Overblog Seguir este blog
Administration Create my blog

Presentación

  • : Las Razones del Diablo
  • Las Razones del Diablo
  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
  • Contacto

Perfil

  • Fausto Lipomedes
  • Ni idea
  • Ni idea

Enlaces

13 noviembre 2014 4 13 /11 /noviembre /2014 01:02

 

Aquí estoy de nuevo, en mi buhardilla. Quien no sepa cual era el estado de mi cabeza puede leer algunos artículos anteriores.  La verbena popular habíame sacado de mi casa  y habíame lanzado a la calle. 

Qué tristes son las rupturas ¿verdad? Se te engancha el cerebro recordando lo que ya no sientes, imaginando de dónde pudo surgir y cómo lo alimentabas. Te quedas perplejo tratando de desmenuzar, de narrarte mentalmente cómo, cuando y con qué cronología fue desapareciendo todo aquello. Se te quedan en la cabeza fragmentos de una sonrisa, fotogramas en color sepia, y nada más. Te quedas triste, deambulas triste, vives triste, no sabes muy bien porque, si por la persona que ya no está o por esa capacidad desconocida que descubrimos en nosotros de crear ilusiones y dejar que luego se deshagan hasta desaparecer como una voluta de humo, y esa capacidad asusta, casi aterra. 

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes - en Colono
Comenta este artículo
24 octubre 2014 5 24 /10 /octubre /2014 19:46

Estamos en un final de octubre atípico. Hace más frío dentro que fuera de las casas. Esta mañana en el desayuno  ha dicho una frase que me ha hecho reflexionar. La dijo después de que yo le dijera que me parecía triste. Y se lo he dicho porque su rostro era distinto al de todos los días,. Estaba apagado, y sus ojos carecían de ese nerviosismo tan caracterísitico, tan mates, tan quietos. 

La frase ha sido: Estroy triste porque es viernes y no produce en mí ninguna alegría. Realmente me ha parecido demoledor. Y con la frase y su visualización he andado de un lado para otro todo el día, y hoy ha sido un día de mucho movimiento, pero en ningún lugar de los que he estado , esa frase y su visualzación, se han quedado. Ambos han ido pegados a mi como en la suela de las zapatillas se pega una gota de miel del suelo de la cocina,  intentando inmovilizarte en cada paso. Una manchita negra  tan insignificante que tardas en tomar la determinación de restregarla con una balleta húmeda, e incluso a veces, ni siquiera lo haces, y esperas a que de tantas cosas pisar, aquel efecto de ventosa, tan molesto, acabe por desaparecer.  

Es viernes, y aquí ando, solo, con la sensación de querer estar con quien no estoy o de estar donde no debo de estar, incapaz de de cambiar ese o esos hechos, anclado a esa manchita en mi suela. 

Pero esto era sólo un prólogo. 

Llego anocheciendo y, siempre que me invade la melancolía, también siempre solo, rondando por las calles que suben hasta mi casa, aparece un niño. Un niño de unos diez años, bajito y con una enorme cabeza, o una cabeza desproporcionadamente grande con respecto a su cuerpo. Un niño que camina y ronda por las aceras, observador, un niño de cara redonda blanca con dos grandes ojos negros también redondos y con dos manchas negras inexpresivas dentro de ellos. Un niño que me transmite una honda melancolía, un niño que no sonríe y que me mira desde que un día le saludé con la mano por pura empatia o por puro afecto desde el automóvil. Un niño que me observa, de izquierda a derecha o viceversa según la trayectoría de mi coche, tan fijamente, con tanto anclaje y magnetismo, que a veces no puedo aguantarle su mirada. No descifro que quiere decirme con ella,  aunque trato de averiguarlo. No sé de dónde sale, dónde vive ni quienes son sus padres.  

No acierto a calificar si es un niño triste, pero es tan tranquilo, tan pausado en los escasos movimientos que he podido observar en él, porque casi siempre está quieto cuando aparece, que no sé si es un niño sin niñez. Sea quien sea, venga de dónde venga, siempre aparece cuando siento melancolía y a veces pienso que para robármela y que lo hace a través de su fija mirada. 

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes - en Colono
Comenta este artículo
28 julio 2014 1 28 /07 /julio /2014 19:54

 

2014 0611Cada quince días una mujer indescifrable en edad viene a casa a limpiar y a planchar. Es una mujer, igual es sólo una chica, del pueblo y es absolutamente sumisa. He tenido un par de pensamientos morbosos por culpa de esa naturaleza suya. Mujer o chica de pueblo, esclava del Señor, que asiste a actos religiosos y forma parte de esas legiones de jóvenes que acampan y pasan calor y frío en las misas multitudinarias del Papa cuando viene al país. Su sumisión religiosa la ha trasladado a su relación con los demás. Una mujer desperdiciada, una mujer condenada a no decidir, sólo a trabajar y a agachar la cabeza cuando se dirige a mí, siempre pidiendo perdón, disculpándose y hablando atolondradamente, por si lo que dice no es correcto. Apenas la veo, nos relacionamos por mensajes, la dejo dinero en la entrada de casa, ella viene, limpia, plancha, recoge el dinero y se va, y si necesita productos de limpieza me deja una nota, siempre pidiéndolos por favor, siempre suplicando. 

Ah, no estoy en la buhardilla, estoy ahora en mi presente, pero volveré a ella, algún día.

Bueno, esta mujer sumisa viene a limpiar y a planchar la casa cada quince días, y cada quincena, en su afán de quitar el polvo de todos los rincones, consigue mover los cables de la antena del televisor, de tal forma que cuando la enciendo por la noche no tengo imagen. 

En esos momentos me cago en diez, digo en voz alta ¡joooder!, me levanto del sillón y voy hasta la parte posterior del televisor a tantear la antena. Normalmente me bastan un par de movimientos del cable para que sonido e imagen vuelvan a la pantalla, pero he aquí que el otro día, o sea, hace unos días, el cable no había sido movido, simplemente se había desenganchado y yacía en el suelo. 

El ¡jooooder! fue más profundo, tuvo cuatro os. De nuevo me levanté hacia el televisor, y me cuesta, pues cuando me siento en el sofá me quedo hundido, con todo hecho y con la previsión de que no me tendré que mover de él en un buen rato. 

Apenas veía allá atrás.  Tanteaba montones de cables, los recorría con los dedos, notando como el polvo y la suciedad se quedaba adherida en las yemas. Busqué un mechero para poder alumbrarme en aquel laberinto de cables. Fogonazos de luz me permitían ver el enjambre eléctrico. Hacía calor, sudaba, resoplaba, encontré la antena y ahora tenía que decidir por que agujero clavarla. No leía los letreros que había bajo cada uno de los orificios disponibles, cogí mis lentes, de nuevo el mechero “out”, deduje que tenía que ser por ahí. Introduje el aguijón de la antena en aquel orificio, pero la pantalla seguía en negro con un pequeño cuadradillo rojo en una esquina. Metí aquel aguijón con saña, las gotas de sudor me resbalaban por la nuca, más resoplidos, congestión, hartura. Lo introducía con saña, movía el cable, lo recorrí entero, nada, no había imagen ni sonido. ¡A la mierda!, pasaría de la tele, después de todo sólo dan porquería. 

Me senté en el sillón y traté de recuperarme de mi sofoco. Esperé un ratito antes de pensar en qué ocupar el tiempo que, teniendo la tele, mataría de manera miserable. 

Peo la tele tiene esa capacidad seductora, que digo seductora, es una jodida droga a la que sucumbimos como grandes adictos. Hoy puedo pasar de la tele, pero ¿y mañana? 

Sólo quiero tener la certeza de que cuando quiera, la pueda encender. De pronto me he acordado de que en el sótano de casa quizás tenga una antena.

Y aquí debería comenzar la historia que quería contar que, en realidad, es sólo una sensación. Todo lo anterior es un contexto que me resulta inevitable narrar. 

¿Conocéis mi sótano?  Si no es así, trabajad un poco, hablo de él en algún artículo anterior, buscad. Mi sótano, ese espacio deshabitado húmedo, siempre en obras tratando de secarlo. Mi sótano oscuro, al que has de descender en negro, pues has de llegar abajo para poder dar al interruptor que enciende una mortecina bombilla. Todo queda amarillento y muerto. Me adentro por zonas recónditas de él buscando unas cajas en las que sé guardo cachivaches. Es una zona con el techo mucho más bajo que el resto, por lo que tengo que ir corvado. Veo las cajas, remuevo los objetos de plástico, de metal, cables, enchufes, almohadillas de sillas, de tumbonas, regalos que me hicieron no recuerdo quienes, televisores antiguos, cajas de ordenadores, juguetes de mi hijo, míos, lámparas inútiles, colecciones de fascículos, carpetas con facturas y papeles enmohecidos, cuadernos viejos, diccionarios de mi bachillerato, trozos de muebles, el árbol de Navidad de plástico, el Belén, los adornos, vajillas de café ridículas e imposibles, jarras viejas, veleros, viejos marcos de fotos, cuadros que pinté hace tantos años, sillas plegadas de visitas que nunca quise que vinieran, maletines, cartapacios, no quiero mirar más. Rebusco en las cajas, cada vez que muevo algo suena seco, como si se quebrara la estructura molecular de mi pasado. Desacoplo algo y todo vuelve a asentarse entre crujidos. Me fijo en la pared lateral. hay una legión de pequeñas moscas o quizás mosquitos, capaces de vivir en aquel lugar frío y pegajoso. No se inmutan con mi presencia, deben de ser seres ciegos, sordos. Oigo mi respiración, jadeo, me duele la espalda de estar encorvado. He vuelto a empezar a sudar. Y de pronto me evado, y de pronto yo no estoy allí, y de pronto me he muerto e imagino a mi hijo siendo yo, a mi hijo ordenando mi pasado, decidiendo que hacer con los enseres de su padre. Me imagino a mi hijo recordándome a través de aquellos objetos y me intriga qué piensa. Me intriga que decide hacer con ellos, si tirarlos, si conservarlos. le imagino perplejo, incapaz de dar valor a nada o a quitárselo, me imagino a mi hijo pensando en su padre, ese objeto imposible y escurridizo, me imagino a mi hijo sonriendo, reviviendo esos fines de semana conmigo, riéndose de mi nevera con muchos productos caducados, me imagino a mi hijo sentado en ese sótano, rodeado de todo aquello, sin saber que hacer, atorado, bloqueado por todos aquellos objetos sueltos, sin orden ni concierto, pequeño trocitos de una vida desordenada y llena de ansiedades, de miedos y equilibrios, una vida buscando siempre su normalidad, su rutina, sus tiempos muertos, tan creativos, tan ricos. Dejo a mi hijo en el sótano, deseando que me añore y que me eche de menos. No encuentro ninguna antena. 

 

 

 

 

 

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes - en Colono
Comenta este artículo
23 julio 2014 3 23 /07 /julio /2014 01:41

Hay cosas de la vida imborrables. Hechos, por escuetos que sean, que no podemos sacar de nuestra cabeza. Guiños de la vida tan sutiles como una mirada, tan efímeros como un reflejo captado por el rabillo del ojo, pero sobre los que no paramos de pensar, dándoles vueltas en nuestra cabeza. Quizás porque fueron hechos vergonzosos, quizás inesperados, quizás nos arrepentimos de ellos y al rememorarlos se nos pone la piel de gallina. Por todo ello, hay hechos que queremos sacar de nuestras mentes, pero no podemos, vivirán con nosotros, gozosos, regados, bien alimentados, hasta que abandonemos este absurdo mundo, así somos.

Llevo días acordándome de mi padre. Quizás busque amparo, quizás unas espaldas más anchas que las mías, un hombre en el que poder cobijarse otro hombre, el ser poderoso, protector, tu padre. ¡Dios!, que ternura siento ahora hacia él. Ojalá estuviera aquí, aunque fuera para nada, para saber,simplemente, que está.

Mi padre me llevó a ver 2001 una Odisea del espacio al cine. Yo debía de ser muy pequeño ya que recuerdo que era mucho más alto que yo y a mi padre enseguida le igualé en altura. Así que debía de tener doce o trece años. La novela de Clarke en la que está basada la película es absolutamente recomendable, al igual que lo es la adaptación cinematográfica. Además, es sorprendente que la película sea de 1969, o sea, hecha a mano, pues supera en mucho a las grandes producciones actuales.

La película está dividida en tres partes. La primera de ellas narra la existencia de un grupo de primates en medio de la nada, observados, en su rutina animal, por un monolito negro impresionante, por su estructura rectilínea, lisa, limpia. Son veinte minutos de gruñidos, de la lucha por el agua, de acosos, y desafíos hasta hasta que uno de los animales coge un hueso del suelo y se da cuenta de que tiene el poder.

De ahí la película salta,en una sola escena, a una nave espacial en el año 2001 y tras una aventura memorable, la película acaba hablando de dios, del todo y de la nada, del origen, del final, de la muerte, todo ello en imágenes bellas y confusas, difíciles de encajar.

Yo salí del cine sin tener una idea clara de aquella película, tenia doce o trece años. Había disfrutado mucho con la parte central, todo aquel rato en que HAL se va cargando a la tripulación del Discovery en su vuelo a Júpiter. Pero el problema estribaba en que yo quería encajar la parte inicial y última de la película con aquella parte central. Pensaba, y sigo pensándolo, que el autor se refería de alguna manera a dios, pero no lo tenía muy claro, y aún hoy me sigue molestando que existan esas dos partes tan abiertas en la película, con esa memorable parte central que llena por completo.

No sé que me dijo, pero mi padre, de vuelta a casa, me trato de explicar los lazos de unión de la película y su significado. Fue entonces cuando me di cuenta de que mi padre no lo sabía todo y de que podía discrepar de él. Una vez más acepté sus explicaciones sin abrir la boca, aburrido, sin querer discutir con él, simplemente porque no me apetecía, ni creo que a él tampoco. Supongo que él quería llevar a su hijo a ver una película del espacio y no una de filosofía espacial con dios por medio y el origen del hombre.

Ahora, más de cuarenta años después, con él ya muerto, como algunos de los personajes de la trilogía, he sentido por él un cariño, una nostalgia especial. Me hubiera gustado tomar un café con él y recordar aquella vez que fuimos al cine, a ver si él se acordaba también. Igual se reía y me decía ¡Joder!, menudo aprieto hijo, vaya película, no tenía ni idea de que decirte. Me hubiera gustado poder contarle mi parecer, contarle como resolvía el autor el enigma.

No sé si me hubiera escuchado, creo que sí, me hubiera gustado hacerlo, sentado sobre sus rodillas, jugando con sus mejillas ásperas y dejándole abrazarme. ¡Ojalá! no hubiera insistido en seguir pareciendo más listo que yo. No hacía falta papá. Me bastaba, me hubiera bastado con saber que estabas ahí, con que me hubieras llevado al cine aquella tarde, lo de menos era la película, lo importante era ir al cine con mi padre. Me hubiera gustado poder saborearlo, poder haberme sentido orgulloso de ello, de ti. Cuanto te echo de menos ahora, y lo más jodido es que no sé porque. Para mí la Odisea del espacio ya ocurrió, siempre será aquella que vi con mi padre y que me hubiera gustado ver de otra forma, comentando con él, por lo bajini, en el cine, “¿que es esto?”, “¡joder, no entiendo nada, ¿y tú?”.

Papa, podías volver y hablar un poco conmigo, te echo de menos.

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes - en Colono
Comenta este artículo
2 mayo 2014 5 02 /05 /mayo /2014 23:54

lautrecmoulinrouge_2.jpg

Por la ventana se cuela el murmullo de la feria de La Virgen de la Paloma.  El rugido del animador de la tómbola, trozos de chotis que aparecen o desaparecen según sopla el viento, pisadas de miles de personas que deambulan,  sus miles de conversaciones, decenas de sintonías lejanas, más cercanas, todo ello, como una pelota compacta, entraba sin descanso por la ventanita pequeña de mi buhardilla, por la que tiendo la ropa. Y todo aquello me reclamaba, me hacía sentir absurdo en casa, a oscuras, quieto, sin saber que hacer, sabiendo que bajaría a la calle a pesar de los cinco pisos de escaleras empinadas de madera.  Fui al cuarto de baño, cogí los calzoncillos que ya había echado al ceso de ropa sucia, me enfundé mis vaqueros y una camiseta, las zapatillas de deporte y me lancé a lo que ya sabía. 

¿Y qué sabía?. 

Lo que vi, felicidad, mucha felicidad y sonrisas, música en la calle y gente bailando, sudando, churretes de sudor bajo las luces blancas de las tómbolas, los puestos de churros y limonada y más tómbolas y más puestos para comer y engordar mientras sudas y tiran las costuras de la ropa en la noche asfixiaste de agosto.. Tómbolas, más tómbolas y puestos para comer y beber, eso era la feria de La Paloma, ruido de cientos de músicas mezcladas entre ellas, más tómbolas, muchas tómbolas con la galería de regalos de mierda que obtienes si te toca el número o si aciertas con la bola a los botes o con los perdigones a los palillos.  Y la gente sudorosa, cansada, aburrida, hasta los huevos de estar cansada, deambula, va por las calles siguiendo una masa ingente de gentes que no saben donde van, donde hay más luces, donde grita más el animador de feria, un hijo de puta con bigote, muerto de hambre que hace chistes sobre la suegra, sobre el dinero, que se excita frente a la masa y que quiere o quiso ser hombre espectáculo, y no es más que una puta mierda de tío chillón reclamando a borregos para sortear mierdas de regalos. La gente, estúpida se queda boquiabierta frente al animador, no sé porque.  Están como atontaditos, dan ganas de darles una hostia a ver si reaccionan.  A ver si cae un chaparrón como ayer y se van todos corriendo como ratas, porque eso sí, no soportan la lluvia en agosto, nadie se moja, todo el mundo se refugia del agua. 

Volví a casa sabiendo ya como volvería, cansado, sudado, aturdido.  Subí los empinados escalones, llegué arriba, asfixiado, la sangre golpeándome en las sienes, abrí la puerta, la oscuridad y el ruido de la feria, pero ya sabía lo que era y ya no me interesaba.  Lo sabía antes de bajar pero me desconcertó.  Yo también quiero disfrutar con lo de los demás, ¿por qué no ocurre?. 

 

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes - en Colono
Comenta este artículo
1 mayo 2014 4 01 /05 /mayo /2014 21:17

el-jardin-de-las-delicias-detalle-bosco.jpgComo os decía había quedado con una mujer, con Julia, a 100 kilómetros de la ciudad en la que me encontraba. Julia era una mujer casada que conocí en una taberna llena de gente, de esas que guardan todo el tipismo clásico de principios de siglo. Nos dimos un encontronazo al recoger nuestros vinitos que servían en unos vasitos de cristal grueso. Nos reímos, nos pedimos disculpas y acabamos compartiendo tragos en un mostrador de madera barnizada al menos media docena de veces y aguantando los empujones del resto de clientes. Esta circunstancia permitió que nuestro cuerpos entrechocarán. Había venido a la ciudad con su marido, pero él estaba en el hotel y ella había aprovechado para ir de compras al centro. Su esposo le esperaba, no me acuerdo a qué hora, para ir a un teatro. Nos enrollamos hablando y creo que llegó tarde. Antes de irse nos intercambiamos los teléfonos y un semana después me mando un mensaje preguntándome cómo estaba. Empezamos a hablar de vez en cuando y Julia acabó diciéndome que quería acostarse conmigo para tener un hijo que no lograba concebir con su marido. ¡Que locura! Tenía que salir de la ciudad a las nueve para llegar al lugar de la cita a las diez o diez y media, esa era la hora fijada. 

Nunca llegué.  Empezó a llover con rabia, con tanta rabia que la idea de avanzar en medio de la oscuridad se me antojó una empresa inalcanzable. Decidí parar a mitad de camino, en una gran población, la última isla de luz y vida antes de afrontar la negra carretera hasta el final de mi destino. Hablé con Julia y le agrandé el problema. Problemas con el coche, grúa, desastre, casi un accidente. --Y todo por venir a conocerme a mí--, decía la pobrecita. 

--Bueno chica, no te preocupes, estas cosas pasan--, la consolaba yo. 

Me fui a cenar a una bocadillería del mismo pueblo en el que me encontraba. La lluvia había dejado una noche de verano fresca y ráfagas de aire estrellaban contra mi cara gotitas minúsculas y frías de  agua. Salí de la bocadillería y pensaba volver a casa, pero un local de copas con terraza me llamó la atención y decidí tomar algo antes de mi viaje de vuelta. 

No recuerdo que pedí, pero pedí algo, y me senté en la barra del local que pretendía emular a un garito de los trópicos. Y recuerdo esa noche porque fue la primera y única vez en mi vida que una mujer se ha acercado a mí. Pero no, no era una mujer explosiva, tampoco atractiva, ni siquiera una mujer fatal. Era una mujer rellenita, usemos el eufemismo, y debió de suponer que era el único tipo en aquel local tan colgado como ella. Supongo que me debería de haber excusado, haberla dado esquinazo o similar, pero no supe hacerlo, así que, resumiendo, me soltó todo su rollo sin que yo tuviera opción, tampoco tenía ganas, de contar nada del mío. Era una enfermera de Asturias, viuda, con un niño de cuatro años y forofa de la danza regional.  Se plantea dejar su trabajo en el hospital central como comadrona y vivir de la danza.  Puede hacerlo porque cobra la pensión de su marido que murió al descarrilar la máquina de tren que conducía. Pero no esta segura.  Ya le digo yo, lo peor de ser funcionario es que es una trampa, dejáis pasar muchas cosas por el temor a vivir del Estado toda la vida de una forma más o menos segura. Quedé con ella en ir a verla a su pueblo, baila allí con su grupo de danza que ya ha estado en Méjico, Croacia, Italia y toda España, montándose numeritos musicales en las Casas de Asturias y financiados por grandes empresas. El padre de esta chica es inspector de una de ellas y tiene buenos contactos, tantos como para lograr llevarse a Méjico a un grupo de treinta personas. Bueno la chica también está gorda porque ensanchó después del parto y porque está siguiendo un tratamiento que retiene los líquidos del cuerpo para eliminar una piedras del riñón.  Ya ha expulsado dos, meando, es como arenilla, pero le queda otra y se operará próximamente para ver si se la explotan con láser.  Aunque no saben porque se mueve mucho la jodida piedrecita y corre el peligro de que se meta en un conducto, no sé cual,  y se  le tapone todo. 

No recuerdo ahora como acabó aquello, y cuando digo como acabó, me refiero a como pude despegarme de aquella funcionaria de la sanidad. 

De vuelta a casa me fui ala cama con sensación de desconcierto y con la ansiedad de querer recuperar un poco el orden y calma. Me desperté a las doce de la mañana.  Bueno, me despertó el móvil, Julia supuse.  Me llamó diecinueve veces y no cogí el teléfono hasta la vigésima.  Preocupada por mi estado de salud.  Ya os lo he contado. Pues bien a las doce y media me puse a trabajar por mis cojones, tenía que arrancar. 

Y funcionó, estuve tres horitas concentrado en el trabajo fumando, jugando al profesional, oyendo música.  A las tres y cuarto decidí ir al cine para relajarme un poco y volver después para seguir trabajando.  Y así fue, pero el ruido de la puta feria popular llegó con el anochecer a través de la ventana de la buhardilla y me jodió. 

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes - en Colono
Comenta este artículo
21 abril 2014 1 21 /04 /abril /2014 23:45

desorden.jpegMe llamo Pibody y éste era uno de mis días en aquellos días. Estaba yo hoy tan organizadito en mi buhardilla.  Me había pasado toda la mañana trabajando y lo cierto es que me había logrado concentrar y hacer que las tres o cuatro horas que he estado frente al ordenador me cundieran.  Por fin mi cerebro parecía engrasado. Volvía a ser el chico brillante y con un gran porvenir por delante.

Después del trabajo fui hasta la mini cocina de la buhardilla, de las que denominan francesas, y me preparé un té. Un momento de calma, me dije a mi mismo, antes de continuar. Imaginé la escena de una persona disfrutando del aroma de un buen té. Imaginé a esa persona vestida con ropajes livianos, vaporosos, sorbiendo un traguito de aquel té y disfrutando de su sabor. Imaginé a esa persona en un salón amplio, con grandes ventanales ocultos tras visillos blancos que mece la brisa que entra dentro de la estancia. Alfombras, muebles caros de madera buena, techos altos, algún candelabro. No sé porque imaginé todo eso. Mi té estaba excesivamente caliente, quemó mis labios y dejé la taza sobre la alformbra de mi abuela, que me acompaña a todas las casas que habito desde que falleció, hace ya muchos años. Aún la tengo. 

Lo que pretendía ser un momento de relax se acabó convirtiendo en impaciencia. Quería tomarme aquel té, pero estaba excesivamente caliente y no sabía qué hacer mientras se enfiraba a mis pies, sobre la alformbra de mi abuela, pues carezco de mesita frente al sillón. Me dijé a mi mismo que igual podía tirar el té por la pila y bajar a la calle a tomar uno, pero la perspectiva de vestirme, bajar las escaleras, enfrentarme a la luminosidad blanca del día, el calor, buscar el local, pedir el té y esperar en el taburete de la barra a que se enfriara también, me borró de la mente esa opción. Decididamente esperaría a que mi propio té se enfriará en la penumbra de mi buhardilla, y ¿qué mejor opción mientras esperaba que llamar a la línea de los contactos? Me convencí a mi mismo que esa llamada formaría parte del momento de relax. Minutos después de conectarme una tal Isabel me siguió el juego. Así que le di mi número de teléfono y diez minutos después estaba llamándome. Resulta que la tal Isabel era de Extremadura y tenía una niña de cuatro años que vivía con su padre en el pueblo, del cual ya se había separado después de estar casada durante seis años.  La niña también compartía su infancia con los propios padres de Isabel, y yo la verdad que pensé “que rollo más raro”. La tal Isabel trabajaba como camarera suplente en pubs, restaurantes, discotecas y todo tipo de locales de comida o bebida. 

Bueno, Isabel me pidió todos mis datos, a los cuales ella me respondío que era mucho más jovencita que yo.  La idea de yacer con una jovencita, obviamente me excitó. Isabel tenía 26 años, medía 1,60 centímetros y estaba diez kilos por encima de su presupuesto de volumen calorífico.  Ya decía yo que había gato encerrado. Lo justificaba diciendo que el problema era que había dejado de correr, actividad deportiva que, según ella, le apasionaba, pero que si el verano, las cervecitas, la vida sedentaria.  

La tal Isabel vivía sola  y escribía poemas de amor en el Retiro porque andaba buscando su príncipe azul, según sus propias palabras. Tengo el pelo negro, en melenita por la oreja, ya me crecerá y tengo los ojos verdes. 

--Que bonitos--.

Bueno, a mi todo eso me daba igual aunque no dejaba de asombrarme lo en serio que se toma la gente sus gilipolleces. 

Bueno, fuera como fuese, quedé con Isabel a las seis y media de la tarde en La Gran Vía, en la puerta central del edificio de Telefónica. 

--¿Y cómo nos conoceremos?--, me preguntó ella. 

--Bueno, yo iré con unos vaqueros y una camiseta. 

--Tu vistes muy diferente a mí. 

--¡Ah!, ¿sí?

--Sí, yo llevaré una pantalón ajustado, ya sabes una malla negra y zapatos de tacón. 

Viva la horterada, pensé yo, con los muslazos que debes tener hija y te plantas con tus mallas y tus zapatos de tacón.  Me reí cuando pensaba esto y ella me oyó. 

--¿De qué te ríes?-- preguntó. 

--No, no, estaba pensando que debe ser muy incómodo lo de los zapatos de tacón y con este calor. 

--Bueno pero no son tacones de esos feos, mira estoy mirando ahora mismo los zapatos y tienen unos tacones preciosos. No son de esos que se llevan ahora tan feos.  Bueno hay tacones de esos altos de fiesta, muy finos.  No, los míos no son de esos......................

Me fui andando desde mi buhardilla, bajo un sol terrorífico de mediados de agosto, aunque amenazaba tormenta. Llegué al lugar de la cita y me situé en la acera de enfrente, entre los chulos y las putas de la Red de San Luis, paseando, haciendo como que iba a alguna parte y espiando la boca del metro. 

Por fin apareció Isabel, tal como me imaginaba.  Gorda, enorme, con un blusón azul que caía sobre su barriga y su culo que imaginé voluminosos. De los faldones del blusón emergían dos muslazos enormes que acababan en unos piececitos pequeños embutidos en unos zapatos de tacón, a modo de pezuñas de un cerdo ibérico bien alimentado. La observé desde enfrente. En mi se mezclaba el deseo de desaparecer de allí y la putada que podía significar para Isabel. No dejaba de observarla mientras me repetía a mi mismo: vete y sé educado, invítala a una café con hielo y vete. No habían pasado cinco minutos desde su aparición cuando la vi dirigirse a una cabina telefónica. Obviamente estaba llamándome e imaginé mi móvil sonando en casa y el buzón de voz de la operadora. Aquel gesto de impaciencia de ella, sin siquiera darme unos minutos para llegar hasta ella acabó por decidirme a  salir de allí corriendo. 

 

Pensé en ir al cine, las sesiones empezaban a las siete y media, imposible, no me daba tiempo. A las diez había quedado en una localidad, a 100 kilómetros de la ciudad......

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes - en Colono
Comenta este artículo
20 abril 2014 7 20 /04 /abril /2014 00:47

8-Sin-Titulo-No-estoy-atado-a-ningun-sueno-ya-Acrilico-sobrVuelvo a estar en mi buhardilla. Si no sabes que hago aquí, tu te lo pierdes. Revisa unos artículos atrás y te enterarás. Hoy he cenado un trozo de piña, un trozo de chorizo que he desgarrado con mis dientes, un pan tostado, un kiwi y una naranja partida en cuatro partes que he engullido como un auténtico caballero medieval. 

Estoy de nuevo en mi buhardilla, hace de eso 20 años. De golpe y porrazo me encontraba hecho un solterón empedernido. Y ahora que lo pienso, no sé si 20 años después sigo siéndolo, con la única diferencia de un menor ímpetu sexual.  Mis planes, una vez recuperada mi soltería, como ya dije, era el arte, pero acabé tentado por las tentaciones del anonimato. Yo intentaba concentrarme en mis escritos, comencé también a pintar cuadros, pero a través de los ventanucos de aquella buhardilla subían hasta mi casa ruidos y risas. Aquel jaleo me impedía concentrarme y me hacía pensar que estaba perdiendo el tiempo allá arriba, encerrado en proyectos artísticos absolutamente mediocres y artríticos. En definitiva, que acababa bajando a la calle y me dediqué a conocer todos los garitos de los alrededores de mi casa. Buscaba gente como yo, solitaria, buscando el vértigo de acabar en la cama tras una mirada cómplice. 

Sin embargo, debía de ser un tipo muy raro o un tipo con unos deseos extraños y poco habituales. Los garitos estaban llenos sí, pero de gentes socializadas, en grupo, con la única búsqueda de pasar un rato agradable, entre risas, y quizás con algún tímido flirteo, pero todo muy moral y tradicional a pesar de los aspectos provocativos de sus ropajes, peinados y formas de moverse. Me aburría. Por aquel entonces no existían los chats, pero si había líneas telefónicas donde llamaba gente para buscar parejas, encuentros o simplemente sexo. Allí la gente era más desinhibida, supongo que por el anonimato. 

De hecho conseguí quedar a cenar con una mujer y después subirla a casa. Todo fue un auténtico desastre. Un par de besitos y un apretujón con todo mi miembro erecto contra su coño que ni siquiera vislumbré. Nos llamamos un par de veces y yo, que quería simplemente follar, me enteré de que acababa de que su madre acababa de vender un apartamento en Benidorm porque le salía muy cara la comunidad al año y entonces le dijo a su madre: “mira mamá vende el apartamento de Benidorm y con lo que te ahorras de la comunidad y mantenimiento nos vamos las dos todos los años donde tu quieras a pasar unos días”.  Bueno resulta que se marchó a Lanzarote y hasta septiembre no volvía a saber de ella. 

Así las cosas seguí visitando garitos y hablando por teléfono buscando a las féminas hambrientas. El sueño del sexo fácil, impulsivo, ciego, sin seducción, el pacto de follar sin ningún protocolo previo, me excitaba. Y resulta que en ese estado en el que tu deseo se convierte en una esponja de cualquier cosa que huela a sexo, me empece a dar cuenta que lo que más abundaba en cuanto a contactos sexuales reales eran las mujeres que buscaban mujeres y los hombres que buscaban hombres. Lo tenían clarísimo, ni leches de inhibiciones, ni frases indirectas que se interpretan ni sutilezas. 

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes - en Colono
Comenta este artículo
18 abril 2014 5 18 /04 /abril /2014 18:50

bosco1.jpgQuedo a comer con otro antepasado profesional. Me lo encontré en un almuerzo de trabajo, de casualidad. Me alegró verlo y pactamos llamarnos y comer juntos.  Él es como una especie de Geyperman del mundo profesional. El muñequito que vive contigo aventuras, siempre fiel, siempre dispuesto a un nuevo reto. Le veo igual y le envidio, tiene 62 años e ignoro cual es su secreto para mantenerse incorrupto. Yo me fijo en la mirada de la gente para comprobar el paso del tiempo. En la de él nada ha cambiado un ápice, sigue mostrando un cerebro ágil y lleno de conocimiento. Me imagino que él sí habrá visto en la mía el paso de los años.

Es un hombre eminentemente practico. Es un hombre austero, coqueto, pero sin ostentación alguna. Sus pantalones van a juego perfecto con su camisa a cuadros y su chaqueta de punto azul cerrada con cremallera, lo que le proporciona un aspecto juvenil. Se viste con traje y corbata en los actos oficiales y cuando no está en ellos, viste cómodo, como un prejubilado que sale a pasear tranquilo por su bonito jardín de césped y flores. 

He trabajado en varias ocasiones con ese hombre. Nunca había sobrepasado con él la intimidad de lo profesional. Como mucho le he visto cansado, nada más. Tiene esa extraña virtud de no darse por vencido. Es un hombre comprometido con los proyectos y de él nunca olvidaré una frase: "Duermo con el móvil entre las piernas". 

Su única intimidad de la que tuve conocimiento, y porque me la mostró, fue una amante, una compañera de trabajo, de la que después he oído que se dice que es ninfómana. Curiosamente, este hecho no me cuadra con él. Ya sé que es muy tonto pensar así, pero este hombre es para mí como una especie de manual ético y deontológico para una vida al servicio de cualquier patria o proyecto, y una amante, además de entretener, disturba la cabeza. No va con él, pues debería de ser un esposo y un padre de familia ejemplar, un hombre perfecto. Pero supongo que no existen las personas perfectas. 

Comemos, y sin venir a cuento empieza a hablar de su dedicación a una ONG. Me sorprende con aquello. De pronto me empieza a hablar de reclusos en el módulo del respeto. ¿Qué significa eso del módulo del respeto? Bueno, me dice, son reclusos que pactan resolver todas su diferencias con otros reclusos o con los propios celadores a través del dialogo. Y si se saltan la norma vuelven a módulos más jodidos. 

Ha estado dando clases en esos módulos, ha llevado a famosos, a astrónomos, a doctores en magnetismo que han inventado válvulas para eliminar el problema de las pérdidas de orina de las mujeres y que consiguieron que les comprara la patente Dodotis para luego enterrar el invento. 

Me habla luego de las cárceles de mujeres, y me dice que es otro mundo, que ha sufrido allí dentro, que son centros inmundos incomparables a las cárceles de los hombres. Me habla de la necesidad de afecto que tienen las mujeres, de cómo se emparejan rápidamente, haciendo una de hombre y la otra de su mujer. De cómo le tocaban y le olían. 

Le pregunto porque hacía eso, y me responde que para devolver a la sociedad lo que la sociedad te ha dado. Me deja desarmado. Pienso en si será verdad y viniendo de él, claro que es verdad. Me siento pequeño y como mínimo, lo cuento. 

 

 

 

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes - en Colono
Comenta este artículo
7 abril 2014 1 07 /04 /abril /2014 19:29

the-field.jpgDice que de pequeña era rubia, quizás castaña clara, pero yo no lo creo o no lo quiero creer. La he conocido con el pelo del color de las zanahorias y así la imagino desde niña.

Y si el mundo fuera como quisiéramos que fuera, si pudiéramos escribirlo como quien escribe un guión, viviríamos en un remoto pueblo, da igual en qué rincón del planeta. Un pueblo cuyas casas y personas nunca veríamos, sólo los parajes a su alrededor porque aquí, en este guión, no hay nadie más que ella (la niña) y yo. 

Viviríamos entre montañas altas cargadas de abetos en sus laderas, viviríamos en el valle por el que serpentea un río de agua limpia y abundante. En aquel valle entra el Sol que ilumina campos cultivados que ahora veo amarillos, es el verano.  

Y yo sería un muchacho brutote, de pantalones hasta la rodilla con tirantes, camisa blanca arremangada, calcetines y botas a pesar del estío. Y andaría todo el día entre los riscos o brincando por el bosque, no sé si con otros muchachos o solo, imaginando aventuras. Son las vacaciones y no siento frío, sólo los densos olores mezclados de la naturaleza, animalillos correteando, graznidos, imagino que de cuervos y grajos. No tengo reloj y sólo calculo el tiempo por la luz que se filtra entre los árboles, también por el calor y el fresco. 

Por la ladera de una de las montañas transcurre una vía férrea. No tiene mucho tráfico, sólo un par de convoyes de mercancías al día. Todas las tardes del verano va hasta allá en similar momento. No sé la hora, tampoco ella, por eso estoy seguro de nuestra sintonía. Yo me escondo tras los matorrales al borde de aquel camino que brilla. Espero agazapado para que no note mi presencia, hasta respiro pausado. Acabo siendo una cigarra, un topo, un ratoncillo y espero, espero a qué ocurra. 

Y ocurre que aparece la niña. 

Lo primero que veo es su pelo cobrizo lleno de bucles y rizos. 

Y siempre que emerge, al fondo, tras la curva, se levanta una leve brisa, apenas si es viento, pero refresca, al igual que su sonrisa. Y la niña avanza, haciendo equilibrios, con sus bracitos desnudos en cruz, un pie tras otro, como una trapecista, sobre la vía. Su brisa trae una cancioncilla que siempre tararea. Y avanza alegre, poco a poco, con cuidado, ajena a mí y a mi vergüenza. Tan delicada, tan pequeña, avanza la niña, y la brisa se convierte ahora en ligero viento que subiendo desde el río se rompe contra ella, aplastando su vestido blanco contra su frágil cuerpo y remueve su pelo, como queriendo que de él se desprendan sus tonos rojizos. Y la niña, siente el viento y mira al cielo, con aquella sonrisa, ojos cerrados, ahora riendo. 

Por la vía avanza la niña, envuelta en viento, por la vía, libre, haciendo equilibrios, con sus piernas flacas, los calcetines de encaje caídos sobre sus tobillos. Y yo la observo, enamorado, con ganas de abrazarla y quererla, deseando seguir escribiendo el guión que no me separe de ella. 

 

 

 

Repost 0
Published by Fausto Lipomedes - en Colono
Comenta este artículo