Historias de todos los días
9 Diciembre 2009
Otoñal Madrid. Día de niebla apenas apreciable en el centro. Ahora luce un tímido Sol. Acabó el puente y de nuevo me veo catapultado al ancho mundo. Montones de personas a mi alrededor, yendo y viniendo, al igual que yo también en este ancho universo. Hoy he tenido que dejar el coche en el taller para hacer el preceptivo cambio de aceite, y me he visto obligado a coger el metro.
En este universo fantasmagórico todo sigue igual. La gente sigue bajando hacia el centro de la tierra entre mamparas azules de obras provisionales y el mismo olor metálico que parece fijado a la luz blanca, eléctrica, chirriante. El mismo silencio, la misma resignación. Caras largas, suspiros y pensamientos fijados en los pesares, en las incertidumbres, en el futuro incierto, tanto de cada uno de nosotros, como de todos nosotros. El metro, ese lugar para meditar sobre el fin del mundo y de la especie.
Tengo ya olvidado mi día de ayer, lejos queda mi sofá, lejos mis pensamientos y mis sensaciones. Ayer me sentía dueño de mi mundo, hoy un integrante más, anónimo, de éste que se me antoja tan frío, tan hermético. Aquí estoy, entre todos vosotros, o vosotros al lado mío, haciendo piña, aguantando, soportando el día a día, pensando en un mañana mejor, más limpio, más suave y esponjoso. Quizás pensando en un mañana en el que yo sea mejor y no el mundo. No se quien empuja a quien, quien contagia a quien de esta especie de pesadumbre colectiva. estamos cansados, estamos aburridos, estamos abrumados, tenemos calefacción, agua, jabón y alimentos encelofados, alimentos que cumplen las normas fitosanitarias, pero no somos felices. Falta algo, un chispazo, quizás un reto, quizás una incertidumbre real, una incertidumbre nuestra. Vivimos dentro de bolas de cristal donde sabemos que será de nosotros mañana, pasado mañana, la próxima semana, el mes que viene, y el año, y el lustro. Sabemos nuestra vida y no tenemos motivos para rebelarnos aunque, no sabemos porque razón, sentimos ganas de ello.