Historias de todos los días
10 Septiembre 2011
La tarde se marcha lánguida entre luces doradas. La luz se apaga, ella no lo sabe, yo sí. Observo paciente el descenso del Sol y mi impaciencia va en aumento.
Por fin se esconde el astro rey, montando ese espectáculo grandilocuente que le gusta tanto, una especie de show de melancolía y tristeza. Egocéntrico y único da muestra de su orgullo. Una vez oculto salgo a la terraza a buscar a la Luna, y propio de su carácter no la encuentro. Una vez más, caprichosa, juega al esocndite y esperará a queme olvide de ella para reaparecer y embrujarme. Me limito a recordar la de anoche, y ruego que me brinde un espectáculo como el de hace 24 horas.
Y es que anoche la luna fue terroríica. No se de dónde me nace esta fascinación por la luna. Quizás se deba a lo errática que es. Quizás, porque la ves enmarcada en su fondo negro, le das dos minutos la espalda y ya ha desaparecido. Quizás por sus cambios de volúmenes y colores. A veces tan lejana, otras veces gorda y cercana, burlona, amenazadora, esplendida, queriendo mostrar a la Tierra su redondez, enseñando sus cráteres y cicatrices, su palidez enferma que raya en la locura. La luna da miedo y al mismo tiempo te atrae. yo prefiero bañarme de su luz fría al blanquecino, previsible y rectilíneo Sol. La luna y sus períodos, continuamente cambiante, su influjo en nuestro ánimo, reloj biológico. La luna, asociada a la niñez, contraria al Sol, astro de la vejez.
Espero a que anochezca y salgo a mirar la luna y a veces algo me susurra. Parece susurrarte la verdad aunque sepa que es cruel. Quizás, por ello, y a pesar de no tener piedad, sea éste el mejor momento para reflexionar.