntas sobre él: éste quien cojones es y qué quiere arrebatarme. Supongo que los rumores se disparan cuando en vez de un vino, un coñá o un botellín, pido un té. Creo que se miran entre ellos y alguna risita sardónica también llego o oír, y si tuviera radares en vez de oídos, quizás escuchara entre dientes “aeste gilipollas le metía yo dos hastías y le apañaba echando leches”. En el fondo les desprecio, desprecio su embrutecimiento y esa jactancia de él, esa rascada constante de los huevos, esos sonidos guturales con los que se expresan y esos empujones y manotazos, como los gorilas, para llamarse la atención unos a otros.
--Hombre, usted por aquí.
--Sí, aquí me tiene, tomando un té.
--¿Y hoy?, ¿sin paseo?
--Sí, día de perros, aunque yo no haya sacado al mío. Lluvia, viento, frío, todo desagradable, he optado por permanecer en casa.
--¿Y sus dientes?
--Hasta el viernes nada, los dentistas se han ido de vacaciones, supongo que también tienen derecho, aunque deberían dejar algún servicio de guardia para atender las urgencias.
--Ya, bueno, tómelo con paciencia, el viernes habrá pasado todo.
--Más que paciencia, resignación. Además, siempre pasa todo. Nos angustiamos cuando estamos dentro de un problema, pero una vez resuelto pasa al saco de la historía y, lo peor, es que no aprendemos de él, seguramente volvamos a tener el mismo problema años más tarde y seamos tan estúpidos de no saber resolverlo. Hace años, mi frase preferida era: nunca pasa nada y, efectivamente, pasan muy pocas cosas dignas de mención, el resto son rutinas, pero como ahora todo se cuenta, se han convertido en cosas importantes.
--Ya, sale usted poco.
--Lo mínimo imprescindible, no soy un animal sociable y además, el mundo está loco, me da miedo, le he cogido temor y la única forma de quitarme ese pánico es ignorándolo.
Usted, ¿con esa pinta?, ¿con su edad? ¿temor al mundo?
Precisamente por eso, por mi edad. Soy una rama ya dura, si arrecía el viento seguramente me parta, ya no tengo ductilidad. El mundo es para los jóvenes, los han enseñado a pavonearse, a competir entre ellos, a destruirse unos a otros en favor de la productividad, los beneficios, el crecimiento, a que crean que lo saben todo y si ignoran algo que tienen acceso directo al conocimiento. No quiero estar en esa batalla, acabaría matando a alguno.
--Jaja, no exagere.
--No exagero, mis códigos de comportamiento ya no obtienen respuesta. Es una cuestión de satélites. Yo envío la señal y espero respuesta del rebote, pero ya no hay rebote, creo que mis señales se pierden en el espacio y no llegan a ningún sitio, mueren agotadas en las profundidades de alguna galaxia. Ojalá pudiera retirarme, creo que sería feliz. Jaja, nunca pensé que quisiera, alguna vez, tener más edad de la que tengo.
--Bueno, otros tiempos sí, hemos de dar paso a las nuevas generaciones.
--Estaría encantado de ello, pero aún son también mis tiempos, si no, no estaría aquí, estaría ya lejos. El drama es que he de continuar aquí, con el día a día y créame usted que ese día a día, me importa un bledo.
--Pues mal asunto.
--Muy malo, pues lo que fluye es gracias a la inerc
ia e ignoro que sucederá cuando se agote.
--Ah

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Published by Fausto Lipomedes
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