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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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28 diciembre 2014 7 28 /12 /diciembre /2014 14:02

El hombre solo, se recrea en su soledad. Va continuamente pensando que está solo, que va solo. Piensa en los demás como en los habitantes de un país lejano del que se marchó hace tiempo. Piensa en ese país, repleto de fértiles praderas donde crecen cereales dorados en torno a agrupaciones de casas. Oye niños correteando y jugando entre ellas, hombres que salen de sus cabañas subiéndose los tirantes de sus petos de trabajo sobre sus hombros, mujeres despeinadas de tez rubicunda asomando, apoyadas contra el marco de la puerta del hogar, observando marchar a su macho. Los niños ven a los machos, corren hacia ellos. El hombre feliz, hace poco un animal sobre su hembra, ahora es tierno y levanta a los niños, los zarandea, ríe con ellos. Cuando se cansa les manda alejarse. Se junta en la vereda que sale del pueblo con otros hombres que también han ajustado sus tirantes. Se palmean las espaldas, eructan y cantan. Se insultan y todos se dirigen al campo, felices, sintiéndose bastiones de la comunidad, garantía de la continuidad de la especie, en orden con dios, con el buen hacer. Al atardecer vuelven con sus mangas recogidas sobre sus fuertes bíceps, hablan, aunque se comen palabras o las deforman. Se ríen, no paran de reírse. Entran de nuevo en la población por la misma vereda por la que se alejaron, ven luces tibias en sus hogares, imaginan a sus hembras amamantando y lamiendo a las crías. Van a la taberna, beben, se desafían, hacen chistes sobre sus mujeres, cuentan historias increíbles de sus remotos pasados, aunque algunos apenas tienen historia, hablan de reojo de otras hembras mientras se tocan la entrepierna. Medio borrachos vuelven a sus hogares. la hembra les espera, siempre sonriendo, engordando día tras día, la comida está lista. De pie observa como come su macho. Le escucha tragar, devorar, limpiarse la boca con el torso de la mano, partir el pan a cachos. Pide vino, solícita ella lo sirve. Acaba, arrastra la silla hacia atrás. Sus piernas abiertas, se rasca los cojones, eructa, escruta sus dientes con la lengua, mira a la hembra mientras ella friega los utensilios de la cena, desea su culo, ella lo sabe, espera la embestida, siente el aliento de su macho en la nuca mientras la fuerte mano de uñas negras se introduce entre sus cachas y rapta entre sus muslos hasta su coño palpitante. El macho la eleva, ella grita con suspiros agudos y ahogados, la lleva al lecho, la desnuda igual que despellejaría a un conejo e introduce su miembro con fuerza en ella, una y otra vez, con fuerza, hasta que se corre y babea sobre el rostro azorado de ella. El macho gira sobre sí mismo, se tumba en la cama, está ya roncando, ella se queda allí, mirando su crucifijo desde abajo, suspira. Hace frío por las noches. Sin molestarle su sueño se levanta y recoge la ropa que él arrancó de su cuerpo. Va al cuarto de baño, mea y lava su cara, se mira al espejo, otea su casa, verifica que los niños duermen y se dirige al cuarto de los ronquidos, se mete en la cama, se acurruca al lado de su macho, que aún tiene la polla húmeda, se impregna de él los muslos, se duerme. El macho despierta y empieza otro día.
El hombre solitario no soporta esa felicidad, se cansa y se aburre a la cuarta repetición. El hombre solitario cree que la vida es diversa y que está repleta de novedades y de sensaciones, también nuevas. El hombre solitario es un egoísta que no quiere a nadie dependiendo de él porque desestabiliza la balanza de su libertad. El hombre solo viaja solo, a caballo, en coche, andando, vuela, corre. El hombre solitario mira al horizonte y siempre se pregunta que habrá más allá de la curvatura de la Tierra, o tras las elevadas montañas. El hombre solitario hace largos viajes, y así siempre vuelve cansado y derrotado, pero no por ello se arrepiente o se aviene a dar por concluidas sus aventuras. El hombre solitarios se perfila en los horizontes por la noche. Se asoma a las aldeas y comprueba que el mundo como debe de ser sigue igual, estable. Y observa a la comunidad cuando nadie puede observarle a él, y siente cierta añoranza, y envidia, y siempre acaba preguntándose sobre qué le pasa a él que es incapaz de aceptar y formar parte de aquello.
El hombre sólo se marcha dando la espalda a la aldea y piensa en las sensaciones que, a veces, quisiera conocer. Pero no tiene vínculos, ni siquiera una historia compartida, así que enseguida se olvida y vuelve a mirar el horizonte preguntándose que habrá más allá de su curvatura o al otro lado de esas altas montañas.

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21 diciembre 2014 7 21 /12 /diciembre /2014 19:54

DSCN2888.JPGSiguieron pasando las semanas, no sé en qué orden, pero siguieron pasando. Supongo que durante los días laborables nos veíamos algún día que otro. Tomaríamos tés o iríamos a casa de su protectora cuando no estuviese ella.

Yo vivía en el campo y debía de irme después de estar con ella, lo que suponía, más o menos, cuarenta y cinco minutos de carretera. No recuerdo donde íbamos durante la semana, pero imagino que a locales y lugares con aura de cultura o de vieja cultura. Círculos, Ateneos, Academias. A veces aparecían personajes extraños con pañuelos de seda y trajes viejos. Siempre estaba rodeada de gente mayor, Yo me abstenía de opinar sobre qué pensaba de ellos y sobre qué pensaba de lo que se hablaba en aquellas reuniones, que ahora no recuerdo, pero imagino que sería todo en torno al pasado. Me fascinaba la soltura con que I. se movía en estos ambientes, más aún teniendo en cuenta su escasa cultura, entendida ésta como degustación y enriquecimiento de las nobles artes, tales como la literatura o la pintura. Siempre andaba con libros prestados que llevaba o devolvía, libros que nunca la vi leer, poemarios, obras escogidas, poesía, alguna novela que otra, ensayos, hasta algún libreto de opera . Ignoro como salía del atolladero, como se arriesgaba simplemente diciendo “me ha encantado” cuando devolvía el ejemplar, porque yo sabía que aquello no lo había leído, ni siquiera abierto.  Tampoco entendía cual era el objetivo de aquella farsa, que ganaba aguantando a aquel plantel de personajes en salones de luces amarillentas y camareros reumáticos de chaquetilla blanca almidonada, y aún así, arrugada. 

El amor, ese jodido amor con esa condición ineludible de compartir, incluso lo que no te apetece. Yo esperaba paciente a que acabaran aquellas sesiones de nada y en numerosas ocasiones, además, me tocaba pagar las consumiciones. Luego cada uno iba por su lado, y ella y yo dábamos un paseo hasta el coche, la llevaba a casa, besos de despedida y camino en soledad (por fin), hacia mi casona desolada, fría en invierno. Aquello era, a todas luces, insoportable, tanto por sus consecuencias psicológicas, como por las físicas. 

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9 diciembre 2014 2 09 /12 /diciembre /2014 23:21

el-beso.jpgLo cierto es que gracias a aquella visita dulcifiqué la intranquilidad que me causaba I. Sin embargo, yo llevaba en la cabeza aquel núcleo familiar, y las sensaciones que había causado en mí, mientras que  ella parecía haberlo dejado muy lejos. Casi diría que no quería acordarse de él y que también quería que ellos la olvidasen a ella. Pero tampoco soy yo quien para juzgar las relaciones entre los miembros de una familia, más aún teniendo en cuenta la baja calidad de las mías. 

Ahora que me acuerdo de este hecho, me refiero a la visita, vienen a mi cabeza algunos retazos sueltos, divertidos o mágicos, durante el tiempo que duró nuestra relación, que sinceramente no os oculto, es que no recuerdo. 

El más peliculero fue sin duda un mediodía en la Gran Vía de Madrid. Me imagino que nos despedíamos y nos besábamos con gran pasión en una esquina, a esa hora sin mucho tráfico ni muchos viandantes, por lo tanto deduzco que habíamos estado comiendo juntos.

Bien, pues allí estábamos, besándonos con las bocas bien abiertas y supongo que uno medio metido dentro del otro. Suelo cerrar los ojos cuando beso, no sé si ella lo hacía también en aquel momento. Sea como fuere, de pronto, empezamos a oír silbidos y gritos que, sin duda, iban dirigidos a nosotros. Eran frases dichas a voz en grito por chavales muy jóvenes, lo supuse por sus tonos, y así era. Por la calle bajaba uno de esos autobuses rojos de turistas con el segundo piso al descubierto, y aquel autobús iba cargado con lo que parecía un colegio entero y había parado en un semáforo, justo frente a nosotros.  I. , una vez se percató de la jarana adolescente que había causado nuestro beso, comenzó a reír como una marquesa italiana en un anuncio de Martini,  retorcía su cuerpo como lo hacía Marylin dentro de sus vestidos ajustados desde las carátulas de sus películas. I. montaba su espectáculo hiperbólico, reía a grandes carcajadas como una diva excéntrica de opereta,  echaba su cabeza hacia atrás dejando al vuelo su melena, fingía una especie de sofoco barroco con su antebrazo apoyado en su frente y obligándome a que yo la sujetase en una especie de escenificación de un inesperado y molesto vahído. Yo me moría de vergüenza, mientras trataba de mantener erguido aquel cuerpo femenino espasmódico. No estoy acostumbrado a este tipo de episodios, y me limité a esperar que el autobús reanudase su marcha, una vez se hubo puesto el semáforo en verde. 

Supongo que a ella aquel hecho le debió de parecer una constatación irrefutable de nuestro amor, capaz de mostrarse a los demás, mientras que a mí me ruborizó e incluso llegó a asustarme. 

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5 diciembre 2014 5 05 /12 /diciembre /2014 00:10

2014-1159.JPG

¿Y que hago yo, aquí, en el Ateneo?

En una sala de luces blancas, altas, tristes, oliendo a sudor de gente madura, olor mezclado con el de geles grasientos para el pelo y colorantes  para grises cabellos.

Leen poemas, sin tono, con vergüenza.

Rostros viejos y cansados, miradas de reojo.

Esto es cultura, se repiten, aguanta, queda poco.

Ahora canta un tipo, sus minutos de gloria, narraciones sin hilar, egocentrismo disimulado, se excita, anda ahora desatado. 

Me aburro enormemente o debo de estar demente.

Un mundo muerto y sus muertos vivientes.

Cansancio. Culos derrumbados y blancos, arrugados. 

Clones o payasos, sin ritmo. en un triste cumpleaños de niños tan mayores.

Casposo, muy casposo, es el término que viene a mi cabeza y enfermos terminales y habitaciones de techos altos con abuelas de ganchillo. Y recuelos de café y sardinas escabechadas y orinales de porcelana descascarillados.

Por favor, que le hagan callar, por favor callaros. 

¿Y qué hago aquí, en el Ateneo?

Miro, ah, menos mal, te veo. 

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2 diciembre 2014 2 02 /12 /diciembre /2014 01:13

2014 1155Días después, con aquella foto en la cabeza, con aquella familia que recordaba y aún con la ternura que todo ello había levantado en mi, no pude dejar de escribir un poema. Y no fue el único, porque la ternura te conmueve y te convierte en bueno y te carga de buenas intenciones y te dota de la grandeza suficiente para marcarte altas metas y buenos sentimientos. Y yo me marqué el de querer a aquella mujer, aunque nunca fui capaz de hacerlo, de cuidarla y de ser palanca para que consiguiera sus sueños. Pero no fue posible o no fui capaz de ello. Pero escribí el primero de una serie de poemas y que luego agrupé bajo el título de Poemas Horteras, pues su calidad literaria distaba mucho de ser excelente. 

Estaba la niña, sobre la colina, mirando la vida.

Estaba la niña allí, oteando

Corre el aire. Su pelo azotando y el frío la va atrapando.

Estaba la niña sin saber explicarse.

Ayer, horizonte limpio y claro.

Hoy brumoso, no ve lo lejano.

Estaba la niña con miedo y quebranto, que se ha hecho de noche, hay ruidos extraños.

Estaba la niña casi llorando. 

Estaba la niña allá en lo alto.

Estaba la niña sin ganas de juegos.

Estaba la niña que ya no la veo.

No está ya la niña, sólo la noche. Lo oscuro la ha tragado.

Salgo corriendo, candil en mano.

Subo corriendo, alumbro el camino, con la luz, con mi aliento. Aparto la bruma, me guía su llanto. La grito, la llamo, la canto. La sé allí delante, siento su espanto. 

Llego, tiembla. La aparto la niebla. Apenas la veo, la miro a los ojos.

En medio de lo oscuro veo dos estrellas, oigo su sonrisa, a saltitos, tirita.

La abrazo.

La abrazo.

La estrujo.

 

Quiero ser su manto. 

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30 noviembre 2014 7 30 /11 /noviembre /2014 21:12

2014-0955.jpgY siguieron pasando semanas, y pasaban como sin querer. No sé de qué manera, tampoco con qué finalidad. 

Como quien no quiere la cosa, he aquí, que me vi en casa de su familia en lo que no cabe duda de que era una presentación oficial. No sabía que hacía allí, en aquella población a seis horas de viaje en automóvil, pero allí estaba, sonriendo, siendo educado y haciendo el papel de enamorado y hombre definitivo para la hija y la hermana de aquella unidad familiar. Unos padres encantadores, buenas personas. El, un hombre grande, alto, cara de bonachón y ella, una mujer dulce, esa era la definición: dulce. Más pequeña que el, redondita, una sonrisa preciosa, pendiente de mí. La hermana, que era la mayor pero parecía tener menos edad que su hermana, me llamó la atención por su delicadeza. De hecho, nunca nadie me ha acariciado el brazo de la manera que lo hizo aquella mujer.  Fue enternecedor, fue sensible, fue una carga de humanidad inyectada a través de aquellos cinco dedos recorriendo ligeramente mi antebrazo. Caí perdidamente intrigado hacia la sensibilidad de aquella mujer,, su origen y su destino, y lo que lamentaba es que me iría de allí unas horas después y no la volvería a ver. 

Comimos muy cómodamente. Nadie forzó nada. Charlamos de manera natural y no me sentí escudriñado ni analizado, sino simplemente aceptado, lo que me resultó reconfortante y me hizo sentir cómodo y a gusto. 

Después de la comida mi pareja, a quien reconoceremos por I, me enseñó su dormitorio de niña, de adolescente y de jovencita. Ella tenía que recoger ropa y yo mientras, observaba el lugar en el que había crecido y no dejaba de preguntarme como alguien criado en aquel entorno podía ser como era.

De hecho, mientras la veía afanosa, sacando prendas y seleccionándolas, pensé en lo que me contó, llorando, sobre lo que le había costado decir entre sus amigos y amigas de la gran ciudad que su padre era guardia civil. Lo cierto es que aquel relato me causó asombro porque nunca he entendido como alguien puede dudar o avergonzarse de sus orígenes. Y entre sus lloriqueos y lagrimas, mientras me narraba aquello, que no sé si eran provocados por el malestar que podía causarle tener algún tipo de vergüenza de sus padres, o bien porque le daba rabia su anclaje a esa certeza, por las limitaciones que pudiera causarle en su proyección futura, yo hacia el papel de maestro de la vida y la hacía ver, con dulces palabras, que no debía de sentir vergüenza nunca por sus orígenes y que, muy por el contrario, siempre debía sentirse orgullosa de ellos. 

Su hermana, la mujer de la caricia, estaba silenciosa en los alrededores de la habitación. Asomaba por el quicio de la puerta de manera suave. Yo la sonreí y volví mi vista hacia toda una colección de fotos que había colgadas en una de las paredes de aquella habitación, sobre la cama. Eran fotos de I, cuando era una niña, y bien es cierto que en sus ojos ya se adivinaba un deseo de llegar a ser alguien grande (otra cosa es que tengas cualidades o no para ello). Me llamó particularmente la atención una foto de ella con una mancha en un jersey que su hermana, atenta a mis miradas, me explicó, con palabras aterciopeladas, que se trataba de una mancha de tomate. Me hizo gracia y sentí una ternura especial. 

Fue tanta la ternura que sentí en aquel momento mágico, que no pude borrarlo de mi cabeza, porque en todas las personas, sean quienes sean, siempre descubres, tarde o temprano, esa intimidad recóndita, humana y frágil que explica flaquezas, miedos y terrores, que explican formas de actuar, aunque esas formas signifiquen un ataque hacia ti, porque les da miedo pensar que eres tan frágil como ellas.  

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20 noviembre 2014 4 20 /11 /noviembre /2014 00:34

Y como digo, los meses fueron pasando. Ella seguía viviendo con aquella otra mujer mayor, y aprovechábamos viajes de esta última, para pasar fines de semana en aquella casa. La recorríamos, y ella me iba mostrando secretos de su casera. Comprábamos provisiones y ella preparaba cenas y comidas. Yo, como siempre me ha ocurrido, me sentía incómodo, pues sólo estoy cómodo en mi casa, entre mis cosas.  Hablábamos, comíamos, follábamos y salíamos a dar una vuelta en aquellos fines de semana, en los que me sentía desplazado. Otros ella venía a casa, una casa destartalada en el campo de la que ya os he hablado. Aquí, las rutinas eran las mismas, ella preparaba comidas, follábamos y salíamos a dar una vuelta, pero por el campo, en aquellos fines de semana en los que yo me sentía invadido.

Durante la semana nos nos veíamos todos los días. También me presentó a algunas amigas, cada una de su padre y de su madre. No había nada común entre ellas, si exceptuamos las circunstancias.

Poco a poco iba viendo su fondo de armario. No entiendo de ropa, pero a aquella mujer le faltaba un aire juvenil. Apenas tenía vaqueros ni zapatillas de deporte, y me la imaginaba en el campo, pero vestida de verde, con ropaje de caza. Se decantaba por vestidos tipo boda, de modista, con escotes amplios y generosos que llevaban, a través de su piel blanca con un lunar, hacia sus inexistentes pechos. Usaba medias, pantalones acampanados ceñidos a su cintura, tenía unas caderas anchas, y al andar las movía. Estaba acostumbrada a desfilar más que a caminar. Cada vez que aparecía un macho en su camino, se contoneaba dejando caer la cabeza a un lado, en un modus operandi muy profesional. 

No recuerdo muy bien como era nuestro sexo. Las primeras veces que lo hicimos fue con violencia, y comentó que acababa de descubrir cómo era lo de follar.  Me sorprendió y deduje que no había tenido muchas experiencias. Supongo que aquello, como a todos los hombres, hizo subir mi autoestima, aunque con el paso de los años, empiezo a dudar si lo dijo de verdad, o simplemente era más listas que yo y sabía lo que me gustaría oír aquello. Sé que le atraían las mujeres también, porque me lo dijo, y pensé que podría ser interesante, dado que me produce un especial morbo el amor entre mujeres, pero nunca ocurrió nada de ese tipo, creo que admiraba de ellas su capacidad de ser mujeres, su capacidad de atraer y seducir para poder copiar sus técnicas. En fin, asi pasaban los meses. 

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18 noviembre 2014 2 18 /11 /noviembre /2014 01:01

No recuerdo que fuéramos nunca a bailar. Trato ahora de hacer memoria sobre aquellos años y no, no hubo sala de fiestas ni discoteca a la que acudiéramos juntos. Si hubo un par de exposiciones y creo que a lo mejor también alguna obra de teatro. Me gusta la pintura y aunque las recorro con demasiada velocidad, quizás por la ruidosa gente que he de soportar alrededor, me agrada acudir a alguna exposición, por lo que deduzco que me dejé acompañar por aquella mujer. Sin embargo, la susodicha no mostró excesivo interés en el arte y, una vez más, más que contemplar los lienzos, interpretaba su observación, quizás tomando como referencia esa magnífica escena de Kim Novak en la película “Vértigo” de Alfred Hitchcock. 

Tampoco recuerdo ahora haberla visto leyendo un libro. de hecho, carecía de ellos y, ahora que lo pienso, recelo de la gente que no lee y más aún de la que no vive con unos cuantos, sean cual sean su número. A ella, lo que le gustaba no sé muy bien que era, aunque ahora que lo pienso, había algo que si se le daba de maravilla, y eran los conflictos. No he conocido jamás un ser humano que tuviera tantos recelos y desconfianzas hacia otro ser humano. Si bien en nuestra relación personal parecía calmarse, fuera de ella, en cualquier otro tipo de interacción, el conflicto nacido del recelo, siempre afloraba, bien fuera con un taxista, con el portero de un edificio o en cualquier reunión de trabajo.

Aquella abogada de vida errante, que no se sabía muy bien de qué vivía y para qué, acabo colaborando conmigo en distintos proyectos. Se entusiasmaba con ellos y suplía su falta de imaginación con largos, extensos y prolijos informes que, lejos de dar músculo y gracilidad a las ideas, las enfangaba y complicaba.

Durante el tiempo que colaboré con ella, no sé que cantidad de burofaxes envió. Ella sola, era capaz de enredarse en sí misma y creaba tramas de engaños y traiciones alrededor de su trabajo. Lejos de ser abierta y receptiva, cada vez que alguien exponía un punto de vista, analizaba dónde estaba la trampa. No quedaba satisfecha si no salía de cualquier encuentro profesional con una trama conspiradora construida y sus precauciones acababan espantando a los interlocutores. Aquella mujer, que quería triunfar en los profesional, se destruía a sí misma, y después de una entrada triunfal, repleta de guiños de complicidad y cercanía hacia los extraños, sentía la insana necesidad de hacerles saber que nadie, sobre esta Tierra, tenía capacidad para engañarla. Yo creo que todo aquello nacía de su propia inseguridad.

Aquella mujer iba y venía acelerada de sitios recónditos, siempre andaba con un estrés que también ahora creo simulado. Yo trataba de ayudarla, de enseñarla a ser confiada, a no vivir a la defensiva, a ofrecerse abiertamente a los demás sin recelo alguno. Teníamos largas conversaciones en las que iba llevándola, poco a poco, a un escenario de tranquilidad, de confianza hacia los demás, pero en lo más íntimo de mí era consciente de que eran remansos temporales y, efectivamente, en el siguiente hito, su motorcito de, creo frustración, volvía a dejar escapar aquellos gases venenosos. Así transcurrían los meses. 

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16 noviembre 2014 7 16 /11 /noviembre /2014 22:43

Una vez, debía de tener yo cuarenta y cinco o cuarenta y seis años, conocí a una mujer que nunca debí conocer. Yo estaba en mi etapa de escarceos amorosos, aquella época en que andaba metido en todo tipo de encuentros y búsqueda de sensaciones nuevas. Sinceramente, no recuerdo muy bien donde conocí a esta mujer, pudo ser en un coctel, en una de esas fiestecitas o reuniones a las que tenía que asistir después del horario laboral. 

Sea donde fuere, aquella mujer estaba sentada frente a mi en la cafetería de un hotel en el centro de la ciudad, días después. Yo, que sólo quería tirármela, estaba frente a ella, con las piernas abiertas, mostrando mis atributos y tocándolos de vez en cuando, como ella mismo me hizo notar tiempo después. 

¿Qué cómo era esta mujer? La verdad que viene poco al caso, pues es sólo el arranque de la historia, pero no la historia en sí misma, que trato de narrar. Pero si insistís, os diré que era una mujer joven que aparentaba, o quería aparentar, más edad de la que tenía que, por aquel entonces, debían de ser los treinta y cinco o treinta y seis.  Quizás fuera su forma de vestir o su manera de actuar, pero el caso es que su edad aparente no era la real. 

Era una mujer que había copiado formas de andar, movimientos, tonos de risa, aspavientos, maneras de dejar caer su cabeza, de sentarse, levantarse, decir, escuchar, comer, pedir, despedirse o saludar por las mañanas, de toda una galería de personajes de películas, series y novelas románticas. Podía ser una profesional despiadada y recelosa, una hija abandonada por sus padres, o una hija que había abandonado su hogar en el pueblo para triunfar en la gran ciudad, una hermana menor picarona, una mujer fatal, una mujer desamparada, una buena amiga comprometida y solidaria, una mujer interesada en la cultura y en las obras benéficas, una mujer nocturna amante de los locales de la noche, de las fiestas alocadas y desmadradas, un ama de casa, una amante esposa, una mujer herida por las infidelidades de su marido o una madre acogedora y llena de bondad. En definitiva, a mi, cada vez que pensaba en todo esto, me venía a la cabeza Cruella de Vil, el personaje desequilibrado de 101 Dálmatas, no sé porque. 

Pero todo esto lo descubrí después. Lo que yo veía en aquella cafetería era a una mujer ardiente, conocedora de los secretos del sexo y capaz de dar a un hombre placer de maneras que intuía desconocidas, aunque esto último me desanimaba un poco, pues he de reconocer que en el sexo me gusta ser básico, un poco irracional, a veces un poco violento y, consecuentemente, sentirme dominador. Pero bueno, toda aquella complicidad de movimientos, sonrisas picaronas y formas de mirarnos en aquella cafetería me hacía augurar una noche, o tarde, loca de amor desenfrenado. 

La mujer no era guapa, tenía ojos pequeños que eran más pequeños cuando se deshacía de sus lentes, pelo rubio, que era bonito, ondulado y cayendo revuelto alrededor de su cabeza que era grande. Cara redonda, blanca ,de fina barbilla y piel muy fina, y una frente desmesurada para el conjunto de su rostro. Su boca era de labios finos que posteriormente vi muchas veces corvados de manera convexa. 

Aquella mujer de edad indefinida, ni jovencita ni madura, vivía con una señora mayor, una especie de abuela ye-ye, la tía Ramona que hay en todas las casas, la hermana, normalmente de tu madre, que ha quedado solterona, amante del arte, que vive acomodada, que es nerviosa y que trata de cumplir con todas las normas de la educación del siglo XIX, una especie de pionera femenina de aspecto inmaculado y que es cortejada por señores mayores de pañuelos en la solapa de su chaqueta que la invitan a tomar té, a los toros o a dar pases por jardines con rosas. Una mujer que se ruboriza con las frases de sus galanteadores un poco subidas de tono, que se estremece y sonríe respondiendo siempre: ¿pero qué me está diciendo usted? Una mujer en un continuo proyecto de romance, pero que bebe a escondidas, con cierto puntito de locura, de ida de olla, de pérdida de todo ese equilibrio en el  que vive, que trata siempre de controlar o disimular. Aquella mujer, de libros de arte en la mesita baja de su salón y de oleos originales de firmas desconocidos, grabados con dedicatorias, revistas de decoración, alfombras, aparador de bisabuela lleno de cristalería y loza china y jarrones con flores, era una especie de tutora de esta otra mujer. que ocupaba un dormitorio en su casa, en el que tuvimos unos cuantos revolcones. 

Entre ellas había esa complicidad femenina que tanto me ha llamado siempre la atención y que desprecia la diferencia de edad, como si lo femenino fuera, en si mismo, algo ajeno a la edad, un viejo arte aprendido desde la adolescencia y que no caduca hasta la muerte y que todas las mujeres llevan dentro y que les hacen saber telepáticamente, que sienten, desean y temen unas y otras. 

Me voy del relato. Aquellas dos mujeres vivían juntas, y la más joven creo que habíase convertido en objeto de deseo de los viejos amigos de su casera. Antiguos poetas, músicos, catedráticos y catedráticas, compositores de zarzuela, críticos taurinos, viejos columnistas de periódicos de provincias, algún político de tercer nivel y algún aspirante a ministro. 

Aquella mujer tenia las tetas realmente pequeñas. Bueno, prácticamente no tenía y desde el principio decía con soltura que quería reunir dinero para operárselas. La verdad que me sorprendió la capacidad de ocultar aquella deficiencia bajo un sujetador lleno de postizo, y sobre todo la capacidad para mostrarme su realidad después de haberme dado a entender otra. 

Aquella mujer y yo empezamos a vernos. Le gustaba follar conmigo y llegué a la conclusión de que sus relaciones sexuales habían sido escasas y de que disfrutaba con las maneras en que hacíamos el amor. Aquella mujer , que como es natural empezó a hablarme de su vida, parece que mayoritariamente se relacionaba con personas  mayores y, obviamente, con hombres mayores.  Creo que le motivaba bastante sentir que atraía a hombres maduros que no dudaban en agasajarla, convirtiendo la relación con ellos en una especie de cortejo permanente, con guiños a la vida matrimonial aburrida de ellos o a la especulación sobre una posible relación. Cuando conocí a esta mujer trabajaba como una especie de pasante o de ayudante o de mano derecha de un notario de vida alegre y desenfadada. 

Empezamos a vernos con cierta asiduidad. El sexo fue perdiendo prioridad en nuestros encuentros, como ocurre siempre y poco a poco, como quien no quiere la cosa, nos hicimos pareja. 

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13 noviembre 2014 4 13 /11 /noviembre /2014 01:02

 

Aquí estoy de nuevo, en mi buhardilla. Quien no sepa cual era el estado de mi cabeza puede leer algunos artículos anteriores.  La verbena popular habíame sacado de mi casa  y habíame lanzado a la calle. 

Qué tristes son las rupturas ¿verdad? Se te engancha el cerebro recordando lo que ya no sientes, imaginando de dónde pudo surgir y cómo lo alimentabas. Te quedas perplejo tratando de desmenuzar, de narrarte mentalmente cómo, cuando y con qué cronología fue desapareciendo todo aquello. Se te quedan en la cabeza fragmentos de una sonrisa, fotogramas en color sepia, y nada más. Te quedas triste, deambulas triste, vives triste, no sabes muy bien porque, si por la persona que ya no está o por esa capacidad desconocida que descubrimos en nosotros de crear ilusiones y dejar que luego se deshagan hasta desaparecer como una voluta de humo, y esa capacidad asusta, casi aterra. 

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