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  • : Las Razones del Diablo
  • Las Razones del Diablo
  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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25 marzo 2015 3 25 /03 /marzo /2015 00:17
Monigotes usados


Me he levantado a las seis y cuarto de la mañana. Aún era de noche. Siempre que he de madrugar tanto me inquieto, así que desde las cinco me he estado despertando puntualmente. Incorporaba mi cabeza sobre la almohada y miraba el reloj digital de grandes números rojos. Tenía que cruzar la ciudad para llegar a una reunión a las nueve de la mañana en un recóndito, triste y anónimo polígono industrial pegado a una autovía. Llovía, atasco. Estoy febril, antes de ayer pillé un resfriado. Estoy medicado. Mis párpados están pesados. Nubes. Los coches llevan los faros encendidos, aunque ya hay luz, recordando que hace nada era de noche. Cruzo la ciudad rodeándola, el viaje es inmenso. Mi smartphone en el salpicadero del coche, la aplicación del mapa abierta. Habla la señorita que está dentro de ella, me dice que he de hacer. La oigo y miro los carteles indicadores de la carretera. Me asombra comprobar como coincide lo que ella dice, con las indicaciones del mundo real.
Soy tan previsor que llego media hora antes de la reunión. Una tipa me recrimina porque aparco en un aparcamiento privado, pero la digo que vengo a una reunión de la empresa de ese aparcamiento privado, se calla. La pregunto qué donde puedo tomar un café, me lo indica. En un hotel de polígono hay una cafetería en sus bajos. Allí me dirijo. Tomo un café. Me aburro, miro mi reloj. Un hombre joven, inmenso, gordo, con un traje gris usado, amoldado a su corpachón, engulle pan con tomate y no sé que más. Salgo de aquel lugar, vuelvo al coche. Hago tiempo. Miro. Hordas de currantes, andan prestos por caminillos de barro paralelos a la autovía. Rápidos, caras largas, blancas, preocupadas. Sin afeitar algunos, pelos recogidos lacios ellas. El nuevo capitalismo. Trabajadores de cuello blanco convertidos en obreros de ordenador. La nueva economía, monigotes usados, vueltos a usar. Luego como en un restaurante pijo, lleno de poderosos, o sólo millonarios, Allí me entero como funciona Google Maps. Lo enciendes, y tú, que crees que vas sólo, vas transmitiendo tu posición y tu velocidad de desplazamiento a un ordenador, a través de un satélite. Así determina la máquina si hay atasco o no. La evolución, el progreso. Estoy cansado.

Acabo el día con un precioso paseo. Hay que inquietar a los virus.

Monigotes usados
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20 marzo 2015 5 20 /03 /marzo /2015 00:47
La primavera en el cine

¿Se puede usted imaginar una película rodada en cinemascope? La escena se desarrolla en una pradera idílica, en un lugar idílico, a finales del siglo XIX. La película va de amores entre una bella muchacha, de porcelana, y un muchacho rudo y guapo también. El guión obliga al muchacho a olvidar a la muchacha para defender el honor de su apellido y el de su patria. La defensa de estos honores despiertan dentro de él sus más valerosos instintos y los más grandilocuentes principios.


La muchacha, que ha despedido a su apuesto galán, no ha visto, sin embargo, en sus ojos azulados, el más mínimo atisbo de amor, sólo indiferencia hacia el ser débil y delicado en que se ha transformado para él, algo secundario a su noble misión a la que ha de partir.


La muchacha llora bajo un viejo y enorme roble cargado de hojas. Está recostada contra el tronco rugoso, envuelta en un traje ampuloso y pleno de encajes inmaculados. A su alrededor la hierba esta perfectamente cortada, verde, y algunas mariposas revolotean llenando el aire de colores. Los pájaros trinan sobre ella, escondidos en alguna rama recóndita del condenado roble. Los espectadores, desde la sala oscura, no dudan en como podrían hacer feliz a aquella idílica criatura, como podrían consolarla y, sobre todo, después de conseguir su amor, en como follársela.


Sin embargo, nuestra dulce protagonista continúa llorando, emitiendo un sonidito dulce e inocente.


Cambio de plano


Por la pendiente de hierba fresca emerge una figura que, torpe y pesadamente, se acerca hacia la bella.


Cambio de plano


Un hombre en los límites entre la madurez y la senilidad ha llegado junto a nuestra heroína. Es gordo, muy gordo, pero lo máximo que cualquier persona diría sobre él es que es regordete. Es limpio y pulcro. Lleva una levita de un color carmesí brillante y un chaleco estampado con grandes flores muy apretado por su vientre prominente. Sus piernas son semejantes a las de un ave de corral. Van cubiertas por unas mallas blancas, de la época, que se ajustan en sus pantorrillas estrechas, se ensanchan con sus muslos ampulosos y se antojan superelásticas para poder contener el voluminoso vientre. De un bolsillo de su chaleco escapa una cadena de oro que después de bajar unos centímetros vuelve al mismo bolsillo. Sus botines brillan como el charol.

Cambio de plano


Ahora la cámara nos muestra el rostro de aquel cuerpo. La cabeza es redonda y carnosa, apenas con pelo, si exceptuamos unos mechones de blancura sedosa sobre unas orejas pequeñas y brillantes. Tiene unos carrillos simpáticos y sonrosados, como los de un niño, sonríe con sus ojillos pequeños, casi ocultos por unas cejas blancas muy pobladas. Barbilla y cuellos se confunden hundiéndose tras la chorrera de su camisa que escapa del chaleco. El viejo inspira bondad y pureza. Se sienta junto a la bella con enorme esfuerzo.


Cambio de plano


La bella ha secado sus ojos y mira a su acompañante como quien mira a un corderito inocente. Las mallas del angelote regordete y beatifico se tensan entre sus piernas y su sexo resulta indescifrable para el público, incluso se podría decir que es un ser asexual. Sus manos son regordetas también y en sus dedos carnosos de uñas limpias y cuidadas refulgen piedras preciosas. El ángel habla a la bella con palabra precisa y paternal. Ella, que vuelve a sollozar, intenta una sonrisa para a aquellas palabras de consuelo. Él mira al cielo, y aparece un abultamiento de carne pálida, una garganta como la de un sapo que parece no haber sido nunca rasurada. Entonces, se nos antoja barbilampiño y el espectador se imagina su culo sin pelos con olor a campo y flores silvestres, jamás sudado.


Continúa consolando a su sobrina o quizás a la hija de unos buenos amigos. La bella no puede ser su nieta, tampoco su hija, porque aquel pedazo de carne angelical es imposible que haya sudado, que haya tensado sus músculos ocultos al penetrar en el cuerpo de una mujer. Es impensable que haya gemido de placer, a lo sumo un suspiro afeminado al tomar limonada un día de verano.


Volvemos a buscar su sexo, pero no hay ni testículos ni falo. Aquel hombre nunca ha sido niño, siempre ha sido así; un día apareció sobre la Tierra, sonriendo, y continúa así. Su sabiduría es irónica y se ríe de los enmarañamientos de las parejas jóvenes de amantes. Él tiende hacia la perfección celestial a través de la pureza, la castidad y la bondad.


La muchacha acaba por sonreír y la esperanza aparece victoriosa en su rostro de labios sensuales. Los dos se levantan y, juntos, marchan hacia el ocaso del día. Una melodía enternecedora les acompaña y los espectadores agradecen al angelote de culo de hipopótamo que haya hecho por ellos lo que se sentían impotentes de poder hacer por aquella apetecible criatura, desde la sala oscura.


El personaje ya ha quedado definido. Volverá a aparecer más tarde en pantalla, y su función será la de celestino con la finalidad de que la bella y el bello se unan en un beso apasionado hasta el fin de sus días. Cuando al película termine nadie se acordará de él porque sólo era un personaje secundario. Pero, ¿de dónde vino?, ¿dónde va?, ¿a quién ama?, ¿por quién suspira?. Aquel personaje es el único ficticio de la película. Sencillamente, no existe, no hay personas así. Pero sí las hay con igual misión, pero no son ángeles, sino mortales, y el cine las destruye, acaso las condena, las mata por temor.

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17 marzo 2015 2 17 /03 /marzo /2015 00:20
Mi perra

Mi perra, que a veces me saca de quicio. Mi perra, que ya se ha comido tres macetas, que a veces me hace perder los nervios. Mi perra, final de la jornada. Hoy me he ido pronto, aún hay Sol, inclinado, cayendo ya hacia el horizonte, gordo y naranja. Me he ido con ella, con mi perra, al campo. La veo correr como una loca, persiguiendo pájaros que se burlan de ella volando a ras de suelo. Mi perra, con la lengua fuera, trotando posesa. La miro y pienso en la libertad, las buenas conciencias, lo sincero. Se para de vez en cuando, me busca en el horizonte y, por lejos que esté, veo las dos motitas negras que son sus ojos, y la imagino tranquila, verificándome, verificando su universo, y me hace sentir tan importante. Mi perra, la miro, me mira, incapaz de sostenerme mirada. Ve algo en mis ojos, ve dentro, mi alma y mueve el rabo, a tal ritmo, y pega un brinco y trata de llegar a mi cara, a mi boca, para besarme, lamerme, quererme. Mi perra, sin manos para abrazarme y aun así trata de hacerlo a veces con sus patas. Mi perra, que sólo tiene hocico, con el que huele y una boca, con la que come, juega, besa, bosteza, lame, desea, se expresa. Mi perra, con esos ojos tristes, pacientes, ¿Por qué no hablas? Mi perra, que se toma todo tan en serio. Mi perra, que me conoce, y yo a ella. Mi perra, bendita paciencia, que oye sonidos, que duerme alerta, que me da los buenos días más alegres que jamás nadie ha conseguido. Mi perra, que renueva todas las mañanas esa inocente alegría, ese afán por volver a ser feliz otro día. Mi perra, los perros,

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14 marzo 2015 6 14 /03 /marzo /2015 02:10
Estar dónde no debe de estar

Aquel tipo, de ciento veinte kilos al menos, se ha sentado enfrente mía. Lleva una camisa de cuadros, enorme. ¿Dónde venderán esas camisas? ¿En qué remota planta de qué remotos almacenes, de qué remoto polígono industrial venderán esas camisas tan grandes, con tanta cantidad de tela? Apenas cabe en la silla de metal, de esas que no pesan y que ponen en esas terrazas tímidas en medio de desiertos. Aquel tipo apenas puede respirar. Desde donde estoy oigo su estertor. Su cara alargada y gorda no tiene barbilla, sólo una papada abultada que entronca directamente con su cuerpo. Aquel tipo tiene tics. Su brazo izquierdo está como rígido y constantemente mueve su codo hacia fuera como imitando el aleteo de una gallina con sus alas atrofiadas. Aquel tipo también hace un ruido extraño al respirar. Además de los estertores, su boca adquiere una extraña mueca cada dos por tres, como si tuviera que tirar de un muelle que se comprime dentro de ella. Está rígido en la silla, sus alas atrofiadas, su mueca y estertores, sus al menos ciento veinte kilos y otro más, tiene tendencia a meterse el dedo en la nariz. Un dedo gordo que escruta dentro de la fosa de sus napias grandes y con forma aguileña, al igual que sus ojos inquietos de pájaro del bosque, . Y mira, desnuda y desea a la camarera rubia de bote. Y la chica se va, y la mira el culo, y ahora viene a traerle algo y mira sus tetas y su entrepierna. Y la mira con descaro, sin ningún recato, como un felino a un pequeño mamífero con el que se quiera alimentar. Esta con otro tipo, más joven, pero que lleva el mismo camino que él, tumbado éste último en la silla, como un vaquero del frío Colorado, después de haber traído mil vacas desde Utah. Hablan por los móviles alternativamente, a voces, ¿cómo no? Eh, joputa, dice, jajaja, cabrón, ¿Ondestas joputa? Jajaja. Será cabrón, le dice a su acompañante. La conversación dura poco. Viene la camarera con dos hamburguesas Super XL. Una especie de platillo volante gordo y rechoncho, enorme. Una nave nodriza extraterrestre de carne lechuga, tomate y mostaza. El animal la parte en dos con el cuchillo y abre sus fauces para tragar aquella media hamburguesa que intenta meter en boca entera. Habla entre risas, mientras mastica, con el otro campeón. Jajaja, será cabrón, dice. Los dos animales devoran hambrientos, miran a la camarera. El más mayor, come, habla por le móvil y no para de hacer sus tics, uno detrás de otro, a veces dos a la vez, a veces tres, Me pone nervioso y no es día para este tipo salvaje porque hay días tristes y melancólicos, y hoy ha sido un día de esos. Dias muerte porque están repletos de cosas que se acaban. Días de agonía, espera silenciosa y tácita con la nada. Sol y cielos azules que terminan, y más allá, brumas y espesas nieblas. Hoy ha sido un día de esos. Días de sentir, en remoto, el dolor de otros, sus pensamientos y sus angustias, sin saber, sin poder hacer nada para remediarlo. Días en los que te encuentras paralizado, agarrotado. Días sin suavidad, de dolor de cabeza, de ojos que pican, días con un grano en la punta de la lengua. Días en que sientes las manos sucias y ves también sucios tus zapatos. Días cansados, días de suspiro, días para mirar la cumbre, pero desde abajo, desde en las sombras de la ladera este, mientras el Sol se pone ya por el oeste, y pronto caerá la noche y tu solo, sin abrigo, sin ganas de bajar, sin fuerzas para subir.
Basta ya de tanto lamento, te dices. Sacudes tu cerebro, como lo haría un perro para secar su cuerpo húmedo. Despabílate coño, te dices, empezamos de nuevo. Echas una ojeada a tu alrededor, tratando de ver las cosas con ojos nuevos, pero tu alma es vieja y el corazón está dolido. Mejor dejar pasar el día, mañana será otro.
Siempre me pillas en estas circunstancias, le digo. A cambio, me sonríe, me mira con tanta serenidad, con sus ojos horadantes y suaves. Paso del bestia que engulle, aquel animal de otro lugar, de otro planeta inferior, y sigo pensando en la muerte, que no es pérdida, sino vacío y ausencia. Lo que no está o está donde no debe de estar.

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10 marzo 2015 2 10 /03 /marzo /2015 00:50
Locura vegetal

Paseo con mi perra. Es ese momento corto que separa el día de la noche. Me adentro por el paraje y voy dejando atrás el ruido de la autovía. Hay un camino de arenilla y piedras que, a medida que se adueña la oscuridad del ambiente, va palideciendo hasta ser de un blanco hiriente. El polvo esta frío y apelmazado. Un camino blanco bordeado de frondosidad oscura. Silencio. Mi perra se ha perdido. Oigo en las veredas a la vegetación, moverse. El culo blanco de un conejo se escabulle entre arbustos bajos. Más lejos, en el otro lado del camino intuyo que otro ruido de hojas y ramas, es mi perra. Sigo andando. Me siento observado. La vegetación me rodea. Los árboles aún tienen sus ramas desnudas y, altas, se curvan sobre mi cabeza. Las oigo hablar, las plantas se comunican entre ellas,. Comienzo a imaginar sus capacidades, sus recursos, susurran sobre mi, van susurrando y se advierten unas a otras. De pronto, recuerdo lo que leí: un virus tiene 250 genes; una bacteria, 3000; un hongo tiene 6000; una mosca,12000; los humanos, 25000, y ¿Por qué las plantas tienen 50000 genes?. He de replantearme mi relación con ellas. ¿Y si enloquecen? Esto me ocurre por estar solo. Miro la elevación, su perfil recortándose sobre el cielo moribundo, pienso en dios, si existe. ¿Qué nos quiere decir? Apareces, menos mal.

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8 marzo 2015 7 08 /03 /marzo /2015 20:28
Wateres métricos

¿Sabéis que es lo que acabo haciendo cuando voy a la casa de alguien? Pues sí, siempre acabo yendo al cuarto de baño. Creo que es el mejor lugar para conocer realmente las verdaderas intenciones del personal, su personalidad, sus miserias, lo que trata de ocultar
Últimamente, lo malo, es que siempre que vas de visita, el baño se convierte en una especie de espacio de exposición de un establecimiento de saneamientos y cocinas. Limpiado, desinfectado, abrillantado a fondo, parece que es la pieza menos usada de aquella casa. Toallas impolutas, plegadas simétricamente, bañeras que parecen de porcelana acristalada, la cadenita del tapón del desagüe colgando, formando esa curvatura tan perfecta. Jabones sin estrenar, botes y botellitas, lustradas como las de alcohol de un local nocturno tras la barra, desodorantes, geles, crema de manos, de cara, de pies,. Todo ordenado, como una foto de familia, como una foto de fin de curso, los más bajitos delante, los más altos detrás. Abro los armarios, sin hacer ruido. Lo mismo, todo colocado como con una cinta métrica. Los cepillos en su vaso, formando un ramo, las pastas de dientes, perfectamente apretadas desde la base, las colonias, cacao para los labios, gotitas para los ojos, cepillos, peines, hilo dental, a veces una caja de aspirinas. Ni rastro de seres humanos. Meo, la muevo para que salten unas gotitas fuera de la taza, siento verdadero placer en desvirgar aquella perfecta virginidad íntima. Me lavo las manos. Estreno el jabón, que no limpio bajo el grifo, por lo tanto quedan rastros en él de haberlo frotado con mis manos. Abro fuerte el grifo, así me aseguro de que las gotas rebotan cuando me las aclaro. Las gotas manchan la loza del lavabo, quedan chorreando hacia el desagüe. Agarro la toalla y me encanta arrugarla cuando me seco. Cuarto de baño desvirgado. A veces me entran ganas de ducharme, sería ya la hostia, pero es difícil encontrar una excusa para hacerlo. Salgo, sonrío, me sonríen y pienso, ¿por qué cojones me has invitado a tu casa si nada me quieres mostrar monigote?

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26 febrero 2015 4 26 /02 /febrero /2015 21:30



Todos vivían felices bajo el amparo del Estado., una sombra gorda y fresca en medio del páramo quemado por el Sol. Tan tupida era aquella oscuridad que si salías de ella, acababas quemado antes de llegar a ningún sitio.
A la sombra del estado ocurrían muchas cosas, tantas que era imposible que ninguna de ellas tuviera historia. Por lo tanto, la inmediatez era la única opción para poder sobrevivir.
Como no había historia también el tiempo había desaparecido porque ya no intervenía en nada.
El tiempo ya no envejecía a las personas, las heridas tampoco necesitaban tiempo para cicatrizar, el amor era muy fácil de obtener y no llevaba ningún tiempo conseguirlo, los hombres y las mujeres ya no maduraban con el tiempo, pues las decisiones se tomaban con apoyo de máquinas medidoras de todo tipo de probabilidades, y el resto era entretenimiento.
La inmediatez se había adueñado de la cotidianidad con la misma sonrisa grotesca de un personaje malvado de dibujos animados. A cambio el Estado había exterminado la incertidumbre. Siempre se sabía que iba a pasar. Si no se sabía, nunca pasaba nada fuera de lo común.
Nada asombraba, las grandes ideas se habían agotado. Los que podían trabajar hacían mil cabriolas para intentar convencer a sus superiores de que eran útiles. Pero las metodologías los iban dejando sin responsabilidades puesto que no existían los imprevistos. Acababan engrosando la larga lista de los sostenidos por el Estado.
Eso significaba control, mucho control y una disponibilidad absoluta ante los requerimientos de la gran maquinaría estatal.
Era la época dorada de los ejecutores, de los tecleadores y los "junta-puzzles", de los mezcladores digitales de oportunidades de negocio. Así, y gracias a estos últimos, era posible hacer grandes fortunas en un sólo día previendo conductas de consumo de impulso según factores predictivos de veinticuatro horas.
El arte dormía esperando otros tiempos, protegido por el polvo. Belleza fue una palabra que se dejó de usar. Nada era bello, a lo sumo atractivo, lo suficiente como para desencadenar conductas y reacciones.
Pero una minoría aún se hacía preguntas sobre las que no quería oír respuestas. Esa minoría comenzó a tener miedo y ninguno de aquello que la componía recordaba en qué momento concreto comenzó a camuflarse para pasar desapercibido. La minoría, empujada por las mismas dudas y deseos comenzó a encontrarse y a identificarse en lugares que les atraían. Pensaban y divagaban, dedicaban tiempo a ello, contaban historias verídicas o inventaban otras nuevas, hacían suposiciones, se aventuraban por los senderos tortuosos de la divagación y se reían unos con otros, mirándose a los ojos y no a una pantalla grande o pequeña.
Como fueron siendo muchos aunque procuraban no hacer ruido el Estado comenzó a notar sus movimientos y aquello le puso nervioso, tanto que decidió buscar el modo de acabar con ellos y con todo aquello que les nutría.

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24 febrero 2015 2 24 /02 /febrero /2015 23:00

Mejor alejarse de mí en los días oscuros, en los negros. Mi cerebro cambia, lo siento duro, como una cáscara de nuez. Me quedo solo, el destino me deja solo, o será que algún halo despido que aleja a mis semejantes de mí. Pobre de aquel que ose a estar junto a mi en los días negros, pobre de aquel que intente superar esa especie de escudo de azufre que rodea mi cuerpo. Doy patadas, y coces, lanzo relámpagos, destellos mortales, palabras y frases mordaces, a diestro y siniestro, sin importarme las brechas y las heridas. Y lo más sorprendente es que soy consciente de ello y, por instantes, abrazaría, arroparía, ampararía a mi maltratado, y le pediría mil perdones, y así se lo suplicaría hincando rodilla en tierra. Pero, heme aquí que, ese ser maligno que se apodera de mí me impide optar por ese tipo de acciones, manteniéndome erguido y orgulloso, duro como un puto trozo de profundo cuarzo. En fin, días negros, que cómo mejor me encuentro es en silencio, sintiéndome solo, a veces sin querer estarlo, amargado, corroído, como un jodido trozo de trapo viejo, duro y rasposo, inservible, sin nutrientes, solo destilando ácidos y humores herrumbrosos. Ese soy yo, o una parte de yo, la parte que no controlo y que lamento que alguien pueda llegar a conocer.

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24 febrero 2015 2 24 /02 /febrero /2015 00:13

Y allí estaba yo, con tres generaciones sentimentales a mi alrededor. No era consciente de ello hasta que alguien me lo hizo notar. La una tuve un hijo, con otra, la relación más larga de mi vida y mi amante, que a su vez tiene su pareja, que también estaba allí, y que sospecho que sospecha ¿Un lío? No, la vida. Un harén de sentimientos, del cual, el único preso es, en realidad, el moro, el árabe, el sultán. Bendito mundo árabe o islámico o cualquiera que sea la denominación religiosa de ese universo lejano que únicamente identifico con espadas cortas, estrechas en el mango y anchas en la punta y con medias lunas y con gorretes con borla y con caballos blancos engalanados.
Tres mujeres, tres vidas, tres pasiones. Tres formas de vivir, de pensar, de compartir, tan diferentes, todas unidas.
Sinvergüenza, descarado, joder que follón, ¡que tipo!, ¡será cabrón!, el colmo de la indecencia, que caradura.
Yo no sé que pensar de todas mis relaciones, apenas si tengo malos recuerdos. Así, sobre la marcha, diré que solo de dos. El resto son historias que ocurrieron en un punto exacto de una intersección del tiempo y del espacio y cada vez que nos movemos, y no paramos de hacerlo, ese momento cambia, y es diferente, y surge un nuevo universo que vislumbramos, oteamos, descubrimos y por el que vagamos, y de ahí a otro, y a otro, y a otro que ni siquiera conocemos. Tres féminas en un momento determinado. Tres mujeres que no se qué piensan realmente de mi. Sinvergüenza, ¡coño, que tipo!, dicen. Que caradura, y yo sólo creo que es pura inmadurez, y otras veces pienso que sólo es libertad, y otras egoísmo, y otras incapacidad para pararme y ver crecer los frutales, y los arbustos. Proyectos, eso es lo que me hace disfrutar, los proyectos. Inquieto en la vida, inquieto en los sentimientos, aunque la edad va volviendo la inquietud en pereza y convirtiéndola en sólo un sueño. O será que el tiempo se acaba y que ya no hay espacio para proyectos.
No entiendo porque la gente se aleja, porque cuando algo acaba, van más allá y hacen desaparecer todo rastro de afecto, de cariño. ¿Tan cruel es el amor que aniquila a los sentimientos menores cuando muere? El puto amor, esa mágica palabra inventada, la más grande de todas, reina absoluta, mirando por encima del hombro a otros afectos, a veces mucho más lentos y construidos durante mucho más tiempo.
Una marcial, tacones, oyes sus pisadas, definitivas. Enérgica, como un tren expreso, como un toro de Miura que ha visto el trapo rojo. Con los años, por eso de que nadie cambia sino que se especializa, ha ido ganando en formalidad, y ha colgado de su cara una sonrisa, una expresión falsa de dulzura a la que ha añadido un tono afectado y vehemente. Otra despistada, al menos en apariencia, fría, como la tierra de la que procede, practica, “no me cuentes historias”, al grano. Dulce, paciente, reflexiva, que interioriza, que se traga amarguras y desilusiones, que quiere ser feliz por encima de todo. Otra silenciosa, ojos pequeños y chisposos, que alarga su boca al sonreír hasta límites insospechados hundiendo sus comisuras en los carrillos que han de convertirse en oblicuos para poder albergar la risa, capaz de mantenerse quieta aun sintiendo ganas de hacer movimientos, aunque su mirada la delata, pues son sus ojos los que se mueven, se posan, te rodean o dan la vuelta a marcos y molduras para ver lo que ocultas en habitaciones recónditas. Y más cosas, pasional, liberal, la mujer fille. Fuerza de voluntad asombrosa, y también paciente, con tantas ganas de querer, y de sentirse querida que a veces asfixia. Pero, ¿quién puede dar la espalda a eso del querer?

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25 enero 2015 7 25 /01 /enero /2015 19:14

¿Y que creéis que ocurrió?
Bueno, aquello fue un desastre. Llegamos al recinto de la empresa y después de pasar un sinfín de controles nos vimos dentro de una pecera con un tipo muy bien vestido pero vulgar y tres locas treintañeras de frágil cerebro. El tipo no estaba inquieto en su silla, más bien estaba tirado en ella, la camisa medio salida, como si en vez de un puto trabajo de oficina hubiera estado acarreando ladrillos en una carretilla. Las chicas sí se movían más, permanecían erguidas, pendientes de sus indumentarias y, como hacen todas las chicas de ese estilo, observándose unas a otras, copiando, odiando. I. no fue menos y allí se plantó, con su indumentaria y con ese arrojo pasional que sacaba en esos momentos. Abordaba a los demás, rompía su escudo de intimidad, y no paraba de reír, como si aquella reunión, más que de trabajo fuera un encuentro para contar una anécdota. I. era como un camaleón gigante encima de la mesa. No sabías si te iba a dar con la cola en un giro inesperado o te mostraría su boca llena de finos dientes tras girar su cuello.

I. llevó la batuta. Fue pasando las páginas de la presentación vendiendo la idea, no en forma lineal, sino con grandes aspavientos, buscando en sus receptores aprobación, admiración, un ohhhh, que no mostraron en ningún momento. Yo observaba desde la retaguardia y puedo decir que la idea les gustó e incluso les asombro. Saco está conclusión porque no entablaron diálogo, se dejaban guiar por nuestro criterio, como quien escucha un cuento de final expectante e inesperado. Pero como suele ser habitual en estos ambientes, nadie lo reconoció y en seguida empezaron a emerger las calculadoras, único factor (el dinero) válido hoy en día. Llegó el momento de los costes.

¿Cuánto vale una idea? No recuerdo bien si ofrecieron alguna cantidad por apoderarse de aquella, pero creo que sí. Desde luego debía de ser mucho más pequeña de la que habíamos imaginado pero, pensé, al menos es dinero. Si salimos de aquí sin un pacto, ellos tendrán la idea y sin costarles un duro. Por el contrario, si pactamos, tendrán la idea y encima nosotros algo de dinero o, al menos un compromiso de ellos. Yo pensaba que I., mujer tan perspicaz, habíase dado cuenta del matiz psicológico de los asistentes a la reunión y que, obviamente, entraría gustosamente a regatear el montante de su oferta. Pero he aquí que esta capacidad de observar a los demás y apercibir qué pueden estar pensando o sopesando, no es muy habitual en la especie humana, a pesar del pedazo de materia gris que albergamos en la testa. I. cerró el ordenador portátil, no con violencia, pero sí con determinación, mosqueada, cabreada, ofendida, por la oferta planteada por ellos. La reunión acabó abruptamente, ni siquiera me di cuenta de que se terminaba. Yo, que pensaba que iba a ser larga y fructífera, simplemente me hube de poner en píe, pues todo el mundo parecía hacer lo mismo.

I. que entró derrochando amabilidad y sonrisas, ahora avanzaba por aquel lugar con una cara severa, seria. Avanzaba como la proa de un buque enorme en medio de un puerto deportivo. Estábamos ya en la calle. Miré a I. y sonreí. Por su boca comenzaron a salir insultos y despropósito a cerca de los colegas con los que habíamos estado reunidos. Aquello se había acabado.

A I. le obsesionaba una cosa, que aquellos tipos le robaran la idea. Yo ya le había dicho que era imposible no correr ese riesgo, pero que no se preocupara, que el problema no es que te roben una idea, sino tener otra.
Aquello acabó con un burofax de I. a aquel tipo, casi amenazándole con que se cuidara mucho en poner en practica aquella idea sin su consentimiento.

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