Historias de todos los días
3 Abril 2014
Voy a comer con un consultor. Un tipo estoico e impasible, también imposible.
Aprendí el significado del término estoico en el colegio. Un día de invierno, de esos lluviosos con los cristales del aula empañados y el ambiente cargado a púberes rabiosos, aquel cura me dio la clave: es muy fácil, dijo. Estoico, acuérdense ustedes de "estoy como antes".
¿Lo pilláis?
He quedado a comer con mi amigo consultor estoico. En realidad es como de plástico, no cambia. Le conozco desde hace..a ver, sí, un mínimo de 15 años y nos vemos una vez al semestre, a veces pasa todo un año. Nuestra relación no da para más. Si alguna vez vacilara, mostrara dudas o se mostrase cabizbajo, quizás le echara un brazo sobre sus hombros y le apretujara contra mí, quizás el también me abrazara fuerte e incluso rompiéramos a llorar pero, como digo, nuestra amistad no da para más y a veces me pregunto porque quiere verme. Apenas si he percibido cambios desde que trabé amistad con él, es como si viera la muñeca de una niña cada seis meses, o quince años después; la muñeca no envejece y las únicas variaciones que percibes son los propios de su uso: las puntillas de los encajes del vestidito ennegrecidas, las puntas de los dedos de los pies y de las manos blanquecinas, el pelo brillante sin su lustre original y las rodillas y los mofletes con cierta pérdida de su color carne. Mi amigo consultor es un muñeco, vestidito siempre con el mismo traje de buen tejido y excelente corte (imagino que tendrá dos), su camisa blanca impecable y su corbata elegantemente anodina. Mi amigo consultor no hace deporte y lo único que entrena es su cerebro. A parte de eso, tiene cara de niño, tiene un extraña semi sonrisa perpetua y creo que es imposible ponerle nervioso o hacerle perder los nervios.
Más que la emoción es la curiosidad la que me empuja a aceptar sus comidas. No hablamos de nada íntimo, nos limitamos a repasar muy levemente nuestra vida durante el lapsus de tiempo que no nos hemos visto, quizás tardamos tanto en vernos para, precisamente, poder dar sentido al encuentro. En realidad, él no me cuenta nada y soy yo quien expresa sensaciones y estados de ánimo, además de manera muy sincera. He de reconocer que siento paz con él y ahora que lo pienso, quizás sea mi psicoanalista o un ángel que vela por mi cordura y buen hacer profesional.
He quedado a comer con mi amigo el consultor en un barrio pijo y he llegado antes de tiempo, así que decido tomarme un vinito en una cafetería, también pija, prácticamente vacía a esa hora.
Miro el reloj y tengo quince minutos por delante. Miro mis mensajes, ninguno nuevo, miro mi vino, lo huelo, bebo un sorbo, como una almendra, observo al camarero de chaquetilla blanca y pajarita negra, ya no se qué hacer y oigo a dos jóvenes cachorros a mi derecha. Los dos están de pie en la barra, uno sin apoyarse en ella, de unos 35 años, recto como una vara mostrando orgulloso una incipiente barriga consecuencia de una mala alimentación (le imagino devorando, le imagino comiendo deprisa), lleva un traje azul con arrugas inguinales y en las corvas de los brazos, lo que demuestra la cantidad de horas que pasa sentado y además sin quitarse el traje. Zapatitos negros con bolitas. Sudoroso, pelo grasiento, que ya empieza a perder, engominado hacia atrás, con ricitos en la nuca, rostro blanco y pálido, de gran nariz con pelos negros en los orificios nasales y que también oscurecen la escotadura de sus orejas. El es el experto y el admirado del otro, al que no logro ver, pues le tapa el primero, sólo percibo de él que sí se apoya en la barra, pues vislumbro un codo y una rodilla flexionada. Por su voz, más aguda, deduzco que no para de mover y retorcer su cuerpo, nervioso, con prisa por vivir, más bajito y joven, quizás en los 30, también moreno, pelo que debe de caer sobre su frente, con vaqueros y camisa a cuadros. Vivaracho, aún con la espontaneidad de la juventud. No para de hablar y de preguntar sin analizar las respuestas.
No sé tío, ¿Qué tal? ¿Que rentabilidad le dais a la gente?, pregunta. Pero no deja responder, sigue hablando: mi padre tiene
fondos de inversión, bonos, acciones. Una inversión mínima de medio millón.
Este año las moderadas en torno a un ocho, responde con voz más grave el del traje, las normales en torno a un diez y las agresivas sobre un quince.
Me parece la hostia tío, dice el más joven. Has tenido comisiones ahí, eh cabrón, dice con una risita nerviosa y sigue hablando: a mi padre le compró la finca de Extremadura los March (banca en la que trabaja el primero). Hijo puta, dice, no sé si refiriéndose a su padre o a los March.
El del traje azul le dice: Esto que haces tú (refiriéndose a sí mismo) lo hace mucha gente en Shanghái, se saca pasta, pero es muy loco, lo tuyo es más profesional. Yo conozco un tío que también se está forrando en Colombia.
No me jodas!, dice el más joven. Pásame el contacto. Quiero saberlo todo, donde vive.
Ahora te lo paso, dice el del traje, pero yo hablo con banqueros y si te ven joven, no sé, desconfían un poco Jorge. Yo solo soy la puerta de entrada, el comunicador entre el cliente y el banco.
Joder tío, pásame ya el contacto. ¿Y dónde haces más contactos? pregunta el joven. ¿Vas a la inauguración de alguna discoteca?
No, discotecas no, es más otro tipo de actos, dice el del traje. en partidos de fútbol importantes....., esto es un poquitín más....... Luego doy mi tarjeta, lo de la llamada fría.......Y tal y no se qué.........Hoy tengo comida con un cliente y a las siete me piro.
Nos ha jodido, es lo que tienes que hacer tío, dice el joven. Sigue hablando: A ver José, a mi me molaría mucho..... ir por ahí, o a Londres o yo que se...Es que es eso tío, es que hacer pasta es muy jodido, muy jodido tío. La calidad de vida que tienes aquí.......Pero mira tu colega que ha salido
Hay poca gente como nosotros, con mentalidad abierta... Jajajajajaja. Me tienes que poner en contacto con tu colega tío, y oigo un mail, del que tomo nota.
Mi hora, mi consultor de siempre me espera, pago y me voy en busca de su quietud y su tranquilidad, auqnue sólo sea aparente.