Historias de todos los días
27 Octubre 2009
Te levantas por las mañanas y viene todo de golpe. Parece que cuando te pones en pie tu cerebro se balancea dentro del cráneo y se conectan los distintos enchufes de tu realidad. Superas ese primer encuentro con el pensamiento de un café, enchufas las noticias y poco a poco se va disipando la realidad que es sustituida por otra estúpida y vacía. Luego viene la ducha, el aseo personal, los dientes, la ropa que te pones y entonces comienzas a organizar en la cabeza tus deberes. La parte mecánica de tu cerebro empieza a funcionar y entonces recuerdas lo que tienes pendiente, pero en tu subconsciente, allá atrás, continua tu realidad más íntima acechante.
Afortunadamente, aún tengo un rato rústico antes de meterme en la gran urbe. Es un rato de guiños, de sugerencias de lo sencillo frente a lo sofisticado. Un rato para ni siquiera pensar, sino sólo sentirte un viajero de lo efímero, lo que dejas atrás todos los días, lo que no aprovechas o desechas.
Hoy el día es duro. Parece que han caído del cielo coches hasta embotellar las calles. debe de ser que han empezado a fluir las nóminas hacia los conductores que rápidamente optan en gastar combustible. Pones música, oyes a los pedantes de la radio, pero básicamente te sientes solo y sientes soledad a tu alrededor. Ves solos y solas, abducidos por el día por delante.
Tu espacio se reduce a los farolillos rojos del coche que te precede. El cien por cien de tu capacidad intelectual se concentra en intuir cuando toca avanzar. Tratas de adivinar qué ocurre delante. Sueñas con meter la quinta y llegar veloz a tu destino. Tu realidad se va disipando empujada por esta otra agresiva. Pero sigue ahí, latente, atrás, sigue agazapada y sin dimitir.
Cuando llegas a tu lugar de trabajo siempre se encuentran espacios para el recuerdo y la melancolía. Tengo la suerte de disponer de rincones, de espacios irreales, pedazos de tiempo perdidos, escondidos, que tratan de pasar inadvertidos. E imaginas su entorno original y las historias que lo conformaban y te das cuenta de lo agarrotada que está tu imaginación. Así pasa el día, entre ires y venires, entre cordialidad profesional, entre normas cívicas, entre escapadas a este sitio para tratar de pensar un rato. Lo duro es la vuelta, cuando acaba lo que te entretiene, un día más de vacío, como los filetes del supermercado, un día más contigo, el alienado, te buscas, te acaricias, tratas de besarte de darte ánimos y algún consuelo, pero llegas a la conclusión que ni siquiera te quieres.