Historias de todos los días
10 Marzo 2009
Lo bueno de vivir con un perro o supongo que con cualquier otro animal, es que aprendes mucho de ellos. Si hay algo de lo que esté seguro en cuanto a qué sienten los perros, es que se creen inmortales. Viven el aquí y el ahora, y ese aquí y ese ahora es su vida. Una vida de aquis y ahoras constantes. Los perros no son conscientes del fin, o de que haya fin. Por eso, en su agonía, mientras tu esperas acariciándolos a que mueran, ellos sólo viven el placer de esa caricia y pasan a otra dimensión con ese último aquí y ahora. Quizás se lleven tan bien con los niños, quizás entre ambos animales nazca el vínculo de la inconsciencia sobre el final, sobre las limitaciones.
El gato está tumbado, hace sol y está placidamente tumbado en la sombra. El gato debería estar al sol. Me fijo mejor, el gato esta placidamente tumbado y relajado, el gato está muerto. El gato estuvo al sol y quien se ha movido ha sido el sol. El gato debio morir ayer por la tarde, eligio un buen lecho, al sol invernal, para irse de este mundo. Lo hizo en silencio, sin llamar la atención. Intuyó que su caza de gorriones y ratones había acabado, pero no creo que la última vez que cazó alguno intuyerá que iba a ser la última.
Gentes en camino hacia su fín, gentes en tránsito por pasillos, sin saber muy bien que les espera a la vuelta de un recodo.
Pero no es un día triste. El día hoy en Madrid es de muerte, pero sólo del invierno. Definitivamente ha fallecido, lo ha hecho en la habitación 1039. La primavera parece haber estallado definitivamente, y los colores parecen haber salido de donde quiera que estaban ocultos.
La vida sigue en los Madriles, las rutinas no paran de generar realidad.
Vamos pasando el tiempo cumpliendo con nuestros deberes, vamos pensando en nuestras cosas, acatando las normas y buscando, buscando ese estado perfecto de felicidad.
Más viejos, más jóvenes, con más fuerza o menos, vamos viviendo los días, pero a partir de hoy, sin darme cuenta, también me fijo en otros seres, no se si más humanos o no.
Me he recueperado de mi borrachera de ayer. Quizás el rato de inconsciencia que viví me haya hecho pensar en esto. Fue gorda, ni recuerdo como me fui del restaurante. Por más que he pensando, no he sido capaz de recordar si me despedí o no de mis sobremeseros.