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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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16 de febrero


Seré breve para empezar. Tengo casi 50 años, me falta uno o mejor, sólo unos meses. Y tengo un hijo de 15, a quien le faltan sólo unos meses para los 16. Ayer, jugando al tenis, alguien parecio dispararme una pelotita de estas amarillas a mi gemelo derecho. 

Resultado, el gemelo derecho inflamado, y yo cojeando por todas partes. Imposible darme de baja, tengo una micro empresita a la que no puedo faltar. Como un lisiado de guerra me he ido a trabajar y vagando por el metro he llegado donde tenía que llegar. Farmacia, farmaceútica, pomada y ahora a un almuerzo con un cliente, que se caga patas abajo porque no vende. El mercado está mal..  

 

23 de febrero


Ayer, después de casi una semana con la pata arrastrada, se nos ocurrió, a mi chica y a mi, acercarnos a un hospital a URGENCIAS. Decidí que fuéramos a las urgencias del Hospital La Milagrosa puesto que es de mi sociedad ASISA, a la cual pago religiosamente su cuota. Bien, el periplo comenzó a las 13.30, y salimos del hospital a las 19.45, pero dejad que os relate el periplo. 

Llegamos, y a la recepción. Pregunta: ¿Cuál es el motivo de la urgencia? Respuesta: Tengo un desgarro en el gemelo derecho desde hace días, esta noche me ha molestado y esta mañana me he visto la pierna con mal aspecto.

Me dan un volante y me mandan a la sala de urgencias. Atiborrada de gente aburrida, un calor insoportable, como siempre menos sillas que personas y yo y mi chica llamamos a la puerta de urgencias. sale un celador, me manda pasar y me pregunta cuál es mi problema. Lo repito. Muy bien, me dice, espere en la sala.

La espera se prolonga durante más de dos horas, porque a las 15.30 le dije a mi chica que nos fuéramos. Ella que es más cabal que yo, me convence para que nos quedemos.  Ya habíamos cambiado de lugar varias veces y ya habíamos identificado grupos de personas por el espacio que ocupaban en la atiborrada sala de espera de las urgencias.

Paso, me atiende un médico que aparenta menos edad de la que tiene, y desde luego un tipo dedicado a su labor, pero con nula capacidad de organización del equipo de urgencias de esa tarde. No hace más que quejarse de la cantidad de gente que hay en urgencias.

Me mira la pierna, me dice que puedo tener un pequeño trombo (me acojono). Me dice que me van a hacer una ecografía, una radiografia y un análisis de sangre. Se va y viene una cría de 27 años (más o menos), de esas que te tratan como si fueras tonto. Cantarinamente, igual que habla una teleoperadora me dice: a ver un pinchacito en la barriguita y otro chiquitin en la mano. Me hace el de la mano para instalarme una vía. La molesta mi reloj, y le sugiero que me lo puedo quitar. Así hago.

Me mete la inyección en la tripita. Y me manda salir, con su voz cantarina. ¡Ale!, espere un poquito fuera. Salgo veo a mi chica, me ve toda la sala de espera con ese alarmante aguijonazo en la mano y el tubo dispuesto entre esparadrapo blanco. Acabo de adquirir el estatus de paciente de urgencias en la sala de urgencias sometido a tratamiento de urgencias a trompicones.

Apenas saludo a mi chica la cuento lo del trombito y su puta madre, me vuelven a llamar. Vuelvo a subir las escaleras y me meten en un box. Me llega la misma saltarina enfermera de 27 años con sus gafas de diseño de colores con tres botellitas de un líquido blanco. Oye, ¿esto qué es? la pregunto. Antiinflamatorio y analgésico para el dolor.

Se intenta ir y antes de ello le digo, oye una persona ha venido conmigo la podemos avisar. Bueno, sólo avisamos a los acompañantes de las personas muy graves. Además --añade--, sólo va a llevar 30 minutos esto. Se va.

Los treinta minutos se transforman en una hora y media, diré porque: Cuando se acaba la primera botellita, nadie viene a cambiar la botella del goteo. Tras esperar 20 minutos, que uno es educado y no quiere estorbar al servicio de urgencias, ya me asomo por las cortinas que salvan la intimidad del box y digo a dos enfermeras que charlan en recepción: Oye, creo que me tenéis que cambiar la botella. Una de ellas me mira no me dice nada, y oigo que le comenta a alguien fuera de mi campo de visión: A ver, hay que cambiar en el box 2". Me vuelvo a meter. A los diez minutos, aparece una altiva enfermera, también en la veintena. Hace el puto cambio muy digna y profesional ella, y añade, ¡Ale!, ya está. Se va.

Quince minutos más de goteo. se acaba, por allí no aparece nadie, oigo a las chicas hablar, gastarse bromas, hablar como a tontos a otros pacientes a mi alrededor, con sus asquerosos diminutivos: corbatita, culete, pongase de ladito, y esas mierdas.

Quince minutos después, vuelvo a avisar a un celador quemado que pasa por el pasillo, "oye creo que me tenéis que cambiar el goteo", el tipo me mira y asiente. Diez minutos después aparece la misma altivo de los 25 años y hace el cambio, ahora ya no dice nada. Se va. A los cinco minutos me doy cuenta de que el goteo no cae, no lo ha hecho bien.

De nuevo he de avisar: "Oye, creo que mi goteo no va". Vuelve una tipa nueva, revisa, y aquello empieza a caer.

Bueno, se acaba la botella y por allí no aparece nadie. Mientras ha entrado un señor, al que tienen que hospitalizar, y poca cosa más, excepto el servicio de urgencias pasando por los pasillos pero sin saber muy bien para qué, porque por allí no entra nadie. Vuelvo a avisar: Oye, creo que esto se ha acabado ya". Vale, ahora te lo quitamos, dice ya no me acuerdo quien.

Quince minutos después me quitan todo y me mandan para fuera.

Ahora viene una espera de unos cuarenta y cinco minutos, dos cafés con mi chica y un cigarrillo fuera, sin saber muy bien si te van a llamar o no durante el intervalo, pero me daba igual. Luzco mi vial en mi mano con esparadrapo, mi cojera y mi cara de hasta los huevos. El personal del hospital me mira sabiendo ya loq ue pienso. Vuelvo. El auxiliar de uniforme verde vocea mi nombre, voy tras él y una señora en silla de ruedas a la sala de rayos x. me hacen dos placas cuando me llaman después de estar esperando diez minutos en el pasillo. "Salga fuera y espere", me espeta una niña de 22. Vuelvo al pasillo, me llaman diez minutos después, me dan la radiografia, vuelvo a la sala de espera de urgencias, entrego la radiografia y 40 minutos más de espera.

En este intervalo un par de hombres pierden la paciencia, uno de ellos porque su mujer esta mareada y con un aspecto la verdad deplorable. El otro porque su hijo ha tenido un accidente de moto y ni siquiera le han hecho un escanner. Como solución les dicen que vayan a recepción, eleve una queja y que espere contestación de ASISA. Impotencia.

Me llaman, vuelvo a entrar sin saber si tengo que ingresar, me van a tener que cortar la pierna o me voy a pirar a casa. Entre a traumatología, me dice el médico. "No, en traumatología esta la monjita, dice una enfermera". ¡Ah!, pues entonces entre en el despacho que hay al lado y espere allí.

Entro, una mesa, una silla, un ordenador y dos sillas de confidente. No se donde sentarme. Espero tanto que paso por las tres sillas y acabo hasta sentándome encima de la mesa. Viene el médico me manda pasar a traumatología porque ya se han llevado a la monjita. Diagnóstico: bueno, de lo malo, tienes lo menos malo, tienes un pequeño esguince pero has de volver a hacerte una eco. Vamos a vendar esto, nada de deporte, no estés quieto pero estate en reposo. Vamos a verificar ese pequeño trombo, pero ya te digo, de lo grave lo menos grave.

El propio médico me venda la pierna. Ven conmigo al despacho. Le sigo, le suena el móvil. Llamada de quien parece una amiga apelando al corporativismo porque tiene a su madre ingresada. Se cuentan su curriculum, se identifican, yo espero, de pie, la pierna vendada, mi val en la mano.

Acaba. No sabe donde llevarme, acabamos apoyados en un pollete donde estan los historiales de los pacientes que hay en los boxes. Aparta unos papeles. Pregunta a que hora y cuando son las ecos musculares, el martes a las 10.00. ¿Era el pie izquierdo no? ¿Mi pie izquierdo pienso yo?, no el derecho, le digo. ¡Ah sí el derecho!, responde, eso me mosquea. Ten tu historial , tu radiografia y con esto ve a hacerte la eco. ¿llevo volante o algo? No no hace falta, ya avisamos desde aquí. Espera por favor, en el box número dos, que te vamos a dar dos inyecciones para que te pongas tu mismo cada 24 horas. me meto en el box, y empiezo a mirar mi radiografía, mosqueado por lo de mi píe izquierdo. 

Jajaja, no era mi historial, el médico aduce el error al exceso de trabajo. Bueno, ¿pero todo lo que me ha dicho es correcto o se ha basado en otro historial?. No no, es correcto, si es que claro, cuando hay tanto trabajo pasa esto. Se va, Una profesional de la sanidad, la de 25, me quita el vial. Oye, me ha dicho el medico que me tenías que dar un par de inyecciones. ¡uy, pues no se siq uedan!, me rio, se pierde en el almacén, sale con dos, que muestra sonriente, ¡Pues has tenido suerte!, me dice.

Salgo de allá sonriendo y ahora mismo me pregunto si en esa sala de espera quedarán pacientes de ayer.  

 

Bueno, acabo de copiar mi relato de mi tarde en las urgencias de ASISA, y se lo acabo de envíar medainte mail a ASISA, a un mail general de información, ya que he tratado de inscribirme en su página web y parece que está un poco inoperativa. Os contaré si algún día contestan. 

 
24 de febrero



Os relataré el capítulo final de esta historia, salvo que ASISA responda al mail que envié ayer. 


Pues bien, esta  mañana, después de un acto público a las nueve, me he ido a este digno hospital pues estaba citado a las diez para una eco. Llego, y en la puerta de Ecografias, veo el siguiente cartel: "No llame a esta puerta, nosotros le llamaremos". Absurdo cartel, puesto que como van  saber que me tienen que atender si no saben que he llegado. Sopesando el dilema de llamar o no, aparece una profesional con chaquetita de punto roja, me mira y le cuento mi relato. Me pide e nombre, se mete en la oficina y vuelve a cerrar la puerta. espero, al cabo de unos minutos sale y me dice que no me tiene inscrito, que nadie de urgencias ha pasado la orden para que a mi se me haga una eco. 

Conclusión: vete a urgencias, reclama la orden y vente con el volante. Yo con la pata  coja vuelvo a Urgencias. Relato al memorable equipo (era otro), mi odisea, me hacen el volante y vuelvo a eco. 

Lo entrego, espero, al cabo de 20 minutos me llaman. Situación: Cuarto pequeño, la profesional de la chaqueta roja, otra de similar edad con chaqueta beige y un médico encorbatado en mangas de camisas que hace las ecos. Recodad, yo iba con una venda en la pierna derecha.

El médico me dice que me tumbe en la camilla boca abajo y que me remangue los pantalones. Ni siquiera quiere que me quite el calcetín, pero le hago ver que voy vendado. "Ah sí, la venda sí hay que quitarla" . 

Señores, ninguno de los tras profesionales de la sanidad privada que pago mensualmente, se ha dignado a quitarme la venda. He tenido que solicitar unas tijeras yo mismo para quitarme la venda y  las he pasado canutas. Jajajaja, lo flipaba en colores, es vergonzoso. 

Me hacen la eco, el médico ausculta en su máquina y va dictando el informe a la de la chaqueta beige, la de la chaqueta de puntito rojo no se donde andaba. 

Vuelvo a urgencias, 30 minutos después me llaman, temo que me toque una jovencita (a propósito, tengo un hematoma en mi parte izquierda del vientre donde el domingo la de 27 me puso la inyección. En la parte derecha, donde me la puse ayer yo mismo, la piel está intacta). 

Por fin ha parecido un médico de más de 50, controlando. me ha dicho que no pasa nada, rotura de fibras y un pequeño hematoma. me venda, me voy, me quiero olvidar de esto. 


24 marzo.  (Un mes después)



Después de darle muchas vueltas, he ido a ver al traumatólogo. He tenido que coger un taxi, se me hacía tarde por una visita inesperada, y como todas las visitas inesperadas, pesada. 

Atasco en Madrid, he llegado por los pelos. De vuelta al mundo de ASISA y a su cartel de médicos. El de hoy un sesentón simpatico. Me palpa la pierna y me dice que mi recuperación de la rotura de fibras va estupendamente. Todo bien, excepto que cuando ya me iba me pregunta: ¿tienes claustrofobía?. No lo se, le digo. Le pregunto, ¿por qué? Porque te voy a mandar hacer una resonancia magnética. ¡Coño!, una resonancia magnética para una recuepración de rotura de fibras que se recupera optimamente. No entiendo nada. 

Salgo de allí con la aprehensión de que con la resonancia van a hacerse palpables todos mis cánceres, mis tumores y mis humores malignos.

 

25 de marzo

 


De nuevo los servicios de ASISA. una teleoperadora a la que tengo que pedir permiso para que me hagan una resonancia magnética. No lo puedo solicitar por teléfono, o bien me presento en una delegación de la sobresaliente sociedad médica o bien les mando un fax.

¿Un fax?, ¿Qué es eso?. Le descubro a la teleoperadora el mail. Le hablo de los tiempos modernos, del estrés, de la falta de tiempo, de Internet, del mundo global, y accede a que le envie el volante por este nuevo medio que parece acaba de descubrir. Antes también la adoctrino sobre el arte de escanear documentos, queda fascinada y encuentra un nuevo motivo para seguir viviendo.

Sobre la marcha me da hora para mi resonancia. la insisto que quizás para esa fecha mi pierna esté ya gangrenada y cortada, o quizás ya sanada. Se rie, pero es infelxible en su fecha. El 6 me meterán en el tubo. 

Antes de salir a la libertad me devuelven, por este mismo medio telemático mi aprobación.  
 

 6 de Abril, mi resonancia Magnética  Metido hasta el cuello en un tubo de Resonancia Magnética

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