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3 junio 2017 6 03 /06 /junio /2017 23:45

Hace diez años que mi carnet de identidad no refleja la fecha de mi nacimiento. De hecho, llevo diez años siendo dos meses más joven de lo que soy. Me di cuenta de ello un tiempo después de que me dieran aquel documento, cuando fui a expedir otro. Obviamente la fecha de nacimiento del segundo de ellos, que tomaba como fuente mi carnet de identidad, no coincidía con mi carnet de identidad, así que, como odio la burocracia, opté por poner la fecha falsa también en él.  Ahora, diez años después, toca volver a renovar mi documento de identidad y como hecho de menos mis dos meses, he decidido corregir el error. Me había acostumbrado a noviembre, pero me siento más de septiembre. 
Obviamente, he de demostrar ante el Estado la oficialidad de mi nacimiento, y he tenido que solicitar una partida de nacimiento y así lo he hecho. 
Me llega el legajo, una fotocopia de la hoja original, rellenada a mano por un funcionario que quizás ya esté muerto. La letra es realmente enrevesada y parece de parvulario, una combinación jodida para su comprensión, pero después de un análisis grafológico detallado, llego a la conclusión de que aquel funcionario, que imagino torpe y zafio, ha escrito veintiséis como día de mi venida a este mundo y, cojones!!!, llevo toda la vida con la creencia de que el veintisiete es el día de mi nacimiento. En definitiva, llevo diez años con dos meses menos de vida y toda una vida con un día menos. La conclusión que extraigo de todo esto es que me falta un día, un día que no sé que hice. 
Hablé con mi madre sobre este particular, y ella insiste en que es un error del funcionario, el que mojaba la punta del lapicero en la humedad de su lengua. Sea, como sea, creo que, aunque nací el veintiséis, seguire celebrando el veintisiete como el aniversario cíclico de mi camino hacia el final, me gusta más el siete que el seis y, además, he construido toda mi vida referente en torno a este número.
Esta conversación con mi madre la tengo en su comida de cumpleaños, sus ochenta y siete. La veo mayor y creo que ya apunté hace tiempo que soy consciente de que en su cabeza ya ronda el final y me pregunto, y no me atrevo a preguntárselo a ella, como lo gestiona y lo asume, qué siente y cómo acepta el fin de los días y qué piensa que hay después. 
No sé de que manera mi madre recuerda sus cuatro, cinco o seis años. La mandaron, por eso de la guerra, a casa de unos primos de mi abuela en Barajas, fuera de Madrid. Supongo que por aquel entonces, aquello estaba lejos, y había caminos en medio de los campos que unían ambas poblaciones. Mi madre cuenta que en aquella casa de campo había animales, que era una especie de granja. En la ciudad había hambre, sin embargo, en aquella granja, al menos comían. Cuenta mi madre que en aquella casa, donde también había niños, se comía y se cenaba con una especie de cuchara de madera con la que todos participaban de una cazuela común en medio de la mesa, que contenía el alimento comunal. Dice mi madre que aquello a ella le producía cierta repugnancia y que por esa razón, un día, ni corta ni perezosa, se escapó y emprendió vuelta a la ciudad, creyendo que estaba cerca, sólo unos pasos más allá. La niña, mi madre, anduvo y dice que llegando a una ermita (estaban todas cerradas por eso de los rojos), se sintió cansada, y pensó que se sentaría en la escalera de entrada a aquel templo, sofocaría el dolor de sus pies y seguiría caminando. Estando allí apareció un hombre y le preguntó: pero niña ¿tú qué haces aquí sola?
Dice mi madre que le dijo que iba a casa y que aquel hombre le preguntó que donde estaba su casa y que mi madre le contesto que allá, señalando hacia la ciudad. El hombre le dijo que entonces, de dónde venía, y señaló hacia el pueblo de Barajas. Entonces el hombre le volvió a preguntar que, entonces, dónde estaba su casa. La niña, mi madre, volvió a plantearle el mismo dilema, que viniendo de allí (Barajas), su casa estaba allí (la ciudad). El hombre, le dijo: Oye, hagamos una cosa, me voy a sentar aquí un rato contigo y así tienes tiempo de decidir dónde está tu casa, y entonces, te acompañare a ella. Miro a mi madre y pienso que fue niña y que ese día, en aquellos escalones de piedra, yo no existía. 

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Published by Fausto Lipomedes - en Barajas guerra madre nacimiento
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