Historias de todos los días
13 Enero 2011
Después del día de ayer, hoy me tocaba visita al banco. Nunca me he encontrado a gusto en estos sitios, sentado al otro lado de la mesa, frente a una tipa con gafas que no para de manipular su ordenador, viendo mi vida a través de los números, mis números. Desnuda mi intimidad en menús desplegables, me habla de meses futuros, de cuotas, de años lejanos, y la miro transmitiéndola tranquilidad, sin dejar escapar en mis gestos que quiero mandar lejos todo ese futuro tan lineal, que quizás me aleje de todo aquello, y de un giro, que de momento estoy limpiando, quitando capas de grasa, y tratando de dejar sólo lo más esencial, las cuatro patas que me mantengan en equilibrio.
En fin, siempre me tensa estas situaciones, con las que hay que gente que parecen disfrutar. Me tenso, porque no es un lugar tan antinatural. He de interpretar, mostrar interés por el dinero, cuando en realidad me da igual. Muestro serenidad, cuando en realidad me perturba ese lenguaje frío y tremendamente elemental que no permite el dialogo, sino sólo preguntas y respuestas concretas. Acaba, salgo, me duelen las ingles, debe de ser la tensión, debe de ser que todo esto me estresa.
Pienso en ti, en esa casa que tanto nos gustó, la de la colección Phillips, la casa símbolo de lo que queremos, un lugar tranquilo que se ilumine con el día, que luzca tímida en la noche, la casa con sus ventanitas tan útiles, la casa sencilla, simple, totalmente habitada, la casa cariñosa, la casa mimada, la casa querida, nuestra casa.