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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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18 enero 2015 7 18 /01 /enero /2015 20:12
Apartamento 8

Eso, eso digo, que hasta los pájaros han estado esperando la gran nevada, pero ni por esas. Y yo, como los pájaros, también he estado esperándola. Desde mi cuarto de estudio, volcado en mi trabajo, pero girando cada dos por tres mi cabeza hacia la ventana, entrecerrando los ojos para poder percibir el más tenue copo blanco. Pero no, este clima es monótono, este clima es aburrido. Este clima es de derechas, un tipo bastante tradicional y al que no le gustan las novedades. El tipo se limita a ofrecer mucho calor en verano y mucho frío en invierno, pero nada de agua, para que os deis bien de hostias cuando escasee de manera dramática. Tampoco os doy nieve, que alegra el espíritu. Conformaos con un día brumoso, gris plomizo, de frío cortante. Mirad al cielo imbéciles y anhelar el fenómeno que no llegara.

Al final, como con tantas otras cosas que no ocurren, acabas pasando de ellas. Existen, pero no aparecen. hay opciones, pero nunca tocan, de tal forma que llegas incluso a olvidarte de ellas. Agachas la cabeza, le das la espalda a la hipótesis y sigues con tu rutina.

Quizás deba de volver al relato del apartamento, lo había dejado con esa mujer, I., preparándose para un reunión con una gran empresa española. Y ahí estaba ella, más barroca que nunca. Se presentó en el despacho toda arreglada y pintada para ir a aquel encuentro. Los putos labios rojos rojos, sus labios finos, alargados y rojos, como una línea un poco gruesa pintada de color peligro en perpendicular a la verticalidad de su nariz. Exultante, nerviosa. Recuerdo que iba de tonos lácteos, hasta un abriguito de entretiempo blanco. Yo la miraba y pensaba ¿pero quien puede pensar en comprar un abrigo de entretiempo? Si ya no existen los otoños ni tampoco las primaveras. Había planchado su pelo que no paraba de intentar agarrarse dramáticamente a su craneo como consecuencia de los meneos que ella daba a su cabeza. Se puso tacones, que menos, y allí iba, de un lado a otro, taconeando con pasos decididos, montando una buena jarana para hacer constar que esa mañana tenía algo importante que hacer, y esas caderas arriba y abajo. Pensé que debería de acabar con agujetas, haciendo subir una cacha de su culo un vez y la otra con el siguiente paso. El cuerpo de I. era como un Mecano de anclajes simples, con cada paso se desataba un movimiento y con el siguiente el mismo en el otro hemisferio de su cuerpo. I. era una vaquera, o una patinadora de una gran superficie.

Supongo que yo en ese instante ya pensé que todo iba a ser un fracaso, supongo que debería haberla dicho_: Oye, no vienes, la vas a liar, o: aun hay tiempo, por que no vuelves a casa y te vistes normal, vale con una chaquetita y una falda, azules, en un tono verde, hasta marrón, pero quítate esas tonos aguados, esos tonos blanquecinos, huesos, tétanos de neonatos, dientes de leche, cafés con leche aguados. Arráncate esa línea roja de tu cara, rebaja en un centímetro el maquillaje de tus pómulos y frente, es más, lávala, deja a tus ojos emerger de entra esos hollines negros y pegajosos que los bordean, no te los resaltan, te los empequeñecen porque ya los tienes más bien pequeños. Coño!!!!, se tu, si quieres vender verdad, se verdadera, si quieres dar confianza, muéstrate tal como eres, sin dobleces, sin engaños. Dí, esto es lo que hay, o lo tomas o lo dejas.

Pero no, lejos de reaccionar, la observaba un poco boquiabierto, incapaz de decir nada, quizás con un pequeña sonrisa en mis labios, como asistiendo a un hecho prodigioso e increíble, un hecho inalterable por la naturaleza humana. Una extraña diosa de un extraño Olimpo habíase materializado entre los mortales y una vez superada la atmósfera, pavoneaba sobre la superficie del planeta sus atributos y sus habilidades.

Hay acontecimientos que prevés, es como sentarse frente a un plato de comida mexicana potente y pretender que aquel alimento de colores variados va a ser digestivo para tu estómago. Cuando metes el tenedor en tu boca ya sabes que reacción va a suceder, y aun así la metes, hasta el fondo, con ese afán por hacernos daño con plena conciencia de lo que hacemos. Somos así.

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16 enero 2015 5 16 /01 /enero /2015 01:00
La principita

L., esa mujer en un lío, ese lío que atenaza a esa mujer, ese lío con el que vive, del que anda desenredándose. constantemente L., esa mujer atada que siempre muestra un sonrisa entre sus anclajes, candados y mordazas. L., la mujer del corazón grande y las orejas pequeñas que afirma habérselas agujereado con alfileres, por eso ahora oye tan mal, o quizás no quiera oírlo todo. L., con sus ojos tras cristales que transmiten a veces pena, otras tan alegres, otras te penetran, otras te comentan, otras te desnudan, otras te ocultan, otras piensan, mirándose hacia dentro. L. con sus discursos a saltos, como un crío que jugara en una escalera, ahora salto dos, ahora subo, ahora bajo. L., esa mujer, me recomendó el libro. Con ilustraciones, de letras grandes, para niños, con sus lógicas aplastantes, machaconas, cabezonas, preguntonas. Se lo cuento a un judío gordo, muy gordo, medio ciego, que tiene una novia también ciega, padre de dos niños, amigo. Se ríe asombrado, no lo entiende, y él escribe poesía, siempre de amores, de cuerpos y sudores, de anhelos, sensaciones y sinsabores, frustraciones, deseos, insatisfacciones. MI chico, el de mi libro, con su desparpajo me descubre el mundo que ya conozco, me lo da la vuelta, lo renueva, un aire fresco, el origen, y de todo ello me queda la envidia hacia la maravilla de la inocencia virgen y el ansía por saber, pero siempre solo, de planeta en planeta. Gracias.

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6 enero 2015 2 06 /01 /enero /2015 23:35
I. era de esas mujeres con una agenda inquieta. Siempre tenía apuntadas conferencias, exposiciones, conciertos y muestras. Lo cierto que yo no sabía la razón de aquella obsesión por la cultura, pues aseguro que su interés real por ese mundo era escaso, y dudo que dispusiera de la sensibilidad suficiente para mostrar interés por él en algún momento. En realidad, a I. lo que le interesaba era el dinero. Lo que quisiera hacer con él tampoco lo sé, pues nunca fui capaz de detectar afición, interés, predilección o sueños en torno a ningún tema, si exceptuamos su obsesión por sí misma, por su apariencia y el impacto que causaba entre los demás.
Pero sí, en realidad, lo que le interesaba era el dinero. Soñaba con grandes operaciones, con golpes de fortuna, con contratos grandes repleto de ceros. Quería jugar en las ligas grandes, era como una especie de certeza, como si ella, y sólo ella, supiera que había nacido para ese nivel de negocios entre grandes y además, siempre se lo envidié, no sentía vergüenza alguna. Se apuntaba a conferencias y encuentros de mujeres empresarias, pertenecía a un par de clubs de este tipo. Yo la observaba, la escuchaba, la aconsejaba, aunque supiera de antemano, que este tipo de encuentros y foros no son efectivos, sino meros caminos trazados por alguien o algunos, para intentar crear masas críticas con las que sacar dineros públicos, subvenciones, ayudas y vaya usted a saber qué. Normalmente giraban en torno a una figura o dos, mujeres empresarias o innovadoras que habían triunfado y que daban charlas y conferencias de estímulo, pero sin concreción ni contenido alguno, más allá de los grandes decorados de cartón piedra. Supongo que era un ejercicio de auto ego,
Aún así, yo deseaba aprovechar aquel empuje de ella, esa capacidad de: esta soy yo, sin complejos. Así que ideamos un proyecto, a mi entender, bastante bueno y con posibilidades de interesar a una gran empresa. Lo pulimos y yo hice un par de llamadas a un buen amigo mío, alto directivo de esa gran empresa. El tipo me dio un contacto, a quien llamó para anunciarle mi llamada y así lo hice. El nuevo contacto, de mucha menos categoría que mi amigo, tenía poder en aquella organización, al menos en el área en la que a mi me interesaba incidir, y conseguimos que nos diera una cita para que le pudiéramos presentar nuestro proyecto
.
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28 diciembre 2014 7 28 /12 /diciembre /2014 14:02

El hombre solo, se recrea en su soledad. Va continuamente pensando que está solo, que va solo. Piensa en los demás como en los habitantes de un país lejano del que se marchó hace tiempo. Piensa en ese país, repleto de fértiles praderas donde crecen cereales dorados en torno a agrupaciones de casas. Oye niños correteando y jugando entre ellas, hombres que salen de sus cabañas subiéndose los tirantes de sus petos de trabajo sobre sus hombros, mujeres despeinadas de tez rubicunda asomando, apoyadas contra el marco de la puerta del hogar, observando marchar a su macho. Los niños ven a los machos, corren hacia ellos. El hombre feliz, hace poco un animal sobre su hembra, ahora es tierno y levanta a los niños, los zarandea, ríe con ellos. Cuando se cansa les manda alejarse. Se junta en la vereda que sale del pueblo con otros hombres que también han ajustado sus tirantes. Se palmean las espaldas, eructan y cantan. Se insultan y todos se dirigen al campo, felices, sintiéndose bastiones de la comunidad, garantía de la continuidad de la especie, en orden con dios, con el buen hacer. Al atardecer vuelven con sus mangas recogidas sobre sus fuertes bíceps, hablan, aunque se comen palabras o las deforman. Se ríen, no paran de reírse. Entran de nuevo en la población por la misma vereda por la que se alejaron, ven luces tibias en sus hogares, imaginan a sus hembras amamantando y lamiendo a las crías. Van a la taberna, beben, se desafían, hacen chistes sobre sus mujeres, cuentan historias increíbles de sus remotos pasados, aunque algunos apenas tienen historia, hablan de reojo de otras hembras mientras se tocan la entrepierna. Medio borrachos vuelven a sus hogares. la hembra les espera, siempre sonriendo, engordando día tras día, la comida está lista. De pie observa como come su macho. Le escucha tragar, devorar, limpiarse la boca con el torso de la mano, partir el pan a cachos. Pide vino, solícita ella lo sirve. Acaba, arrastra la silla hacia atrás. Sus piernas abiertas, se rasca los cojones, eructa, escruta sus dientes con la lengua, mira a la hembra mientras ella friega los utensilios de la cena, desea su culo, ella lo sabe, espera la embestida, siente el aliento de su macho en la nuca mientras la fuerte mano de uñas negras se introduce entre sus cachas y rapta entre sus muslos hasta su coño palpitante. El macho la eleva, ella grita con suspiros agudos y ahogados, la lleva al lecho, la desnuda igual que despellejaría a un conejo e introduce su miembro con fuerza en ella, una y otra vez, con fuerza, hasta que se corre y babea sobre el rostro azorado de ella. El macho gira sobre sí mismo, se tumba en la cama, está ya roncando, ella se queda allí, mirando su crucifijo desde abajo, suspira. Hace frío por las noches. Sin molestarle su sueño se levanta y recoge la ropa que él arrancó de su cuerpo. Va al cuarto de baño, mea y lava su cara, se mira al espejo, otea su casa, verifica que los niños duermen y se dirige al cuarto de los ronquidos, se mete en la cama, se acurruca al lado de su macho, que aún tiene la polla húmeda, se impregna de él los muslos, se duerme. El macho despierta y empieza otro día.
El hombre solitario no soporta esa felicidad, se cansa y se aburre a la cuarta repetición. El hombre solitario cree que la vida es diversa y que está repleta de novedades y de sensaciones, también nuevas. El hombre solitario es un egoísta que no quiere a nadie dependiendo de él porque desestabiliza la balanza de su libertad. El hombre solo viaja solo, a caballo, en coche, andando, vuela, corre. El hombre solitario mira al horizonte y siempre se pregunta que habrá más allá de la curvatura de la Tierra, o tras las elevadas montañas. El hombre solitario hace largos viajes, y así siempre vuelve cansado y derrotado, pero no por ello se arrepiente o se aviene a dar por concluidas sus aventuras. El hombre solitarios se perfila en los horizontes por la noche. Se asoma a las aldeas y comprueba que el mundo como debe de ser sigue igual, estable. Y observa a la comunidad cuando nadie puede observarle a él, y siente cierta añoranza, y envidia, y siempre acaba preguntándose sobre qué le pasa a él que es incapaz de aceptar y formar parte de aquello.
El hombre sólo se marcha dando la espalda a la aldea y piensa en las sensaciones que, a veces, quisiera conocer. Pero no tiene vínculos, ni siquiera una historia compartida, así que enseguida se olvida y vuelve a mirar el horizonte preguntándose que habrá más allá de su curvatura o al otro lado de esas altas montañas.

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21 diciembre 2014 7 21 /12 /diciembre /2014 19:54

DSCN2888.JPGSiguieron pasando las semanas, no sé en qué orden, pero siguieron pasando. Supongo que durante los días laborables nos veíamos algún día que otro. Tomaríamos tés o iríamos a casa de su protectora cuando no estuviese ella.

Yo vivía en el campo y debía de irme después de estar con ella, lo que suponía, más o menos, cuarenta y cinco minutos de carretera. No recuerdo donde íbamos durante la semana, pero imagino que a locales y lugares con aura de cultura o de vieja cultura. Círculos, Ateneos, Academias. A veces aparecían personajes extraños con pañuelos de seda y trajes viejos. Siempre estaba rodeada de gente mayor, Yo me abstenía de opinar sobre qué pensaba de ellos y sobre qué pensaba de lo que se hablaba en aquellas reuniones, que ahora no recuerdo, pero imagino que sería todo en torno al pasado. Me fascinaba la soltura con que I. se movía en estos ambientes, más aún teniendo en cuenta su escasa cultura, entendida ésta como degustación y enriquecimiento de las nobles artes, tales como la literatura o la pintura. Siempre andaba con libros prestados que llevaba o devolvía, libros que nunca la vi leer, poemarios, obras escogidas, poesía, alguna novela que otra, ensayos, hasta algún libreto de opera . Ignoro como salía del atolladero, como se arriesgaba simplemente diciendo “me ha encantado” cuando devolvía el ejemplar, porque yo sabía que aquello no lo había leído, ni siquiera abierto.  Tampoco entendía cual era el objetivo de aquella farsa, que ganaba aguantando a aquel plantel de personajes en salones de luces amarillentas y camareros reumáticos de chaquetilla blanca almidonada, y aún así, arrugada. 

El amor, ese jodido amor con esa condición ineludible de compartir, incluso lo que no te apetece. Yo esperaba paciente a que acabaran aquellas sesiones de nada y en numerosas ocasiones, además, me tocaba pagar las consumiciones. Luego cada uno iba por su lado, y ella y yo dábamos un paseo hasta el coche, la llevaba a casa, besos de despedida y camino en soledad (por fin), hacia mi casona desolada, fría en invierno. Aquello era, a todas luces, insoportable, tanto por sus consecuencias psicológicas, como por las físicas. 

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9 diciembre 2014 2 09 /12 /diciembre /2014 23:21

el-beso.jpgLo cierto es que gracias a aquella visita dulcifiqué la intranquilidad que me causaba I. Sin embargo, yo llevaba en la cabeza aquel núcleo familiar, y las sensaciones que había causado en mí, mientras que  ella parecía haberlo dejado muy lejos. Casi diría que no quería acordarse de él y que también quería que ellos la olvidasen a ella. Pero tampoco soy yo quien para juzgar las relaciones entre los miembros de una familia, más aún teniendo en cuenta la baja calidad de las mías. 

Ahora que me acuerdo de este hecho, me refiero a la visita, vienen a mi cabeza algunos retazos sueltos, divertidos o mágicos, durante el tiempo que duró nuestra relación, que sinceramente no os oculto, es que no recuerdo. 

El más peliculero fue sin duda un mediodía en la Gran Vía de Madrid. Me imagino que nos despedíamos y nos besábamos con gran pasión en una esquina, a esa hora sin mucho tráfico ni muchos viandantes, por lo tanto deduzco que habíamos estado comiendo juntos.

Bien, pues allí estábamos, besándonos con las bocas bien abiertas y supongo que uno medio metido dentro del otro. Suelo cerrar los ojos cuando beso, no sé si ella lo hacía también en aquel momento. Sea como fuere, de pronto, empezamos a oír silbidos y gritos que, sin duda, iban dirigidos a nosotros. Eran frases dichas a voz en grito por chavales muy jóvenes, lo supuse por sus tonos, y así era. Por la calle bajaba uno de esos autobuses rojos de turistas con el segundo piso al descubierto, y aquel autobús iba cargado con lo que parecía un colegio entero y había parado en un semáforo, justo frente a nosotros.  I. , una vez se percató de la jarana adolescente que había causado nuestro beso, comenzó a reír como una marquesa italiana en un anuncio de Martini,  retorcía su cuerpo como lo hacía Marylin dentro de sus vestidos ajustados desde las carátulas de sus películas. I. montaba su espectáculo hiperbólico, reía a grandes carcajadas como una diva excéntrica de opereta,  echaba su cabeza hacia atrás dejando al vuelo su melena, fingía una especie de sofoco barroco con su antebrazo apoyado en su frente y obligándome a que yo la sujetase en una especie de escenificación de un inesperado y molesto vahído. Yo me moría de vergüenza, mientras trataba de mantener erguido aquel cuerpo femenino espasmódico. No estoy acostumbrado a este tipo de episodios, y me limité a esperar que el autobús reanudase su marcha, una vez se hubo puesto el semáforo en verde. 

Supongo que a ella aquel hecho le debió de parecer una constatación irrefutable de nuestro amor, capaz de mostrarse a los demás, mientras que a mí me ruborizó e incluso llegó a asustarme. 

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5 diciembre 2014 5 05 /12 /diciembre /2014 00:10

2014-1159.JPG

¿Y que hago yo, aquí, en el Ateneo?

En una sala de luces blancas, altas, tristes, oliendo a sudor de gente madura, olor mezclado con el de geles grasientos para el pelo y colorantes  para grises cabellos.

Leen poemas, sin tono, con vergüenza.

Rostros viejos y cansados, miradas de reojo.

Esto es cultura, se repiten, aguanta, queda poco.

Ahora canta un tipo, sus minutos de gloria, narraciones sin hilar, egocentrismo disimulado, se excita, anda ahora desatado. 

Me aburro enormemente o debo de estar demente.

Un mundo muerto y sus muertos vivientes.

Cansancio. Culos derrumbados y blancos, arrugados. 

Clones o payasos, sin ritmo. en un triste cumpleaños de niños tan mayores.

Casposo, muy casposo, es el término que viene a mi cabeza y enfermos terminales y habitaciones de techos altos con abuelas de ganchillo. Y recuelos de café y sardinas escabechadas y orinales de porcelana descascarillados.

Por favor, que le hagan callar, por favor callaros. 

¿Y qué hago aquí, en el Ateneo?

Miro, ah, menos mal, te veo. 

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2 diciembre 2014 2 02 /12 /diciembre /2014 01:13

2014 1155Días después, con aquella foto en la cabeza, con aquella familia que recordaba y aún con la ternura que todo ello había levantado en mi, no pude dejar de escribir un poema. Y no fue el único, porque la ternura te conmueve y te convierte en bueno y te carga de buenas intenciones y te dota de la grandeza suficiente para marcarte altas metas y buenos sentimientos. Y yo me marqué el de querer a aquella mujer, aunque nunca fui capaz de hacerlo, de cuidarla y de ser palanca para que consiguiera sus sueños. Pero no fue posible o no fui capaz de ello. Pero escribí el primero de una serie de poemas y que luego agrupé bajo el título de Poemas Horteras, pues su calidad literaria distaba mucho de ser excelente. 

Estaba la niña, sobre la colina, mirando la vida.

Estaba la niña allí, oteando

Corre el aire. Su pelo azotando y el frío la va atrapando.

Estaba la niña sin saber explicarse.

Ayer, horizonte limpio y claro.

Hoy brumoso, no ve lo lejano.

Estaba la niña con miedo y quebranto, que se ha hecho de noche, hay ruidos extraños.

Estaba la niña casi llorando. 

Estaba la niña allá en lo alto.

Estaba la niña sin ganas de juegos.

Estaba la niña que ya no la veo.

No está ya la niña, sólo la noche. Lo oscuro la ha tragado.

Salgo corriendo, candil en mano.

Subo corriendo, alumbro el camino, con la luz, con mi aliento. Aparto la bruma, me guía su llanto. La grito, la llamo, la canto. La sé allí delante, siento su espanto. 

Llego, tiembla. La aparto la niebla. Apenas la veo, la miro a los ojos.

En medio de lo oscuro veo dos estrellas, oigo su sonrisa, a saltitos, tirita.

La abrazo.

La abrazo.

La estrujo.

 

Quiero ser su manto. 

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30 noviembre 2014 7 30 /11 /noviembre /2014 21:12

2014-0955.jpgY siguieron pasando semanas, y pasaban como sin querer. No sé de qué manera, tampoco con qué finalidad. 

Como quien no quiere la cosa, he aquí, que me vi en casa de su familia en lo que no cabe duda de que era una presentación oficial. No sabía que hacía allí, en aquella población a seis horas de viaje en automóvil, pero allí estaba, sonriendo, siendo educado y haciendo el papel de enamorado y hombre definitivo para la hija y la hermana de aquella unidad familiar. Unos padres encantadores, buenas personas. El, un hombre grande, alto, cara de bonachón y ella, una mujer dulce, esa era la definición: dulce. Más pequeña que el, redondita, una sonrisa preciosa, pendiente de mí. La hermana, que era la mayor pero parecía tener menos edad que su hermana, me llamó la atención por su delicadeza. De hecho, nunca nadie me ha acariciado el brazo de la manera que lo hizo aquella mujer.  Fue enternecedor, fue sensible, fue una carga de humanidad inyectada a través de aquellos cinco dedos recorriendo ligeramente mi antebrazo. Caí perdidamente intrigado hacia la sensibilidad de aquella mujer,, su origen y su destino, y lo que lamentaba es que me iría de allí unas horas después y no la volvería a ver. 

Comimos muy cómodamente. Nadie forzó nada. Charlamos de manera natural y no me sentí escudriñado ni analizado, sino simplemente aceptado, lo que me resultó reconfortante y me hizo sentir cómodo y a gusto. 

Después de la comida mi pareja, a quien reconoceremos por I, me enseñó su dormitorio de niña, de adolescente y de jovencita. Ella tenía que recoger ropa y yo mientras, observaba el lugar en el que había crecido y no dejaba de preguntarme como alguien criado en aquel entorno podía ser como era.

De hecho, mientras la veía afanosa, sacando prendas y seleccionándolas, pensé en lo que me contó, llorando, sobre lo que le había costado decir entre sus amigos y amigas de la gran ciudad que su padre era guardia civil. Lo cierto es que aquel relato me causó asombro porque nunca he entendido como alguien puede dudar o avergonzarse de sus orígenes. Y entre sus lloriqueos y lagrimas, mientras me narraba aquello, que no sé si eran provocados por el malestar que podía causarle tener algún tipo de vergüenza de sus padres, o bien porque le daba rabia su anclaje a esa certeza, por las limitaciones que pudiera causarle en su proyección futura, yo hacia el papel de maestro de la vida y la hacía ver, con dulces palabras, que no debía de sentir vergüenza nunca por sus orígenes y que, muy por el contrario, siempre debía sentirse orgullosa de ellos. 

Su hermana, la mujer de la caricia, estaba silenciosa en los alrededores de la habitación. Asomaba por el quicio de la puerta de manera suave. Yo la sonreí y volví mi vista hacia toda una colección de fotos que había colgadas en una de las paredes de aquella habitación, sobre la cama. Eran fotos de I, cuando era una niña, y bien es cierto que en sus ojos ya se adivinaba un deseo de llegar a ser alguien grande (otra cosa es que tengas cualidades o no para ello). Me llamó particularmente la atención una foto de ella con una mancha en un jersey que su hermana, atenta a mis miradas, me explicó, con palabras aterciopeladas, que se trataba de una mancha de tomate. Me hizo gracia y sentí una ternura especial. 

Fue tanta la ternura que sentí en aquel momento mágico, que no pude borrarlo de mi cabeza, porque en todas las personas, sean quienes sean, siempre descubres, tarde o temprano, esa intimidad recóndita, humana y frágil que explica flaquezas, miedos y terrores, que explican formas de actuar, aunque esas formas signifiquen un ataque hacia ti, porque les da miedo pensar que eres tan frágil como ellas.  

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20 noviembre 2014 4 20 /11 /noviembre /2014 00:34

Y como digo, los meses fueron pasando. Ella seguía viviendo con aquella otra mujer mayor, y aprovechábamos viajes de esta última, para pasar fines de semana en aquella casa. La recorríamos, y ella me iba mostrando secretos de su casera. Comprábamos provisiones y ella preparaba cenas y comidas. Yo, como siempre me ha ocurrido, me sentía incómodo, pues sólo estoy cómodo en mi casa, entre mis cosas.  Hablábamos, comíamos, follábamos y salíamos a dar una vuelta en aquellos fines de semana, en los que me sentía desplazado. Otros ella venía a casa, una casa destartalada en el campo de la que ya os he hablado. Aquí, las rutinas eran las mismas, ella preparaba comidas, follábamos y salíamos a dar una vuelta, pero por el campo, en aquellos fines de semana en los que yo me sentía invadido.

Durante la semana nos nos veíamos todos los días. También me presentó a algunas amigas, cada una de su padre y de su madre. No había nada común entre ellas, si exceptuamos las circunstancias.

Poco a poco iba viendo su fondo de armario. No entiendo de ropa, pero a aquella mujer le faltaba un aire juvenil. Apenas tenía vaqueros ni zapatillas de deporte, y me la imaginaba en el campo, pero vestida de verde, con ropaje de caza. Se decantaba por vestidos tipo boda, de modista, con escotes amplios y generosos que llevaban, a través de su piel blanca con un lunar, hacia sus inexistentes pechos. Usaba medias, pantalones acampanados ceñidos a su cintura, tenía unas caderas anchas, y al andar las movía. Estaba acostumbrada a desfilar más que a caminar. Cada vez que aparecía un macho en su camino, se contoneaba dejando caer la cabeza a un lado, en un modus operandi muy profesional. 

No recuerdo muy bien como era nuestro sexo. Las primeras veces que lo hicimos fue con violencia, y comentó que acababa de descubrir cómo era lo de follar.  Me sorprendió y deduje que no había tenido muchas experiencias. Supongo que aquello, como a todos los hombres, hizo subir mi autoestima, aunque con el paso de los años, empiezo a dudar si lo dijo de verdad, o simplemente era más listas que yo y sabía lo que me gustaría oír aquello. Sé que le atraían las mujeres también, porque me lo dijo, y pensé que podría ser interesante, dado que me produce un especial morbo el amor entre mujeres, pero nunca ocurrió nada de ese tipo, creo que admiraba de ellas su capacidad de ser mujeres, su capacidad de atraer y seducir para poder copiar sus técnicas. En fin, asi pasaban los meses. 

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