Historias de todos los días
12 Mayo 2009
Los espacios herméticos no dejan huecos ni espacios. Falta el aire, no hay oxígeno, y es impensable que en ese ambiente brote algo. Lo hermético se construye con elementos artificiales, pues la tierra no permite su creación. La tierra es porosa, por ella circula aire, en ella penetra agua, en ella anida y germina la vida. Si nos fijáramos en la naturaleza podríamos aprender muchas cosas, entre ellas que es inviable ser hermético, o simplemente pensar siempre lo mismo.
Hay multitud de factores, de incidentes, de circunstancias que pueden provocar, dudas, que exigen replanteamientos o incuso cambios de posición, aunque sólo sean temporales, porque nuevos factores, incidentes y circunstancias, nos pueden volver a hacer cambiar de opinión.
Hay influencia de amigos, hay consejos, hay doctrina, hay cariño, hay recelos, hay envidia, a veces simples ganas de mandar, de disponer de súbditos a los que organizar, dirigir, censurar, destacar o humillar frente a los demás. Entiendo el maremagnum de influencias, de elementos que impactan en nuestro cerebro capaces de modificar nuestro pensamiento y, consecuentemente nuestros sentimientos, nuestra conducta y nuestro comportamiento.
Ni siquiera somos similares a aquello que construimos. No somos torres inamovibles, tampoco faros ni dolmenes, ni mucho menos monolitos o columnas de victoria. Somos flexibles, maleables, blandos. Si presumes de rígido, como máximo sólo eres dúctil. Si te comportas como un ser inamovible e inquebrantable, simplemente es mentira. Tarde o temprano sale esa esencia humana, innata a nuestra especie, de continua duda, de constante debate, de permanente equilibrio entre el bien y el mal, mi egoísmo o mi generosidad, mi interés o el general, mi suerte o mi mala suerte, mi futuro o mi presente, mi seguridad o mi riesgo.