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  • : Las Razones del Diablo
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4 junio 2017 7 04 /06 /junio /2017 23:45

Existe la asociación popular de los anticiclones a lo bueno y las borrascas a lo malo. Pero bueno, ya veremos dentro de unos años, y no dentro de muchos, cuando la sequía haya desertizado aún más terreno, cuando el agua sea un bien escaso y todos pasemos sed, si esta necedad popular no gira ciento ochenta grados, y entonces los bobos que asocian el anticiclón a lo positivo, se convertirán en expertos defensores de las borrascas. 
Pero bueno, hoy por hoy, estas cobayas de estímulos, estos consumidores compulsivos de símbolos y marcas, se esconden como las ratas cuando caen cuatro gotas. Se encierran en sus cuevas, en sus agujeros o en sus pocilgas, a mirar, desde pequeñas aberturas, de reojo, el cielo, y no dejan asomar sus hocicos fuera de sus madrigueras hasta que el Sol no reina sobre todo. 
Por eso, y aprovechando esta circunstancia, cuando deja de llover, después de una tormenta, sobre todo después de las del verano, aprovecho para salir a dar un paseo, básicamente porque no hay nadie a la vista. 
Es una sensación extraordinaria la de pasear en soledad, sorteando charcos y rodeado de la naturaleza cargada de aromas frescos. Y eso es lo que he hecho hoy. Estaba trabajando y ha comenzado a llover de manera rabiosa y cuando ha cesado, prácticamente  estaba oscureciendo, ha podido más la necesidad de esas sensaciones en mí que la pereza que he tenido que vencer para salir de casa. 
El campo estaba exultante y agradecido por el riego, todo en el erecto y erguido y en el cielo podías perderte buscando figuras y formas, pues la abundancia de nubes redondeadas, y otras desgarradas, dejaban volar la imaginación y todo ello respirando decenas de aromas ¿qué más se puede pedir?
Y lamento que este buen tiempo sea tan corto, pues mañana volverá el Sol del anticiclón y todos los lugares volverán a llenarse de seres de ropas chillonas. Y como una cosa lleva a otra, he recordado la niñez y me resulta paradójico cómo, cuando eres pequeño, tu falta de conocimiento, sobre todo del concepto  de lo cíclico, alarga infinitamente los fenómenos atmosféricos y una chaparrón o una tormenta se convertían en una tarde de lluvia eterna. Y lamento haber obtenido conocimiento de los ciclos, de como los frentes tormentosos son arrastrados por el viento y los nubarrones descargan y pasan presurosos, y de cómo después del frente, el tiempo apacigua y girando sobre sí mismas las altas presiones, lentas, perezosas, se asientan sobre la cabeza, hasta que otras bajas, normalmente más nerviosas, empujan, y así sucesivamente, de manera eterna. 
Y todo esto pienso, y en lo rápido que ha marchado este invierno y en que no me he dado cuenta de él, de hecho, le echo menos, y en que siempre, durante el verano, deseo que llegue el otoño e ignoro la razón de porque me cuesta tanto el estío y sus días, que igual que cuando era un niño, siguen siendo interminables. 

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