Historias de todos los días
13 Septiembre 2009
Pensaba tener un día tranquilo, pero por la tarde me asomé al horizonte y vi un cielo de color gris caido sobre el horizonte. Quería encontrar esa lluvia, quería mojarme con ella y sentirme húmedo. Agarré el coche y me encaminé hacia la dirección donde el cielo parecía estar oscurecido por un carboncillo.
No encontré agua, pero sí los signos evidentes del otoño próximo. Imaginé el verde convertido en cobre y en amarillo, las verjas relucientes por la lluvía y el rojo de los ladrillos oscurecido.
Imaginé los árboles dejando caer su ropaje hasta quedarse desnudos. Imaginé una alfombra amarillenta de hojas embarradas. Las imagine secas, levantadas por el viento, danzando como locas, perdidas para siempre no se sabe bien en que recóndito lugar.
Tarde tenebrosa. Vencida la luz por la oscuridad. Tarde amenazante, presagio de inclemencias, presagio de los días cortos, tarde de huida, de búsqueda de cobijo, tarde de tristeza para los colores vivos y para los ánimos de estos mismos colores; tarde desconcertante para los irreflexivos y para los pavos reales.
Tarde en la que emergen los fantasmas y se muestras desnudos y descarnados. Los eternos fantasmas cíclicos que a veces escondemos y que, irremediablemente, aparecen de nuevo, pues nunca los desterramos, ¿qué seríamos sin ellos?