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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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18 enero 2015 7 18 /01 /enero /2015 20:12
Apartamento 8

Eso, eso digo, que hasta los pájaros han estado esperando la gran nevada, pero ni por esas. Y yo, como los pájaros, también he estado esperándola. Desde mi cuarto de estudio, volcado en mi trabajo, pero girando cada dos por tres mi cabeza hacia la ventana, entrecerrando los ojos para poder percibir el más tenue copo blanco. Pero no, este clima es monótono, este clima es aburrido. Este clima es de derechas, un tipo bastante tradicional y al que no le gustan las novedades. El tipo se limita a ofrecer mucho calor en verano y mucho frío en invierno, pero nada de agua, para que os deis bien de hostias cuando escasee de manera dramática. Tampoco os doy nieve, que alegra el espíritu. Conformaos con un día brumoso, gris plomizo, de frío cortante. Mirad al cielo imbéciles y anhelar el fenómeno que no llegara.

Al final, como con tantas otras cosas que no ocurren, acabas pasando de ellas. Existen, pero no aparecen. hay opciones, pero nunca tocan, de tal forma que llegas incluso a olvidarte de ellas. Agachas la cabeza, le das la espalda a la hipótesis y sigues con tu rutina.

Quizás deba de volver al relato del apartamento, lo había dejado con esa mujer, I., preparándose para un reunión con una gran empresa española. Y ahí estaba ella, más barroca que nunca. Se presentó en el despacho toda arreglada y pintada para ir a aquel encuentro. Los putos labios rojos rojos, sus labios finos, alargados y rojos, como una línea un poco gruesa pintada de color peligro en perpendicular a la verticalidad de su nariz. Exultante, nerviosa. Recuerdo que iba de tonos lácteos, hasta un abriguito de entretiempo blanco. Yo la miraba y pensaba ¿pero quien puede pensar en comprar un abrigo de entretiempo? Si ya no existen los otoños ni tampoco las primaveras. Había planchado su pelo que no paraba de intentar agarrarse dramáticamente a su craneo como consecuencia de los meneos que ella daba a su cabeza. Se puso tacones, que menos, y allí iba, de un lado a otro, taconeando con pasos decididos, montando una buena jarana para hacer constar que esa mañana tenía algo importante que hacer, y esas caderas arriba y abajo. Pensé que debería de acabar con agujetas, haciendo subir una cacha de su culo un vez y la otra con el siguiente paso. El cuerpo de I. era como un Mecano de anclajes simples, con cada paso se desataba un movimiento y con el siguiente el mismo en el otro hemisferio de su cuerpo. I. era una vaquera, o una patinadora de una gran superficie.

Supongo que yo en ese instante ya pensé que todo iba a ser un fracaso, supongo que debería haberla dicho_: Oye, no vienes, la vas a liar, o: aun hay tiempo, por que no vuelves a casa y te vistes normal, vale con una chaquetita y una falda, azules, en un tono verde, hasta marrón, pero quítate esas tonos aguados, esos tonos blanquecinos, huesos, tétanos de neonatos, dientes de leche, cafés con leche aguados. Arráncate esa línea roja de tu cara, rebaja en un centímetro el maquillaje de tus pómulos y frente, es más, lávala, deja a tus ojos emerger de entra esos hollines negros y pegajosos que los bordean, no te los resaltan, te los empequeñecen porque ya los tienes más bien pequeños. Coño!!!!, se tu, si quieres vender verdad, se verdadera, si quieres dar confianza, muéstrate tal como eres, sin dobleces, sin engaños. Dí, esto es lo que hay, o lo tomas o lo dejas.

Pero no, lejos de reaccionar, la observaba un poco boquiabierto, incapaz de decir nada, quizás con un pequeña sonrisa en mis labios, como asistiendo a un hecho prodigioso e increíble, un hecho inalterable por la naturaleza humana. Una extraña diosa de un extraño Olimpo habíase materializado entre los mortales y una vez superada la atmósfera, pavoneaba sobre la superficie del planeta sus atributos y sus habilidades.

Hay acontecimientos que prevés, es como sentarse frente a un plato de comida mexicana potente y pretender que aquel alimento de colores variados va a ser digestivo para tu estómago. Cuando metes el tenedor en tu boca ya sabes que reacción va a suceder, y aun así la metes, hasta el fondo, con ese afán por hacernos daño con plena conciencia de lo que hacemos. Somos así.

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21 diciembre 2014 7 21 /12 /diciembre /2014 19:54

DSCN2888.JPGSiguieron pasando las semanas, no sé en qué orden, pero siguieron pasando. Supongo que durante los días laborables nos veíamos algún día que otro. Tomaríamos tés o iríamos a casa de su protectora cuando no estuviese ella.

Yo vivía en el campo y debía de irme después de estar con ella, lo que suponía, más o menos, cuarenta y cinco minutos de carretera. No recuerdo donde íbamos durante la semana, pero imagino que a locales y lugares con aura de cultura o de vieja cultura. Círculos, Ateneos, Academias. A veces aparecían personajes extraños con pañuelos de seda y trajes viejos. Siempre estaba rodeada de gente mayor, Yo me abstenía de opinar sobre qué pensaba de ellos y sobre qué pensaba de lo que se hablaba en aquellas reuniones, que ahora no recuerdo, pero imagino que sería todo en torno al pasado. Me fascinaba la soltura con que I. se movía en estos ambientes, más aún teniendo en cuenta su escasa cultura, entendida ésta como degustación y enriquecimiento de las nobles artes, tales como la literatura o la pintura. Siempre andaba con libros prestados que llevaba o devolvía, libros que nunca la vi leer, poemarios, obras escogidas, poesía, alguna novela que otra, ensayos, hasta algún libreto de opera . Ignoro como salía del atolladero, como se arriesgaba simplemente diciendo “me ha encantado” cuando devolvía el ejemplar, porque yo sabía que aquello no lo había leído, ni siquiera abierto.  Tampoco entendía cual era el objetivo de aquella farsa, que ganaba aguantando a aquel plantel de personajes en salones de luces amarillentas y camareros reumáticos de chaquetilla blanca almidonada, y aún así, arrugada. 

El amor, ese jodido amor con esa condición ineludible de compartir, incluso lo que no te apetece. Yo esperaba paciente a que acabaran aquellas sesiones de nada y en numerosas ocasiones, además, me tocaba pagar las consumiciones. Luego cada uno iba por su lado, y ella y yo dábamos un paseo hasta el coche, la llevaba a casa, besos de despedida y camino en soledad (por fin), hacia mi casona desolada, fría en invierno. Aquello era, a todas luces, insoportable, tanto por sus consecuencias psicológicas, como por las físicas. 

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9 diciembre 2014 2 09 /12 /diciembre /2014 23:21

el-beso.jpgLo cierto es que gracias a aquella visita dulcifiqué la intranquilidad que me causaba I. Sin embargo, yo llevaba en la cabeza aquel núcleo familiar, y las sensaciones que había causado en mí, mientras que  ella parecía haberlo dejado muy lejos. Casi diría que no quería acordarse de él y que también quería que ellos la olvidasen a ella. Pero tampoco soy yo quien para juzgar las relaciones entre los miembros de una familia, más aún teniendo en cuenta la baja calidad de las mías. 

Ahora que me acuerdo de este hecho, me refiero a la visita, vienen a mi cabeza algunos retazos sueltos, divertidos o mágicos, durante el tiempo que duró nuestra relación, que sinceramente no os oculto, es que no recuerdo. 

El más peliculero fue sin duda un mediodía en la Gran Vía de Madrid. Me imagino que nos despedíamos y nos besábamos con gran pasión en una esquina, a esa hora sin mucho tráfico ni muchos viandantes, por lo tanto deduzco que habíamos estado comiendo juntos.

Bien, pues allí estábamos, besándonos con las bocas bien abiertas y supongo que uno medio metido dentro del otro. Suelo cerrar los ojos cuando beso, no sé si ella lo hacía también en aquel momento. Sea como fuere, de pronto, empezamos a oír silbidos y gritos que, sin duda, iban dirigidos a nosotros. Eran frases dichas a voz en grito por chavales muy jóvenes, lo supuse por sus tonos, y así era. Por la calle bajaba uno de esos autobuses rojos de turistas con el segundo piso al descubierto, y aquel autobús iba cargado con lo que parecía un colegio entero y había parado en un semáforo, justo frente a nosotros.  I. , una vez se percató de la jarana adolescente que había causado nuestro beso, comenzó a reír como una marquesa italiana en un anuncio de Martini,  retorcía su cuerpo como lo hacía Marylin dentro de sus vestidos ajustados desde las carátulas de sus películas. I. montaba su espectáculo hiperbólico, reía a grandes carcajadas como una diva excéntrica de opereta,  echaba su cabeza hacia atrás dejando al vuelo su melena, fingía una especie de sofoco barroco con su antebrazo apoyado en su frente y obligándome a que yo la sujetase en una especie de escenificación de un inesperado y molesto vahído. Yo me moría de vergüenza, mientras trataba de mantener erguido aquel cuerpo femenino espasmódico. No estoy acostumbrado a este tipo de episodios, y me limité a esperar que el autobús reanudase su marcha, una vez se hubo puesto el semáforo en verde. 

Supongo que a ella aquel hecho le debió de parecer una constatación irrefutable de nuestro amor, capaz de mostrarse a los demás, mientras que a mí me ruborizó e incluso llegó a asustarme. 

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2 diciembre 2014 2 02 /12 /diciembre /2014 01:13

2014 1155Días después, con aquella foto en la cabeza, con aquella familia que recordaba y aún con la ternura que todo ello había levantado en mi, no pude dejar de escribir un poema. Y no fue el único, porque la ternura te conmueve y te convierte en bueno y te carga de buenas intenciones y te dota de la grandeza suficiente para marcarte altas metas y buenos sentimientos. Y yo me marqué el de querer a aquella mujer, aunque nunca fui capaz de hacerlo, de cuidarla y de ser palanca para que consiguiera sus sueños. Pero no fue posible o no fui capaz de ello. Pero escribí el primero de una serie de poemas y que luego agrupé bajo el título de Poemas Horteras, pues su calidad literaria distaba mucho de ser excelente. 

Estaba la niña, sobre la colina, mirando la vida.

Estaba la niña allí, oteando

Corre el aire. Su pelo azotando y el frío la va atrapando.

Estaba la niña sin saber explicarse.

Ayer, horizonte limpio y claro.

Hoy brumoso, no ve lo lejano.

Estaba la niña con miedo y quebranto, que se ha hecho de noche, hay ruidos extraños.

Estaba la niña casi llorando. 

Estaba la niña allá en lo alto.

Estaba la niña sin ganas de juegos.

Estaba la niña que ya no la veo.

No está ya la niña, sólo la noche. Lo oscuro la ha tragado.

Salgo corriendo, candil en mano.

Subo corriendo, alumbro el camino, con la luz, con mi aliento. Aparto la bruma, me guía su llanto. La grito, la llamo, la canto. La sé allí delante, siento su espanto. 

Llego, tiembla. La aparto la niebla. Apenas la veo, la miro a los ojos.

En medio de lo oscuro veo dos estrellas, oigo su sonrisa, a saltitos, tirita.

La abrazo.

La abrazo.

La estrujo.

 

Quiero ser su manto. 

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30 noviembre 2014 7 30 /11 /noviembre /2014 21:12

2014-0955.jpgY siguieron pasando semanas, y pasaban como sin querer. No sé de qué manera, tampoco con qué finalidad. 

Como quien no quiere la cosa, he aquí, que me vi en casa de su familia en lo que no cabe duda de que era una presentación oficial. No sabía que hacía allí, en aquella población a seis horas de viaje en automóvil, pero allí estaba, sonriendo, siendo educado y haciendo el papel de enamorado y hombre definitivo para la hija y la hermana de aquella unidad familiar. Unos padres encantadores, buenas personas. El, un hombre grande, alto, cara de bonachón y ella, una mujer dulce, esa era la definición: dulce. Más pequeña que el, redondita, una sonrisa preciosa, pendiente de mí. La hermana, que era la mayor pero parecía tener menos edad que su hermana, me llamó la atención por su delicadeza. De hecho, nunca nadie me ha acariciado el brazo de la manera que lo hizo aquella mujer.  Fue enternecedor, fue sensible, fue una carga de humanidad inyectada a través de aquellos cinco dedos recorriendo ligeramente mi antebrazo. Caí perdidamente intrigado hacia la sensibilidad de aquella mujer,, su origen y su destino, y lo que lamentaba es que me iría de allí unas horas después y no la volvería a ver. 

Comimos muy cómodamente. Nadie forzó nada. Charlamos de manera natural y no me sentí escudriñado ni analizado, sino simplemente aceptado, lo que me resultó reconfortante y me hizo sentir cómodo y a gusto. 

Después de la comida mi pareja, a quien reconoceremos por I, me enseñó su dormitorio de niña, de adolescente y de jovencita. Ella tenía que recoger ropa y yo mientras, observaba el lugar en el que había crecido y no dejaba de preguntarme como alguien criado en aquel entorno podía ser como era.

De hecho, mientras la veía afanosa, sacando prendas y seleccionándolas, pensé en lo que me contó, llorando, sobre lo que le había costado decir entre sus amigos y amigas de la gran ciudad que su padre era guardia civil. Lo cierto es que aquel relato me causó asombro porque nunca he entendido como alguien puede dudar o avergonzarse de sus orígenes. Y entre sus lloriqueos y lagrimas, mientras me narraba aquello, que no sé si eran provocados por el malestar que podía causarle tener algún tipo de vergüenza de sus padres, o bien porque le daba rabia su anclaje a esa certeza, por las limitaciones que pudiera causarle en su proyección futura, yo hacia el papel de maestro de la vida y la hacía ver, con dulces palabras, que no debía de sentir vergüenza nunca por sus orígenes y que, muy por el contrario, siempre debía sentirse orgullosa de ellos. 

Su hermana, la mujer de la caricia, estaba silenciosa en los alrededores de la habitación. Asomaba por el quicio de la puerta de manera suave. Yo la sonreí y volví mi vista hacia toda una colección de fotos que había colgadas en una de las paredes de aquella habitación, sobre la cama. Eran fotos de I, cuando era una niña, y bien es cierto que en sus ojos ya se adivinaba un deseo de llegar a ser alguien grande (otra cosa es que tengas cualidades o no para ello). Me llamó particularmente la atención una foto de ella con una mancha en un jersey que su hermana, atenta a mis miradas, me explicó, con palabras aterciopeladas, que se trataba de una mancha de tomate. Me hizo gracia y sentí una ternura especial. 

Fue tanta la ternura que sentí en aquel momento mágico, que no pude borrarlo de mi cabeza, porque en todas las personas, sean quienes sean, siempre descubres, tarde o temprano, esa intimidad recóndita, humana y frágil que explica flaquezas, miedos y terrores, que explican formas de actuar, aunque esas formas signifiquen un ataque hacia ti, porque les da miedo pensar que eres tan frágil como ellas.  

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20 noviembre 2014 4 20 /11 /noviembre /2014 00:34

Y como digo, los meses fueron pasando. Ella seguía viviendo con aquella otra mujer mayor, y aprovechábamos viajes de esta última, para pasar fines de semana en aquella casa. La recorríamos, y ella me iba mostrando secretos de su casera. Comprábamos provisiones y ella preparaba cenas y comidas. Yo, como siempre me ha ocurrido, me sentía incómodo, pues sólo estoy cómodo en mi casa, entre mis cosas.  Hablábamos, comíamos, follábamos y salíamos a dar una vuelta en aquellos fines de semana, en los que me sentía desplazado. Otros ella venía a casa, una casa destartalada en el campo de la que ya os he hablado. Aquí, las rutinas eran las mismas, ella preparaba comidas, follábamos y salíamos a dar una vuelta, pero por el campo, en aquellos fines de semana en los que yo me sentía invadido.

Durante la semana nos nos veíamos todos los días. También me presentó a algunas amigas, cada una de su padre y de su madre. No había nada común entre ellas, si exceptuamos las circunstancias.

Poco a poco iba viendo su fondo de armario. No entiendo de ropa, pero a aquella mujer le faltaba un aire juvenil. Apenas tenía vaqueros ni zapatillas de deporte, y me la imaginaba en el campo, pero vestida de verde, con ropaje de caza. Se decantaba por vestidos tipo boda, de modista, con escotes amplios y generosos que llevaban, a través de su piel blanca con un lunar, hacia sus inexistentes pechos. Usaba medias, pantalones acampanados ceñidos a su cintura, tenía unas caderas anchas, y al andar las movía. Estaba acostumbrada a desfilar más que a caminar. Cada vez que aparecía un macho en su camino, se contoneaba dejando caer la cabeza a un lado, en un modus operandi muy profesional. 

No recuerdo muy bien como era nuestro sexo. Las primeras veces que lo hicimos fue con violencia, y comentó que acababa de descubrir cómo era lo de follar.  Me sorprendió y deduje que no había tenido muchas experiencias. Supongo que aquello, como a todos los hombres, hizo subir mi autoestima, aunque con el paso de los años, empiezo a dudar si lo dijo de verdad, o simplemente era más listas que yo y sabía lo que me gustaría oír aquello. Sé que le atraían las mujeres también, porque me lo dijo, y pensé que podría ser interesante, dado que me produce un especial morbo el amor entre mujeres, pero nunca ocurrió nada de ese tipo, creo que admiraba de ellas su capacidad de ser mujeres, su capacidad de atraer y seducir para poder copiar sus técnicas. En fin, asi pasaban los meses. 

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18 noviembre 2014 2 18 /11 /noviembre /2014 01:01

No recuerdo que fuéramos nunca a bailar. Trato ahora de hacer memoria sobre aquellos años y no, no hubo sala de fiestas ni discoteca a la que acudiéramos juntos. Si hubo un par de exposiciones y creo que a lo mejor también alguna obra de teatro. Me gusta la pintura y aunque las recorro con demasiada velocidad, quizás por la ruidosa gente que he de soportar alrededor, me agrada acudir a alguna exposición, por lo que deduzco que me dejé acompañar por aquella mujer. Sin embargo, la susodicha no mostró excesivo interés en el arte y, una vez más, más que contemplar los lienzos, interpretaba su observación, quizás tomando como referencia esa magnífica escena de Kim Novak en la película “Vértigo” de Alfred Hitchcock. 

Tampoco recuerdo ahora haberla visto leyendo un libro. de hecho, carecía de ellos y, ahora que lo pienso, recelo de la gente que no lee y más aún de la que no vive con unos cuantos, sean cual sean su número. A ella, lo que le gustaba no sé muy bien que era, aunque ahora que lo pienso, había algo que si se le daba de maravilla, y eran los conflictos. No he conocido jamás un ser humano que tuviera tantos recelos y desconfianzas hacia otro ser humano. Si bien en nuestra relación personal parecía calmarse, fuera de ella, en cualquier otro tipo de interacción, el conflicto nacido del recelo, siempre afloraba, bien fuera con un taxista, con el portero de un edificio o en cualquier reunión de trabajo.

Aquella abogada de vida errante, que no se sabía muy bien de qué vivía y para qué, acabo colaborando conmigo en distintos proyectos. Se entusiasmaba con ellos y suplía su falta de imaginación con largos, extensos y prolijos informes que, lejos de dar músculo y gracilidad a las ideas, las enfangaba y complicaba.

Durante el tiempo que colaboré con ella, no sé que cantidad de burofaxes envió. Ella sola, era capaz de enredarse en sí misma y creaba tramas de engaños y traiciones alrededor de su trabajo. Lejos de ser abierta y receptiva, cada vez que alguien exponía un punto de vista, analizaba dónde estaba la trampa. No quedaba satisfecha si no salía de cualquier encuentro profesional con una trama conspiradora construida y sus precauciones acababan espantando a los interlocutores. Aquella mujer, que quería triunfar en los profesional, se destruía a sí misma, y después de una entrada triunfal, repleta de guiños de complicidad y cercanía hacia los extraños, sentía la insana necesidad de hacerles saber que nadie, sobre esta Tierra, tenía capacidad para engañarla. Yo creo que todo aquello nacía de su propia inseguridad.

Aquella mujer iba y venía acelerada de sitios recónditos, siempre andaba con un estrés que también ahora creo simulado. Yo trataba de ayudarla, de enseñarla a ser confiada, a no vivir a la defensiva, a ofrecerse abiertamente a los demás sin recelo alguno. Teníamos largas conversaciones en las que iba llevándola, poco a poco, a un escenario de tranquilidad, de confianza hacia los demás, pero en lo más íntimo de mí era consciente de que eran remansos temporales y, efectivamente, en el siguiente hito, su motorcito de, creo frustración, volvía a dejar escapar aquellos gases venenosos. Así transcurrían los meses. 

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16 noviembre 2014 7 16 /11 /noviembre /2014 22:43

Una vez, debía de tener yo cuarenta y cinco o cuarenta y seis años, conocí a una mujer que nunca debí conocer. Yo estaba en mi etapa de escarceos amorosos, aquella época en que andaba metido en todo tipo de encuentros y búsqueda de sensaciones nuevas. Sinceramente, no recuerdo muy bien donde conocí a esta mujer, pudo ser en un coctel, en una de esas fiestecitas o reuniones a las que tenía que asistir después del horario laboral. 

Sea donde fuere, aquella mujer estaba sentada frente a mi en la cafetería de un hotel en el centro de la ciudad, días después. Yo, que sólo quería tirármela, estaba frente a ella, con las piernas abiertas, mostrando mis atributos y tocándolos de vez en cuando, como ella mismo me hizo notar tiempo después. 

¿Qué cómo era esta mujer? La verdad que viene poco al caso, pues es sólo el arranque de la historia, pero no la historia en sí misma, que trato de narrar. Pero si insistís, os diré que era una mujer joven que aparentaba, o quería aparentar, más edad de la que tenía que, por aquel entonces, debían de ser los treinta y cinco o treinta y seis.  Quizás fuera su forma de vestir o su manera de actuar, pero el caso es que su edad aparente no era la real. 

Era una mujer que había copiado formas de andar, movimientos, tonos de risa, aspavientos, maneras de dejar caer su cabeza, de sentarse, levantarse, decir, escuchar, comer, pedir, despedirse o saludar por las mañanas, de toda una galería de personajes de películas, series y novelas románticas. Podía ser una profesional despiadada y recelosa, una hija abandonada por sus padres, o una hija que había abandonado su hogar en el pueblo para triunfar en la gran ciudad, una hermana menor picarona, una mujer fatal, una mujer desamparada, una buena amiga comprometida y solidaria, una mujer interesada en la cultura y en las obras benéficas, una mujer nocturna amante de los locales de la noche, de las fiestas alocadas y desmadradas, un ama de casa, una amante esposa, una mujer herida por las infidelidades de su marido o una madre acogedora y llena de bondad. En definitiva, a mi, cada vez que pensaba en todo esto, me venía a la cabeza Cruella de Vil, el personaje desequilibrado de 101 Dálmatas, no sé porque. 

Pero todo esto lo descubrí después. Lo que yo veía en aquella cafetería era a una mujer ardiente, conocedora de los secretos del sexo y capaz de dar a un hombre placer de maneras que intuía desconocidas, aunque esto último me desanimaba un poco, pues he de reconocer que en el sexo me gusta ser básico, un poco irracional, a veces un poco violento y, consecuentemente, sentirme dominador. Pero bueno, toda aquella complicidad de movimientos, sonrisas picaronas y formas de mirarnos en aquella cafetería me hacía augurar una noche, o tarde, loca de amor desenfrenado. 

La mujer no era guapa, tenía ojos pequeños que eran más pequeños cuando se deshacía de sus lentes, pelo rubio, que era bonito, ondulado y cayendo revuelto alrededor de su cabeza que era grande. Cara redonda, blanca ,de fina barbilla y piel muy fina, y una frente desmesurada para el conjunto de su rostro. Su boca era de labios finos que posteriormente vi muchas veces corvados de manera convexa. 

Aquella mujer de edad indefinida, ni jovencita ni madura, vivía con una señora mayor, una especie de abuela ye-ye, la tía Ramona que hay en todas las casas, la hermana, normalmente de tu madre, que ha quedado solterona, amante del arte, que vive acomodada, que es nerviosa y que trata de cumplir con todas las normas de la educación del siglo XIX, una especie de pionera femenina de aspecto inmaculado y que es cortejada por señores mayores de pañuelos en la solapa de su chaqueta que la invitan a tomar té, a los toros o a dar pases por jardines con rosas. Una mujer que se ruboriza con las frases de sus galanteadores un poco subidas de tono, que se estremece y sonríe respondiendo siempre: ¿pero qué me está diciendo usted? Una mujer en un continuo proyecto de romance, pero que bebe a escondidas, con cierto puntito de locura, de ida de olla, de pérdida de todo ese equilibrio en el  que vive, que trata siempre de controlar o disimular. Aquella mujer, de libros de arte en la mesita baja de su salón y de oleos originales de firmas desconocidos, grabados con dedicatorias, revistas de decoración, alfombras, aparador de bisabuela lleno de cristalería y loza china y jarrones con flores, era una especie de tutora de esta otra mujer. que ocupaba un dormitorio en su casa, en el que tuvimos unos cuantos revolcones. 

Entre ellas había esa complicidad femenina que tanto me ha llamado siempre la atención y que desprecia la diferencia de edad, como si lo femenino fuera, en si mismo, algo ajeno a la edad, un viejo arte aprendido desde la adolescencia y que no caduca hasta la muerte y que todas las mujeres llevan dentro y que les hacen saber telepáticamente, que sienten, desean y temen unas y otras. 

Me voy del relato. Aquellas dos mujeres vivían juntas, y la más joven creo que habíase convertido en objeto de deseo de los viejos amigos de su casera. Antiguos poetas, músicos, catedráticos y catedráticas, compositores de zarzuela, críticos taurinos, viejos columnistas de periódicos de provincias, algún político de tercer nivel y algún aspirante a ministro. 

Aquella mujer tenia las tetas realmente pequeñas. Bueno, prácticamente no tenía y desde el principio decía con soltura que quería reunir dinero para operárselas. La verdad que me sorprendió la capacidad de ocultar aquella deficiencia bajo un sujetador lleno de postizo, y sobre todo la capacidad para mostrarme su realidad después de haberme dado a entender otra. 

Aquella mujer y yo empezamos a vernos. Le gustaba follar conmigo y llegué a la conclusión de que sus relaciones sexuales habían sido escasas y de que disfrutaba con las maneras en que hacíamos el amor. Aquella mujer , que como es natural empezó a hablarme de su vida, parece que mayoritariamente se relacionaba con personas  mayores y, obviamente, con hombres mayores.  Creo que le motivaba bastante sentir que atraía a hombres maduros que no dudaban en agasajarla, convirtiendo la relación con ellos en una especie de cortejo permanente, con guiños a la vida matrimonial aburrida de ellos o a la especulación sobre una posible relación. Cuando conocí a esta mujer trabajaba como una especie de pasante o de ayudante o de mano derecha de un notario de vida alegre y desenfadada. 

Empezamos a vernos con cierta asiduidad. El sexo fue perdiendo prioridad en nuestros encuentros, como ocurre siempre y poco a poco, como quien no quiere la cosa, nos hicimos pareja. 

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