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  • : Las Razones del Diablo
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  • : Cosas que nos pasan todos los días. Cosas que creemos no son historia, pero lo son.
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18 mayo 2012 5 18 /05 /mayo /2012 11:24

IMG-20120515-00069.jpgQuizás sean los sueños el lugar en el que somos nosotros mismos. El único espacio en el que nos atrevemos a no darnos miedo y a desenvolvernos tal y como nos gustaría hacerlo en la realidad. Por lo tanto, y volviendo al eterno mito, ¿Cuál de los dos sitios es más cierto? A veces ves estampas y se disparan los sueños, y el mio es un mundo más tranquilo y sosegado, con menos ruido y menos información, un mundo simplemente sencillo. 

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9 mayo 2012 3 09 /05 /mayo /2012 17:29

Siendo mis sueños, o quizás deba de decir los sueños, lo más surrealista que vivo ahora, anoche me preparé a fondo dispuesto a tomar buena nota de ellos. Libretita y lapiz en la mesilla para usar a la menor oportunidad. Me acosté en torno a la una de la madrugada, lei un rato y víctima del sueño, apagué la luz y dejé mercerme por el descanso. Hasta esta mañana, de un tirón. Me he levantado relajado, pero también echando de menos mi estancia en otros mundos paralelos. Veremos esta noche. 

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8 mayo 2012 2 08 /05 /mayo /2012 13:12

Noche inquieta, como el sueño. Un sueño que no quería soñar pero del que no podía salir. Voy en un coche todoterreno. Avanzo por carreteras estrechas, grises. Es de noche o está anocheciendo. Llego a aldeas de dos o tres casas nada más, quizás cuatro. Surgen de pronto, se amontonan en una curva del camino o en bifurcaciones. Hay barro, barro gris húmedo y que salpica. Mi hijo viene detrás mía, en otro cuatro por cuatro. Yo llevo prisa, tu me esperas en casa. Pero no, es peor aún, no se si me vas a esperar o te vas a ir al no verme, así que he de darme prisa. Parece que ya hemos hablado y estás de mal humor porque no estoy allí. Mi hijo para a recoger leña. Son troncos gordos, marrones. Me cabreo. Se que esos troncos son difíciles de coger, ruedan, hay que agruparlos, tardaremos mucho. Me pongo nervioso. Visualizo el recorrido, veo las curvas que he de sortear, veo el horizonte violeta, veo lo negro, arbolitos raquíticos y también negros. No llegaré. No se qué pasa después, veo una especie de niños con los miembros atrofiados, veo dolor en ellos. Se retuercen el barro. No quiero seguir viendo, trato por todos los medios de salir de aquel sueño. Rechazo la visión, salgo de él, me revuelvo inquieto e n la cama. Creo que no me voy a dormir ya, pero quiero saber como acaba aquello. Trato de volver a entrar pero ya es imposible. Me concentro en aquel paisaje, pero ya es imposible, no puedo.

 

Lapsus de tiempo. Miro el reloj, veo las manecillas iluminadas en la noche de mi habitación. No acierto a ver la hora, pero calculo que deben de ser las cuatro de la madrugada, quizás las cinco.  Sopeso levantarme , pero pienso, con la capacidad de razonar de la madrugada, que he de descansar un poco.  Me debo de quedar dormido  porque de pronto estoy en una gran urbe.  Estoy sólo con un caballo que se me antoja de color claro, muy alto. Me veo en medio de una plaza llena de tráfico con aquel caballo a mis espaldas, los dos quietos.  Voy hacia una especie de cafetería que tiene pubs blancos. Allí está tu hermano, tomando una cerveza, se que más tarde aparecerá Santiago. Me cuesta pero se que  tarde o temprano he de encontrarme con él.

 

Voy a la cafetería, allí está tu hermano. Me mira como si me conociera de toda la vida. Yo estoy nervioso porque mi caballo está fuera. Lo puede atropellar un coche. De pronto me doy cuenta que el caballo es plegable. Son tiras de madera plegables a modo de acordeón. Puedo plegarlo y subirlo a casa. Eso me deja satisfecho. Salgo, y lo veo plegado, y lo debo de haber subido a cierta casa en la que debo de vivir. Ya he vuelto, y allí está Santiago, que me escruta. Veo un tipo joven, tremendamente esbelto, vestido con un pantalón amarillento, acampanado, de esos ochenteros de cintura baja y una camisa marrón. Es amable conmigo. Le miro y me comparo a él, y me veo viejo, achaparrado, torpe. No se qué postura adoptar, al menos tengo el caballo en casa. Me duermo dentro del sueño, quizás me oculte y tiempo después, despierto. 

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6 mayo 2012 7 06 /05 /mayo /2012 21:38

Anoche soñé, sí, otra vez. Apenas recuerdo unos fragmentos cuando retiro el edredón que me cubre el cuerpo. En el momento en que mi tibieza se enfrenta al frío, me acuerdo del sueño, o mejor dicho, de un fragmento de él.

 

Como todos, estoy solo en mi sueño. Habito una casa de techos altos con paredes blancas desconchadas y podridas por la humedad. El agua, esa maldita agua.  Los colores son grises, marrones, negros y ese blanco viejo y desgastado de las paredes, un color que sólo se adivina, devorado ya por la podredumbre.

 

Llevo tiempo en esa habitación, que me hace recordar a la de un manicomio. Por lo tanto, puede que en este sueño esté loco.  Y puede ser, porque es todo una locura.

 

Me acerco a una pared. Hay poca luz allí dentro y no se por dónde se cuela. No he visto ventanas. Huele a humedad, aunque en los sueño no existen los olores. Miro hacia el techo y veo una mancha oscura de humedad, quizás con hongos. Desde el techo, dentro de esa mancha y a través de una fisura que no veo, chorrea agua.  ¡Joder!, digo, otra vez goteras. Ahora sé de dónde procede el agua. En la azotea, sobre ese cuarto, descansa una vieja furgoneta, creo que es una vieja 2CV, herrumbrosa también.  Hace días que llueve y el furgón de carga ha ido acumulando agua. No cabe más y ha comenzado a desbordar. 

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19 marzo 2012 1 19 /03 /marzo /2012 22:33

Lucian Freud - pintor y modeloVivo solo, en un piso que parece estar situado en una de esas zonas de reciente construcción. Lo deduzco porque  si me asomo a la ventana, puedo ver avenidas llenas de Sol y arbolito raquíticos. Mi casa es luminosa, visualizo una ventana con visillos. Soy consciente de que mantengo una relación con una mujer mayor que yo. Soy consciente, en medio de esa casa, esa habitación llena de luz, que esa relación no me satisface, y pienso en las razones. En medio de la luz, quizás con el horizonte un poco tumbado, en una especie de tridimensionalidad abstracta, soy consciente de que la mujer es excesivamente mayor para mí. Me cuesta follar con ella, siento poca atracción y ello me obsesiona y también traumatiza cualquier otra faceta de la relación. He de acabar con ello y no sé como hacérselo saber. Sé que ella está a gusto conmigo, que no sabe nada de mis insatisfacciones y que no se las imagina ni por lo más remoto. Veo fácil tener una charla con ella y hacerle partícipe de mi situación y zanjar la relación, y siento que si soy capaz de hacerlo me sentiré libre, seré un hombre nuevo.

Me asomo a la ventana. Por el paseo inundado de Sol viene mi pareja. Es tan mayor que la han de ayudar y la agarran del brazo por si tropieza. Va con ella, sujetándola, una mujer más joven, más alta que ella, o quizás menos encorvada. De pronto soy consciente de que ambas mujeres vienen hacia casa. Vienen a comprobar si me ha gustado el color de las paredes de casa. Resulta que ellas mismas las han pintado y son cómo una especie de regalo que me han hecho. Siento que ambas se han metido en mi vida y una muestra de ello es que han pintado mis paredes de casa. Son claras, de color crema, muy tradicionales. La casa está llena de luz. Me vuelvo a asomar a la ventana, se acercan despacio. Pienso de pronto que mi pareja, la más mayor, se quedará en casa y me vuelvo a acordar de que hoy, cuando se haya ido la más joven, podía ser un buen momento para hablar con ella y acabar con aquello. Necesito una mujer más joven, con otro espíritu. Ella me hace sentir agobiado, hundido y sin ganas de nada. Vuelvo a asomarme a la ventana y me fijo en ellas, ahora las distingo mejor y reconozco a mi madre y a mi hermana andando hacia casa. Me despierto y siento verdadero alivio. 

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8 marzo 2011 2 08 /03 /marzo /2011 10:36

IMG00259-20110304-1409Estoy en un pequeño establecimiento sin luz natural, pero muy bien iluminado con un ligero tono amarillento. Se diría que la tienda tiene colgada en el techo una gran bombilla incandescente, pero que no emite calor. Hay dos mostradores, en forma de ele invertida. Estoy solo, pero se que hay más gente. Es una tienda de cuero, de pieles, de cuerpos de cuero, de gorros, sombreros y boinas de cuero. Toso es cuero. Tras el mostrador del palo más largo de esa ele invertida hay un expositor. Tras el cristal observo extasiado una especia de corsé o de chaleco de cuero. Lo miro atentamente, llama mi atención. Ahora no es de cuero, ahora puede ser de piel humana. Lo miro fascinado, puede ser mi torso. Veo una mancha, la típica mancha oscura del cuero, pero no, no es cuero, es piel, puede ser una mancha de nacimiento, y por lo tanto, con los años puede resultar repugnante y fea, una verruga con pelos, oscura.  Yo observo el corpiño o mi cuerpo, pero lo que quiero es comprar una especie de sombrero de aventurero australiano en el mostrador más pequeño de la L invertida. Ni siquiera me lo voy a probar, me daría vergüenza. Lo he visto, y lo quiero. No había nadie, y ahora hay una inmensa cola que se forma desde la calle, que no se dónde está. La cola gira justo en el último momento hacia el mostrador, un codo perfecto. Me he quedado fuera. Un hombre a quien conozco está delante mía, le conozco pero no se quien es. Lleva una gabardina, lleva gafas muy limpias, tiene un aspecto afable. Se que es invierno porque lleva una bufanda, se quiere colar. Le voy a decir algo, pero antes oigo a una señora grande, muy grande, de cara también muy grande con facciones extremadamente masculinas. Pide un sombrero, también de cuero, a pesar de llevar ya uno puesto. La dependienta le pide por él 440 euros. Ella los acepta y se apresta a pagarlos a gusto. Observo a la señora, su cara es de tiras de cuero, cuero oscuro, cuero granate, sus ojos son vivos pero secos. El hombre que se me quería colar, sigue ahí, le increpo. "eh, ¿dónde va?, llevo una hora en esta tienda". Él admite el hecho, pero no se achanta, se quiere colar. Le agarró del hombro y con un movimiento brusco se logra desprender de mí. Insisto y lo admite, he logrado ponerme delante de él, pero sigo justo en el vértice del codo, donde gira la cola, en terreno de nadie, ni en un mostrador ni en otro. Miro la cola y se que no voy a poder convencer al resto de que yo llevo allí mucho tiempo. Mi esfuerzo ha sido inútil, y siento angustia. No se la razón por la que todos tenemos tantas genas de comprar aquellos artículos de cuero, o quizás de piel. Allí nadie habla, excepto la dependienta, parece que todos estamos muertos. No lo entiendo, no se que hago allí. Me despierto, miro el reloj, son las siete menos cuarto, puedo dormir una hora y cuarto más, pero vuelvo a la tienda y no quiero. Acabo levantándome.

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24 febrero 2011 4 24 /02 /febrero /2011 20:03

 

IMG00250-20110215-0944Los sueños son tan incongruentes y absurdos como estas tres pegatinas del taxi. Una del Real Madrid, otra del conejito de Palyboy y una tercera del Che Guevara.  Pero si lo pensáis las tres pegatinas pueden tener un sentido, a pesar de su disparidad. 

 

Esta noche estaba en la cama contigo, creo que en tu casa. Descansábamos tranquilamente, y por mis percepciones y mi estado de ánimo, creo que después de haber jugado al amor.

 

Suena la puerta de la que debe de ser tu casa. Tu maldices y te incorporas, después de dejas caer completamente entregada al hecho, es S. , a quien no esperabas.

 

Entra a la habitación y no se da cuenta de mi presencia, ni mira, pero después de dejar algo sobre una cómoda, se gira, y me ve. Me has hablado tan bien de él que me incorporo y le estrecho la mano. Él, educado, me la acepta y sale del cuarto.

 

Lo siguiente es una calma tensa, tu haciendo algo en una cocina, de espaldas a todo, yo por la casa buscando mi ropa, mi chaqueta está en un armario, no soy capaz de encontrarlo todo. S. guarda la calma. Soy para él como un invitado que quiere que se vaya, pero me trata con cortesía.

 

Hay una especie de armario en el salón. Ahora estáis los dos en la cocina, voy allí, y os pido permiso para abrir el armario porque allí dentro tengo mi chaqueta. Claro que sí. Ahora S. está en el salón, y también hay más gente, creo que una pareja. La mujer de esa pareja habla contigo en la cocina.

 

Al salón empieza a llegar agua, parece llegar por debajo de las paredes, primero es poca, después es un auténtico río. Ahora entra por la cristalera de la terraza. De pronto todo el salón es una gran lago de escasos centímetros de profundidad, sobre el agua sobresalen pegotes de barro limpio y rojo. No entiendo nada. El agua, el agua que siempre va conmigo.

 

Yo ya estoy vestido. Me acompañas, estamos en el coche. Es como si me acompañaras hasta la puerta, pero estamos en el coche. No sabemos qué decirnos. Nos tienta abrazarnos, pero tenemos miedo de que se vean nuestras siluetas entrelazadas a través del cristal posterior del vehículo, pues la casa es ahora de cristal y se ve desde ella el automóvil.

 

No se que sensación tengo, e ignoro también la tuya. No sé que pasará de ahora en adelante, y me debato entre una sensación de alivio y de miedo. Me despierto. 

 

IMG00254-20110222-1911

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