Historias de todos los días
17 Mayo 2009

Un momento terrible cuando te oí decir: ¡Oye!, me voy ya. De pronto me vino a la cabeza toda una imagen animada. Yo viajaba en un espacio negro, un espacio tranquilo, plagado de estrellas dentro de una nave confortable y silenciosa. De pronto, frente a ella, se produjo una explosión cósmica. De esa explosión nació un planeta enorme que hacía de mi nave, a la que yo creía gigante, un punto minúsculo. Era un planeta brillante y arrogante, rodeado de una aureola luminosa; un planeta dueño y señor de un espacio infinito donde yo era un extraño, donde no cabía mi viaje; un planeta vivo contra el que irremediablemente me desintegraría.
Que horribles momentos posteriores; un balbuceo delirante con aquel que me acompañaba; un comentario absurdo sobre música. Yo iba detrás de ti. Aquel que me acompañaba, desconcertado, tratando de hacer lógica mi ilógica, tratando de razonar lo irrazonable. Hablaba con él no se sobre qué, yo iba pendiente de ti. Mi voz temblaba, las “ces” se alargaban, las “tes” se combaban y las “eses” se extinguían. Los ruidos, las pisadas, el eco de la puerta del ascensor, los comentarios de los cientos de personas que bajaban por las escaleras se acallaron lentamente; sólo un suave rumor remoto, lejano, perdido; los restos de la nave que se extinguían, los restos de la nave que flotaban en el espacio, perdiéndose, alejándose en la negrura de un sistema infinito.
Había resultado ileso y lo contemplaba todo suspendido de la nada. El enorme planeta me aplastaba, notaba su gravedad y también su repudio por lo insignificante. Cerré los ojos y sentí la sacudida. Fui lanzado lejos, él me había expulsado de sus territorios.
Cuando abrí los ojos estaba solo. Un silencio pesado gravitaba conmigo. Podía sentir todos los órganos de mi cuerpo cumplir sus funciones con normalidad. Mi estómago volvía a su sitio después del desplazamiento tan acusado. Sentía el corazón vuelto en sí mismo, encogido, frío, pero tan despiadadamente perfecto como para seguir bombeando sangre, condenándome a vivir, a contemplar mi desgracia, mi soledad, mi condena a flotar eternamente en el cosmos.
Veía muy lejos, tanto que fue mi imaginación quien vio como los últimos trozos de mi nave eran engullidos por el enorme planeta. Vi como los atraía y los posaba sobre su superficie, fresca y orgullosa de su ampulosidad. Aquel planeta se llevó los restos de mi nave. Dentro de ella yo era feliz, era mi seguridad, mi escudo, mi base desde donde contemplar sonriente el espacio.
El cristal de mi casco espacial se comenzó a empeñar. Era mi propia respiración la que lo empañaba. Poco tiempo después ya no veía nada del exterior. Por el contrario, frente a mi, un espejo reflejaba mi rostro. La temperatura descendió bruscamente y comencé a temblar. Mis miembros empezaron a agarrotarse. Minutos después me sentí débil. Me seguía observando en el cristal y me di cuenta de que estaba aterrorizado. Mi cerebro empezó a trabajar mal y no quería obedecerme, se había arrugado y me increpaba. Entonces descubrí la agonía que tendría que soportar.
Sólo quedaba una solución, cortar la válvula de oxígeno, sólo eso haría posible mi desaparición sumido en un placentero sueño químico. Sin embargo, todos los intentos fueron inútiles. La válvula, situada en la espalda del traje, no la podría alcanzar nunca.
Me debí de alejar del enorme planeta porque la luminosidad que sentía a mi alrededor desapareció. Mi traje espacial estaba diseñado para un reciclaje perpetuo de oxígeno; una continua emulsión de gases me mantendría alimentado eternamente; y un sofisticado microordenador regularía el perfecto funcionamiento de mis órganos y de mis desechos. Mi traje espacial había sido diseñado para una larga espera del equipo de rescate. Sin embargo, la explosión cósmica fue tan rápida que no tuve tiempo de accionar el mecanismo de localización.
Desde entonces floto eternamente en el espacio y temo cada vez que me acerco a un planeta o un cometa cruza frente a mí. La luz que desprenden iluminan mi casco y es entonces cuando veo mi rostro envejecido.