Historias de todos los días
5 Octubre 2009
Vuelven las rutinitas a la vida. Vuelven los caminitos y los atajos para movernos. Vuelven las direcciones prohibidas y los cambios de sentido. Las marchas atrás, las conducciones temerarias, y hasta los conductores suicidas, incapaces de valorar las consecuencias de su irreflexión, muchas veces sólo motivada por la ambición, por el deseo. Un segundo de ardor que decide el resto de nuestra vida.
Aún así, son buenas las rutinas. Construyen estabilidad, construyen cierto orden, ayudan a compactar la vida, a rellenar con arcilla las fisuras que provoca el deambular en nuestras estructuras. Bien está que de vez en cuando nos metamos bajo un andamio, nos remocemos, nos hagamos una limpieza o simplemente nos observemos.
No es mala la rutina, sobre todo si se tienen proyectos. Pero aún tiene otra cosa mejor, su capacidad para crearlos. Pero a veces sólo vemos los proyectos sin ver los medios. Queremos agarrarlos por el pescuezo sin pensar en el recorrido. Anhelamos, nos desesperamos por conseguirlos sin reparar en su precio, en su coste, o en las renuncias que implican. Ver las cosas a lo lejos sólo nos permite intuirlas, apuntar su forma, pero no de qué están hechas, ni su altura, ni su anchura, si nos encajan, nos desbordan o nos resultan pequeñas.
El horizonte de nuestra vida, qué fácil verlo desde arriba, único sitio desde dónde verlo. Madrid, con un mar al fondo, con un acantilado a lo lejos. El horizonte a veces engaña. No así la rutina, conformada por todos los días, ninguno igual a otro, ninguno igual cuando estás tu en ellos. Un beso