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5 junio 2017 1 05 /06 /junio /2017 23:40

Esta semana ya sé todo lo que me va a ocurrir. Tengo la semana repleta y me esperan acá y allá. Será, ya ha empezado a serlo, una semana de llegar a todas partes, hacer el paripé y largarme a otro sitio, donde habré de hacer otro paripé y así sucesivamente. Esta semana se mezcla lo profesional con lo personal. Mi hijo se gradúa, y no sé desde cuando han importado, desde las tierras de los salvajes, esos actos multitudinarios con los estudiantes, perfectamente vestidos (todos con trajes), recibiendo una banda, y la familia, emocionada, asiste al acto y luego todos toman un vino español, mientras departen sobre la nada, sobre el futuro brillante de los graduados, lo guapos que están, etcétera. Supongo que esto es la vida. 
Pensaba escribir de fútbol, después de vivir anonadado las magnas celebraciones del Real Madrid tras haber ganado la Champions, pero tampoco me apetece ahora, aunque el tema da para mucho, así que lo haré más adelante. 
Hoy he vuelto presuroso. Los lunes tengo ganas de volver a casa. El recorrido ha sido espectacular, era factible pensar que era una bonita tarde de otoño. He llegado, me he enfundado en mis harapos de solitario y me he ido a revisar la presión de los neumáticos del coche, y volviendo al hogar me he desviado a mi camino. 
La tarde aun conservaba parte del frescor de ayer, y por un momento he querido rememorar el magnífico paseo del domingo. y ha habido un momento de abstracción temporal, lo que me ha permitido ignorar en qué momento me encontraba, pero ha sido irremediable volver al lunes y ser consciente, por tanto, de que sólo me encontraba dentro de un lapsus breve de tranquilidad. Me lo han roto mails que llegan, solicitudes desde Nueva York o desde Barcelona que aterrizan en el bolsillo de mis pantalones. Y de vuelta a casa, corriendo, a abrir el ordenador y solícitamente, responder. Mientras lo hago pongo la tele, me hace compañía, es un run run social de imágenes y ruido, de frases fáciles y ñoñas, una especie de Casa del Reloj, de Televisión Escolar para adultos. Tengo las manos algo sucias después de verificar la presión de los neumáticos, y ello me lleva a lavármelas, y ello me lleva a volver a ver la gotera que ya tengo detectada hace semanas en el cuarto de baño de abajo y que viene del cuarto de baño de arriba, ambos míos, por los que no tendré problemas con el vecino de arriba cuando, de una vez por todas, tenga tiempo para llamar al seguro solicitando que vengan a arreglarlo. 
Vuelvo al ordenador y dispongo de múltiples canales de comunicación con multitud de personas.  Las ordeno, clasifico, empaqueto, doy botones sobre la pantalla y se producen procesos, suenan campanillas, avisos. Todos los indicadores están en verde, respiro. Me levanto, salgo a ver el Sol poniéndose, un gato negro cruza raudo la azotea, vuelvo al frigorífico, extraigo una loncha de pavo y la troceo para darle de cenar. Cuando vuelvo ya son dos, maúllan, no se atreven a acercarse, malditos felinos, tan desconfiados. Me meto dentro, cena, resoplo, lavo los platos, cepillo mis dientes, vuelta al sillón, vuelvo a resoplar, ahora. 

 

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Published by Fausto Lipomedes - en resoplo rutina estrés paseo
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4 junio 2017 7 04 /06 /junio /2017 23:45

Existe la asociación popular de los anticiclones a lo bueno y las borrascas a lo malo. Pero bueno, ya veremos dentro de unos años, y no dentro de muchos, cuando la sequía haya desertizado aún más terreno, cuando el agua sea un bien escaso y todos pasemos sed, si esta necedad popular no gira ciento ochenta grados, y entonces los bobos que asocian el anticiclón a lo positivo, se convertirán en expertos defensores de las borrascas. 
Pero bueno, hoy por hoy, estas cobayas de estímulos, estos consumidores compulsivos de símbolos y marcas, se esconden como las ratas cuando caen cuatro gotas. Se encierran en sus cuevas, en sus agujeros o en sus pocilgas, a mirar, desde pequeñas aberturas, de reojo, el cielo, y no dejan asomar sus hocicos fuera de sus madrigueras hasta que el Sol no reina sobre todo. 
Por eso, y aprovechando esta circunstancia, cuando deja de llover, después de una tormenta, sobre todo después de las del verano, aprovecho para salir a dar un paseo, básicamente porque no hay nadie a la vista. 
Es una sensación extraordinaria la de pasear en soledad, sorteando charcos y rodeado de la naturaleza cargada de aromas frescos. Y eso es lo que he hecho hoy. Estaba trabajando y ha comenzado a llover de manera rabiosa y cuando ha cesado, prácticamente  estaba oscureciendo, ha podido más la necesidad de esas sensaciones en mí que la pereza que he tenido que vencer para salir de casa. 
El campo estaba exultante y agradecido por el riego, todo en el erecto y erguido y en el cielo podías perderte buscando figuras y formas, pues la abundancia de nubes redondeadas, y otras desgarradas, dejaban volar la imaginación y todo ello respirando decenas de aromas ¿qué más se puede pedir?
Y lamento que este buen tiempo sea tan corto, pues mañana volverá el Sol del anticiclón y todos los lugares volverán a llenarse de seres de ropas chillonas. Y como una cosa lleva a otra, he recordado la niñez y me resulta paradójico cómo, cuando eres pequeño, tu falta de conocimiento, sobre todo del concepto  de lo cíclico, alarga infinitamente los fenómenos atmosféricos y una chaparrón o una tormenta se convertían en una tarde de lluvia eterna. Y lamento haber obtenido conocimiento de los ciclos, de como los frentes tormentosos son arrastrados por el viento y los nubarrones descargan y pasan presurosos, y de cómo después del frente, el tiempo apacigua y girando sobre sí mismas las altas presiones, lentas, perezosas, se asientan sobre la cabeza, hasta que otras bajas, normalmente más nerviosas, empujan, y así sucesivamente, de manera eterna. 
Y todo esto pienso, y en lo rápido que ha marchado este invierno y en que no me he dado cuenta de él, de hecho, le echo menos, y en que siempre, durante el verano, deseo que llegue el otoño e ignoro la razón de porque me cuesta tanto el estío y sus días, que igual que cuando era un niño, siguen siendo interminables. 

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