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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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17 mayo 2015 7 17 /05 /mayo /2015 21:46
Dentista y..

Llevo mucho tiempo mal. No sé qué me pasa. Sólo siento cansancio, un cansancio crónico y apatía. Casi todos los días trato de tomar aliento y empezar de nuevo, pero bastan un par de horas para volver a estar inmerso en un puzzle de descontrol, sintiéndome como una loca marioneta que, con la boca abierta, trata de llegar a todo. Mi vida profesional es una esquizofrenia . La culpa no es mía, sino del mercado liberal, despiadado y barato en el que ahora nos movemos. Respecto a mi vida personal, casi mejor no hablar. Hasta hace poco sentía que, de este área de mi vida, yo era el protagonista, desde hace también un tiempo, simplemente asisto impasible a una especie de desmoronamiento, sin capacidad de reacción, y es tanta mi turbación, que lo único que deseo es meterme en casa, cerrar la puerta y no pensar en nada, quizás fruto del agotamiento. Supongo que es un círculo vicioso, la pescadilla que se muerde la cola en un nado loco que no deja avanzar.
Así las cosas, y para cerrar el círculo, las muelas. Por si fuera poco, me empiezan a doler. Lo de los dientes es fácil, es sólo cuestión de llamar al dentista y pedir hora. Lo de mi abatimiento es más difícil. Pero me decido, tras comentármelo R. voy a visitar a un sanador. Los mejor de todo es que ambos coinciden el mismo día. A uno voy con reparos (al dentista), al otro con anhelo (sanador).
Al dentista voy con recelos porque me empieza a entrar un “mal rollo”. Ultimamente, R. me ha contado dos historias de dentistas. Una del suyo propio. Un tipo de mi edad que murió de un infarto, de la noche a la mañana. La otra de un tipo, también de mi edad, que fue al dentista, parece que con las defensas bajas, y algo se le complicó, quizás una infección o similar. Resultado, que se murió también, no exactamente en el sillón del dentista, pero todo indica que como consecuencia de sentarse en él. Por culpa de estos dos casos, la misma edad y el nivel de estrés que siento, he de confesar que empecé a pensar que, a lo mejor, mi cuerpo reaccionaría mal ante la anestesia, todo se complicaba y, por fin descansaría en paz, sedado, en ese sillón anatómico, futurista, de mi dentista.
Llegué al dentista a la una, me senté, y una odontóloga treinteañera, una generación que me da miedo por su inconsistencia, me atiende. Todos son sonrisas, todo es guay. Todo es infantilmente feliz, salvo que empieza a tocarme una zona de mi boca que no me molesta nada. Se lo comentó, y entre sonrisas me dice que llevo razón, que había confundido mi ficha con la de la siguiente paciente, Mal empezamos, pienso yo, me encamino a mi fin, paso a paso. Me anestesia y sin dejar pasar ni dos minutos ya agarra el taladro para empezar a limpiar la caries. Obviamente, esa niña treinteañera lleva prisa, es viernes. Protesto, me duele. Le digo que espere a que la anestesia haga efecto. Espera, vuelve a empezar, me duele. Le digo que no se corte, que me ponga otra inyección, y actúa. Espera de nuevo y ya agarra el raspador. Tras unos minutos, la treinteañera me dice que mi muela no tiene solución, que la caries está muy profunda, prácticamente tocando el nervio. Quiero salir de allí, así que le digo que me la saque. Se lamentan, ella y una asistente que ha llegado hasta mi sillón. Yo pienso que tampoco es para tanto. Me dicen que bien, que van a proceder, y que me han de meter más anestesia, esta vez con un pinchazo en el paladar. Me pregunta si tomo alguna medicación. Estoy sano, pienso, que cojones voy a tomar medicación alguna. Aspirina, le digo. Se pone tensa, su mirada se nubla. ¿Aspirina?, me pregunta alarmada, pero que hoy no he tomado ninguna guapa, quise decir que la única medicación que tomo es una aspirina de vez en cuando. No, no, es que la aspirina es un anticoagulante, me dice, y puede producir una hemorragia cuando saquemos la muela, me dice. Aquí está mi complicación mortal, me digo yo. Pero….antes de proceder, me dan a firmar un papel. Lo leo. Hostias, me digo. Prácticamente te relatan en aquel papel todo lo que puede ocurrir durante la extracción. Complicaciones con la anestesia, reacciones varias, temas vasculares, y un sin fin de efectos mortales que creo recordar acababan con un infección pulmonar. Joder, me acojono y ahora, sí que sí, tengo la certeza de que ese será mi último día sobre la Tierra. Pienso durante milésimas de segundo. Aun estoy a tiempo de salvar mi vida, me puedo levantar de allí, tirar del babero que me han colocado con fuerza y largarme protestando por el servicio. Pero por otro lado, pienso que estoy histérico, que debo de calmarme, que en diez minutos todo habrá acabado y saldré al caluroso día con una muela menos.
No siento el pinchazo del paladar. La treinteañera me dice que sólo oiré ruidos, que no me alarme, que también sentiré presión. Joder! cállate ya, pienso. Extrae y calla.
Al fin sale la muela. Me pone un algodón, me advierte que lo deje allí diez minutos. Respiro y estoy atento a las reacciones de mi cuerpo. De momento estoy tranquilo.
Ya me dejan levantarme. Salgo de allá. Me siento frente a otra treinteañera que masca chicle. Me vuelve a advertir. No coma, no fume, no enjuague la boca, no conduzca, no trabaje, este tranquilo. Le doy estas “gasitas”, pongas una cada media hora. Ufff. Le doy las gracias, me voy, miro al cielo, subo a mi coche y vuelvo a mi trabajo intentando no pensar en mi boca, feliz de estar vivo, de momento. Esta tarde, al sanador.

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16 mayo 2015 6 16 /05 /mayo /2015 20:33
Y me gusta, lo que me gusta

Y van, y me piden, que igual que digo lo que me molesta, comente lo que me agrada. Y son tan escasos los hechos agradables, que ignoro, ahora mismo, la longitud de este artículo, que llaman post. Y mira, ya encuentro algo que me agrada, que se denominen a las cosas por lo que son y, por lo tanto, me gustan las personas que así actúan, que dicen las cosas tal como las piensan, francas y directas. Y así como no soporto el calor, sí me agradan los días frescos, y el aire, y mirar mis plantas al atardecer y al horizonte cuando se pone naranja. Y me gusta mirar aviones, sobre todo en las zonas próximas a los aeropuertos. Llegan lentos, cansados después de su veloz travesía. Y me gustan las personas trabajadoras, las que no miran qué hacen los demás, las que se responsabilizan y asumen retos, las que se auto imponen objetivos, en contra de aquellas otras que esperan agazapadas para subirse sobre las corvadas espaldas de los que sí trabajan. Y me gusta la gente que lee, que piensa, que critica, que pone en duda lo que ocurre a su alrededor, lo que dicen que pasa, o a quienes dicen qué pasa y qué va a pasar. Y me gustan los hombres y mujeres que escuchan, los que no usan frases hechas, y lo que pronuncian todas las letras, y lo erguidos en sus sillas. Y me gusta la gente espléndida, las personas cariñosas, pero las verdaderas, no las que no paran de sonreír (sin saber hacerlo), porque en este mundo de pin y pon, dicen, que hay que hacerlo. En definitiva, me gusta las personas magníficas que, después de todo, son los antónimos de los mediocres. Y me gustan las personas que se hacen preguntas, las que no se limitan a vivir únicamente lo que pueden controlar, sobre todo porque prácticamente nada de esta vida es controlable. Y me gusta la gente que no agonía, la que no te chupa tu energía, la que otorga libertad, que no es lo mismo que abandonar a alguien, y me gustan los que a veces se convierten en invisibles y no los exigentes. Y muchas, muchas más cosas, seguramente las mismas que te gustan a ti.

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4 mayo 2015 1 04 /05 /mayo /2015 23:45
Si algo me molesta, es que me molesten


Me molestan muchas cosas, y otras me agradan. Me molestan las moscas en verano, y mucho más las tardías que se empeñan en no morir, allá por el mes de octubre. Me molesta pelar fruta, me molestan los efectos del vino si después he de trabajar, y también los conductores de los fines de semana, con esa forma de circular jodiendo la fluidez y a los demás, como si se desplazaran en un cochecito eléctrico por un carril de un circuito de juguete. Me molesta lo casposo, los roñosos, los tipos y las tipas que no se lavan, con piorrea en la dentadura, los que escupen perdigones al hablar. Me molestan los niños maleducados que te tientan en presencia de sus padres (por llamarles de alguna forma); no les hago ni puto caso. Me molestan las procesiones de la iglesia en los pueblos, con el discapacitado (eufemístico), portando el estandarte de la santa orden, Tras el, los próceres de la localidad, con sus trajes de solapas anchas, al vuelo, para cubrir sus voluminosos buches, sus bigotes rancios y esas caras con profundas arrugas de odio y envidia. Me molestan esas comitivas que suben calle arriba con pesados pasos. Carritos de niños empujados por madres culonas soportando el dolor de sus tacones de aguja, poniendo en peligro sus tobillos cada vez los que hunden entre dos adoquines. Me molesta verles y que se exhiban delante mía. Su falso dolor y recogimiento, aburridos, suspirando. El cura con su sotana roja hasta el suelo, ocultando su cuerpo de sapo gordo y su tez blanca de fina nariz y lentes cristalinos mirando niños, o niñas. Me molesta la alcaldesa tras él, esa rubia gorda a la que esperas ver cagar como a un caballo de desfile. Me molesta todo ese aburrimiento de “domingo por cojones”, tanta tristeza. Me molesta el corrillo de cotillas y un cotillo amanerado que se sienta en la mesa de la terrazita. Ellas, cincuentonas, descaradas, embutidas en pantalones ceñidos, sus muslos pretos enormes, culos planos, grandes, anchos, vientres hinchados de miseria, con el puto cigarrillo constantemente entre los dedos. Caras miserables, embrutecidas, de pelos ralos, con esos cortes que dejan sus cuellos al aire, prestas a ser decapitadas en patíbulos de verdadera justicia. Me molestan sus voces agudas, acostumbradas al chillido. Me molesta él, afeminado perdido, alto, de estrecha espalda y barriguita redonda, con camisetas de saldo, calvo, con gafas, ojo pequeños, siempre mofándose, haciendo chistes estúpidos, mirando, criticando cotilleando, mujer metida en un cuerpo de hombre, pantalones vaqueros apretados, marcando el paquetito, con su botellín, siempre el puto botellín, todos bebiendo a morro, todos familia, viven en un establo, se aparean entre ellos, tan necios, elevando sus agudos para quitarse la palabra unos a otros. Te miran, sólo intentan saber quién eres, qué haces allí, pero son incapaces de preguntártelo. No miran a la cara, cuchichean, como los insectos en el silencio del campo. Me molestan las personas que te desprecían por un puto teléfono móvil que no paran de manipular buscando nada en él. Me molestan las conversaciones sobre lo obvio, sobre lo que ya se sabe, me molesta rellenar el silencio con ruido, esa jodida necesidad de no estar callados. Coño!, parece que me molesta esta mierda de raza humana de la que formo parte, tan necia y mezquina, tan jodidamente condenada a la autodestrucción, incapaz de aprender de las raras bellezas, incapaz de perfeccionarse, de ilusionarse, de ayudarse, apoyarse, solidarizarse. Puta raza imperfecta cargada de mitos y tabúes, de envidias, rencores, sinsentidos, obsesiones. Y cuanto me agrada encontrar personas, y esas medias sonrisas llenas de afectos, y las miradas tiernas y las risas sinceras.

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25 marzo 2015 3 25 /03 /marzo /2015 00:17
Monigotes usados


Me he levantado a las seis y cuarto de la mañana. Aún era de noche. Siempre que he de madrugar tanto me inquieto, así que desde las cinco me he estado despertando puntualmente. Incorporaba mi cabeza sobre la almohada y miraba el reloj digital de grandes números rojos. Tenía que cruzar la ciudad para llegar a una reunión a las nueve de la mañana en un recóndito, triste y anónimo polígono industrial pegado a una autovía. Llovía, atasco. Estoy febril, antes de ayer pillé un resfriado. Estoy medicado. Mis párpados están pesados. Nubes. Los coches llevan los faros encendidos, aunque ya hay luz, recordando que hace nada era de noche. Cruzo la ciudad rodeándola, el viaje es inmenso. Mi smartphone en el salpicadero del coche, la aplicación del mapa abierta. Habla la señorita que está dentro de ella, me dice que he de hacer. La oigo y miro los carteles indicadores de la carretera. Me asombra comprobar como coincide lo que ella dice, con las indicaciones del mundo real.
Soy tan previsor que llego media hora antes de la reunión. Una tipa me recrimina porque aparco en un aparcamiento privado, pero la digo que vengo a una reunión de la empresa de ese aparcamiento privado, se calla. La pregunto qué donde puedo tomar un café, me lo indica. En un hotel de polígono hay una cafetería en sus bajos. Allí me dirijo. Tomo un café. Me aburro, miro mi reloj. Un hombre joven, inmenso, gordo, con un traje gris usado, amoldado a su corpachón, engulle pan con tomate y no sé que más. Salgo de aquel lugar, vuelvo al coche. Hago tiempo. Miro. Hordas de currantes, andan prestos por caminillos de barro paralelos a la autovía. Rápidos, caras largas, blancas, preocupadas. Sin afeitar algunos, pelos recogidos lacios ellas. El nuevo capitalismo. Trabajadores de cuello blanco convertidos en obreros de ordenador. La nueva economía, monigotes usados, vueltos a usar. Luego como en un restaurante pijo, lleno de poderosos, o sólo millonarios, Allí me entero como funciona Google Maps. Lo enciendes, y tú, que crees que vas sólo, vas transmitiendo tu posición y tu velocidad de desplazamiento a un ordenador, a través de un satélite. Así determina la máquina si hay atasco o no. La evolución, el progreso. Estoy cansado.

Acabo el día con un precioso paseo. Hay que inquietar a los virus.

Monigotes usados
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17 marzo 2015 2 17 /03 /marzo /2015 00:20
Mi perra

Mi perra, que a veces me saca de quicio. Mi perra, que ya se ha comido tres macetas, que a veces me hace perder los nervios. Mi perra, final de la jornada. Hoy me he ido pronto, aún hay Sol, inclinado, cayendo ya hacia el horizonte, gordo y naranja. Me he ido con ella, con mi perra, al campo. La veo correr como una loca, persiguiendo pájaros que se burlan de ella volando a ras de suelo. Mi perra, con la lengua fuera, trotando posesa. La miro y pienso en la libertad, las buenas conciencias, lo sincero. Se para de vez en cuando, me busca en el horizonte y, por lejos que esté, veo las dos motitas negras que son sus ojos, y la imagino tranquila, verificándome, verificando su universo, y me hace sentir tan importante. Mi perra, la miro, me mira, incapaz de sostenerme mirada. Ve algo en mis ojos, ve dentro, mi alma y mueve el rabo, a tal ritmo, y pega un brinco y trata de llegar a mi cara, a mi boca, para besarme, lamerme, quererme. Mi perra, sin manos para abrazarme y aun así trata de hacerlo a veces con sus patas. Mi perra, que sólo tiene hocico, con el que huele y una boca, con la que come, juega, besa, bosteza, lame, desea, se expresa. Mi perra, con esos ojos tristes, pacientes, ¿Por qué no hablas? Mi perra, que se toma todo tan en serio. Mi perra, que me conoce, y yo a ella. Mi perra, bendita paciencia, que oye sonidos, que duerme alerta, que me da los buenos días más alegres que jamás nadie ha conseguido. Mi perra, que renueva todas las mañanas esa inocente alegría, ese afán por volver a ser feliz otro día. Mi perra, los perros,

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10 marzo 2015 2 10 /03 /marzo /2015 00:50
Locura vegetal

Paseo con mi perra. Es ese momento corto que separa el día de la noche. Me adentro por el paraje y voy dejando atrás el ruido de la autovía. Hay un camino de arenilla y piedras que, a medida que se adueña la oscuridad del ambiente, va palideciendo hasta ser de un blanco hiriente. El polvo esta frío y apelmazado. Un camino blanco bordeado de frondosidad oscura. Silencio. Mi perra se ha perdido. Oigo en las veredas a la vegetación, moverse. El culo blanco de un conejo se escabulle entre arbustos bajos. Más lejos, en el otro lado del camino intuyo que otro ruido de hojas y ramas, es mi perra. Sigo andando. Me siento observado. La vegetación me rodea. Los árboles aún tienen sus ramas desnudas y, altas, se curvan sobre mi cabeza. Las oigo hablar, las plantas se comunican entre ellas,. Comienzo a imaginar sus capacidades, sus recursos, susurran sobre mi, van susurrando y se advierten unas a otras. De pronto, recuerdo lo que leí: un virus tiene 250 genes; una bacteria, 3000; un hongo tiene 6000; una mosca,12000; los humanos, 25000, y ¿Por qué las plantas tienen 50000 genes?. He de replantearme mi relación con ellas. ¿Y si enloquecen? Esto me ocurre por estar solo. Miro la elevación, su perfil recortándose sobre el cielo moribundo, pienso en dios, si existe. ¿Qué nos quiere decir? Apareces, menos mal.

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8 marzo 2015 7 08 /03 /marzo /2015 20:28
Wateres métricos

¿Sabéis que es lo que acabo haciendo cuando voy a la casa de alguien? Pues sí, siempre acabo yendo al cuarto de baño. Creo que es el mejor lugar para conocer realmente las verdaderas intenciones del personal, su personalidad, sus miserias, lo que trata de ocultar
Últimamente, lo malo, es que siempre que vas de visita, el baño se convierte en una especie de espacio de exposición de un establecimiento de saneamientos y cocinas. Limpiado, desinfectado, abrillantado a fondo, parece que es la pieza menos usada de aquella casa. Toallas impolutas, plegadas simétricamente, bañeras que parecen de porcelana acristalada, la cadenita del tapón del desagüe colgando, formando esa curvatura tan perfecta. Jabones sin estrenar, botes y botellitas, lustradas como las de alcohol de un local nocturno tras la barra, desodorantes, geles, crema de manos, de cara, de pies,. Todo ordenado, como una foto de familia, como una foto de fin de curso, los más bajitos delante, los más altos detrás. Abro los armarios, sin hacer ruido. Lo mismo, todo colocado como con una cinta métrica. Los cepillos en su vaso, formando un ramo, las pastas de dientes, perfectamente apretadas desde la base, las colonias, cacao para los labios, gotitas para los ojos, cepillos, peines, hilo dental, a veces una caja de aspirinas. Ni rastro de seres humanos. Meo, la muevo para que salten unas gotitas fuera de la taza, siento verdadero placer en desvirgar aquella perfecta virginidad íntima. Me lavo las manos. Estreno el jabón, que no limpio bajo el grifo, por lo tanto quedan rastros en él de haberlo frotado con mis manos. Abro fuerte el grifo, así me aseguro de que las gotas rebotan cuando me las aclaro. Las gotas manchan la loza del lavabo, quedan chorreando hacia el desagüe. Agarro la toalla y me encanta arrugarla cuando me seco. Cuarto de baño desvirgado. A veces me entran ganas de ducharme, sería ya la hostia, pero es difícil encontrar una excusa para hacerlo. Salgo, sonrío, me sonríen y pienso, ¿por qué cojones me has invitado a tu casa si nada me quieres mostrar monigote?

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26 febrero 2015 4 26 /02 /febrero /2015 21:30



Todos vivían felices bajo el amparo del Estado., una sombra gorda y fresca en medio del páramo quemado por el Sol. Tan tupida era aquella oscuridad que si salías de ella, acababas quemado antes de llegar a ningún sitio.
A la sombra del estado ocurrían muchas cosas, tantas que era imposible que ninguna de ellas tuviera historia. Por lo tanto, la inmediatez era la única opción para poder sobrevivir.
Como no había historia también el tiempo había desaparecido porque ya no intervenía en nada.
El tiempo ya no envejecía a las personas, las heridas tampoco necesitaban tiempo para cicatrizar, el amor era muy fácil de obtener y no llevaba ningún tiempo conseguirlo, los hombres y las mujeres ya no maduraban con el tiempo, pues las decisiones se tomaban con apoyo de máquinas medidoras de todo tipo de probabilidades, y el resto era entretenimiento.
La inmediatez se había adueñado de la cotidianidad con la misma sonrisa grotesca de un personaje malvado de dibujos animados. A cambio el Estado había exterminado la incertidumbre. Siempre se sabía que iba a pasar. Si no se sabía, nunca pasaba nada fuera de lo común.
Nada asombraba, las grandes ideas se habían agotado. Los que podían trabajar hacían mil cabriolas para intentar convencer a sus superiores de que eran útiles. Pero las metodologías los iban dejando sin responsabilidades puesto que no existían los imprevistos. Acababan engrosando la larga lista de los sostenidos por el Estado.
Eso significaba control, mucho control y una disponibilidad absoluta ante los requerimientos de la gran maquinaría estatal.
Era la época dorada de los ejecutores, de los tecleadores y los "junta-puzzles", de los mezcladores digitales de oportunidades de negocio. Así, y gracias a estos últimos, era posible hacer grandes fortunas en un sólo día previendo conductas de consumo de impulso según factores predictivos de veinticuatro horas.
El arte dormía esperando otros tiempos, protegido por el polvo. Belleza fue una palabra que se dejó de usar. Nada era bello, a lo sumo atractivo, lo suficiente como para desencadenar conductas y reacciones.
Pero una minoría aún se hacía preguntas sobre las que no quería oír respuestas. Esa minoría comenzó a tener miedo y ninguno de aquello que la componía recordaba en qué momento concreto comenzó a camuflarse para pasar desapercibido. La minoría, empujada por las mismas dudas y deseos comenzó a encontrarse y a identificarse en lugares que les atraían. Pensaban y divagaban, dedicaban tiempo a ello, contaban historias verídicas o inventaban otras nuevas, hacían suposiciones, se aventuraban por los senderos tortuosos de la divagación y se reían unos con otros, mirándose a los ojos y no a una pantalla grande o pequeña.
Como fueron siendo muchos aunque procuraban no hacer ruido el Estado comenzó a notar sus movimientos y aquello le puso nervioso, tanto que decidió buscar el modo de acabar con ellos y con todo aquello que les nutría.

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16 enero 2015 5 16 /01 /enero /2015 01:00
La principita

L., esa mujer en un lío, ese lío que atenaza a esa mujer, ese lío con el que vive, del que anda desenredándose. constantemente L., esa mujer atada que siempre muestra un sonrisa entre sus anclajes, candados y mordazas. L., la mujer del corazón grande y las orejas pequeñas que afirma habérselas agujereado con alfileres, por eso ahora oye tan mal, o quizás no quiera oírlo todo. L., con sus ojos tras cristales que transmiten a veces pena, otras tan alegres, otras te penetran, otras te comentan, otras te desnudan, otras te ocultan, otras piensan, mirándose hacia dentro. L. con sus discursos a saltos, como un crío que jugara en una escalera, ahora salto dos, ahora subo, ahora bajo. L., esa mujer, me recomendó el libro. Con ilustraciones, de letras grandes, para niños, con sus lógicas aplastantes, machaconas, cabezonas, preguntonas. Se lo cuento a un judío gordo, muy gordo, medio ciego, que tiene una novia también ciega, padre de dos niños, amigo. Se ríe asombrado, no lo entiende, y él escribe poesía, siempre de amores, de cuerpos y sudores, de anhelos, sensaciones y sinsabores, frustraciones, deseos, insatisfacciones. MI chico, el de mi libro, con su desparpajo me descubre el mundo que ya conozco, me lo da la vuelta, lo renueva, un aire fresco, el origen, y de todo ello me queda la envidia hacia la maravilla de la inocencia virgen y el ansía por saber, pero siempre solo, de planeta en planeta. Gracias.

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30 octubre 2014 4 30 /10 /octubre /2014 00:15

Vaya temporadita que llevas Lipo-, le digo a Lipomedes. 

Bueno, hay cosas buenas-me dice él. ¿Sabes?, ahora llamo a mi madre casi todas las noches y consigo mantener con ella conversaciones casi normales. Ya no me dice “te quiero”, cada vez que se despide. Lo cierto es que antes, cada vez que la llamaba, que solía ser una vez a la semana, tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano. No hablábamos de nada, no había nada que contarse,  y era terrible oirla decir “te quiero” cuando se despedía. Ahora, tampoco pasa mucho más, no hay novedades, pero al ser la llamada diaría, es más normal que nada ocurra.  Además, he conseguido que se despida sin la necesidad de esos te quieros de mitología griega, vale un “hasta mañana”. Digamos que…es todo más normal, más liviano,, más como debe de ser. 

-Como me alegro-le digo. 

Gracias-, me responde. En realidad en parte te lo debo a tí. 

Yo me río. 

En serio, no te rías-me dice Lipomedes. 

¿Sabes? -continúa-, cada vez que he contado la relación con mi madre he construido yo el relato, ya sabes, rellenando los huecos, justificando y razonando los motivos. Yo construyo el problema irresoluble, y yo mismo explico sus razones. Contigo -continúa-, ha sido diferente.  Te lo he contado sí, pero al verte con ella no te ha mediatizado mi relato. Te has limitado a obviarlo y dejarte llevar por tus propios instintos, partiendo de cero. en realidad, creo que te he copiado, borrón y cuanta nueva, partir de cero, reconstruir o acabar de construir, retomar las obras. Gracias. 

Sonrío a Lipomedes y siento una inmensa alegría por él, pero le veo triste, hoy tiene un mal día, un día apesadumbrado. 

Bueno, le digo, pero a pesar de ello, te veo triste, le digo. 

Sí, me responde con la mirada algo perdida. La verdad,  lo estoy. Creo que tengo una anemía de tristeza, una anemía incurable, supongo que excesiva soledad, a veces pienso en esa frase que oía en misa, o en sé dónde cojones: no es bueno que el hombre esté solo. Me da vueltas en la cabeza. Subo en la bici, y ya sabes lo que ocurre en ella, los pensamientos se repiten como martilleos con cada pedalada, sobre todo si es cuesta arriba. Piensas, piensas, la idea, el pensamiento se estanca en el cerebro y con cada palpitación mental se repite la idea, obsesivamente, avanzando hacia ella, no vas a ningún sitio, sino hacia esa idea a la que nunca llegas, no hay destino sino repetir la idea en tu cerebro, machaconamente, en cada vuelta de pedal, tu y tu solo contigo repitiendo ritmicamente el movimiento, oyendo la goma avanzar en el asfalto, entrecerrando los ojos, abriendo la boca, la idea, que vuelve y vuelve, y miras a un punto en el horizonte y bajas la mirada, y ves tus muslos, tus rodillas, tus pies y levantas la vista, y vuelve la idea, y el punto del destino, y entre la fatiga, avanzas con tu idea, soportando el esfuerzo, sin siquiera buscar soluciones, sólo avanzas, sin destino. 

Joder Lipo, le digo. 

¿Qué?, ¿no lo ves? Todo se desmorona. 

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