Ya he vuelto de dejar a mi hijo en su entrenamiento de baloncesto. Lo tiene a las cuatro, así que sobre las cinco ya estoy en casa. Entro, suspiro, oigo el silencio y la tranquilidad y vivo gustosamente mi soledad. Siento un pequeño desgarro cuando me despido de él en el coche. Le veo tan mayor ya, recuerdo sus años anteriores, hago análisis sobre cómo me he portado con él. Me da por pensar si me habrá echado de menos, me da por pensar si debería haberle dedicado más tiempo, me da por pensar que mi tiempo con él se acaba y que pronto hará su vida, y todo dependerá de él, y no de mi.
Vuelvo en la hora dorada. Apenas si durará unos minutos, dan ganas de quedarse quieto y simplemente observarla, fundirte en ella, recibir los tibios rayos del sol antes de desaparecer. Hace aire, me corto las uñas y una vez solo vuelve la angustia de qué hacer.