Historias de todos los días
13 Junio 2010
El viernes, hartito de trabajar. Dejo Madrid y me cuelo por mi agujero negro para aparecer en otra dimensión. Va a ser un fin de semana de lluvia, lo que me apetece porque me apetece casa. Siento necesidad de casa, de disfrutar de no hacer nada, De dejar pasar los días lánguidamente sin siquiera mirar la hora, sin nada que la limite, sin nada que la defina. Ya voy pensando en nuestro fin de semana aislados, distantes, fríos. No tienes ganas de que nos veamos, lo intuyo, Todo ello me ha llevado a pensar un poco en la muerte, o a pensar a ratos en la muerte, como el instante que alguien, quien se queda vivo, se queda solo, distante. La muerte es eso, distancia, una distancia inalcanzable, un lugar al que no sabemos por dónde se va y del que no se vuelve, y somos tan necios que a veces, aún vivos, nos empeñamos en morirnos.
De este fin de semana tengo más fotos que palabras porque no he hablado con nadie. Me he dedicado más a contemplar y a disfrutar de lo contemplado. Al final lo que intentas es captar un momento, una luz, o unas sombras que llaman tu atención, lo que asocias a ello te lo has de guardar, y tienes esa sensación de que ese momento, esa sensación es única e irrepetible.
No ha parado de llover, al final del día un Sol debilitado y sin sentido trata de ejercer su autoridad, y más a estas alturas del año, pero apenas lo consigue, tapado, sepultado tras capas grises y densas de agua. Miro por la ventana, ¿hay algo más triste? ¿algo más melancólico? Ver el mundo fuera, avanzando, gastándose.
Pasa el sábado. Pienso en mi abuela, en el preciso instante que fui consciente de que se aprestaba a morir. Fue un día que comía con ella, casi todos los días lo hacíamos ella y yo solos. Al final, estaba tan mayor que tenía que hacer yo la comida antes de irme a la Universidad. A veces pienso que aquello, mis comidas, aceleró el proceso. Bueno, es sólo una broma para desdramatizar. Mi abuela solía tomar un flan de postre, aquel día se lo hube de dar yo, era incapaz de llevar la cuchara a su boca. Pacientemente, la fui dando el flan, al mismo tiempo que era consciente del principio del fin. Lo que he pensado muchas veces es que ella también hubo de ser consciente, y me admira su templanza, su buen humor, su aceptación. Nunca dejó de sonreír, ni siquiera en su cama, agonizando. Tomó aquel flan con su suave sonrisa y ya no la aparto de sus carnosos carrillos hasta que salió de su cuerpo. La distancia, la soledad, te vuelven metódico, ordenado. No existe el caos, tampoco la improvisación. Ni cuentas con nadie, acaso lo añoras y tratas de olvidarlo con normas de organización y con cierta resignación.
Una ruina también puede ser preciosa. Hoy domingo, tímidamente, ha salido el sol. Me ha dado pereza, pero me he subido en la bicicleta.
Sinceramente, no se quien tiene más campo, si tu o yo.Pero no quieres el mío, quizás esté muy vacío.
Quizás te de miedo su horizonte, lo sientas inabarcable, imposible de transitar. No dejo de pensar en ello sobre la bici, y en las veces que he recorrido solo estos parajes, pensando en ti, añorándote.
Recojo unas margaritas para ti, mudas y sin sentido, nada dicen pues no las ves, pero están ahí.
Se acaba el fin de semana, y con él éste lapsus, este tiempo perdido, que se repetirá, pero con matices, nunca sera igual ni el mismo. Un beso.