Historias de todos los días
30 Octubre 2010
Tengo una tristeza que se ha disfrazado de serenidad. Se trata de una especie de linea de contención contra la que arremeten a veces oleadas de dolor que consiguen desbordarla. Es un dolor meloso, como una lengua de miel o de chocolate caliente, espeso y lento en su avanzar. El dolor aparece galopando sobre cualquier detalle absurdo. Hoy ha sido un bolso. He ido a comprar libros, un momento de serenidad. Elijo uno, lo pago y salgo. Una chica con su novio van delante de mi. Ella lleva un bolso blanco en bandolera, va golpeando su cadera. Imagino las cosas que lleva dentro, imagino que su chico conoce esas cosas, esas cosas que conforman la rutina nómada de su novia. Allá donde va ella, van esas cosas, y siempre que cambia de bolso, ella traslada esas mismas cosas de uno a otro. No se porque razón me he acordado de ti, y de tus bolsos, de todas las cosas que llevas dentro, de tu forma de buscar dentro de él, de la cantidad que se esconden en la oscuridad del fondo, en sus cremalleras, en sus bolsillos internos, todas las que necesitas en cada momento. De pronto tu bolso contiene los elementos que conforman tu vida, y tú, con tu vida a cuestas. Tu bolso golpeando tu cadera, tu bolso y tu forma de andar, tu bolso del que nunca te separas, que tanto te conoce, que sabe con quien estás, que oye conversaciones, confesiones, que observa el amor y los besos, tu bolso, ese cómplice. Hoy te he imaginado andando junto a alguien con tu bolso en bandolera, golpeando tu cadera, con ese andar tuyo tan particular, y me preguntaba si al menos él me echaba de menos.
El resto de la vida, tan agresiva como siempre, ¿o quizás más?