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19 septiembre 2017 2 19 /09 /septiembre /2017 23:53

Claro que me hubiese gustado. De haberla tenido, una tía Mae, la hubiera rogado que viniese a la obra de teatro que interpreté cuando era un niño. No recuerdo ya el nombre de la obra, pero yo hacía de oveja. Mi papel era hacer de cordero, a los pies de una cándida pastora durante toda la representación. Yo, que iba disfrazado de oveja debía de llamar la atención de la pastora con mi patita, Lo digo en diminutivo porque me acuerdo perfectamente de las instrucciones de la profesora de la clase, y se refería a mi pata de cordero como patita. No había más papeles, a excepción de la propia pastorcilla y del lobo, que ahora mismo no recuerdo quien lo interpretaba. Todos los demás éramos corderos y todos íbamos disfrazados. El escenario era pequeño, así que todos andábamos arremolinados y unos encima de otros, interpretando al rebaño, así que mis padres, que estaban entre el público, no sé si lograron localizarme o no. Yo, obviamente, no les informé sobre mi posición en el escenario, y precisamente para que no se fijaran en mí. No sé porque lo hice, supongo que porque no quería, porque sentía vergüenza de que me observaran. Yo, desde aquel rebaño no sabía si ellos se habían fijado en mí o no, pero por si las moscas, me retraí y decidí no desarrollar una interpretación de cordero que me hiciera destacar sobre los demás niños/corderos del rebaño. Mi casa tenía tantas normas e instrucciones, tantos miedos y precauciones, que cualquier discrepancia no tenía lugar. Lo mejor era, simplemente obedecer y pensar a solas lo que quisieras, pero sin exponerlo. Ahora pienso que quizás esa niñez, que no digo que fuera infeliz, ya que sentirse rebelde, aun en silencio, proporciona felicidad, haya conformado mi pasión actual por la soledad y mi intolerancia hacia la denominada convivencia. Después de todo, y según los expertos, lo que nos ocurre en los años tempranos, marcan de por vida tu personalidad. Volveré sobre ello. 

Ayer quedé con una antigua compañera de trabajo. No la veía desde hace, no sé, ¿veinte años quizás? Me la encontré en una escalera de un restaurante. Yo hacía tiempo esperando a unos comensales y ella subía por aquella escalera con otros. Nos reconocimos al instante. No sé cómo me encontró ella, yo a ella, sin despreciar el ajamiento que producen los años, igual que hacía veinte años. La piel con menos lustre, los ojos más cansados, el pelo más ralo y viejo, pero el mismo espíritu. Supongo, que al ser el reconocimiento mutuo e instantáneo, ella me encontró también igual, o quizás es que los dos quisimos encontrarnos igual por eso de no dejar pasar los años. Creo que hubo en ella alegría, aunque recordándola siempre mostraba esa alegría innata o quizás ficticia, que la obligaba a abrir los ojos y mostrar un inusitado interés vital por cualquier asunto que le comentaras. No me gusta reencontrarme con el pasado. A veces creo que porque no lo tengo y porque trato de vivir sólo el presente que, por otra parte, me llama más la atención que lo ya acontecido. Ya sabéis, un beso, un abrazo, ¿que se dice después de veinte años? Me descubre que comenzamos a escribir un libro juntos. No lo recordaba. Ese es mi pasado, decenas de proyectos que borra el tiempo y que alguien, recuerda y me recuerda. No da tiempo a más, quiero acabar aquella coincidencia, no tiene sentido, ni espacial ni temporalmente. Nos enlazamos por los brazos, intentándonos transmitir algún tipo de energía del pasado, pero yo no siento nada. Y cómo ya sabéis, breve actualización: 
¿Y qué haces ahora?, me pregunta. Lo mismo que hacía, le respondo y se queda asombrada que,  con todo los que ha cambiado el mundo, siga, erre que erre, manteniendo el tipo en medio de tanto tsunami. Eso me agrada. 
¿Y tú? Ella, se ríe con esa alegría que ya os he descrito, se balancea hacia mi y descarga parte del peso de su cuerpo contra el mío.  Yo estoy ahora metida en neo-narraciones, me dice, se vuelve a reír. Ya te contaré,  añade, es un tema superinteresante y me encanta. ¿Neo-narraciones? le pregunto extrañado. Sí, sí, ya te contaré. Vale, a ver si es verdad, le digo con esa certidumbre, aparejada a este tipo de encuentros, de que no va a existir esa posibilidad. También sabéis lo que ocurre en este tipo de encuentros, eso de: vale, pues nos llamamos y quedamos, a pesar de que sabes que no te apetece hacerlo. Y eres tan cínico (y la otra persona también), que insistes sobre esa opción, hasta tres veces. Ok, Ok, venga, pero que sea verdad. Mañana sigo con esto, estoy cansado. 

 

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