Historias de todos los días
25 Septiembre 2009
Ayer, que hablaba de optimismo, se tornó mi tarde en una especie de nube tóxica de incomprensión. Trabajaba tranquilamente sobre las tres y media de la tarde cuando alguien conocido se metió en mi teléfono móvil. Respondí a la llamada y oí su voz apagada, apenas capaz de crear las palabras y en un volumen en el límite del silencio. Sin querer, y desde la primera sílaba, comprendí que era portador de muy malas noticias. El secundó mis pensamientos con una frase: Hola, tengo muy malas noticias. ¿qué ha pasado?, le respondí, tratando de rechazar lo peor y de hacer tiempo para no enterarte de lo malo. Enrique ha fallecido. Automáticamente sustituí el verbo, y para mi fue Enrique ha muerto.
Me vinieron a la cabeza un montón de cosas desdibujadas mientras trataba de asimilar el hecho de que Enrique ya no existía. También vino a mi mente lo absurdo de lo ocurrido los días anteriores, y es que había llamado a Enrique a su teléfono personal, tratando de localizarlo y también le había enviado un mail, sin saber que estaba agonizando. Pensaba en todo ello mientras el conocido me hablaba con voz apenas audible sobre el final de Enrique. Un final trágico, un final absurdo, un final injusto para un tipo al que conocía poco, pero del que no sabía hasta ayer, que me despertara tanto afecto. Como en esto de los afectos y los sentimientos no hay unidireccional, descubrí que él también me lo tenía.
Enrique era un hombre más joven que yo, tres años. Enrique era un tipo lleno de energía, tanta que venció a un tumor alojado en su cerebro, pero la misma que le hizo crecer como un loco cuando decidió volver a nacer. Enrique tenía una mujer, cuatro hijos y montones de proyectos, como mudarse de casa tal como me contó este pasado verano que comí con él. En aquel almuerzo ni él ni yo sabíamos que iba a ser nuestro último encuentro. De haberlo sabido no habría sido tan alegre y divertido. Enrique se dio la vuelta al mundo trabajando, de reunión en reunión, de multinacional en multinacional, y ahora mismo estaba afrontando un nuevo proyecto para el que solicitaba mi colaboración. Enrique era una realidad de mi universo que ahora no está, y lo peor de todo es que sí debería estar. Hay muchas cosas ilógicas que sólo las explica la necedad humana, pero nadie puede explicar esta ilógica del destino.
Se derrumbó casi todo a mi alrededor cuando colgué el teléfono. Perdí la concentración y no lograba explicar, ni explicarme, el hecho. En un primer momento decidí no pasarme por el tanatorio. No van conmigo los muertos ni sus cosas, ni tampoco esos hábitos sociales que rodean a la muerte y que alargan tanto a los vivos el dolor. Pero me di cuenta que de alguna manera quería hacerle entender ese afecto que sentíamos el uno por le otro y que, paradójicamente, descubrí con su muerte. Curiosamente, es la segunda vez que me pasa.
Allí estuve, apenas gente, me abracé con amigos comunes, uno de ellos quien me avisó de su muerte. Todos con esa misma cara de quien le acaban de robar algo importante y sin ningún valor para el ladrón. Me contaron su final, sus últimas horas entre somnolencia e incoherencias, entre inconsciencia y docilidad. Al menos no sufrió, decían por allí. Compartía el comentario, pero también sentí rabia de que en sus últimos días no fuera dueño de sí mismo. La caja estaba cerrada. Me lo dijeron, pues no entré a la sala. Me fui de allí, pensando en todo aquello en lo que gastamos esfuerzo y tiempo pensando que somos infinitos. Me fui de allí a una cena que no existía, pues es hoy, un tanto desconcertado, funcionando en segundo plano, transitando con mi cuerpo.
Paradojas de la vida me hicieron encontrarme con otro conocido. Me notó el abatimiento y le conté la razón. El destino une, el destino alía. Un vinito, filosofía sobre el sentido de la vida, buenos propósitos en torno a la copa, pero sales y la realidad te engulle.
Miro mi móvil y he de afrontar el hecho de borrarle de él, un nombre y unos apellidos, un mail, varios números y una dirección en las que ya jamás le encontraré. Esto va rápido, no perdamos el tiempo.