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26 junio 2017 1 26 /06 /junio /2017 22:57

He comido con un hombre de quien no me acordaba. Las circunstancias del trabajo me han hecho rescatar nuestra interacción que, por lo que me enteré durante el almuerzo, había existido. De pronto, me encontré delante de un hombre del que no me acordaba. Escarbé en el pasado, como si lo hiciera en una tumba antigua, buscando a aquel antepasado del que ni siquiera conocía nuestro parentesco.  
La cantidad de acontecimientos que requieren tu concentración en el espacio, que podríamos denominar actual, va borrando los antiguos para hacerse hueco, pero a medida que pasan los años, creo que los hechos antiguos tienen más peso que los contemporáneos, o quizás las relaciones, antes, eran más reales.  
El hombre es alto, delgaducho y arrugado, es una especie de momia bien conservada que, de vez en cuando sonríe con unos ojos inexpresivos que parecen trasplantados o quizás sean de cristal. Es un hombre triste el que se sienta frente a mi. Es de mi edad, algunos años menos. Lo primero que me dice es lo elegante que voy. Me llama la atención el comentario, es halagador, y me descoloca, ya que para mi el almuerzo es meramente formal, algo que he de asumir como parte de mi trabajo.  Pero una vez que ya estoy allí, trato de concentrarme y prestar atención al colega. 
Como decía anteriormente, este hombre, de quien no me acuerdo, y yo, nos conocemos hace muchos años, desde la Universidad, pero es de esas personas con la que te cruzas una vez por década, y creo que este es el tercer cruce que tenemos. 
De la etapa de la Universidad la historia gira en torno a una mujer, pero es un hecho antiguo, que quizás no venga al caso relatarlo ahora. El siguiente recuerdo que tengo de él, la siguiente década, es un plantón que le di, también para comer. En mi descargo he de decir que se me fue completamente de la cabeza, lo cual también implica, lo he pensado con los años, que poco significaba él para mí. Creo que esa fue la única vez en mi vida que me olvido de alguien de esa manera. La tercera década es la actual. 
Sin embargo, ha habido otra, pues el mismo me la relata, de manera indirecta, durante nuestro almuerzo. De hecho, en medio de su discurso da por supuesto que yo soy consciente de que le conseguí un trabajo años atrás, y debió de ser muchos años atrás, pues lleva en su misma empresa, creo recordar que me dijo que 20 años. Asiento, como dándole a entender que sí, que soy consciente de ello, y mientras sigue hablando trato de recordar las circunstancias de aquel hecho, pero soy incapaz. Sin embargo, y si eso es cierto, pienso que debía de existir algo entre nosotros, ya que en un país como éste, nadie busca trabajo a nadie, así, sin más. Según él, me dice, ha caído (se refiere al entorno profesional), tres veces en su vida, y de las tres se ha levantado, y en una de ellas, quien le sacó, parece que fui yo. 
El colega, engominado, flaco, con rostro alargado surcado por arrugas, está obsesionado con los años. Me confiesa que nunca dice su edad, y me responde eso cuando se la pregunto. Me confiesa que no la dice, que hace años que no la dice, pero que tratándose de mi, no tiene inconveniente, pues, más o menos, somos de la misma quinta. Primero me dice la edad de sus hijos, mayores que el mío, ya adultos, y ya consigo que me diga sus años. El colega es presumido, ha comenzado a boxear, y me lo recomienda. Es un hombre de gimnasio, es un hombre casado, con tres hijos, y también me da a entender que vive una crisis de pareja. Me relata que está pensando en hacer un viaje solo, a intentar ayudar a alguien en algún país que le necesiten. Más o menos, deduzco, está buscando mi bendición para hacerlo. Me relata que su hija vive en África y que viene el verano a casa, pero que en realidad sólo van a estar juntos tres días, por lo que tampoco sería tan dramático, Le respondo que piense un poco en él y que se vaya. Parece quemado con tanta vida de empresa multinacional y me confiesa que llevan diez años sin subirle el sueldo. Parece quemado con tanta existencia formal sujeta a tareas que hay que controlar con el reloj. En realidad, está más quemado que yo de beneficios, valor para el accionista, propuesta de valor y montón de mierdas más, y le animo a que huya, es más, casi le empujo a ello, pues veo que me está suplicando que lo empuje a ello. 
Me estoy quedando atónito por la intimidad que muestra conmigo, como si en otro tiempo esa intimidad fuera lo más normal entre nosotros. 
Me pregunta si yo he tenido alguna vez alguna crisis por culpa de los años, y le digo que sí, que desde hace tres o cuatro años arrastro una profunda de la cual estoy dispuesto a salir y que la única salida es aceptarse, acomodarse y olvidarse de los días anteriores de vino y rosas. De ahí arranca él su narración sobre el ejercicio físico, y me doy cuenta de los que se cuida y también de que es horrible no aceptar que la juventud ya se ha ido e incluso la primera madurez y también de que este hombre, que en algún momento debió de ser mi amigo, lo va a pasar mal. En ese momento decido que le monitorizaré y que estaré un poco atento a su evolución.  
He de coger un tren a las cinco y treinta para marcharme a un congreso, y son las cuatro y veinte. Miro el reloj con disimulo y lamento tener que cortar la conversación, creo que de no haberlo hecho hubiéramos acabado abrazándonos y casi llorando recordando el pasado que yo desconozco. Nos levantamos, le vuelvo a recomendar irse, perderse, darse un respiro. Mi conocido desconocido, al que me propongo conocer más, o empezar a conocer, me mira de lado, creo que con cariño y con agradecimiento. Creo que necesita un amigo y en mi inconsciente pienso que, con él, siempre me quede a las puertas de serlo y que quizás, ahora, tampoco sea capaz. 
Sigo triste

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Published by Fausto Lipomedes - en recuerdos estrés huida seguir dudas
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