Historias de todos los días
23 Octubre 2009
He usado varias veces esta magnífica obra. Es de Francis Bacon, y veo en ella a alguien desdibujado, a alguien desfigurado. Se trata de una especie de radiografía del ánimo. Más aún, una radiografía de los instintos transformada en un rostro. Uso esta maravillosa pintura porque hoy me siento como ella, retorcida, el gordo de un filete, la parte que se aparta con el cuchillo y que queda en el borde del plato, la porción sin calidad, sin valor nutricional, inmasticable. La deformación, el defecto que siempre parece ir parejo a lo óptimo. Mirad el cuadro. El tipo tiene una mirada melancólica y triste. Sus ojos mortecinos no reflejan su entorno, sólo una especie de destino ineludible que ya conoce y que no es positivo. Así me siento hoy y además, sin saber que hacer. Me lamento pero no actúo, pero es que tampoco se como hacerlo. A veces, quizás porque soy impulsivo, se me pasa por la imaginación tirar por la calle de en medio y olvidar los destrozos que con ello pueda causar en mi y en los demás. Pero, sea porque estoy cansado de ser tan necio, sea porque ya la edad me va diciendo que hay cosas que no vuelven, sea porque he encontrado algo maravilloso, me parece inviable negar lo que quiero, tirarlo por la borda y volver a dar la vuelta al mundo, un mundo cada día más pequeño.