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  • : Las Razones del Diablo
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1 agosto 2017 2 01 /08 /agosto /2017 00:25

Me ha ido inundando la tristeza a medida que pasaba el día y he acabado con un corazón encogido y apenas con restos de sangre reseca en sus paredes en mi garganta. Me claman los recuerdos de la felicidad y me exigen retornar a ellos para volver a vivirlos, pero me alejo de ellos con andar pesado, hundido bajo su peso. Los niego, resignado, sintiéndome incapaz de encontrar las fuerzas mínimas para, al menos, intentarlo.  Melancolía que te mece y canta una suave nana en tus oídos. Nanas sin letras, sólo un ronroneo melódico dulce, suave. Nanas que te adormecen, ruido blanco que te hace odiar cualquier otro. Nanas que sólo dejan expresarte con una suave sonrisa. Nanas que parecen robarte la energía adormeciendo tu voluntad. 
Supongo que son estados que, de pronto, te inundan y a los que no encuentras mucha razón de ser, pero contra los que aseguro no poder luchar. Ojalá pudiera expresar, simplemente con silencio, todas las cosas y tu, en silencio, mirándome a los ojos, descubrieras millones de detalles y millones de matices que, sabiéndolos ordenar, te dieran un sentido de mí. Y es que a veces, cansa tanto tratar de expresar qué sientes, que debiéramos haber desarrollado la capacidad de expresarnos sensorialmente. En realidad, nos falta algo que sí parecen tener los animales que, en vez de palabras, usan el olfato, los movimientos de los párpados o un simple sonido para expresar sus estados de ánimo. 
Hoy he ido a comer con mi anciana madre, y voy por su ancianidad, simplemente porque sé que de no hacerlo, posteriormente, cuando deje este mundo, voy a arrepentirme. Si soy sincero, creo que cuando ella abandone esta tierra, al margen del posible dolor, sentiré liberación. En realidad, lo que siento hacia ella es un vínculo que parecen haber extraído de un molde, el de lo que debe de ser, y me lo han impuesto.  Trato a veces de que convertirlo en algo natural y, sobre todo, particular, pero ella se encarga de retorcerlo y convertirlo en un estándar artificial, modelo en el que ella ostenta la autoridad, simplemente por su rol, por sus años. No puede remediarlo, es así, morirá así y yo lo odio, tanto como que de ella sólo me quedé ese recuerdo de lo que debía haber sido, y de cómo nunca fuimos capaces de construir.

Y salgo del restaurante. Dentro he dejado a mi madre y a mi hermana y a su hija con ella. Yo voy a por el coche con esa sensación, sensacional, de libertad. Y de pronto veo a un tipo con el pelo blanco sentado a horcajadas en una banqueta alta de bar, en la calle, apoyado contra un tonel grasiento. Hay algo en él que reconozco. Reconozco su cabeza, a pesar de que ahora su pelo está completamente blanco. Reconozco ese mirar desenfocado y abstraído . Reconozco esos ojos pequeños tras sus cristales gruesos, reconozco su postura y sobre todo su labio inferior grueso y caído, y recuerdo y le reconozco y trato de hacer memoria, como un loco, de qué, de dónde. Y de pronto me doy cuenta de que estoy viendo al niño que era, tanto como yo, cuando íbamos juntos al colegio, Y aquel hombre, al que ahora reconozco su cuerpo, sus posturas y sus formas de estar, se me antoja el mismo niño que fue y como apenas ha cambiado. Y considero absurdo acercarme y hacerle partícipe del descubrimiento porque intuyo que, como entonces, me mirará, asentirá y seguirá a sus cosas, sintiéndome yo incapaz de saber qué piensa y siente.  Lo que reclamo y que yo tampoco tengo. Toda una vida, a sus cosas. 

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