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Las Razones del Diablo

Historias de todos los días

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Otro lunes con mi apestoso amigo

Hoy es lunes, he dejado a mi chica en la tibieza de la cama, ella lánguida, aún turbia por el sueño, con el alma dormida, yo ya despierto, dispuesto a integrarme en el competitivo y absurdo mundo de la empresa. Y ¡¡zas!!!, esta mañana, al sumarme a las almas anónimas del metro, me he encontrado con el apestoso amigo del que os hablé hace unos días. El tipejo ese que quería ascender, triunfar, cargarse de responsabilidades y ganar mucho dinero, supongo que con el objetivo de poder llevar a su hijito (al que no ve por trabajar tanto), a DisneyWorld, un día de estos. ¿qué joven directivo que se precie no ha estado con su rubia esposa y su rubio hijito en Disneyworld una Semana Santa?
Me he zambullido sólo por un mundo metálico y chirriante, lleno de reflejos, con olor a grasa y chispazos eléctricos en un lunes, con mi chica en la cama, dispuesta a marchar lejos, con cinco días por delante de llamadas, citas, reuniones, problemas, problemitas, problemazos. ¿Cómo no iba a estar deprimido? La verdad, la palabra tampoco es deprimido, más bien apesadumbrado. Me viene a la cabeza el borriquito atado a su arnes, dando vueltas para hacer girar un molino. Ajeno a lo que hace, ajeno a porque lo hace, ajeno a qué función tiene su trabajo.  
 
Es por esta sensación que detesto a mi apestoso amigo. O quizás no le deteste, quizás sea envidia porque él parece tener tan claro lo que quiere.

El único consulo es que en el metro, conmigo, viajan gentes, creo que en igualdad o incluso peores condiciones que yo. Un alma solitaria viaja conmigo. Se hunde por el mundo metálico
hacia las profundidades. Un espacio donde pensar al mismo tiempo que te desplazas. Bajamos como animales de crianza,  silenciosos, resignados con su destino y con su futuro, pero con la diferencia de que nosotros somos animales conscientes. El apestoso caballero con todo tan claro lo hemos dejado arriba. En verdad que resulta insultante semejante tipo en semejante espacio. 

Recuerdo ahora una campaña publicitaria de la Comunidad de Madrid. Una tipa se pone a parir en un vagón de metro, y todas las gentes que viajan con ella la ayudan en tan feliz momento. La verdad, que puede ser algo creíble, ya que la apatia que reina en un vagón de metro provoca que cualquier suceso, por pequeño que sea, llame nuestra atención (una risa, una conversación sobre novios o novias, unas vecinas relatándose la vida exitosa de sus hijos, una trifulca). La campaña dice algo así como "La gente del Metro que todos querrían tener". 
En el anden apenas hay almas. Miro mi dispositivo (un gadget que con el tiempo se convertirá en un "tito"), para empezar a ambientarme con los problemitas que me esperan en el trabajo. Veo mails y mensajes, y publicidad, veo publicidad en mi dispositivo, y adherida a las paredes del metro. Ofertas, ofertones, viajes lejanos, productos absurdos rebajados. Con ABC regalan una familia de tappers de los cuales 10 valen para el frigorífico. Ya me he puesto al día, nos miramos unos a otros, nos adivinamos las vidas y oimos llegar al gran gusano metálico por el tunel negro. 
 Aquí está la gente del metro que todo el mundo querría tener. Gente sonriente, comunicativa. El metro es como un parón de reflexión, y por más colores que le metan, siempre es una reflexión sobre los pesares. En la puerta de la izquierda hay una tipa con gafas que creo se ha dado cuenta de que estaba echando una foto. En cuanto se ha percatado de ello, se ha ido corriendo hacia el fondo. En el metro podríamos echar raices, quien fuera sentando echaría raices por el culo, quien va de pie, obviamente por los pies. Los primeros serían arbustos, los otros árboles, según su altura serían frutales o árboles de sombra. Desplazarse en la oscuridad tiene algo de viaje cósmico, quizás por ello se dispare la reflexión. Lo mejor sería poner estrellas fluorescentes en las paredes de los túneles, planetas brillantes, cometas, vías lácteas, rocas espaciales, meteoritos, y alguna que otra nave espacial, extraterrestre o humana, eso es lo mismo. 
Pienso en lo feliz que he sido estos días, pienso en mi chica. Supongo que todas las almas viajeras piensan en lo mismo.
Se ha acabado el viaje en su primer tramo. Emergemos de las profundidades en otro lugar que nos dicen que es ese y sin habernos movido. Las escaleras mecánicas, perezosamente nos escupen a pasillos más grandes donde nos encontramos con otras almas que vienen de otros confines cósmicos. La gente sigue en silencio y lo único que se oye son las máquinas y su ronroneo metálico, y las pisadas.
Ando por pasillos largos, estridentemente iluminados y me encamino con mis congéneres a una nueva nave de desplazamiento bajo la ciudad. 
 Nuevo transporte hacia nuevos confines. Renuevo mis congéneres y rápido vistazo para buscar a alguien con quien identificarte, quizás sólo alguien con quien poder cruzar una sonrisa, una mínima señal de complicidad.
 Mira por donde me encuentro con un bailarín. No se ni que cara tiene. Me interesan los pies, la raices. Su disposición contra la tierra. ¿Qué mejor lugar para mirar pies y zapatos? Siempre vamos con la cabeza tan gacha. Acaba de hacer un cabriola magistral para situarse en posición avanzada frente a la puerta de salida. Mi parada es la siguiente. Suspiro, se ha ido mi bailarin, no tengo ya que mirar. A medida que el viaje acaba uno parece animarse. El tiempo muerto ha acabado y ya podemos dejar de pensar. Multitud de historias llamarán nuestra atención fuera del metro y nos abstraerán de la siempre horrible tarea de pensar en nosotros mismos. 
Salgo del vagon y oigo a mi amigo, el del violonchelo, ¿o no se llama asi este instrumento?.
La verdad que el tipo toca fatal el instrumento, pero no ceja en sus intentos. El decordado el magnífico para oir tan magnífico instrumento. Toca una pieza de Bach. No se deciros el nombre, con tanto opus, fuga, tocata y MK382 que se marcan estos clásicos, es dificil. Hoy la toca peor que núnca, debe de ser porque es lunes, e igual que a todos, le cuesta al concertista calentar su dedos y comenzar unas nueva semana laboral. Existe cierta complicidad entre nosotros, él me reconoce y yo a él, lo conozco. El no sabe de donde vengo ni a dónde voy, pero yo sí se dónde está él, a que se dedica y que tal hace su trabajo. Nos respetamos.  
 Por fin emerjo a la superficie. hace un día gris, parece que ha vuelto el invierno. Todo ha acabado ya.  El lunes ya es más real que núnca. Ya no hay disculpa. El viaje en metro ha sido el nexo de unión entre nuestra vida llena de sueños, de momentos felices e íntimos y la realidad de la que formamos parte. la única satisfacción es que mi apestoso amigo sigue allá abajo, sonriente, estático, orgulloso de si mismo, pero metido en un tunel. 
Salgo a la calle y allí siguen las putas vacas de colores. No se si es arte o una burla. No se si la vaca representa una vaca o la vaca es una representación de nosotros mismos. Todos vacas pastando, impasibles, estoicas, cada una con sus colores, cada una compitiendo para llamar más la atención que su compañera, pero a fin de cuentas todos vacas. Han puesto cientos de ellas, ¿quién las ha puesto? Ésta, que la considero mia, se llama "princesa con calcetines".   
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