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4 enero 2016 1 04 /01 /enero /2016 01:17
Ciclos

--Le veo poco sonriente hoy.

--Ya, ya, y apenas puedo hablar. ¿Quiere ver algo alucinante?
--No me asuste, pero sí, dígame.
--Atento.
--Pero, ¿qué le ha pasado en la boca?
--Ya ve, ayer, lavándome los dientes, se me cayó una funda, y me he quedado sin dos dientes.
--Pues tiene usted un aspecto que no quiero decírselo, pero….
--Sí, lo sé, deplorable. Estoy como desnudo, es horrible. Son rachas que uno vive. Horas antes de los dientes el perchero de la entrada de casa se desmoronó y toda la ropa abajo. Y por la mañana, el coche hizo titubeos para arrancar. Así que supongo que estoy en una de esas rachas en las que las cosas se tuercen, una mierda. Ciclos, son ciclos, los tres kilómetros de ida, y los tres de vuelta.
--Bueno, todo tiene fácil arreglo, usted al dentista, eso cuanto antes, el coche al taller y el perchero sólo quiere un poco de bricolage.
--Sí, supongo que tiene usted razón, que todo es subsanable, pero ¿y las molestias? ¿y todos los planes que habré de abortar, modificar? Como ya le he dicho, me produce verdadero desasosiego improvisar.
--Tengo prisa, le dejo.
--Adiós.

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2 enero 2016 6 02 /01 /enero /2016 22:15
Anfitrión invitado

—Hombre! ¿Haciendo sus seis kilómetros?
--Eso es. Mire usted que me ha costado, pero aquí me tiene, de vuelta.
--¿Le ha costado?
--Sí, me he levantado desorientado. Eran las diez o diez y cuarto, y fuera hacía frío. Mi hijo y su novia, amiga, colega, como usted quiera denominar la relación, estaban durmiendo abajo, en el sótano de casa.
--¿Los tiene usted en el sótano?
--Jaja, no, no, mi hijo se ha montado una especie de apartamento en el sótano de casa. Mejor ¿sabe? Nos separa una puerta y unas escaleras, con lo que la independencia es total. Supongo que si ha tomado esa decisión es que en algo sale a mí, por lo tanto no me sorprende, ni tampoco me opongo, supongo que yo hubiera hecho lo mismo en casa de mis padres, pero era inviable, vivíamos en una casa pequeña horizontal, una casa de trabajadores en un barrio de trabajadores. Aun así, disponía de mi propio cuarto, cuestión que siempre he agradecido, pues fue en él en el que comencé a forjar este ridículo mundo mío. Ignoro porque yo tenía cuarto y mi hermana no. Ella dormía con mi abuela, supongo que era cuestión de sexos. En mi cuarto, como le decía, me fui escondiendo de mi propia familia, y supongo que ahí empecé a hacerme opaco para mis semejantes. Tal fue el ostracismo que me marché de casa en cuanto pude, aunque eso siempre es bueno. La familia me agobiaba y por más que cerraba la puerta, el agobio parecía entrar en forma gaseosa por debajo de la puerta.
--Jajajaja, debería usted saber también que pensaba su familia de su aislamiento.
--Bueno, ya sabe usted que por aquel entonces los niños no éramos nada, sólo adquiríamos relevancia si nos quedábamos solos. Es decir, cuando estábamos solos podíamos dejar emerger toda la fantasía y, sobre todo, la personalidad, podíamos ser seres autónomos, con juicio, gustos, aficiones y secretos, en público éramos los últimos de la fila.
--En eso lleva usted razón, pero todos los niños vivieron esos mismos años y no todos hemos salidos tan insociables como usted.
--En ese caso, supongo que he sido afortunado y he salido rarito por tener cuarto propio.
--Jajaja, es usted paradójico.
--No, no, en absoluto, no le conozco de nada, excepto de encontrarnos en el paseo, pero le cuento las cosas tal como las pienso. Puede que esos niños de esa época, tan sociables ahora, vivieran en comunas dentro de sus casas, cuevas comunes con espacios separados por mantas para guardar cierta intimidad. La misma manta que tengo yo ahora colgada en un hueco de escalera para que no se escape el calor de mi salón hacia la planta de arriba.
--Jajaja. ¿Se le escapa a usted el calor?
--Se me escapa, sí señor, y mire usted que cuesta generarlo. Toda la vida trabajando, y le aseguro que me dejo la piel haciéndolo, y tengo problemas para retener el calor en mi hogar. Eso me hace sentir que soy un tipo desorganizado, alocado. Supongo que un ser racional incluiría como una de sus prioridades la retención del calor, que después de todo es símbolo de confort y de calidad de vida. Sin embargo, yo sigo como en las cuevas a las que antes hacía mención, a pesar de haber dispuesto de cuarto propio, creando puntos de calor a los que me veo obligado a acercarme para regocijarme en ellos.
--Jajaja. Pero bueno, me decía usted que le ha costado hoy salir a pasear.
--Sí, sí, como le decía ayer, mi perra es my personal trainer, de ahí que haya hecho, de nuevo hoy, los seis kilómetros correspondientes. Me he levantado y sabía que mi hijo y su pareja estaban durmiendo. Además, como son jóvenes, y por tanto perezosos, intuía que iban a tardar en levantarse. El plan era que esta mañana íbamos a ir a comprar regalos de Reyes, pero verá usted, nunca se me ha dado bien la improvisación. Si acordamos eso anoche, ignoro porque no se han levantado como yo. He estado media hora andando sin intentar hacer mucho ruido por la casa para que no oyeran mis pisadas en el suelo, atento a cualquier ruido que delatara su despertamiento. He desayunado, he esperado y nada, ningún movimiento. Así las cosas, no me ha gustado pensar en mí encerrado en una habitación, sin hacer ruido, me he sentido cohibido en mi propia casa, ¿se lo puede creer? Tenía que salir de allí, así que me he duchado y mientras lo hacía he decidido salir a pasear a la perra. En un principio pensaba dar un paseo corto, pero me he puesto a andar y he pensado sobre la necesidad de hacer ejercicio y así, midiendo todo los que tendría que desandar, me he puesto andar mis tres kilómetros reglamentarios.
--Bueno, aunque no fuera lo planificado, no es mal plan.
--No, en absoluto. Estoy contento. Además, la mañana es fresca, con nubes altas, el aire corta el rostro y oigo a los aeroplanos levantando pesadamente el vuelo tras las nubes.



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1 enero 2016 5 01 /01 /enero /2016 17:38

 

 

 

 

Uno de enero. Lo primero que he hecho es levantarme de la cama. Más bien tarde, debían de ser las 10.30 o las 10.40.
--¿Mucha juerga y resaca de ayer?
--Nooo, no, no, para nada oiga, nada de nada. Las Nocheviejas para mí ya se han acabado hace años. Implican vestirte, más o menos digno, salir de casa cuando apetece empezar a estar en ella, relacionarte con gente que, normalmente son familiares o muy conocidos, cenar como cerdos, aparentar euforia y alegría, nerviosismo antes de las doce campanadas, aguantar a histéricos o histéricas haciendo el ganso, comerte las uvas mientras un grupo de personas se miran entre ellas mientras las engullen con los ojos muy abiertos, como de payasos de porcelana (mofletes rojos), y aguantar el estallido final. Besos abrazos, deseos de buena suerte, toqueteos y demás gilipolleces provenientes de mujeres que a lo mejor no quieres que te besen u hombres que no quieres que te abracen. Y todo porque ha pasado la manecilla larga del reloj, de un minuto a otro. Se descorcha el champán y continúa la felicidad, y más alcohol para los cuerpos (adolescentes vestidas de mujeres y mujeres vestidas de adolescentes), hombres uniformaditos, con sus camisitas con botones en los cuellos, papadas, barrigas abrochadas, zapatitos limpios y algún idiota que otro se pone un smoking. Y hoy en día, ahí no acaba la cosa.
--Ah, ¿no?
--Nooo, ni mucho menos. Todo el mundo agarra su smartphone y comienzan las fotos, ahora con este, ahora con aquellos, ahora te echo el brazo sobre tu hombro, ahora échamelo tú, ahora nos hacemos un selfie, ahora otro selfie, ahora, espera, pongo el palo del selfie y nos hacemos todos un selfie, y sonríe, no pares de sonreír, de abrir la boca, de mostrar tus dientes blancos, que para eso te has gastado una pasta en el dentista. Y aguantar a los más jóvenes, y no tanto, haciendo esas muecas de heavy metal cuando se hacen la foto. Todos con las bocas abiertas hasta enseñar la garganta, con la lengua fuera…….gilipollas. Y si te descuidas, tu foto, con los ojos inyectados de cansancio, forma parte de los millones de fotos de millones de gilipollas que tienen necesidad de mostrar sus memeces al mundo. Y luego a seguir comiendo y el típico ¿pero no te comes un polvorón? ¿Has probado este turrón? Cómete una hojaldrada, o este mazapán, es de la puta Alpurnía, casero, con lo que han costado. Y entonces calculas cuanto tiempo más habrás de estar para poder marcharte, y sales y hace frío y llevas la barriga llena, y tomas bocanada de ese aire gélido que se mezcla con las mayonesas,las salsas de los asados, los langostinos y los espárragos, y se te corta la digestión, y llega el ardor y deseas estar en casa para tomar una bocanada del aire de tu hogar y así, tratar de recobrar la normalidad.
Jajaja, lo pintas fatal, no me extraña que no celebres la Nochevieja.
Y quién dice que no la celebro. Claro que la celebro, pero es un acto íntimo entre yo y el nuevo año.
¿Un acto intimo? suena a pacto. ¿Deseos para el año nuevo?
Nooo, por favor, ¿pero realmente crees que algo cambia? ¿Crees que es posible proponerte cosas nuevas de un minuto para otro? Mal empiezas a cambiar si continuas comiendo como un cerdo, bebiendo y yéndote a la cama a las tantas con la cara pálida. ¿Qué es de esos buenos deseos a la tarde siguiente? Cuando te levantas con el cuerpo destrozado, el estómago estropeado y con ganas sólo de tomar infusiones. Es imposible comenzar con cualquier buen y nuevo deseo desde esa cloaca.
Entonces, ¿tu acto íntimo?
Mi acto íntimo es reafirmarme en mí mismo. Continuar siendo el ser que soy, hacer un pequeño análisis de la situación, analizar que me ha llevado a ella en ese último minuto del año y saber que empieza otro ciclo nuevo en el que seguiré siendo como soy, pero tratando de mejorar las cosas.
--Ah, entonces, ¿lo ves? alguna promesa de cambio hay.
--Nooo, te equivocas. Es un acto de reafirmación, un minuto de mirarte dentro y saber de lo qué vas a ser capaz el año próximo para mejorar cosas, o al menos de darte cuenta de lo que deberías de hacer para ello, otra cosa es que seas capaz de hacerlo o no, y eso lo sabemos todos. Por eso necesito esa calma y esa tranquilidad. Claro que me como las uvas, y este año han sido bien gordas, y a mi perra, que celebró la nochevieja conmigo, también le di doce golosinas diminutas, una por cada campanada. ¿Crees que estaba nerviosa? No. para ella sólo era una noche más y ni siquiera se preguntó que cojones pasaba para que su amo le premiara con aquello, se limitó a aprovechar la ocasión.
--Hace un día precioso.
--Sí, lo hace.
--¿Siempre paseas por aquí con tu perra?
--No, no siempre, digamos que este es el camino automático.
--¿Camino automático?
--Sí, el camino mínimo, la ruta de no pensar. Un camino blanco, rectilíneo, sin opciones. Una vía de ida y vuelta, tres kilómetros de ida y otros tres de vuelta, en total seis, el mínimo ejercicio necesario para completar al cien por cien el ejercicio que he de hacer diariamente y que mide mi reloj.
--Ah, interesante.
--Bueno, no sé si lo es o no, pero a mi me deja tranquilo. Si no estuviera mi perra, quizás no me hubiera movido hoy de casa y hubiera dado opción a mi cuerpo a expandirse y luego me haría sentir mal, con lo cual me iría a la cama con cierto mal remordimiento, por eso digo que este animal es mi entrenador personal, o si prefieres mi personal trainer, perdón my personal trainer.
--Entonces, ¿has dormido bien?
--Bueno, cómo te decía, me acosté tarde. Me suelo acostar tarde, pero ayer, además, tenía el placer de no tener que madrugar al día siguiente. Pero creo que te he mentido antes. Lo primero que he hecho esta mañana ha sido levantarme, sí. Pero me he vuelto a acostar. Sólo me he levantado para abrir la puerta a la perra, pues estaba nerviosa y la oí juguetear con las piñas que uso para encender la chimenea.
--Ah
--Sí, he dormido bien. Te mostraré el gráfico de mi sueño de año nuevo. ¿Ves?

Cercano a las seis de la mañana tuve mi sueño más profundo. caí como un lirón, ¿lo ves? Bajo a abismos de sueño y subo súbito a otros ligeros. Lo que daría por poder saber a que mundos abisales desciendo y que hay allí abajo.

Me encanta salir los primeros de año por la mañana. El mundo tiene sueño y está cansado y lo tienes todo para ti. Sólo te cruzas con jóvenes ya gordos haciendo footing, supongo que fruto de esas promesas de año nuevo y con parejas mayores. Lo bueno, es que somos tan pocos que todos nos saludamos, y hay cierta complicidad en el saludo, como diciéndonos: tu también has sido listo y no has celebrado la nochevieja eh.
--Jaja ¿Te hiciste una cena especial?
--Claro. cené una tortilla de jamón con arroz indio y verduras, pequeñas tiras de salmón noruego ahumado y tomates de la Encija, rojos, pequeños, prietos, con lágrimas de mozarela de Luguerno. Todo ello regado con una copa de vino tinto del Pedrigal y pan inglés de semillas. Acabé con unos trozos de turrón de Jijona.
--No está nada mal.
--No, tal como te lo he contado, no, pero tendrías que haberlo visto dispuesto en mi bandeja portátil.
--¿Vuelves ya a casa?
--Sí, llegaré, me daré una ducha, prepararé un fuego, escribiré esto, y esperaré a mi hijo, que me ha anunciado que viene con su chica.
--Ah, buen plan.
--No lo sé, en lo más íntimo me gustaría seguir solo, pero supongo que como parte de esas cosas a mejorar, habré de optimizar este año lo de relacionarme más.
Bueno, en definitiva, has tenido una buena nochevieja.
Sí, la que he querido. Lo que ignoro es si es fruto de mis circunstancias y me limito a envidiar la felicidad de los demás.
--Adiós
--Adiós. Venga Dana, sube!, nos vamos.

Uno de enero de 2016

Uno de enero de 2016

Sueño del 31 al 1 de enero

Sueño del 31 al 1 de enero

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11 noviembre 2015 3 11 /11 /noviembre /2015 01:16

Hace un par de noches tuve otro sueño. Uso el siguiente mecanismo para seleccionarlos: los dejo habitar en mi memoria 48 horas. Si pasado este tiempo aún están vivos, realmente merecen la pena y acabo trazando sus líneas maestras. Si por el contrario se desvanecen, es que la realidad es capaz de imponerse a ellos.


Estoy en una reunión. Es en una de esas salas de reuniones asépticas y rectilíneas de un hotel. Es una mesa alargada, yo estoy en un lateral, frente a no se quién o quienes. A mi lado, a mi izquierda, hay alguien que, en teoría, es aliado mío. ¿Se trata de una negociación? no lo sé. Algo ocurre. Algo he dicho que sé que no le ha gustado a mi aliado, a quién ni siquiera veo el rostro. Sé lo que hace con la gente que le defrauda, o con la gente de la que se cansa, o con la gente de la que ya no puede sacar nada: los manda asesinar.


Como en las películas, yo, el sentenciado, abandona la sala engañándome de que nada pasa, de que la vida va a continuar tranquilamente. Pero no es cierto, te van a eliminar.
Salgo de aquella sala de reuniones a un pasillo también blanco y frío, iluminado por la luz natural de un ventanal. Hay dos hombres vestidos con trajes blancos, quizás sean médicos, apoyados contra la pared. Les observo, paso junto a ellos y les observo como sacan de sus bolsillos senda pequeñas inyecciones que presumo letales. Intentan clavármelas, pero sus movimientos son lentos, patosos. Son más lento que yo, por lo tanto, logro zafarme de ellos y creo que consigo clavarles yo a ellos aquellas jeringas mortales, pues caen redondos, como muñecos desinflados.


Ahora estoy en una especie de estación de autobuses. Por un momento percibo que me acompaña el concepto familia, pero no reconozco voz alguna o persona que así lo certifique. No estoy en una sala de espera, más bien en las cocheras. No son oscuras, hay luz, al aire libre, y hasta flores en macetas y jardineras.
¿Qué ocurre? una mujer, más bien joven, es quien ahora intenta asesinarme. No puedo saber con que instrumento o herramienta. Creo que va vestida con una especie de abrigo largo de color morado. No sé cómo enfrentarme a ella, pero lo consigo, pues ahora ella está tumbada en el suelo y yo introduzco en su boca todo tipo de objetos, la mayoría de ellos vegetales. Aún veo como la meto el bulbo de una planta como si estuviera empujando una naranja por el culo de un pollo que vaya a asar. Supongo que quiero ahogarla. Resulta violento, pero es su vida o la mía. Parece no moverse, ¿Está muerta?


Ahora corro por las cocheras, ella me persigue, pienso qué hacer, pues esta vez ella es más rápida y ágil que yo (típico de los sueños). Me fijo, está embarazada. Eso no me importa en mi sueño. Pienso y pienso, y pienso en estampar contra su cara algún objeto del mobiliario urbano. Y despierto.

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1 noviembre 2015 7 01 /11 /noviembre /2015 19:01
Un sueño extraño

Anoche tuve un sueño extraño.
Ya sabéis lo que ocurre con los sueños, que se olvidan.


Algunos sueños son tan reales que cuando sales de ellos tardas en darte cuenta de que estás fuera. Y si son oscuros y jodidos, uff, que alivio.
Hay sueños que escarban más hondo y se enraízan en tus miedos y tus angustias. Son sueños que sobreviven en tu cabeza aún después de despierta, consiguiendo llenar tu realidad de pesadumbre y miedo y se produce el shock de no saber como gestionar la realidad onírica en la que tú, sólo unos momentos antes eras otro, mientras te pones los calcetines recién levantado de la cama. Y siempre me hago la misma pregunta ¿soy en realidad ese otro?


Ignoro el origen de mi sueño, ese tan extraño. Todo arranca, en mi recuerdo, con un hombre muerto al que yo sabía que había matado.


Creo que es la primera vez, en mi recuerdo, que un muerto es el eje de mis sueños. Más extraño aún es que yo le hubiera dado muerte. Lo que era seguro es que aquel óbito había ocurrido por casualidad, quizás fruto de un empujón y una mala caída, como en las películas, pero el empujón, o lo que fuera, se lo había dado yo. También sentía, en mi sueño, que la muerte de aquel tipo tampoco me importaba, por lo tanto, algún problema gordo debía de tener con él. Digamos, que mi mayor preocupación con aquel muerto era resolver el problema de dónde llevarle, como hacerle desaparecer.


Todo esto ocurría en una especie de aparcamiento al aire libre, espacioso, rodeado de automóviles aparcados, al atardecer, quizás de noche. Al muerto lo acababa de subir a mi coche, en el maletero. Pero no penséis en un maletero independiente del habitáculo del vehículo y que queda cerrado bajando el capó, sino uno de esos con portón trasero, los típicos de una furgoneta y que puedes agrandar si abates los asiento traseros. Veo al hombre, al que no se como he sido capaz de subir ahí, acurrucado en posición fetal. Por lo tanto, no veo su rostro, sólo su cuerpo. Recuerdo que lleva pantalones claros y camisa blanca, y también un cinturón estrecho.
Mi coche está aparcado en uno de los laterales de ese aparcamiento y ese lateral que da a una calle. Yo estoy aparcado en batería y el culo de mi automóvil da a esa calle. Por ella pasa ahora un autobús. Ahora descubro que es de noche, pues la luminosidad que escapa por las ventanas del ese autobús, por encima de mi cabeza, me hace intuir su presencia. Ignoro cuanta gente va en ese transporte, pero por pocas que sean, su posición elevada les permite ver, a través de las ventanillas, a mi muerto. Menudo aprieto.
En ese momento, en el que no sé si cubrir con mi propio cuerpo al otro cuerpo para ocultarlo a los viajeros, aparece una mujer, bajita y fea, una cincuentona de expresión arisca, soberbia, consumida por la envidia innata con la que vive, consumida por la rabia, pues las cosas no le han salido bien. La conozco, sé quien es en mi vida real y es la última persona a la que me dirigiría para pedirle ayuda, pues, ignoro las verdaderas razones del porque, pero no me soporta y creo que no le importaría que yo fuera su muerto.
Pues bien, esta mujer, en mi sueño, aparece justo en ese preciso momento. Parece entender mi situación por los movimientos de sus ojos, y más o menos viene a decirme: “tranquilo, yo me llevo el coche y con él al muerto”, pero entre nosotros no median palabras.
Yo no acierto a tomar ninguna decisión, pero mi abstención sobre la opinión que me merece su ofrecimiento, la entiende como un asentimiento e intuyo que se dispone a subir a mi automóvil.
A pesar del muerto, de que haya aparecido ella y de que además tenga conocimiento de la situación, no logro saber qué hacer, estoy bloqueado. Sólo pienso que ella va a tener una buena información para extorsionarme y trato de acertar sobre lo que querrá a cambio de no revelar mi secreto. Me tomo todo aquello como un problema común. Mi percepción es similar a cuando te metes en un aprieto tu solito y cada vez es mayor el problema que vas creando, hasta que en un momento determinado se te ha escapado de las manos. Pienso que ya veré como lo resuelvo. Despierto, menos mal.









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18 octubre 2015 7 18 /10 /octubre /2015 22:02

José Manuel, el Sanador, vive debajo de una tienda. Es una tienda minúscula, con una entrada minúscula desde la calle. Entras, casi de lado, y te encuentras con un local en forma de pasillo con estantes de madera hasta el techo abarrotados de productos naturales. A la derecha también hay un mostrador, también de madera, cargado de más paquetes de hierbas, píldoras y frascos, formando pilas que ocultan a una mujer explícita, seca, resolutiva y carente de cualquier aparente dulzura.
La tienda es tan minúscula que no acierto a dar con ella cuando estoy en la calle. Hace calor y sudo. Es un barrio obrero recargado de pequeños comercios apelotonados unos al lado de los otros, en fila. Todos con pequeños letreros. Miro el bloque en el que tiene que estar la tienda de José Manuel, pero no doy con ella. Al fin, lo veo “Herbolario”, encogido y aplastado entre una mercería y creo recordar que una librería y papelería. Es temprano, y no niego que estoy un poco nervioso, así que miro el reloj y busco un bar donde tomar un café. Tarea también difícil.
Localizo uno. Tiene grandes escalones para subir a él. No parece asentado sobre el nivel de la calle o han decidido no hacer escalones humanamente asequibles para entrar en él. También es un lugar estrecho. Me meo, pido un cortado que está asqueroso a una señora de cincuenta y tantos, gorda, sudada, secándose las manos constantemente en un delantal oscuro. Me meo, he de ir al cuarto de baño. Lo localizo pero me detienen, tanto la señora cincuentona como un cliente colgado en la barra, por lo visto hay alguien en él, espero dando sorbos a esa agua manchada, me dan arcadas, sigo sudando. Mi organismo está saturado de café. Sube un tipo de las profundidades del local. Me aparto para que pueda circular por el estrecho pasillo entre la barra y la cristalera que da a la calle. Desciendo hacia los lavabos, nauseabundos, amarillentos, con un olor concentrado de orines, lejía, desagües y plomo. Meo. Subo, pago, salgo, enciendo un pitillo, doy varias caladas y decido tirar el cigarrillo y encaminarme hacia el herbolario.
Entro en el local. Enseguida la mujer que atiende en él se percata de mi. Es arisca, ni siquiera le he de decir quien soy, simplemente me afirma y pregunta a la vez ¿Tenías cita a y cuarto, no? Le respondo que sí. Muy bien, siéntate un momento. Obedezco y lo hago en una bancada estrecha al lado de un tipo que tiene una pierna estirada y está recostado, cómo de lado y habla con la mujer. Por la conversación deduzco que trabaja como mecánico en el aeropuerto. Cuenta que una aeronave ha tenido que regresar por una avería. Parece que le duele. Menciona una contractura que por su forma de sentarse, parece ser terrible. Ambos me ignorar, están a su rollo. Se oyen ruidos abajo. La mujer se dirige a mi y me dice que ya puedo bajar. Me levanto y empiezo a decir que no me importa esperar, que pase antes este hombre del aeropuerto en tal mal estado, pero ella me corta. Me dice que él puede esperar.
Recorro la tienda y bajo unas escalera de caracol adosada a la pared del fondo. Son estrechas y desciendo con cuidado, pues los escalones no son uniformes y apenas se ve. Desemboco en una cueva, que intuyo justo debajo de la tienda, pequeña, techos bajos, sin aristas, como redondeada, me recuerda a la madriguera de un hobbit. El lugar no tiene iluminación eléctrica, sólo el resplandor que producen decenas de velas diseminadas por la estancia. Aquel lugar está atiborrado de imágenes relacionadas con la religión, vírgenes, distintas versiones de Jesús, estatuillas representando a santos, santas y más vírgenes, de yeso, de madera, de cobre, ramitos de flores de plástico, pequeños altares, imágenes de dioses de otras culturas, cruces, un candelabro hebreo. Se trata de un lugar atiborrado de símbolos religiosos, pero me da la sensación que ha sido decorado apresuradamente, al azar, sin orden. En el fondo, sentado en una silla contra la pared, erguido, quizás observando mi shock con el lugar, está José Manuel. Vestido de blanco de arriba a abajo, un taquito, moreno, serio. Me saluda, le saludo y me dice que me siente en una silla frente a él. Lo hago, ¿Y bien, qué te pasa? No sé como acomodarme en esa silla. Estoy incómodo y no sé que postura adoptar. No hay nada entre él y yo, frente a frente, sin tapujos y rodeados de aquel atrezzo religioso, a media luz.
Mis palabras salen torpes y sólo acierto a decirle lo cansado que me encuentro. El escucha sin sorprenderse por nada y, supongo que dándose cuenta de mi incomodidad. Le relato dos hechos que parecen ser la clave. Ambos me ocurrieron conduciendo, ambos volviendo a casa. El primero tan sencillo como que era incapaz de encontrar el pedal del freno del coche. Estaba desubicado y en vez de buscarlo con el píe, simplemente pensé que el coche no tenía freno, y por lo tanto deduje que se trataba de un coche sin freno y por lo tanto, traté de recordar que mecanismo podía detener aquel automóvil. Tal era mi angustia que estuve a punto de sacar las llaves del contacto o de buscar un lugar en el arcén, en el cual dejarme caer. El segundo, fue en un semáforo. El coche comenzó a avanzar hacia el automóvil delante de mí. Mire a mi alrededor, y vi como los autos paralelos a mi iban quedando atrás. En vez de pensar que era mi coche el que se movía, pensé que todo el mundo se movía hacia mí, que la tierra se desplazaba y que yo era lo único estático en ella. Tardé en pisar el freno y detener la embestida.
José Manuel es tajante después de escuchar mis relatos. Dice que tengo un claro problema de riego sanguíneo en el cerebro. Pero no se va por problemas biológicos, en seguida se adentra en el terreno de lo psicológico. Hay una frase que dice y que aún recuerdo porque me hace pensar: si supiéramos lo que nos desea gente muy cercana a nosotros, la echaríamos de nuestro lado, y si supiéramos lo que nos dese gente lejana, la tendríamos a nuestro lado.
José Manuel se levanta y viene hacia mí. Me dice que me va a limpiar, porque todo lo que me pasa es que me están deseando cosas malas y que estoy bloqueado. Se sitúa detrás mía y comienza a hacer girar sobre mi cabeza una especie de cerilla enorme con la cabeza incandescente. Yo me quedo quieto. Me dice que tengo la cabeza llena de mierda, que alguien muy cercano a mi me desea lo peor. Me quedo asombrado y no hago más que pensar en quien puede ser ese alguien. No acierto a encontrar ningún candidato. Uff, pero muy mal, repite, alguien te desea nada más que males y te ha bloqueado. Me asusta. Sigue con su cerillo, haciéndolo girar sobre mi cabeza. Acaba. Ahora hunde sus dedos en mi estómago. Me dice que tengo, no me acuerdo que órgano, irritado. Me sugiere dejar de tomar café, al menos en cantidades ingentes.
Vuelve a su sitio. Me dice que ya me ha limpiado y que siga un tratamiento que me va a suministrar. La sesión ha acabado, pero antes le pregunto si he de volver dentro de un tiempo. José Manuel me responde que eso lo veré yo mismo. Le doy la espalda y subo los escalones.
Arriba me espera la mujer. Ordena bajar al hombre con la gran contractura. Me suministra unas hierbas que he de tomar tres veces al día y dos botes de pastillas, de las que he de tomar dos al día.
No sé si lo ocurrido ha sido real o no, pero lo cierto es que me siento más tranquilo, más relajado. Salgo a la calle con mi bolsa de plástico llena de remedios de herbolario, suena el móvil, un cliente estresado, vuelta a la vida.
Se acabó.

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Published by Fausto Lipomedes
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29 julio 2015 3 29 /07 /julio /2015 23:49
Sanador

A veces se pierde la chispa de la vida. La pequeña llama que vive en el pecho y nunca se apaga hay veces que sólo humea, y aunque soples no consigues avivarla. Esta es la situación, mi situación. Si buscáramos un símil con las pilas, sería algo así como girarlas dentro de su compartimento para buscar de ellas el más mínimo rastro de energía que aún puedan tener almacenada. Y lo encuentras, pero sólo para un rato. Por lo tanto, la solución pasa, inexorablemente, por comprar pilas nuevas y olvidarte de las viejas y exhaustas. Mi problema es que no sé dónde tengo ese compartimento, mi problema es que me he cansado de soplar la llamita. Sólo consigo humear mi cara.
Me muevo con mi cuerpo agotado de un lado a otro. He perdido la frescura, la física y la mental. Me encuentro caducado, inservible, un vestigio siendo aún joven, un raro espécimen de un pasado que hasta ayer creía que era mi presente. Sí, ha sido de la noche a la mañana. El mundo cambió una mañana y yo me quedé en el día anterior, y desde entonces han pasado unos dos años, por lo tanto, la vida ya se me ha alejado más de setecientos días. Setecientos días de cansancio que se ha ido acumulando, setecientos días sin parar de pensar en ello, setecientos intentos de “hoy empiezo de nuevo” removiendo las pilas, que apenas duran hasta la mitad del día. Y mi estado interior se refleja también por fuera. Apenas cuido mi aspecto, y no es que fuera un presumido, pero sí me gustaba sentirme a gusto conmigo mismo. Ahora odio mi yo, me gustaría deshacerme de él, darle esquinazo, se ha convertido en una carga pesada e inservible. Me da igual la ropa que llevo, tengo armarios llenos de ella pero, sin embargo, me obstino en usar sólo siete u ocho prendas, que se repiten en días alternativos, como si el resto me dieran igual o pertenecieran a otra persona, a ese otro yo, que no sé dónde he puesto. Hay días que me digo: mañana voy a revisar toda mi ropa y lo que ya no me sirva o se me haya quedado pequeño lo donaré a una parroquia. Pero nunca encuentro el tiempo, o cuando lo tengo estoy tan cansado que la misión me resulta imposible e irrealizable. En consecuencia, tengo ropa mezclada, colgada, triste, ropa que ha perdido su identidad, ropa que no sé si es, ni siquiera mía, pues a veces no soy capaz de reconocerla. También tengo algunos proyectos. Tareas y propósitos que pienso, que moldeo en mi cabeza, pero apenas me pongo con ellos, me resultan absurdos e irrealizables, o paso de uno a otro, sin siquiera degustar alguno. Creo que tengo un grave problema de concentración y todo resulta disperso. Antes tenía el refugio del trabajo, pero ahora en mi entorno profesional, para el que trato de conservar mis últimas fuerzas, también se ha convertido en un caos ingobernable. Mi lógica y mi razón, mi autoridad dentro de él, luchan como un medio ahogado en una turbulenta corriente. Salgo a flote, cojo aire, y las aguas arremolinadas me vuelven a engullir en oscuridad, hasta que veo la luz de la superficie, cojo impulso, y, de nuevo, un aliento de aire. Así, sin ahogarme, sin llegar a orilla alguna, llevo ya dos años.


Todo esto, y mucho más, es lo que debería haber contado al Sanador cuando fui a verle, pero entre mi incredulidad hacia este tipo de encuentros, el entorno y el propio Sanador, de nombre José Manuel, sólo me salió lo típico: no sé que me pasa, me siento muy cansado…….

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Published by Fausto Lipomedes
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17 mayo 2015 7 17 /05 /mayo /2015 21:46
Dentista y..

Llevo mucho tiempo mal. No sé qué me pasa. Sólo siento cansancio, un cansancio crónico y apatía. Casi todos los días trato de tomar aliento y empezar de nuevo, pero bastan un par de horas para volver a estar inmerso en un puzzle de descontrol, sintiéndome como una loca marioneta que, con la boca abierta, trata de llegar a todo. Mi vida profesional es una esquizofrenia . La culpa no es mía, sino del mercado liberal, despiadado y barato en el que ahora nos movemos. Respecto a mi vida personal, casi mejor no hablar. Hasta hace poco sentía que, de este área de mi vida, yo era el protagonista, desde hace también un tiempo, simplemente asisto impasible a una especie de desmoronamiento, sin capacidad de reacción, y es tanta mi turbación, que lo único que deseo es meterme en casa, cerrar la puerta y no pensar en nada, quizás fruto del agotamiento. Supongo que es un círculo vicioso, la pescadilla que se muerde la cola en un nado loco que no deja avanzar.
Así las cosas, y para cerrar el círculo, las muelas. Por si fuera poco, me empiezan a doler. Lo de los dientes es fácil, es sólo cuestión de llamar al dentista y pedir hora. Lo de mi abatimiento es más difícil. Pero me decido, tras comentármelo R. voy a visitar a un sanador. Los mejor de todo es que ambos coinciden el mismo día. A uno voy con reparos (al dentista), al otro con anhelo (sanador).
Al dentista voy con recelos porque me empieza a entrar un “mal rollo”. Ultimamente, R. me ha contado dos historias de dentistas. Una del suyo propio. Un tipo de mi edad que murió de un infarto, de la noche a la mañana. La otra de un tipo, también de mi edad, que fue al dentista, parece que con las defensas bajas, y algo se le complicó, quizás una infección o similar. Resultado, que se murió también, no exactamente en el sillón del dentista, pero todo indica que como consecuencia de sentarse en él. Por culpa de estos dos casos, la misma edad y el nivel de estrés que siento, he de confesar que empecé a pensar que, a lo mejor, mi cuerpo reaccionaría mal ante la anestesia, todo se complicaba y, por fin descansaría en paz, sedado, en ese sillón anatómico, futurista, de mi dentista.
Llegué al dentista a la una, me senté, y una odontóloga treinteañera, una generación que me da miedo por su inconsistencia, me atiende. Todos son sonrisas, todo es guay. Todo es infantilmente feliz, salvo que empieza a tocarme una zona de mi boca que no me molesta nada. Se lo comentó, y entre sonrisas me dice que llevo razón, que había confundido mi ficha con la de la siguiente paciente, Mal empezamos, pienso yo, me encamino a mi fin, paso a paso. Me anestesia y sin dejar pasar ni dos minutos ya agarra el taladro para empezar a limpiar la caries. Obviamente, esa niña treinteañera lleva prisa, es viernes. Protesto, me duele. Le digo que espere a que la anestesia haga efecto. Espera, vuelve a empezar, me duele. Le digo que no se corte, que me ponga otra inyección, y actúa. Espera de nuevo y ya agarra el raspador. Tras unos minutos, la treinteañera me dice que mi muela no tiene solución, que la caries está muy profunda, prácticamente tocando el nervio. Quiero salir de allí, así que le digo que me la saque. Se lamentan, ella y una asistente que ha llegado hasta mi sillón. Yo pienso que tampoco es para tanto. Me dicen que bien, que van a proceder, y que me han de meter más anestesia, esta vez con un pinchazo en el paladar. Me pregunta si tomo alguna medicación. Estoy sano, pienso, que cojones voy a tomar medicación alguna. Aspirina, le digo. Se pone tensa, su mirada se nubla. ¿Aspirina?, me pregunta alarmada, pero que hoy no he tomado ninguna guapa, quise decir que la única medicación que tomo es una aspirina de vez en cuando. No, no, es que la aspirina es un anticoagulante, me dice, y puede producir una hemorragia cuando saquemos la muela, me dice. Aquí está mi complicación mortal, me digo yo. Pero….antes de proceder, me dan a firmar un papel. Lo leo. Hostias, me digo. Prácticamente te relatan en aquel papel todo lo que puede ocurrir durante la extracción. Complicaciones con la anestesia, reacciones varias, temas vasculares, y un sin fin de efectos mortales que creo recordar acababan con un infección pulmonar. Joder, me acojono y ahora, sí que sí, tengo la certeza de que ese será mi último día sobre la Tierra. Pienso durante milésimas de segundo. Aun estoy a tiempo de salvar mi vida, me puedo levantar de allí, tirar del babero que me han colocado con fuerza y largarme protestando por el servicio. Pero por otro lado, pienso que estoy histérico, que debo de calmarme, que en diez minutos todo habrá acabado y saldré al caluroso día con una muela menos.
No siento el pinchazo del paladar. La treinteañera me dice que sólo oiré ruidos, que no me alarme, que también sentiré presión. Joder! cállate ya, pienso. Extrae y calla.
Al fin sale la muela. Me pone un algodón, me advierte que lo deje allí diez minutos. Respiro y estoy atento a las reacciones de mi cuerpo. De momento estoy tranquilo.
Ya me dejan levantarme. Salgo de allá. Me siento frente a otra treinteañera que masca chicle. Me vuelve a advertir. No coma, no fume, no enjuague la boca, no conduzca, no trabaje, este tranquilo. Le doy estas “gasitas”, pongas una cada media hora. Ufff. Le doy las gracias, me voy, miro al cielo, subo a mi coche y vuelvo a mi trabajo intentando no pensar en mi boca, feliz de estar vivo, de momento. Esta tarde, al sanador.

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16 mayo 2015 6 16 /05 /mayo /2015 20:33
Y me gusta, lo que me gusta

Y van, y me piden, que igual que digo lo que me molesta, comente lo que me agrada. Y son tan escasos los hechos agradables, que ignoro, ahora mismo, la longitud de este artículo, que llaman post. Y mira, ya encuentro algo que me agrada, que se denominen a las cosas por lo que son y, por lo tanto, me gustan las personas que así actúan, que dicen las cosas tal como las piensan, francas y directas. Y así como no soporto el calor, sí me agradan los días frescos, y el aire, y mirar mis plantas al atardecer y al horizonte cuando se pone naranja. Y me gusta mirar aviones, sobre todo en las zonas próximas a los aeropuertos. Llegan lentos, cansados después de su veloz travesía. Y me gustan las personas trabajadoras, las que no miran qué hacen los demás, las que se responsabilizan y asumen retos, las que se auto imponen objetivos, en contra de aquellas otras que esperan agazapadas para subirse sobre las corvadas espaldas de los que sí trabajan. Y me gusta la gente que lee, que piensa, que critica, que pone en duda lo que ocurre a su alrededor, lo que dicen que pasa, o a quienes dicen qué pasa y qué va a pasar. Y me gustan los hombres y mujeres que escuchan, los que no usan frases hechas, y lo que pronuncian todas las letras, y lo erguidos en sus sillas. Y me gusta la gente espléndida, las personas cariñosas, pero las verdaderas, no las que no paran de sonreír (sin saber hacerlo), porque en este mundo de pin y pon, dicen, que hay que hacerlo. En definitiva, me gusta las personas magníficas que, después de todo, son los antónimos de los mediocres. Y me gustan las personas que se hacen preguntas, las que no se limitan a vivir únicamente lo que pueden controlar, sobre todo porque prácticamente nada de esta vida es controlable. Y me gusta la gente que no agonía, la que no te chupa tu energía, la que otorga libertad, que no es lo mismo que abandonar a alguien, y me gustan los que a veces se convierten en invisibles y no los exigentes. Y muchas, muchas más cosas, seguramente las mismas que te gustan a ti.

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4 mayo 2015 1 04 /05 /mayo /2015 23:45
Si algo me molesta, es que me molesten


Me molestan muchas cosas, y otras me agradan. Me molestan las moscas en verano, y mucho más las tardías que se empeñan en no morir, allá por el mes de octubre. Me molesta pelar fruta, me molestan los efectos del vino si después he de trabajar, y también los conductores de los fines de semana, con esa forma de circular jodiendo la fluidez y a los demás, como si se desplazaran en un cochecito eléctrico por un carril de un circuito de juguete. Me molesta lo casposo, los roñosos, los tipos y las tipas que no se lavan, con piorrea en la dentadura, los que escupen perdigones al hablar. Me molestan los niños maleducados que te tientan en presencia de sus padres (por llamarles de alguna forma); no les hago ni puto caso. Me molestan las procesiones de la iglesia en los pueblos, con el discapacitado (eufemístico), portando el estandarte de la santa orden, Tras el, los próceres de la localidad, con sus trajes de solapas anchas, al vuelo, para cubrir sus voluminosos buches, sus bigotes rancios y esas caras con profundas arrugas de odio y envidia. Me molestan esas comitivas que suben calle arriba con pesados pasos. Carritos de niños empujados por madres culonas soportando el dolor de sus tacones de aguja, poniendo en peligro sus tobillos cada vez los que hunden entre dos adoquines. Me molesta verles y que se exhiban delante mía. Su falso dolor y recogimiento, aburridos, suspirando. El cura con su sotana roja hasta el suelo, ocultando su cuerpo de sapo gordo y su tez blanca de fina nariz y lentes cristalinos mirando niños, o niñas. Me molesta la alcaldesa tras él, esa rubia gorda a la que esperas ver cagar como a un caballo de desfile. Me molesta todo ese aburrimiento de “domingo por cojones”, tanta tristeza. Me molesta el corrillo de cotillas y un cotillo amanerado que se sienta en la mesa de la terrazita. Ellas, cincuentonas, descaradas, embutidas en pantalones ceñidos, sus muslos pretos enormes, culos planos, grandes, anchos, vientres hinchados de miseria, con el puto cigarrillo constantemente entre los dedos. Caras miserables, embrutecidas, de pelos ralos, con esos cortes que dejan sus cuellos al aire, prestas a ser decapitadas en patíbulos de verdadera justicia. Me molestan sus voces agudas, acostumbradas al chillido. Me molesta él, afeminado perdido, alto, de estrecha espalda y barriguita redonda, con camisetas de saldo, calvo, con gafas, ojo pequeños, siempre mofándose, haciendo chistes estúpidos, mirando, criticando cotilleando, mujer metida en un cuerpo de hombre, pantalones vaqueros apretados, marcando el paquetito, con su botellín, siempre el puto botellín, todos bebiendo a morro, todos familia, viven en un establo, se aparean entre ellos, tan necios, elevando sus agudos para quitarse la palabra unos a otros. Te miran, sólo intentan saber quién eres, qué haces allí, pero son incapaces de preguntártelo. No miran a la cara, cuchichean, como los insectos en el silencio del campo. Me molestan las personas que te desprecían por un puto teléfono móvil que no paran de manipular buscando nada en él. Me molestan las conversaciones sobre lo obvio, sobre lo que ya se sabe, me molesta rellenar el silencio con ruido, esa jodida necesidad de no estar callados. Coño!, parece que me molesta esta mierda de raza humana de la que formo parte, tan necia y mezquina, tan jodidamente condenada a la autodestrucción, incapaz de aprender de las raras bellezas, incapaz de perfeccionarse, de ilusionarse, de ayudarse, apoyarse, solidarizarse. Puta raza imperfecta cargada de mitos y tabúes, de envidias, rencores, sinsentidos, obsesiones. Y cuanto me agrada encontrar personas, y esas medias sonrisas llenas de afectos, y las miradas tiernas y las risas sinceras.

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