Historias de todos los días
7 Noviembre 2010
LLego agotado a los fines de semana. Llego cansado, y en cuanto el cuerpo se relaja, en cuanto se da cuenta de que no ha de estar alerta, se desmorona como una torre de naipes. Un profundo cansancio se apodera de mi organismo, y cualquier iniciativa que pienso se vuelve casi inalcanzable. Aún así, procuro armarme de fuerzas y tratar de impedir que las horas se vayan sin más contenido que el de un simple tiempo de convalecencia.
Me acuerdo de ti, te imagino más allá del horizonte, al otro lado del mundo, dando la espalda al mío. Es el único tiempo estático, el único tiempo introspectivo, el único útil. El resto pasa raudo, pasa asombrosamente vacío, sin contenido, como un tiempo muerto, un descanso sin sentido, un espacio en blanco, silencioso, un agujero negro que te devuelve siempre al mismo sitio.
Me animan tus palabras, siento una bola de felicidad, una bola de calor, una bola de vida. Flota encima mía, danza como un pequeño planeta casero, brillante, luminoso, inquieto. Ahora me roza, ahora se sitúa frente a mi cara, y me hace sonreír. No se cómo acariciarla, no se cómo atraparla, me limito a imaginarla dentro mía. Cierro los ojos, y la dejo acercarse, siento su calor en mi rostro y su luz en mi oscuridad.
Abro los ojos, de nuevo el horizonte, tan grande, tan enorme. Silencioso, hermoso, tan sereno y decidido, sin pudor, tan inmenso.