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  • : Las Razones del Diablo
  • Las Razones del Diablo
  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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27 junio 2016 1 27 /06 /junio /2016 17:12
Flores de papel




Vengo sudado, con la boca abierta, exhausto.
Día pleno, blanco, a pesar del cielo azul. Buscando sombras, como un ciego olfateando suaves brisas, oteando zonas oscuras y calles sombrías, eligiéndolas, las oscuras de la mañana, las más frescas, las de la tarde, más cálidas, mejor para el otoño temprano.
Llego y veo mi flora, verde sufrida, verde clara, estoica, aguantando la luz, saturada de Sol. Vivo en zona seca y en ella sólo es capaz de habitar el reino vegetal rácano, un reino de sedientos, capaz de alimentarse de míseras gotas de agua, a veces sucia, a veces embarrada. En medio de este reino hay inmigrantes venidos del desierto, toda una colección de cactus. Pacientes. Piden poco, son silenciosos. Uno de ellos en particular lleva años conmigo. Tan quieto, tan callado, limitándose a crecer, verde oscuro aunque a veces aclara, con su piel rugosa, repleta de verrugas y pinchos, extraño. Le saludo todos los días y nada responde, pero hoy me ha ofrecido algo delicado, hoy me ha besado y me ha dicho al oído: gracias.

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22 junio 2016 3 22 /06 /junio /2016 23:42
Atrezzo

-Sólo desperdicio agua cuando me lavo los dientes. Soy incapaz de cerrar el grifo mientras tengo el cepillo dentro de la boca. Quiero que la saliva espumosa que babeo se vaya cuanto antes por el sumidero del lavabo. Por ello, soy incapaz de hacer girar la manilla, necesito que el agua limpie mis restos. Que estupidez, ¿no? Manías, cada uno tenemos las nuestras-.
-Pero, ¿por qué me cuenta usted esto?-
-Lo ignoro, solo tenía necesidad e contárselo a alguien, quizás por los charcos que han quedado después de las lluvias de ayer, agua enfangada, agua que se evaporará-.
-¿Desde cuándo lleva usted aquí? Estoy pensando, y ya sabe usted lo que ocurre en los pueblos, todos conocemos a todos, y a usted no le tengo localizado hace mucho.
-Digamos que trato de pasar desapercibido-.
-¿Por alguna razón especial?-
-Bueno, es mi forma de ser, digamos que mi personalidad me lleva a ello, a pasar totalmente desapercibido, lo cual es muy satisfactorio para mí. Además, ya sabe, con los años vas entrando en esa especie de presencia física transparente. Te conviertes en parte del relleno, en parte del atrezzo de todos aquellos que quieren destacar, crecer, escalar, triunfar. Es realmente satisfactorio dejar de ser punto de atracción y vivir tranquilo, sin que ningún foco descanse sobre ti. Lo importante en esta etapa es estar tranquilo y concentrarse, eso es todo, el resto es observar.
-Ah, bueno, la verdad, nunca me había parado a pensar en todo esto, pero tal como lo describe usted, puede que tenga razón.
-¿Y usted?, dígame, ¿se ha dedicado a la enseñanza?
-Sí-, ¿cómo lo ha adivinado?
-Bueno, por su aspecto. Diría que la ropa que lleva usted puesta es la misma que usaba usted en la escuela.
-Pues sí señor, la misma. Cuido mucho mi ropa.
-Desde que le conozco no dejo de preguntarme por esas marcas que tiene usted en los pantalones, longitudinales, a la altura de sus muslos. El tejido parece ligeramente desgastado en dos pares de pantalones con los que le he visto. En uno de ellos es más imperceptible que en el otro, pero dado que yo ya conocía la marca en uno de ellos, también soy capaz de distinguir la misma rozadura en el que es más leve. Le he dado muchas vueltas al hecho y al final, la única conclusión a la que he llegado es que era de apoyar su cuerpo, en esa zona, contra el canto de una mesa.
-Jaja, así es. Mi mujer se volvía loca tratando de eliminar las marcas, pero los restos de tiza, el polvo que se acumula en la escuela, ya sabe, va incrustándose en la tela y por más que la pobre mujer restregaba y restregaba, yo creo que lo único que consiguió es fijar aún más las marcas.
-Sus gafas, tan limpias, sus manos blancas y sus dedos delicados, esas uñas cortadas, su tez blanca, al contrario que la de los paisanos de la zona, y sobre todo cómo le miran los jóvenes y, sepa usted, que es las pocas personas a la que saludan cuando se cruzan con usted.
-Vaya, parece usted Sherlock Holmes-
-Bueno, es bastante evidente

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14 marzo 2016 1 14 /03 /marzo /2016 23:30
Mi viejo coche

-Vaya, dos meses sin verle y ahora le veo a diario-.
-Buenas tardes, o buenas noches ya-.
-Buenas-
No hay nadie en la gasolinera, sólo él y yo, repostando los coches. El lugar es una especie de explosión de luz en medio de la oscuridad. Es una gasolinera de película de terror. El establecimiento metálico de cristales y neones, lleno de luminosidad y en el que desaparecen personas en medio de la noche, el lugar de luz en medio de la oscuridad acosado por seres extraños que salen de sus madrigueras cuando muere el Sol. Hay dos señoritas, o dos señoras, vestidas de hombres, con trabajos hechos tradicionalmente por hombres, pero yo las prefiero a ellas, te dedican una sonrisa.
-¿Ya tiene años ese coche eh?-
—Veintidós, exactamente la misma edad de mi hijo—.
-¿El del golpe?-.
-El mismo, ya vé usted, el se ha quedado con el coche nuevo, el del golpe y después de que abonara yo los desperfectos, y yo he sigo con mi viejo vehículo-
-jaja, lo hijos, son los únicos a los que damos todo aunque seamos conscientes de que nos toman el pelo, fuerte vínculo-
-Irracional, un vínculo irracional, como el que tengo yo con este coche-.
-¿Ah sí?-
-Viniendo hacia acá, el cuenta kilómetros ha superado los 325.000 kilómetros, lo cual para un coche de gasolina no está nada mal-.
-Desde luego, ¡madre mía!, ha amortizado usted bien el vehículo-.
-Y lo que me queda por amortizarlo, se porta de maravilla, y nunca protesta, siempre solícito, sin importarle a dónde voy o de donde vengo, sin poner en duda mis actos, sin valorarlos, sin despreciarlos, siempre concentrado en su quehacer, llevar y traer mi tristeza, mi alegría, mi apatía, aburrimiento, divertimento, ilusión, desesperanza, mis inquietudes, mis nervios. Tantas veces me ha traído, me ha llevado, de tantas formas vestido, con tanta gente acompañado, la de cosas que ha oído, ha visto, ha olido, mi coche. Venía pensando en todo esto en medio de la oscura carretera, disfrutando de su conducción, oyendo su motor, tan viejo como yo mismo, pero aun brioso y capaz de desafiar a estas modernas máquinas electrónicas. ¿Sabe?, venía recordando trozos de esos más de 325.000 kilómetros, venía recordando desplazamientos, pequeñas porciones de esa gran distancia. Y aún recuerdo sus primeros, un día nevado, más pendiente de qué sensación causaba mi flamante nuevo coche en los demás que de mí mismo y mi conducción. Mi hijo sólo tenía unos meses, y dejé a su madre y a él en la casa materna de mi mujer, mientras yo volvía a la urbe por temas profesionales. Yo y mi flamante coche nuevo oliendo a eso, a nuevo. La de veces que ha viajado mi hijo en un canasto de mimbre en el asiento trasero. Imagínese usted como han cambiado las cosas, ahora llevan a los críos en esa especie de sillas estelares, amarrados, protegidos, y la inconsciente de mi ex mujer y yo igual de inconsciente, nos limitábamos en llevarlo en un canasto en el asiento trasero, y la de horas que ha dormido allí el crío, y tan ricamente. Luego nos divorciamos y el coche se lo quedó ella. Durante años no supe nada de él. Sí oía cosas, pues mi ex y yo siempre hemos mantenido una relación de franca amistad y de cariño, más aún por el hecho de tener que criar a un niño con cierta coherencia, así que durante esos años posteriores al divorcio, más de una vez lo conduje pues algún verano que otro pasamos juntos para que el chaval pudiera disfrutar de ambos a la vez. Después de aquellos años perdí la pista al coche. Luego me enteré de que mi ex mujer tuvo problemas con él, con una válvula o con temas de la inyección. En definitiva, que le pasó el coche a un sobrino, que a su vez se deshizo de él, y justo cuando estaba en ese trámite, lo rescaté. De pronto me vi sentado al volante de mi viejo coche, y fue como recuperar a un amigo muy conocido. Fueron años, ya en mi madurez, de muchas cosas, con el fui a importantes reuniones, con él fui a cenas, volví acompañado de ellas, en él besé en madrugadas, en él me trasladé durante miles de kilómetros de rutina, en él he oído cientos de horas de radio, de música, desde él he tomado fotos, con él he visto preciosos atardeceres, con él he visitado a amigos y a amigas, tantas cosas con mi coche que ahora que los dos somos mayores, nos cuidamos el uno al otro. Ha llegado la hora de mimarle, de estar pendiente de él, porque él también se ha empeñado en permanecer conmigo y seguir siéndome fiel. Creo que aún hemos de vivir grandes aventuras.

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12 marzo 2016 6 12 /03 /marzo /2016 22:13

Mi joven hijo ha estrellado mi coche. Perdón, exagero. Ha hecho una maniobra brusca y le han golpeado por detrás, lo que ha provocado que también se diera un golpe con el vehículo que circulaba delante de él. La consecuencia: que el coche quedó abollado en el frontal y en la parte trasera.
—Que barbaridad—
—Sí, gracias a dios no le ha pasado nada a él, supongo que le tenía que pasar y afortunadamente le ha pasado sin graves consecuencias, si excluimos las del automóvil-.
-Entonces, tiene usted un hijo-
-Efectivamente, un sólo hijo que llegó de casualidad y parece mentira como esa casualidad se ha transformado en tantas cosas-.
-No sé a qué se dedica usted-
—A varias cosas. Tengo una ocupación oficial, con la que me represento ante los demás, y que se ha transformado tanto que ha logrado minar mis fuerzas, tanto físicas, como espirituales y mentales.
-Vaya, lo siento-
-Sí, siéntalo porque esta transformación afecta a todo el mundo, nadie escapa a este nueva realidad débil e indulgente-.
-Perdón, no le sigo-.
-No hace falta, lo que yo pienso se representa en mi realidad, es lo único importante. Si ando por este camino y usted me sigue a cierta distancia, me seguirá a mi, a mis acciones y no lo hará por saber cómo pienso-.
-En eso lleva razón-
-Tuve muchos problemas con el coche. Con el seguro, con los partes, me enciende la burocracia, quizás sea lo que más nervioso me ponga en esta vida. Al final nadie cubría mi reparación, así que tenía que pagar de mi bolsillo los desperfectos del automóvil-
-Que mala suerte-
-Sí, efectivamente. Así que comencé a visitar talleres, no quiera usted saber los precios astronómicos que mencionaban esos personajes de taller de mirada despectiva. Esa mirada de superioridad que parece analizarte para chequear tu nivel de conocimiento sobre mecánica del automóvil y así poder calcular cuantas monedas extras pueden extraerte. Seres despreciables, créame.
-Le entiendo.
Un día, volviendo aquí, al pueblo, me quedé con un faro fundido, así que a la mañana siguiente, era sábado, baje al taller para solicitar que me cambiaran la bombilla. Un hombre de edad mediana, solícito, se brindó encantado, y mientras atendía el teléfono móvil y daba órdenes a otros mecánicos del taller, manipulaba mi auto con notable maestría. Tal fue mi asombro que le pregunté si arreglaba desperfectos como los que tenía mi auto, y me dijo que sí. Me lo presupuestó sobre la marcha, en una libreta de espiral muy usada y ajada. Fue sumando partidas y al final, la suma total significaba dividir por tres el presupuesto más económico que había recibido de los talleres urbanos. Así que decidí dejar en manos de aquel taller el futuro de mi automóvil. La experiencia ha sido excelente, estoy muy satisfecho y, sin duda, en ningún otro centro me hubieran dejado mejor el auto-.
-Muy interesante, ¿pero por qué me cuenta esto?
-jaja, por el niño del taller-.
-¿El niño del taller?—
Sí, el taller lo regenta una familia. El patriarca es un hombre mayor, jubilado, pero aun viste con su mono azul grisáceo, perfectamente acoplado a su cuerpo. Un mono azul grasiento, al igual que su pelo, peinado hacia atrás, al igual que su tez, que sus manos. Los mecánicos en activo son sus dos hijos. Una noche cerrada de lluvia bajé a pagar la reparación del coche. El taller tenía los portones, que dan a la calle, abiertos, y proyectaban sobre el asfalto mojada su luz mortecina. Era la única luz en esa fría noche. ¿Sabe?, me recordó al portal de Belén. Entré y no había nadie en la nave, sólo automóviles desarmados. A la izquierda, dentro de la pequeña oficina, estaba toda la familia. Me invitaron a pasar. Me asombró lo grande que era la mesa. Alrededor de ella toda la familia. Una mesa cargada de montones de objetos: carpetas, carpetitas, cuadernos, folletos, revistas, papeles, facturas, guías de todos los tamaños, albaranes, piezas mecánicas, botes de bolígrafos, ceniceros cargados de colillas momificadas, un ordenador viejo, el teclado y un ratón nuevo con luces rojas que manejaba una mujer madura, gorda, de grandes tetas, que no paraba de fumar, que ni siquiera me miró, la matriarca. La mesa, los miembros alrededor de esa mesa, todo lo que hay encima de esa mesa tiene una capa de polvo de años, polvo petrificado, polvo arqueológico, polvo fosilizado, polvo grasiento, polvo de color gris, el mismo polvo del pelo de aquellos individuos, el de sus monos, polvo transformado en hollín negro bajo sus uñas, polvo sobre sus anillos de oro viejo de casados, polvo gris en sus párpados, polvo moteado en los cristales de sus gafas, polvo en las paredes, polvo en el calendario de hace años, en el archivador de metal, en las fotos de neumáticos, polvo en los reposa brazos de las sillas metálicas de plástico gris, también con polvo gris. Polvo que se huele, polvo frío, y abrasador de veranos e inviernos, polvo sobre polvo, y en medio de ese polvo, un color rojo, el del jersey de un niño de seis o siete años que dibuja en un rincón de la mesa, frente a su abuela, la matriarca que sostiene un cigarrillo con sus labios mientras ahora juega en un smartphone sin hacer caso a nadie, ni a mi ni a su nieto. Me imagino las cenas de Nochebuena de esa familia. El niño dibuja y no quiere que su padre, el hijo del fundador del taller, vea los que dibuja. No para de decir, no mires. El niño, gordo, con tripita, con una capa de grasa en su estómago conformada por tiras de bacon, grasas poli-saturadas de bollería industrial, huevos, patatas y pan, helados, pasteles, suizos y ensalmadas, aquel niño zampa. Niño de tez amarillenta, de pelo negro, sin gracia. El puto niño no pega allí nada. El niño, abandonado, simplemente creciendo amoldándose a aquel entorno, aquel niño que no aporta nada, sólo asimila su futuro. Niño que va embruteciendo y va vislumbrando su porvenir. No puedo dejar de sentir desesperanza por una posibilidad a la que ni siquiera se le va a dar opción alguna de desarrollarse. Pago, le remuevo el pelo y le digo que el dibujo es muy bonito. El niño ni se inmuta, con sus bracitos regordetes tapa del dibujo, su padre sólo cuenta mi dinero, la matriarca suelta volutas de humo desde sus labios cancerígenos y el abuelo observa a su hijo contar mi dinero, a aquel niño nadie le hace caso, a mi tampoco, me voy y no se dan cuenta de que he desaparecido. No sé qué hacen alrededor de esa mesa. Salgo a la fría noche, miro el cielo, también gris, cae vapor de agua, hace frío-.
-Sí, conozco a ese niño, el hijo del Antonio-
-Eso es, Antonio, nos vemos-
-Cuando quiera-.



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9 enero 2016 6 09 /01 /enero /2016 14:57
Emulación

—Hombre!!, me alegro de verle.
—Gracias, a mi también a usted, ¿Cómo está?
—Perfectamente, pero dígame, ¿Qué tal sus reyes magos?, ¿Qué tal sus dientes?
—Jaja, miré, mire que sonrisa, la he vuelto a recuperar. Por fin he recuperado también mi confianza, puedo hablar sin miedo a escupir mis dientes, y comer sin miedo a tragármelos. En definitiva, he recuperado mi vida.
—Sí, es sorprendente como unas cosas tan pequeñas pueden alterar nuestro bienestar.
—No, no, de cosas pequeñas nada, sin dientes cambia toda una vida, se acabaran cierto tipo de alimentos, se acabó cierto tipo de dicción, se acabaron las sonrisas y las risas, olvídese usted de besar a una mujer, acaban saliendo arrugas en la frente. Jaja. Todo el cuerpo, todos nosotros somos un conjunto de cosas pequeñas, y ya sean los dientes, o ya sea un oído, o el dedo más pequeño del píe, si fallan, estamos jodidos.
—Bueno, ¿y sus reyes magos?
—No han estado mal. Ya le conté lo limitado que he estado para salir a hacer la labores de paje. Iba con esa sensación de que recibirás lo que des, pero han sido espléndidos en cariño, en el “voy a pensar que regalar”, que, a fin de cuentas, es lo que más valoro de un regalo, la dedicación a él. Yo antes lo hacía, exige una concentración fuerte, exige tiempo, dedicación, estrujar tu cerebro y estar muy atento a todo lo que ves, pero he dejarlo de hacerlo, básicamente porque ya no tengo fuerzas, básicamente también porque ya no tengo tiempo, y sobre todo porque los demás no valoraron el esfuerzo, en fin, ¿y los suyos?
—¿Los míos? Los míos muy normales, prácticamente recibo los mismos presentes todos los años, cosas muy prácticas. Digamos que mis reyes son una especie de suerte de renovación de prendas necesarias para la vida diaria. Tampoco pido más, sé lo que hay en casa, ya sabe. Mi mujer, mi hija y la nieta forman la unidad, el marido de mi mujer, el pobre, se dedica, básicamente a trabajar. Mi mujer se ha volcado en nuestra hija y en la crianza de la pequeña, creo que piensan en mí como “el abuelo”, ya mayor, siempre en píe, con mis pantalones marrones, mi cinturón finito abarcando mi abultada barriga, mi puro, mis zapatitos negros. No hago nada, no intento nada que pueda plantearles problemas o dudas. Es lo que me ha tocado en esta última etapa de mi vida, pero no me quejo, mi existencia es plácida, tranquila.
—Bueno, no es una mala vida, veo que la tiene asimilada y reflexionada.
—Jaja, sí, claro que sí, tengo mucho tiempo, consigo verla desde fuera y observarla. No hay que pensar mucho, lo que se ve es lo que es y no hay nada más que lo que se representa en ella.
—Excelente punto de vista, desafortunadamente, no siempre ocurre así, hay poca gente como usted, normalmente para llegar a alguien hay que derrumbar multitud de escenarios de cartón piedra, es como escarbar en un cajón de sastre de utilería de un teatro buscando cuales son piezas originales y reales, mezcladas ahí dentro, entre tantas otras construidas, exclusivamente,
para emular y aparentar.

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5 enero 2016 2 05 /01 /enero /2016 20:31
Rey gruñón

—Le veo a usted fatigado, y más delgado además.
—Los putos Reyes Magos, que me traen por la calle de la amargura.
—Jaja, pero, ¿usted no pasaba de todo esto de la Navidad?
—Soy un puñetero rey gruñón, ¿sabe usted? Primero aguanto la acometida de la Nochebuena que tiene su secuela en la Navidad. Parece qué rechazarla es pecado, que digo, un sacrilegio. Luego la Nochevieja la logro salvar, pues es una fiesta pagana, con lo cual, cada uno que la pase como quiera. Y transcurre, y pasados unos días de sosiego, de paz, vuelven a arremeter con los putos reyes magos. Te pillan bajo de defensas, te pillan cansado y con la guardia bajada, te dan una leche tremenda y te tiran al suelo. La familia, o mi familia, toda la vida pasando de mí y mire usted lo pesados que se ponen en las putas Navidades.
—Ya, o sea que ha salido a hacer de Rey Mago.
—Me ha empujado la mala conciencia. La tengo sobre tantas cosas que no soportaba ni un milímetro más. Me he ido a la desesperada a un puñetero centro comercial porque me han venido dos ideas a la cabeza esta mañana mientras paseaba a mi perra. Fíjese hasta dónde llega la presión, que las ideas me han venido por el camino blanco y rectilíneo de no pensar.
—Ya
—Encima ando fastidiado con los dientes, estoy pasando un hambre atroz porque no me atrevo a comer. Así que con el estomago con retortijones me he marchado aprovechando el mediodía. Se puede usted imaginar el festival que había montado. El primer regalo, y les segundo, ha sido fácil. Hasta los empleados de los establecimientos se han quedado asombrados de mi decisión a la hora de elegir. Hacían puntos suspensivos en su conversación conmigo, con la esperanza de que pusiera algún “pero” a mi compra. Pero no, no les ha dado ese gusto, ha sido todo rápido. Pero he aquí que el que mayor tiempo me ha llevado es el de mi cuñado. Un tipo al que no regalaría nada porque no se merece nada, y aquí me tiene andando a por su regalo. Paradójicamente es el que más tiempo me ha llevado. Pero lo peor ha sido empaquetar los putos regalitos. He ido a un gran centro de estos de deporte, una nave industrial fría, una especie de almacén de cosas. He pagado y le he preguntado al cajero que si podían envolverme para regalo mis artículos. El tipo va y me responde que me los puedo envolver yo, y al mismo tiempo me señala una mesa de colegio, de la que cuelgan, con un cordel, unas tijeras de colegio melladas y dos rollos de papel celofán prácticamente acabados. Jaja, y además que si quiero papel de regalo, que me lo tiene que cobrar, 75 céntimos. Me ha visto tal cara que el pobre chaval me ha dicho: “venga que es Navidad, se lo regalo”, así que por huevos me he tenido que dirigir a la mesa de envolver, y encima agradecerle el gesto. ¿Ha intentando usted envolver con un papel de pésima calidad un objeto irregular? ¿Ha usado unas tijeras melladas para cortar papel?, ¿Ha intentado buscar con la uña el final del celofán para ver si aún tiene una tira más? y todo esto mientras sujeta los pliegues del papel, mientras proyectas en su cabeza trigonometría papirofléxica para ver como cojones envuelve aquella cosa. He sudado, y tan costoso ha sido, que encima he salido de allí sonriendo, siguiente estadio al del cabreo supremo.
--Jaja, es usted un rey mago muy trabajado.
—No, como le decía soy un rey mago gruñón, de a regañadientes. Además, todos los años me pasa lo mismo, voy repartiendo regalos y a cambio tendría que ver usted los míos, pero claro, si nos atenemos a la tradición, los reyes magos te traen según te has portado. Le aseguro que llevo años portándome mal, y lo reconozco, así siempre espero poca cosa y me vuelvo a casa con la satisfacción del deber cumplido, en fin, me convierto en una especie de marine de la Navidad. Pero lo más paradójico es que la Navidad, como concepto, me gusta. Me agrada su estética, su frío, encima estás de vacaciones, anochece rápido, hay luces de colores y hasta la gente parece más amable. Es perfecta, sería perfecta, si no tuviera normas. ¿Y usted?, le veo tranquilo, con ese puro en la boca siempre, sin preocuparse de nada.
—Jaja, bueno las mujeres se ocupan de todo, yo sólo asiento, me lo dan todo hecho.
—Ya, las mujeres, que sería de nosotros sin e
llas.
—Eso es, véase usted.

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4 enero 2016 1 04 /01 /enero /2016 19:03
Intríngulis

Bajo al bar del pueblo. Los parroquianos siempre me miran al entrar, claro que ellos miran a todo el que entra. Me recuerda a los saloones del far west, esos que aparecían en las películas de vaqueros. Los más pacíficos sentados en torno a partidas de cartas en el fondo del bar, los más gallitos amarrados a la barra del bar por un codo, desafiantes, observando al forastero que entra y haciéndose dos preguntas sobre él: éste quien cojones es y qué quiere arrebatarme. Supongo que los rumores se disparan cuando en vez de un vino, un coñá o un botellín, pido un té. Creo que se miran entre ellos y alguna risita sardónica también llego o oír, y si tuviera radares en vez de oídos, quizás escuchara entre dientes “aeste gilipollas le metía yo dos hastías y le apañaba echando leches”. En el fondo les desprecio, desprecio su embrutecimiento y esa jactancia de él, esa rascada constante de los huevos, esos sonidos guturales con los que se expresan y esos empujones y manotazos, como los gorilas, para llamarse la atención unos a otros.
--Hombre, usted por aquí.
--Sí, aquí me tiene, tomando un té.
--¿Y hoy?, ¿sin paseo?
--Sí, día de perros, aunque yo no haya sacado al mío. Lluvia, viento, frío, todo desagradable, he optado por permanecer en casa.
--¿Y sus dientes?
--Hasta el viernes nada, los dentistas se han ido de vacaciones, supongo que también tienen derecho, aunque deberían dejar algún servicio de guardia para atender las urgencias.
--Ya, bueno, tómelo con paciencia, el viernes habrá pasado todo.
--Más que paciencia, resignación. Además, siempre pasa todo. Nos angustiamos cuando estamos dentro de un problema, pero una vez resuelto pasa al saco de la historía y, lo peor, es que no aprendemos de él, seguramente volvamos a tener el mismo problema años más tarde y seamos tan estúpidos de no saber resolverlo. Hace años, mi frase preferida era: nunca pasa nada y, efectivamente, pasan muy pocas cosas dignas de mención, el resto son rutinas, pero como ahora todo se cuenta, se han convertido en cosas importantes.
--Ya, sale usted poco.
--Lo mínimo imprescindible, no soy un animal sociable y además, el mundo está loco, me da miedo, le he cogido temor y la única forma de quitarme ese pánico es ignorándolo.
Usted, ¿con esa pinta?, ¿con su edad? ¿temor al mundo?
Precisamente por eso, por mi edad. Soy una rama ya dura, si arrecía el viento seguramente me parta, ya no tengo ductilidad. El mundo es para los jóvenes, los han enseñado a pavonearse, a competir entre ellos, a destruirse unos a otros en favor de la productividad, los beneficios, el crecimiento, a que crean que lo saben todo y si ignoran algo que tienen acceso directo al conocimiento. No quiero estar en esa batalla, acabaría matando a alguno.
--Jaja, no exagere.
--No exagero, mis códigos de comportamiento ya no obtienen respuesta. Es una cuestión de satélites. Yo envío la señal y espero respuesta del rebote, pero ya no hay rebote, creo que mis señales se pierden en el espacio y no llegan a ningún sitio, mueren agotadas en las profundidades de alguna galaxia. Ojalá pudiera retirarme, creo que sería feliz. Jaja, nunca pensé que quisiera, alguna vez, tener más edad de la que tengo.
--Bueno, otros tiempos sí, hemos de dar paso a las nuevas generaciones.
--Estaría encantado de ello, pero aún son también mis tiempos, si no, no estaría aquí, estaría ya lejos. El drama es que he de continuar aquí, con el día a día y créame usted que ese día a día, me importa un bledo.
--Pues mal asunto.
--Muy malo, pues lo que fluye es gracias a la inerc
ia e ignoro que sucederá cuando se agote.
--Ah

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4 enero 2016 1 04 /01 /enero /2016 01:17
Ciclos

--Le veo poco sonriente hoy.

--Ya, ya, y apenas puedo hablar. ¿Quiere ver algo alucinante?
--No me asuste, pero sí, dígame.
--Atento.
--Pero, ¿qué le ha pasado en la boca?
--Ya ve, ayer, lavándome los dientes, se me cayó una funda, y me he quedado sin dos dientes.
--Pues tiene usted un aspecto que no quiero decírselo, pero….
--Sí, lo sé, deplorable. Estoy como desnudo, es horrible. Son rachas que uno vive. Horas antes de los dientes el perchero de la entrada de casa se desmoronó y toda la ropa abajo. Y por la mañana, el coche hizo titubeos para arrancar. Así que supongo que estoy en una de esas rachas en las que las cosas se tuercen, una mierda. Ciclos, son ciclos, los tres kilómetros de ida, y los tres de vuelta.
--Bueno, todo tiene fácil arreglo, usted al dentista, eso cuanto antes, el coche al taller y el perchero sólo quiere un poco de bricolage.
--Sí, supongo que tiene usted razón, que todo es subsanable, pero ¿y las molestias? ¿y todos los planes que habré de abortar, modificar? Como ya le he dicho, me produce verdadero desasosiego improvisar.
--Tengo prisa, le dejo.
--Adiós.

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2 enero 2016 6 02 /01 /enero /2016 22:15
Anfitrión invitado

—Hombre! ¿Haciendo sus seis kilómetros?
--Eso es. Mire usted que me ha costado, pero aquí me tiene, de vuelta.
--¿Le ha costado?
--Sí, me he levantado desorientado. Eran las diez o diez y cuarto, y fuera hacía frío. Mi hijo y su novia, amiga, colega, como usted quiera denominar la relación, estaban durmiendo abajo, en el sótano de casa.
--¿Los tiene usted en el sótano?
--Jaja, no, no, mi hijo se ha montado una especie de apartamento en el sótano de casa. Mejor ¿sabe? Nos separa una puerta y unas escaleras, con lo que la independencia es total. Supongo que si ha tomado esa decisión es que en algo sale a mí, por lo tanto no me sorprende, ni tampoco me opongo, supongo que yo hubiera hecho lo mismo en casa de mis padres, pero era inviable, vivíamos en una casa pequeña horizontal, una casa de trabajadores en un barrio de trabajadores. Aun así, disponía de mi propio cuarto, cuestión que siempre he agradecido, pues fue en él en el que comencé a forjar este ridículo mundo mío. Ignoro porque yo tenía cuarto y mi hermana no. Ella dormía con mi abuela, supongo que era cuestión de sexos. En mi cuarto, como le decía, me fui escondiendo de mi propia familia, y supongo que ahí empecé a hacerme opaco para mis semejantes. Tal fue el ostracismo que me marché de casa en cuanto pude, aunque eso siempre es bueno. La familia me agobiaba y por más que cerraba la puerta, el agobio parecía entrar en forma gaseosa por debajo de la puerta.
--Jajajaja, debería usted saber también que pensaba su familia de su aislamiento.
--Bueno, ya sabe usted que por aquel entonces los niños no éramos nada, sólo adquiríamos relevancia si nos quedábamos solos. Es decir, cuando estábamos solos podíamos dejar emerger toda la fantasía y, sobre todo, la personalidad, podíamos ser seres autónomos, con juicio, gustos, aficiones y secretos, en público éramos los últimos de la fila.
--En eso lleva usted razón, pero todos los niños vivieron esos mismos años y no todos hemos salidos tan insociables como usted.
--En ese caso, supongo que he sido afortunado y he salido rarito por tener cuarto propio.
--Jajaja, es usted paradójico.
--No, no, en absoluto, no le conozco de nada, excepto de encontrarnos en el paseo, pero le cuento las cosas tal como las pienso. Puede que esos niños de esa época, tan sociables ahora, vivieran en comunas dentro de sus casas, cuevas comunes con espacios separados por mantas para guardar cierta intimidad. La misma manta que tengo yo ahora colgada en un hueco de escalera para que no se escape el calor de mi salón hacia la planta de arriba.
--Jajaja. ¿Se le escapa a usted el calor?
--Se me escapa, sí señor, y mire usted que cuesta generarlo. Toda la vida trabajando, y le aseguro que me dejo la piel haciéndolo, y tengo problemas para retener el calor en mi hogar. Eso me hace sentir que soy un tipo desorganizado, alocado. Supongo que un ser racional incluiría como una de sus prioridades la retención del calor, que después de todo es símbolo de confort y de calidad de vida. Sin embargo, yo sigo como en las cuevas a las que antes hacía mención, a pesar de haber dispuesto de cuarto propio, creando puntos de calor a los que me veo obligado a acercarme para regocijarme en ellos.
--Jajaja. Pero bueno, me decía usted que le ha costado hoy salir a pasear.
--Sí, sí, como le decía ayer, mi perra es my personal trainer, de ahí que haya hecho, de nuevo hoy, los seis kilómetros correspondientes. Me he levantado y sabía que mi hijo y su pareja estaban durmiendo. Además, como son jóvenes, y por tanto perezosos, intuía que iban a tardar en levantarse. El plan era que esta mañana íbamos a ir a comprar regalos de Reyes, pero verá usted, nunca se me ha dado bien la improvisación. Si acordamos eso anoche, ignoro porque no se han levantado como yo. He estado media hora andando sin intentar hacer mucho ruido por la casa para que no oyeran mis pisadas en el suelo, atento a cualquier ruido que delatara su despertamiento. He desayunado, he esperado y nada, ningún movimiento. Así las cosas, no me ha gustado pensar en mí encerrado en una habitación, sin hacer ruido, me he sentido cohibido en mi propia casa, ¿se lo puede creer? Tenía que salir de allí, así que me he duchado y mientras lo hacía he decidido salir a pasear a la perra. En un principio pensaba dar un paseo corto, pero me he puesto a andar y he pensado sobre la necesidad de hacer ejercicio y así, midiendo todo los que tendría que desandar, me he puesto andar mis tres kilómetros reglamentarios.
--Bueno, aunque no fuera lo planificado, no es mal plan.
--No, en absoluto. Estoy contento. Además, la mañana es fresca, con nubes altas, el aire corta el rostro y oigo a los aeroplanos levantando pesadamente el vuelo tras las nubes.



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Published by Fausto Lipomedes
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1 enero 2016 5 01 /01 /enero /2016 17:38

 

 

 

 

Uno de enero. Lo primero que he hecho es levantarme de la cama. Más bien tarde, debían de ser las 10.30 o las 10.40.
--¿Mucha juerga y resaca de ayer?
--Nooo, no, no, para nada oiga, nada de nada. Las Nocheviejas para mí ya se han acabado hace años. Implican vestirte, más o menos digno, salir de casa cuando apetece empezar a estar en ella, relacionarte con gente que, normalmente son familiares o muy conocidos, cenar como cerdos, aparentar euforia y alegría, nerviosismo antes de las doce campanadas, aguantar a histéricos o histéricas haciendo el ganso, comerte las uvas mientras un grupo de personas se miran entre ellas mientras las engullen con los ojos muy abiertos, como de payasos de porcelana (mofletes rojos), y aguantar el estallido final. Besos abrazos, deseos de buena suerte, toqueteos y demás gilipolleces provenientes de mujeres que a lo mejor no quieres que te besen u hombres que no quieres que te abracen. Y todo porque ha pasado la manecilla larga del reloj, de un minuto a otro. Se descorcha el champán y continúa la felicidad, y más alcohol para los cuerpos (adolescentes vestidas de mujeres y mujeres vestidas de adolescentes), hombres uniformaditos, con sus camisitas con botones en los cuellos, papadas, barrigas abrochadas, zapatitos limpios y algún idiota que otro se pone un smoking. Y hoy en día, ahí no acaba la cosa.
--Ah, ¿no?
--Nooo, ni mucho menos. Todo el mundo agarra su smartphone y comienzan las fotos, ahora con este, ahora con aquellos, ahora te echo el brazo sobre tu hombro, ahora échamelo tú, ahora nos hacemos un selfie, ahora otro selfie, ahora, espera, pongo el palo del selfie y nos hacemos todos un selfie, y sonríe, no pares de sonreír, de abrir la boca, de mostrar tus dientes blancos, que para eso te has gastado una pasta en el dentista. Y aguantar a los más jóvenes, y no tanto, haciendo esas muecas de heavy metal cuando se hacen la foto. Todos con las bocas abiertas hasta enseñar la garganta, con la lengua fuera…….gilipollas. Y si te descuidas, tu foto, con los ojos inyectados de cansancio, forma parte de los millones de fotos de millones de gilipollas que tienen necesidad de mostrar sus memeces al mundo. Y luego a seguir comiendo y el típico ¿pero no te comes un polvorón? ¿Has probado este turrón? Cómete una hojaldrada, o este mazapán, es de la puta Alpurnía, casero, con lo que han costado. Y entonces calculas cuanto tiempo más habrás de estar para poder marcharte, y sales y hace frío y llevas la barriga llena, y tomas bocanada de ese aire gélido que se mezcla con las mayonesas,las salsas de los asados, los langostinos y los espárragos, y se te corta la digestión, y llega el ardor y deseas estar en casa para tomar una bocanada del aire de tu hogar y así, tratar de recobrar la normalidad.
Jajaja, lo pintas fatal, no me extraña que no celebres la Nochevieja.
Y quién dice que no la celebro. Claro que la celebro, pero es un acto íntimo entre yo y el nuevo año.
¿Un acto intimo? suena a pacto. ¿Deseos para el año nuevo?
Nooo, por favor, ¿pero realmente crees que algo cambia? ¿Crees que es posible proponerte cosas nuevas de un minuto para otro? Mal empiezas a cambiar si continuas comiendo como un cerdo, bebiendo y yéndote a la cama a las tantas con la cara pálida. ¿Qué es de esos buenos deseos a la tarde siguiente? Cuando te levantas con el cuerpo destrozado, el estómago estropeado y con ganas sólo de tomar infusiones. Es imposible comenzar con cualquier buen y nuevo deseo desde esa cloaca.
Entonces, ¿tu acto íntimo?
Mi acto íntimo es reafirmarme en mí mismo. Continuar siendo el ser que soy, hacer un pequeño análisis de la situación, analizar que me ha llevado a ella en ese último minuto del año y saber que empieza otro ciclo nuevo en el que seguiré siendo como soy, pero tratando de mejorar las cosas.
--Ah, entonces, ¿lo ves? alguna promesa de cambio hay.
--Nooo, te equivocas. Es un acto de reafirmación, un minuto de mirarte dentro y saber de lo qué vas a ser capaz el año próximo para mejorar cosas, o al menos de darte cuenta de lo que deberías de hacer para ello, otra cosa es que seas capaz de hacerlo o no, y eso lo sabemos todos. Por eso necesito esa calma y esa tranquilidad. Claro que me como las uvas, y este año han sido bien gordas, y a mi perra, que celebró la nochevieja conmigo, también le di doce golosinas diminutas, una por cada campanada. ¿Crees que estaba nerviosa? No. para ella sólo era una noche más y ni siquiera se preguntó que cojones pasaba para que su amo le premiara con aquello, se limitó a aprovechar la ocasión.
--Hace un día precioso.
--Sí, lo hace.
--¿Siempre paseas por aquí con tu perra?
--No, no siempre, digamos que este es el camino automático.
--¿Camino automático?
--Sí, el camino mínimo, la ruta de no pensar. Un camino blanco, rectilíneo, sin opciones. Una vía de ida y vuelta, tres kilómetros de ida y otros tres de vuelta, en total seis, el mínimo ejercicio necesario para completar al cien por cien el ejercicio que he de hacer diariamente y que mide mi reloj.
--Ah, interesante.
--Bueno, no sé si lo es o no, pero a mi me deja tranquilo. Si no estuviera mi perra, quizás no me hubiera movido hoy de casa y hubiera dado opción a mi cuerpo a expandirse y luego me haría sentir mal, con lo cual me iría a la cama con cierto mal remordimiento, por eso digo que este animal es mi entrenador personal, o si prefieres mi personal trainer, perdón my personal trainer.
--Entonces, ¿has dormido bien?
--Bueno, cómo te decía, me acosté tarde. Me suelo acostar tarde, pero ayer, además, tenía el placer de no tener que madrugar al día siguiente. Pero creo que te he mentido antes. Lo primero que he hecho esta mañana ha sido levantarme, sí. Pero me he vuelto a acostar. Sólo me he levantado para abrir la puerta a la perra, pues estaba nerviosa y la oí juguetear con las piñas que uso para encender la chimenea.
--Ah
--Sí, he dormido bien. Te mostraré el gráfico de mi sueño de año nuevo. ¿Ves?

Cercano a las seis de la mañana tuve mi sueño más profundo. caí como un lirón, ¿lo ves? Bajo a abismos de sueño y subo súbito a otros ligeros. Lo que daría por poder saber a que mundos abisales desciendo y que hay allí abajo.

Me encanta salir los primeros de año por la mañana. El mundo tiene sueño y está cansado y lo tienes todo para ti. Sólo te cruzas con jóvenes ya gordos haciendo footing, supongo que fruto de esas promesas de año nuevo y con parejas mayores. Lo bueno, es que somos tan pocos que todos nos saludamos, y hay cierta complicidad en el saludo, como diciéndonos: tu también has sido listo y no has celebrado la nochevieja eh.
--Jaja ¿Te hiciste una cena especial?
--Claro. cené una tortilla de jamón con arroz indio y verduras, pequeñas tiras de salmón noruego ahumado y tomates de la Encija, rojos, pequeños, prietos, con lágrimas de mozarela de Luguerno. Todo ello regado con una copa de vino tinto del Pedrigal y pan inglés de semillas. Acabé con unos trozos de turrón de Jijona.
--No está nada mal.
--No, tal como te lo he contado, no, pero tendrías que haberlo visto dispuesto en mi bandeja portátil.
--¿Vuelves ya a casa?
--Sí, llegaré, me daré una ducha, prepararé un fuego, escribiré esto, y esperaré a mi hijo, que me ha anunciado que viene con su chica.
--Ah, buen plan.
--No lo sé, en lo más íntimo me gustaría seguir solo, pero supongo que como parte de esas cosas a mejorar, habré de optimizar este año lo de relacionarme más.
Bueno, en definitiva, has tenido una buena nochevieja.
Sí, la que he querido. Lo que ignoro es si es fruto de mis circunstancias y me limito a envidiar la felicidad de los demás.
--Adiós
--Adiós. Venga Dana, sube!, nos vamos.

Uno de enero de 2016

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Sueño del 31 al 1 de enero

Sueño del 31 al 1 de enero

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Published by Fausto Lipomedes - en Cosas de todos los días
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