Historias de todos los días
21 Abril 2020

Y tanto que me vestí. Iba deambulando por la casa únicamente cubierto por una camiseta y si había de salir huyendo de allí no era plan hacerlo en aquellas circunstancias. Mientras me ponía la ropa, los flashes no paraban de iluminar el mundo a mi alrededor, los granizos de golpear con furia cristales y tejado y los rugidos de la tormenta hacer vibrar a todos los objetos puestos en pie sobre la cómoda y la mesilla, incluso las pilas de libros que se elevan a la diestra de mi cama, a razón de diez o doce por torre.
Pobres mirlos, ¿qué harán los gatos que acaban de parir? ¿Y los insectos? También pensaba en árboles y plantas, en la hierba, incluso en las piedras mientras me introducía en mis pantalones. Me descubrí haciendo ejercicios de respiración para tratar de tranquilizarme.
La casa estaba a oscuras y con cada nuevo relámpago se llenaba de una luz blanca y pálida que proyectaba sombras geométricas y dando al recinto una apariencia terrorífica. Pensé en criptas y mausoleos mientras daba mis primeros pasos fuera de la habitación.
Ignoro la razón, pero no me atrevía a encender las luces, quería pasar desapercibido, no quería llamar la atención de aquella tormenta, ya que podría estar descargando su furia proporcionalmente sobre todas las casas de la zona y al ver escaparse un resplandor por la ventana de alguna de ellas decidiera concentrarse sobre ella, aplastar el desafío, acallar cualquier otra forma luminiscente que no fuera la suya.
Mi postura era absurda, aunque no se trataba de una postura, era realmente lo que creía y, simplemente me dejaba llevar por cierto instinto de supervivencia, pues es absurdo, en circunstancias como estas, erguirte como un ser racional y perfecto, diseñado y construido, en un principio a imagen y semejanza del creador, y ahora para ser el centro del Universo, más allá, el propio creador, uff, que trastorno. Nuevo trueno, la luz blanca deslumbrante. Parece, o quiero que así sea, que el hielo que cae lo hace con menos intensidad.
Me armé de valor ¿quizás temiera un cortocircuito?, ¿que se fundieran los plomos? , pero fui encendiendo las imprecisas luces que iluminan las distintas estancias de la casa. Nada ocurrió, mansamente se iluminaron los lugares con la misma parsimonia y discreción de todas las noches, ajenos a todo aquello que yo sentía. Lo primero que miraba eran los techos, temeroso de descubrir en alguna esquina una humedad o, peor aún, alguna gotera. Desde que habito esta casa siempre he mantenido una relación especial con mi tejado. Nos respetamos y él quiere cumplir con su cometido, pero se queja mucho y los días de mucho viento deja escapar alguna teja que otra intentando llamar mi atención. Por dos veces han venido a casa a intentar arreglarlo, y un hombre joven y recio sube a él y manipula sus escamas. De entre sus tejas ha sacado huevos de palomas, ratones de campo o verdaderas pelotas de barro y hojarasca que taponan los desagües. Cuando el hombre se va, siento una paz inmensa porque creo que ha dejado mi cubierta sellada. Pero el puto tejado, dos o tres meses después, empieza a soltar tejas de nuevo y a dejar filtrarse humedades. El muy jodido es como si quisiera que fuera yo quien subiera a él, y ya estuve, hace mucho tiempo, allá arriba, pero una vez bajé, decidí que nunca más volvería a subir, tampoco sé la razón.
No descubrí humedad alguna ni motivo de alarma. La tormenta parecía ir remitiendo.