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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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17 julio 2013 3 17 /07 /julio /2013 22:47

La siguiente semana estoy de viaje, y cuando regreso a casa en el coche no puedo dejar de sentir ganas de ver a mis nuevos inquilinos. Espero verles más crecidos, y puede que hasta jueguen conmigo. Creo que sería feliz con ello. Entro en casa y me asomo por una de las ventanas del salón que dan al norte. En el suelo, oculta entre hierbajos veo a la gata o al gato negro de ojos amarillos descansar, o simplemente está al acecho de cualquier gorrión. Me imagino lo duro que debe de ser sacar adelante a tres crías indefensas. Hace calor. El gato o la gata negra parece extenuado. Lo veo delgado. Al atardecer decido bajar hasta el terreno y asomarme a la gatera. Allí no hay nadie. Supongo que la madre los ha sacado agarrándolos del cuello, uno a uno, y los ha escondido en alguna parte. Me vuelvo a sentir solo. 

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16 julio 2013 2 16 /07 /julio /2013 22:00

Ha pasado una semana y estoy cortando la hierba en la terraza más baja de mi parcela escalonada. Son aproximadamente cien metros cuadrados de campo vallado en el que he planeado plantar alguna vez algo, pero nunca encuentro el tiempo, las ganas o la mujer con ganas suficientes como para afrontar esa empresa. Aún así no pierdo la esperanza, y trato de mantener el terreno lo más limpio posible.

En el terreno hay amontonada paja que corté el verano pasado. Ya se ha apelmazado y su volumen ha ido menguando.  Estoy sudando y me limito a hundir el azadón en la tierra dura. De pronto oigo el llanto de un niño, me alarmó. Suelto el azadón y oigo con atención. El llanto proviene de uno de los montones de paja. Me acerco y veo que en uno de los laterales alguien ha hecho un agujero. Allí dentro hay una gatera.  Tres gatitos con apenas días andan titubeante en aquella cueva improvisada y placentera. Les trato de atraer pero se muestran desconfiados. Quizás sea el primer ser vivo que observan en su vida. Los gatitos parecen sollozar y pienso que la madre debe de estar cerca observando la escena.  Decido no molestar más. De pronto siento que hay alguien en casa y una especie de felicidad me invade.

Sigo con mis tareas en el terreno y por el rabillo del ojo veo la mancha negra de un gato o gata saltar ágilmente dentro de la gatera.  Me acerco sigilosamente y me asomo. Veo los ojos amarillos intensos, los mismos de aquel gato o gata que acompañaba a mi vecino y entiendo lo que me estaba queriendo decir. Los ojos me miran desafiantes desde la oscuridad de la cueva. Me observa  y no sé si me agradece el improvisado hogar, o bien me advierte que ni siquiera me acerque a sus crías. 

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20 junio 2013 4 20 /06 /junio /2013 23:56

Es fin de semana, estoy solo como de costumbre y recorro la casa imaginando que voy a encontrar a alguien en alguna habitación. Llegó a la del extremo sur y sin darle la menor importancia miro por la ventana. Entre las plantas trepadoras de la valla de la casa de mis vecinos veo una mancha rosa, voy a por mis gafas y miro. Un bulto rosa se mueve despacio. Es la chepa de mi vecina- Torpemente avanza con pasos pequeños, pero aún está viva. Sonrío y siento alegría. Sólo puedo ver su espalda tremendamente encorvada. Parece ir vestida con una bata de color rosa pálido y parece estar revisando cosas que hay en su porche. Quizás esté mimando sus plantas, quizás se esté despidiendo de ellas. Supongo que igual que presentimos la primavera somos capaces de vislumbrar el final de nuestro tiempo y sentimos la necesidad de decir adiós.  Pienso inmediatamente en él, y en esa espera, y en su sufrimiento viendo como ella trata de no dar importancia a su situación y no hacer caso a la muerte. Le imagino cómo piensa que ese porche, dentro de poco estará solo, y que por más que mire no la encontrara en ningún rincón.  Siento lástima.

Al día siguiente mi vecino llama a mi puerta. Le acompaña un gato o gata negro como el betún y con unos ojos amarillos intensos que nunca cierra. Me mira descarado (el gato), mientras habla mi vecino que me saluda con una sonrisa. Lleva el mismo atuendo que hace meses y pienso en su austeridad y al mismo tiempo en su envidiable capacidad de sólo disponer de aquello que necesita y nada más. Me pregunta algo sobre una gata que ha parido. Es difícil entenderle, habla con vergüenza, casi sin querer que salgan las palabras de su boca. Habla arrastrando las sílabas, con un cierto deje del sur y realmente me cuesta entenderle. No sé de qué gata me habla. Hay un montón de gatos y gatas por la zona. Una de ellas, que luego me enteré de que es gato, viene por casa de vez en cuando, ha dormido conmigo y la he dado de comer a veces, pero no se refiere a ella.  Últimamente aparecía con otro gato negro más menudo y que también participó en ciertos cuencos de leche y algún que otro bocado. Pero hace tiempo que no sé nada de ellos dos.  Mi vecino me habla de otro gato o gata al que daba de comer su mujer, lo que provocó que el gato o gata se quedara a vivir con ellos. Que lio de gatos ¿no? En realidad no me enteré sobre lo que me preguntaba el viejo. Sé que iba de un gato o gata perdido o perdida y de gatitos nacidos, pero realmente no sabía qué decirle. El gato o la gata negro de ojos amarillos no paraba de mirarme fijamente mientras se enroscaba entre los pantalones marrones de mi vecino, y casi estoy seguro de que aquel animal me decía con la mirada “no le digas nada”.  Mi vecino vuelve a sonreír, no sé si consciente o no de que no ha sido capaz de hacerse entender. Me siento obligado a preguntarle por su mujer y dice no con su cabeza. Me vuelve a decir que no hay remedio y que no cabe esperar recuperación alguna. Siento como si ya lo tuviera asumido y vuelvo a pensar lo duro que debe de ser convivir con alguien a quien quieres y ser observador de su final. Me despido de él. El gato negro me mira por última vez y se marcha tras los pasos del viejo. Les veo alejarse y pienso en ella y en aquel animal y en su mirada desafiante.  

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20 junio 2013 4 20 /06 /junio /2013 00:52

Mi vecino me hace pensar. Le imagino y no puedo dejar de pensar en el interior de esa casa. Así es la vida, una sucesión de exquisitos y maravillosos momentos que desencadenan dolor, simplemente porque tienen un final. Cuando los rememoramos, se nos antojan desgarradores pues nos parece imposible y lejano poder haber sido tan felices y ahora estar abocados a la desesperanza y al final.    

Sigo mi vida, pasan las semanas y los meses. Miro al horizonte, observo los cambios del color del cielo, una tarde percibo que los días, poco a poco, van alargándose. El anochecer cada vez es más rebelde y los tonos anaranjados, a veces enrojecidos, logran sostenerse en la lejanía, sobre los campos, conviviendo con las luces eléctricas bajo ellos.   

Poco a poco ha llegado la luz,  los días se prolongan y la naturaleza, con modestia y sin llamar la atención, resucita. De pronto pienso en mis vecinos. Me doy cuenta de que llevo meses sin saber nada de ellos. Soy consciente de que llevo meses sin haber percibido movimiento, sin oír el portón de la entrada, sin ver sus lentas figuras arqueadas vagar por el porche. Pienso que ella ha muerto. Allí no hay nadie. Ella murió y él desesperado no ha podido seguir viviendo en aquella casa llena de sus recuerdos. 

Sin duda eso es lo que ha ocurrido porque una tarde que vuelvo del trabajo veo el gran cartel pegado sobre el portón “Se Vende”. Él no ha soportado aquello. Aquel hombre pone en venta su vida y sus recuerdos. Le imagino cansado, agotado. Me le imagino perdido, acobardado, tratando de organizar los últimos años de su vida de la manera más digna posible, pero serán años extraños. Sufrirá hasta no encontrar sentido a ser viejo y haberse quedado solo. Querrá morir y luchará entre la ilógica pasión por la vida y las ganas de dejar de recordar y añorar. 

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18 junio 2013 2 18 /06 /junio /2013 23:38

Ante mí aparece un hombre en su séptima década, la vida es tan corta. Es un hombre completamente anónimo, prácticamente sin ningún rasgo al cual agarrar un recuerdo.  Me sonríe y veo a un buen hombre, amarillento, su pelo, su tez, sus ojos tras aquellos vidrios. Pantalón marrón usado, muy subido, agarrados a su cintura por un cinturón estrecho, atrapando también una camisa, también amarillenta. Me presento y le explico el error del cartero. Mira el sobre. “Ah sí, debe de ser del hospital”, dice cansado. Yo le sigo observando y el sigue hablando, casi sintiéndose obligado a ello. “Mi mujer está enferma”, dice. ¡Vaya!, digo yo con esa entonación de fatalidad. ¿Algo grave?, le pregunto. Él hace un gesto que define un proceso irreversible. Estoico me dice que sí, que no tiene cura, que sólo le queda morir cuando la naturaleza ordene. Extraña y absurda sabiduría aquella que es capaz de predecir la muerte. No sé qué contestar, y de nuevo sólo acierto a decir otro ¡vaya!, esta vez aún con un mayor desconsuelo.  En esos momentos sólo pienso en regar mis plantas al atardecer, en el refugio de ese acto íntimo entre ellas y yo, en observarlas cómo han crecido imperceptiblemente, todo vida, tan lejos del dolor y del sufrimiento. Le deseo que todo vaya bien. Él vuelve a sonreír lleno de agradecimiento, le doy un ligero toque en el hombro y aprieto ligeramente los dedos cuando siento sus huesos. Me encamino hacia casa y oigo el portón verde cerrarse tras de mí, e imagino al hombre entrando en su casa yendo hasta la estancia en la que descansa su mujer y mirarla y romperse su corazón de tristeza viendo y observando su fin y también el de él mismo sin comprender, sin encontrar la razón de aquella conclusión sin solución posible. 

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18 junio 2013 2 18 /06 /junio /2013 00:08

Las estaciones del año pasan una detrás de otra. Es un consuelo en estos tiempos de caos y de desórdenes ver cómo se van sucediendo conservando sin alteración los mismos síntomas en cada metamorfosis, sin el menor atisbo de fisura en el orden que rige cada sucesión.  Sabias estaciones, usadas como metáfora para todo lo que ocurre sobre la Tierra: el nacimiento y desarrollo,  la madurez, la etapa del envejecimiento y por fin la muerte, tan temida, tan odiada otras veces, tan ansiada en nuestros momentos de desesperación, el gran enigma, la nueva estación que no sabemos cómo es. Somos incapaces de vivir sin ciclos. Por ello,  somos incapaces de ser felices sin el miedo a estar seguros de que en algún momento dejaremos de serlo. Sólo los niños, con su tremenda ingenuidad y los animales, por su irracionalidad, son capaces de vivir en una felicidad continua, permanente y regular. 

Una vez que nos convertimos en adultos, aprendemos los ciclos, al igual que los aprendieron nuestros más remotos antepasados y sobre los que basaron el orden que rige el mundo, adquirimos conciencia de nuestro fin, y consecuentemente de todas las cosas que vivimos y viven a nuestro alrededor. 

Mi casa está apartada aunque pertenece a una comunidad, pero mis únicos vecinos son mis vecinos que habitan a mi izquierda. Y son ellos los únicos porque son los únicos a los que veo con cierta regularidad. Nos separa un trozo de ladera inclinada llena de pedruscos y en la que nacen árboles raquíticos, hierbajos  y arbustos endurecidos por el viento. Son mayores, son un matrimonio con muchos años y desde mi casa a veces los veo, encorvados y lentos, silenciosos. Parecen cuidar el uno del otro, deduzco que los une el simple hecho de haber vivido prácticamente todos sus ciclos juntos.   

Un día encontré en mi buzón una carta dirigida a mi vecino. Ocurrió después de estar viviendo aquí durante años. Sentí cierta vergüenza, pues en todo ese tiempo jamás me había presentado ante ellos, pero me acerqué hasta el portón de su casa y apreté el timbre. Una cerámica pegada al lado de él rezaba “Cuidado con el perro”. Sabía que allí no había ningún perro, supuse que lo había habido y traté de adivinar su nombre o cómo lo llamarían mis vecinos. Imaginé el amor que sentirían por él y el dolor que sentirían cuando muriera, también pensé que aquella cerámica había sobrevivido al propio animal por la cual había sido adquirida, y también que aquella cerámica era la antecesora de las chapas que ahora ponen en las viviendas anunciando video vigilancia y alarmas. Antes la seguridad la proporcionaban seres vivos, ahora tecnología, cámaras y comunicaciones, pobres perros, y ninguno ha protestado. Oigo la puerta de la casa de mi vecino y sus pasos acercándose hasta el portón. Un mecanismo tosco hace vibrar el metal con varias capas de pintura verde y un crujido lastimero acompaña a su apertura.  

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11 junio 2013 2 11 /06 /junio /2013 23:46

Mi querido abuelo, ya conoces la casa, es tan grande, tan excesivamente grande para mi solo. ¿Sabes? Tengo la sensación de que si salgo de una de las cuatro estancias que suelo habitar cuando estoy allí (cocina, cuarto de baño, dormitorio y salón), acabaré perdido en alguno de los múltiples espacios, lugares y recovecos que tiene y que llevo semanas sin visitar. A veces pienso que si eso ocurriera, acabaría desaparecido. La casa me escondería de aquellos que me fueran a buscar. Pero ¿quién me iría a buscar?, ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que alguien me echara de menos? Creo que el suficiente como para acabar extraviado de manera definitiva, igual que esos objetos que a veces necesitamos pero que no logramos recordar donde pusimos. Después de todo abuelo, ya sabes mi tendencia de buscar lugares apartados, de difícil y tortuoso acceso. Después de todo, sólo busco protección, he construido durante años una especie de hermetismo vital en torno a mí cuyos frutos estoy recogiendo ahora.

Lo más seguro es que algunas semanas después, alguien, que no acierto a saber quien sería, se acercaría a la casa para echar un vistazo rápido. Recorrería todas las habitaciones, bajaría y subiría escaleras, abriría y cerraría puertas, descendería al sótano, encendería luces, las apagaría, buscaría algún vestigio, pero no daría conmigo. Entonces concluiría que no estoy allí a pesar de que mi automóvil estuviera aparcado frente a la casa.

Abuelo, cuando estoy allí, agazapado bajo una manta en el sillón del salón o mientras me ducho en la planta alta, o mientras me hago una tortilla a la francesa en la cocina, pienso que puede que haya más gente habitando la casa en otras estancias, vidas paralelas que no soy capaz de percibir. No dejo que estos pensamientos tomen forma en mi cerebro, pues lo más seguro es que acabara aterrorizado con el menor ruido que no estuviera produciendo yo, al más leve crujido que oyera, muy comunes, por otra parte,  en este tipo de casas.

Por las noches, mientras leo en la cama, oigo andar sobre el tejado, y lo atribuyo a los nidos que los pájaros hacen bajo las tejas. Otras veces oigo chasquidos que me digo son de la madera seca. También se quejan las vigas, que suenan igual que el crujido de los huesos de los dedos al estirarlos. Estos últimos ruidos coinciden con los cambios de estación y los atribuyo a fatiga de la estructura por los cambios de temperatura. En esos momentos pienso que mi casa, que descansa sobre la ladera de un risco, va a desmoronarse pendiente abajo y calculo mis posibilidades de sobrevivir. También alejo esos pensamientos de mi cabeza hasta que se produce el siguiente crujido. Algunas otras veces he oído ese ruido apagado, lejano, que produce un objeto pesado al golpear una pared, el canto de una mesa, el respaldo de un sillón. Se trata de un sonido muy común en los pisos. El sonido llega apagado, casi un eco sordo que hace imposible determinar si proviene de arriba, de abajo o de la pared izquierda o derecha. No se trata de un ruido alarmante, y no me alarmo hasta que no razono que mi casa es una vivienda aislada. En esos momentos me quedo paralizado e imagino que hay gente rondando mi casa y agudizo mi oído para oír los pasos o los intentos para entrar dentro de ella. Entonces, desde la cama miro el ventanal de la pared frente a mí y que da a una terraza que recorre todo el frontal del piso alto sobre la ladera del risco. Siempre espero ver a alguien asomándose bajo la persiana que tengo casi bajada. Pero no oigo ni veo nada abuelo. Incluso miro con el rabillo del ojo, que es cómo mejor se perciben los movimientos, para detectar moscas o algún grillo que se cuela en el verano en la casa, pero nada. Sigo solo.

 

 

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9 junio 2013 7 09 /06 /junio /2013 22:52

Bajo a comprar bolsas de basura. Ya estamos a mediados de junio, y a pesar de que la primavera está siendo fresca, lluviosa y esta envuelta en  aire, hay un pequeño espacio de bienestar esta tarde. La calle está repleta de gente. Como siempre en mi barrio, son personas jóvenes, guapas. También hay inmigrantes tirando de niños, mendigos y desahuciados sociales. Compro mis bolsas, abuelo. Arriba, en casa, he dejado el ordenador abierto. He estado trabajando toda la tarde abuelo, con desgana. Me había quedado solo en el despacho, corrigiendo textos, y he decidido irme y seguir trabajando en casa. He cerrado las ventanas al irme. He puesto la alarma abuelo. He subido las calles hacia casa sintiendo mi cuerpo cansado. Tengo que hacer taichi abuelo, he de agilizar mi estructura. Llevo mi billete de tren para mañana.

Ya he comprado mis bolsas de basura. Son marca ACME, aromatizadas, de cierre automático, anti goteo. Que cosas hacen abuelo. ¿Te acuerdas del pescado de la abuela envuelto en periódicos? ¿Y qué me dices de los cucuruchos de almejas o de los cangrejos intentando salir de la olla cuando los cocía? A mi me daban pánico abuelo.

Llevo mi paquete de bolsas en la mano y me subo a casa, a seguir trabajando abuelo. Pero vivo en un barrio que describen como trending, te lo explico abuelo, quiere decir que concentra tendencias. Para mi son las tendencias hacia lo liviano. Abuelo, de pronto siento que no aprovecho ese flujo de ideas y tendencias que se supone circulan por el barrio. De pronto me supongo feliz, me supongo libre y que vivo donde vivo porque así lo he querido. Abuelo es la tarde de un pensador libre, de un teórico feliz por poder pensar, de un observador que disfruta observando y analizando. Abuelo, me voy callé abajo, doblo la esquina y encuentro un local donde parece haber gente animada, conversando. Abuelo, es gente que no debe de pensar tanto como yo sobre qué es la vida, sobre cual es su sentido. Entro, el camarero, que es gay abuelo, me mira. No sé el motivo. O bien le gustan los hombres maduros o bien se pregunta sobre qué hace un tipo como yo, hoy, en ese momento, solo, en ese local. 

Abuelo, el camarero me mira dos o tres veces más. Debe de tener unos treinta años, y te confirmo que son miradas de complicidad. Abuelo, soy heterosexual, aunque no pude remediar dejarme llevar por la curiosidad en una ocasión. Creo que fue decepcionante. Abuelo, yo creo que todos tenemos esa curiosidad, ahí, latente, no sé si me entiendes. Sí, veo tu magnífica sonrisa y tu tierna mirada aceptándome tal como soy. Abuelo, me atiende una camarera rumana con una camiseta negra, tetas pequeñas, cara redonda sin cuidar, cuerpo esbelto que sólo veo hasta su cintura, imposible ver sus piernas ni su culo. Me desvío abuelo, a ti estos temas no te interesan. Buenas tardes caballero, me dice. Mira que me molesta que me llamen caballero. Es una de las palabras más vacías de significado que conozco. Me irrita que me llamen caballero, no se sí se refieren a mi porte noble o a mi escaso pelo canoso. Pido un vino abuelo. La rumana abre una botella para mi. Sigue observándome el camarero, lo hace de reojo. Por fin sale el corcho. Me sirve el vino y añade una especie de pincho compuesto por un chorizo frito y un pimiento enano, empalados con un palillo a una rebanadita de pan. Abuelo, el vino está asqueroso. Entra en mi cuerpo, y mi organismo parece preguntarme sobre las razones que me llevan a machacarle con aquel tipo de alimentos. Abuelo. Ya he tomado el primer sorbo y saco mi teléfono. ¿Y ahora a quien llamo? ¿En qué invierto mi tiempo muerto como cliente de aquella barra? Abuelo, me he quedado sin amigos, abuelo. Ya sabes lo que pasa, están lejos o cansados. Por otra parte, es viernes por la tarde, y quizás debiera estar con una mujer, pero  mis relaciones con las mujeres son siempre problemáticas. Siempre estoy echando de menos, y mando un mensaje que no obtendrá respuesta hasta horas después. ¡Ey abuelo!, puedo mandar un mensaje de trabajo. He de advertir sobre cambios en ciertos temas para la semana que viene. Abuelo, apenas distingo ya sin gafas las cosas pequeñas, así que debo de parecer aún más viejo al teclear tan cerca de mi cara las letras de mi teléfono. Por fin un motivo para rellenar mi tiempo en aquel local. Enviado abuelo, el deber hecho. ¿Sabes? A veces pienso que lo único que hago medianamente bien es trabajar. Abuelo, ahora repasó, y se a quien debo llamar, a tu hija. Pero reconozco que me da tanta pereza. En cierto sentido me da vergüenza. Llevo una vida tan desordenada, tan poco sujeta a los cánones del orden. Abuelo, desde que te fuiste se acabó mi familia y sólo mantengo unos vínculos, tan finos como hilos quebradizos. Luego la llamaré, sé que he de hacerlo, y no te preocupes, que lo que he de hacer, siempre lo hago, me considero responsable, y tan irresponsable en otras cosas. Abuelo, habita en mi un reverso y un anverso, la luz y la oscuridad, supongo que como en todo el mundo ¿pero sabes?, en mi caso dejo emerger a la zona oscura casi hasta la superficie. ¿Es eso libertad abuelo? Acabo mi vino pensando en ti, en que ojalá estuvieras esperándome en casa y pudiéramos charlar un buen rato sobre nada. Te contaría mi último viaje a París, lo maravilloso que fue, lo bien que lo pasé sintiéndome un extranjero sin identidad alguna, sin vínculos con aquellas gentes. Abuelo, monté en bici por las calles parisinas, como un niño que se escapa de casa en su montura metálica. por fin alguien que sentía también lo mismo y estuvimos todo un día cambiando de monturas para recorrer la ciudad. 

Acabo mi vino, pago. No tengo nada que recoger, excepto mis bolsas de basura. Abuelo, me vuelvo a casa, dejo la calle. Sé qué no estarás, sólo mi ordenador aún abierto. Colgaré la ropa de la lavadora, lo hago dentro de casa. Trabajaré aún un rato más. Quizás me llegue algún Mail de trabajo abuelo, lo contestaré. Abuelo, me marcho. Ha sido tan placentero charlar contigo, aunque solo escuches y nada digas. Adiós abuelo, te echo de menos.  

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29 mayo 2013 3 29 /05 /mayo /2013 17:12

De mi abuelo también recuerdo que me llamaba Joe. Ignoro la razón o ya no me acuerdo. Quizás se debiera a las pelis que nos veíamos los sábados por la tarde, casi todas del oeste americano,  porque eran las que daban por uno de los dos canales que había en la televisión por aquel entonces. Indios, vaqueros, fuertes, el quinto de caballería, pistoleros, shérifs, bandidos, diligencias, más indios, secuaces, jinetes, Winchesters, rifles, revólveres Colt, sogas, manadas, caballos, estampidas, caravanas, colonos, pioneros, atracadores, Billy el Niño, exploradores y rastreadores, jueces, horcas, cárceles, linchamientos, corrales, graneros, ranchos, lazos, alforjas, pepitas de oro, cobardes, valientes...buenos y malos. Sí, quizás fuera un mundo de buenos y malos, o quizás los buenos éramos más numerosos y más ignorantes y, consecuentemente, a lo mejor más felices al no saber lo malos que eran los malos.

Era un mundo de blanco o negro, sin grises, y los heroes no tenían dilemas ni problemas psicológicos que les hicieran plantearse su origen y su misión.  Mi abuelo era blanco, como la leche. O así lo recuerdo yo como el niño que entonces era, pero me cuesta pensar en él con un mal pensamiento.  Mi abuelo se sentaba en el sillón, sus zapatillas de estar en casa de cuadros escoceses grises, grandes píes, su albornoz también gris, y también de cuadros, estos más grandes. Yo en la alfombra, agarrándome, a veces enroscándome con mis brazos a su pierna izquierda huesuda. El me explicaba y a veces me pronosticaba hechos. Yo me quedaba asombrado de sus capacidades adivinatorias.  Yo le miraba, siempre desde abjo, y me tranquilizaba su sabiduría, sobre todo cuando decía: "no te preocupes, ya verás como ganan los buenos", y con ese consuelo lograba serenarme durante los trances más opacos por los que atravesaban los protagonistas a lo largo de la película.

De mi abuelo también recuerdo esa capacidad que tenía de traer algo en sus bolsillos cada vez que llegaba de la calle. Daba igual lo que fuera, era mágico y ahora entrañable aquella capacidad de acrodarse incondicionalmente de mí. Un caramelo, un cow boy de plástico pequeñito, un llavero, un canica, a veces chapas, un pequeño cuaderno, un lapicero, una goma de borrar, un sacapuntas, un cromo..daba igual. Recuerdo siempre aquel momento de sentime el primero o lo primero cuando entraba en casa, sin hacer caso a nadie más que allí estuviera. Yo era su objetivo y debía de disfrutar viendo mi cara y yo recuerdo su sonrisa en la suya, tan sincera, tan llena de amor, de satisfacción. 

De mi abuelo recuerdo y aún siento su amor incondicional, ese amor redical, instintivo sin asomo de brechas ni fisuras, y le echo ahora tanto de menos.



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22 mayo 2013 3 22 /05 /mayo /2013 23:42

De mi abuelo se han dicho muchas cosas, estoy seguro de ello, pero yo jamás he escuchado ninguna. Ese es el gran defecto de mi familia: no hablar. Es como un mundo de secretos inconfesables o quizás pura rutina vacía de cualquier tipo de hecho relevante. O a lo mejor sea todo lo contrario y tenga o tengamos la sabiduría de no convertir en relevante lo que no lo es, y no disfracemos de maravilloso lo penoso.

De mi abuelo hoy me han dicho que lo invoco, y me fió de quien así me ha dicho. Y he pensado y contestado que ojalá atendiera a mis invocaciones, y aunque etéreo, que le invitaría a entrar hasta la cocina. De mi abuelo sé que montó en globo siendo muy joven con cierto rey, que gastó una fortuna dando la vuelta al mundo con una hermana, en aviones plateados a hélice, que usaba taxis cuando apenas había coches, y no puedo imaginar a mi abuelo así, pues yo le recuerdo ya maduro y después viejo. Pero sí había en su prestancia ese silencio de quien ha visto algunas cosas. Le recuerdo hablando con personas, sujetando siempre mi mano y otras medio escondiéndome de su interlocutor suavemente. Yo conocía sus códigos y cuando esto último ocurría, ya sabía que su interlocutor no disfrutaba de todas sus simpatías.

De mi abuelo, sus cigarros, sus dedos largos de uñas cuidadas y su nariz aguileña, pero creo que eso ya lo he dicho. De mi abuelo una frase siendo yo pequeño y contando mis pesetas: si buscas dinero, olvídate del dinero. Aún aplico su máxima y la aplico a todo, así que esperó encontrarte, pero sin olvidarte. De mi abuelo mi primer reloj (marca TIMEX) y su explicación sobre el tiempo.

Abuelo, ¿Cuánto dura una hora? Y su sonrisa al responder, y su respuesta: depende hijo de lo que te ocurra dentro de ella. Hay horas que duran mucho y otras que parecen extremadamente cortas, no te fíes mucho de ese reloj, pero déjame que te cuente como funciona...El reloj de mi abuelo me dio la capacidad de poder predecir ciertos hechos, de adelantarme a ellos. Lo miraba por las noches, sus manillas encendidas, su tic-tac, y aprendí que también la noche tiene tiempo.

De mi abuelo sus trámites administrativos, sus bancos, sus pisadas, el olor a churros y tostadas, nuestros viajes en Metro. De mi abuelo me fiaba, sabía que no me iba a pasar nada. Nuestros paseos por los andenes de la Estación de Atocha y sus leves apretones de mi mano, siempre dentro de la suya, para indicarme la tristeza de una despedida o la alegría de una bienvenida. Dejar el bullicio de los vagones de viajeros y avanzar por el anden hasta la solitaria locomotora, las bielas, los conductos del vapor, las ruedas de acero, los raíles, las zapatas de los frenos. De mi abuelo los paseos por El Prado, las líneas de fuga, la perspectiva, la escuela italiana, Goya, Las Meninas. ¿Cómo no voy a invocar a mi abuelo?

Mi abuelo era misterio, un continuo nuevo capítulo de un libro apasionante que parecía eterno. Echo tanto en falta el misterio, y cuando lo encuentro, ha sido tan fugaz. Tan pocos momentos de asirte la mano, tantas ansias de sentirte comprendido, querido y amado, protegido. En definitiva, ser importante para otro ser humano.

Hoy volvía a casa. La calle llena de colores, la tibieza de los primeros dias de primavera ha traído a hombres y mujeres jóvenes, guapos, cuidados, atractivos. Gente en movimiento, gente vital, bulliciosa, ostentosa, gente de boca abierta, llamativa, observadores de quienes les observa, juegos matemáticos de probabilidades, apuestas, el casino de la vida. He echado de mis mis treinta y tantos, y también mis cuarenta. Pero ya es tarde, he subido a casa, con mis ropas aún oscuras y de nuevo, he invocado a mi abuelo.

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